domingo, 5 de agosto de 2018

Los bains de mer II: la Bretaña y la Côte d'argent.

Junto con la Côte Fleurie, otras regiones francesas vivieron importantes transformaciones a partir de mediados de siglo, este fue el caso de la Côte d’Émeraude, una sección de la recortada costa bretona. Al otro lado del estuario del Rance, justo enfrente del encantador puerto amurallado de Saint-Malo (trágicamente bombardeado durante la II Guerra Mundial) se erigen las escarpadas costas y las estrechas calas de Dinard. El aspecto agreste resulta decididamente encantador, en Dinard nunca hubo grandes plazas o playas, al contrario, todo fue sinuoso, repleto de recovecos y de roca.

Aguas color esmeralda y villas de aire inglés en Dinard.

Fue precisamente este romántico escenario y el clima suave los que empezaron a atraer a la vecina aristocracia británica. En 1858, se inauguró el primer servicio de transbordador entre Saint-Malo y Dinard y un año después, se fundó el primer établissement de bains, un edificio de madera bastante rudimentario que ofrecía servicios a los primeros bañistas (y aventureros). Asimismo se empezó a urbanizar la población siguiendo el modelo haussmaniano, que debido a las irregularidades del terreno solo se aplicó en parte. En 1866 se construyó el primer casino, hecho de madera.

El despegue definitivo de Dinard llegó en 1873 cuando el conde Rochaïd Dahdah, de origen libanés, invirtió grandes cantidades de dinero en mejorar calles y carreteras. A partir de entonces aristócratas británicos y franceses empezaron a construir sus señoriales villas encaramadas sobre los acantilados; enormes y robustas construcciones de piedra, con tejados puntiagudos y bow-windows que aportaban a Dinard un aire decididamente inglés.

Mapa del pequeño y rocoso Dinard.

Una de las villa más grandes de Dinard, casi un castillo.
La Villa La Garde fue construida en 1898 para el magnate del coñac Jacques Hennesy.

La afluencia de la bonne societé hizo que Dinard se convirtiera para las élites inglesas en el lugar ideal para encontrar esposa y muchas madres no dudaban en llevar a sus hijas y exhibirlas con sus mejores vestidos (y trajes de baño) en busca de un buen partido. Pero la bonne societé también trajo consigo los últimos ingenios tecnológicos y a finales de siglo Dinard era una de las poblaciones más modernas de Francia: el agua corriente llegó en 1888, el primer hospital se abrió el 1891, el teléfono llegó en 1898 y la electricidad en 1902. ¡Nada mal para una pequeña población de veraneo!

La suerte de Dinard se mantuvo durante los años veinte, entonces la población contaba con 4 casinos, 40 hoteles y más de 300 villas. En 1928 con la construcción del Casino Balnéum de estilo Art Decó, Dinard se dotó con una de las mayores piscinas cubiertas de Francia. Finalmente, la crisis de 1929 puso fin a la gloriosa carrera de la station balnéaire más célebre de la costa bretona.

Para seguir la historia de los bains de mer solo basta recorrer el litoral atlántico hacia el sur.

Primero encontramos La Baule (1879), con su inmensa playa y los también inmensos hoteles y luego Royan en la Côte d'argent.

Royan fue una pequeña población fortificada de la costa, disputada en la Edad Media por ingleses y franceses. Vivió siempre de espaldas al mar, con unos altos muros que la protegían de las tempestades. Pero en 1836, el ayuntamiento decidió abrir una portezuela en la muralla y excavar una escalera en las rocas para que los “bañistas” pudieran llegar a la playa, también se tuvieron que promulgar unas ordenanzas para evitar que los visitantes se bañaran desnudos cerca de las casas de los pescadores. En 1843, se abrió el primer casino, rápidamente frecuentado por la aristocracia bordelesa.

Si Royan fue un importante centro turístico de la región, no fue hasta la llegada del primer tren desde Paris, en 1875, cuando adquirió el prestigio de una station balnéaire. Alrededor del casco antiguo empezaron a crecer amplios barrios de suntuosas villas y en la amplia playa de la Conche aparecieron los hoteles de lujo.

En 1885 abrió el Casino du Foncillon, con una rica decoración neobarroca y frecuentado por escritores como Daudet, Charpentier o Zola. Pero dos años después surgió la propuesta de construir otro casino, se juzgaba que el Foncillon era demasiado conservador y elitista y se propuso edificar un nuevo “casino republicano”.

El Casino du Foncillon (arriba) y el Casino Municipal (abajo) de Royan.

El ayuntamiento contactó con el arquitecto Gaston Redon (hermano del pintor Odilon Redon) y le pidió “no escatimar ni en espacio ni en proporciones”. En nuevo Casino Municipal, inaugurado en 1895, fue pronto considerado el más grande de Francia y su pomposa fachada neobarroca era una de las más elegantes jamás construidas. Su interior contenía restaurantes, salas de juegos, espacios de lectura y una inmensa sala de espectáculos donde actuaría Sara Bernhardt y donde se presentaría el cinematógrafo. Se llegó a decir que “Royan no había creado el casino, sino que el casino había creado Royan”. Lamentablemente, ni los casinos ni la ciudad sobrevivieron a los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

La playa de la Conche en Royan.
La playa de la Conche en Royan.

Dos afiches publicitarios de Royan (circa 1890), destino promocionado por los ferrocarriles franceses.

Al sur de Burdeos se encuentra Arcachon. Situada en medio de la tranquilidad de los espesos bosques de pinos y las dunas del Bassin (la Bahía), Arcachon siempre tuvo un carácter distinto, más retirado y tranquilo, lejos de las extravagancias de otras ciudades balnearias. Pero sobretodo, siguió conservando una dimensión terapéutica.

En 1857, los hermanos Pereire, dueños del Ferrocarril del Sur, solicitaron a Napoléon III la extensión de la línea férrea hasta la inhóspita zona de Arcachon. Rápidamente, en la costa, surgió la típica station balnéaire con su casino y sus villas a tocar de mar, era la Ville d’Été.

Arcachon aislada entre espesos bosques de pinos.

Sin embargo, en lo alto de la colina al sur de nueva población, los hermanos Pereire decidieron establecer la llamada Ville d’Hiver, un barrio de villas estilo suizo situadas en medio de un frondoso bosque de pinos. En la Ville d’Hiver, el reclamo fue distinto. Los médicos consideraron que el aire de mar mezclado con la fragancia de los pinos y el clima cálido era bueno para la tuberculosis, la station balnéaire  volvía sus orígenes terapéuticos. Cada invierno, centenares de aristócratas y ricos burgueses aquejados de dicha enfermedad se desplazaban a la Ville d’Hiver de Arcachon en busca de quietud y sanación. La elevada presencia de ingleses hizo que hasta se les construyera una iglesia anglicana.

Arcachon, a pesar de su extravagante Casino Mauresque situado en lo alto de la colina, siempre tuvo un carácter más contenido, privado e incluso aislado que otros sitios de villégiature.

El Casino Mauresque en un fotografía antigua y pintado por Oliver Probst.

Fachada trasera del Casino Mauresque.

El interior del casino, exuberante pero no monumental.

Su atmósfera apacible atrajo también a algunas testas coronadas, el zar Alejandro II solía alojarse en el Hôtel de la Fôret y disfrutar de pequeñas escapadas con su esposa secreta la princesa Yuryevskaya; la emperatriz Elisabeth de Austria se alojó en el Grand Hôtel justo después del suicidio de su hijo Rudolph en 1889 y en el mismo hotel se alojó la exiliada reina Ranavalona III de Madagascar en 1901.

Arcachon también fue el lugar de encuentro entre Alfonso XII y su futura esposa la archiduquesa María Cristina de Habsburgo. El soberano tenía pensado viajar a Viena, pero se enteró que los médicos de la archiduquesa le habían recomendado una estancia en Arcachon a finales de agosto de 1879. Alfonso XII, viajando con el nombre de incógnito de “marqués de Covadonga”, llegó a la ciudad el 22 de agosto y se alojó en la Villa Monaco, María Cristina, por su parte, había llegado unos días antes con su madre y se instaló en la Villa Bellegarde.

Mapa de la Ville d'Hiver de Arcachon.
Hay señalados el casino (rojo), la villa de la archiduquesa María Cristina (amarillo) y la villa del Alfonso XII (azul).

Después de las visitas protocolarias, la joven pareja paso una semana paseando por la playa, viendo a los delfines y disfrutando de la hospitalidad de Cécile Pereire, hija de uno de los fundadores de Arcachon que había puesto a su disposición su inmensa propiedad con playa privada. El día 29, los ahora prometidos partieron a La Granja y a Viena.

La Villa Bellegarde, donde residieron María Cristina y su madre.

La Villa Pereire.

Paseo en barca por el Bassin.

lunes, 25 de junio de 2018

El Káiser, una introducción


Wilhelm II, el último káiser del II Reich, fue uno de los personajes más fascinantes entre la plétora de monarcas y príncipes que protagonizaron y contemplaron el derrumbe de la Vieja Europa durante la Primera Guerra Mundial. Su intensa, teatral y, a veces, histriónica personalidad fue tema de conversación y debate, y durante décadas, se le achacó haber sido uno de los principales causantes del deterioramiento de las relaciones anglo-alemanas y del estallido de la guerra. En la actualidad, muchas de estas aseveraciones están en entredicho.

Wilhelm II fue un hombre de contrastes: impulsivo, ignorante, ansioso, depresivo, incapaz de concentrarse en el trabajo y fiel defensor de los derechos divinos de la monarquía, también era, no obstante, ambicioso, muy inteligente, tenía muy buena memoria, era elocuente y enérgico y estaba muy interesado en el mundo moderno. Su brusquedad y egoísmo solían ir de la mano de la amabilidad y la educación propias de un gentleman.

Teatral, pomposo y dado a lo que hoy llamaríamos “incorrecciones políticas”, Wilhelm II heredó en 1888 uno de los tronos más codiciados del mundo, el del floreciente Imperio alemán. Hijo del príncipe Friedrich (brevemente emperador Friedrich III) y de la princesa Victoria o Vicky (hija a su vez de la reina Victoria), su nacimiento estuvo marcado por un funesto parto que le dejaría como resultado un brazo izquierdo paralizado y ligeramente más corto. (Más sobre su infancia y juventud aquí) Esta discapacidad generaría en él un complejo de inferioridad y, al mismo tiempo, una cierta tendencia hacia la megalomanía y la arrogancia así como una constante necesidad de aprobación, de sentirse amado y admirado y por sus propios súbditos pero también por los ingleses, que por lo general lo aborrecían y despreciaban.

La princesa Victoria pintada en 1867 por Winterhalter.

El príncipe Friedrich pintado en 1857 por Winterhalter.

El Káiser tenía, además, la tendencia a hablar muchísimo y sobre muchos temas al mismo tiempo; demostraba tener grandes conocimientos pero también una destacable falta de concentración. Wilhelm II era hiperactivo, cosa que preocupaba especialmente a su séquito. “Su majestad no tiene nervios, pero no aguanta la presión durante las crisis” decía el almirante Friedrich Hollmann, y esa era la principal preocupación de sus doctores: Wilhelm II tendía a consumir sus nervios, después de períodos de hiperactividad se derrumbaba.

Algunos historiadores han querido ver también en Wilhelm II un ejemplo de Cäsarenwahnsinn, una "dolencia" característica de algunos emperadores romanos que incluía delirios de grandeza, divinización de uno mismo, deseo de triunfos militares y manía persecutoria.

El joven príncipe Wilhelm ataviado a la escocesa en una fotografía para su abuela la reina Victoria, hacia 1884.

Sobre él también influyó la pobre relación que tuvo con su madre inglesa que, por un lado, consideraba a su hijo un fracaso personal y, por otro, parecía constantemente dispuesta a alabar todo lo inglés y a ser condescendiente con las tradiciones prusianas. Todo ello contribuiría a crear en el Káiser una complicada relación con Reino Unido. Wilhelm II siempre sintió fascinación y admiración por la cultura inglesa, pero al mismo tiempo vio, con frustración, como sus parientes ingleses le solían mirar por encima del hombre. El Káiser, por lo tanto, osciló siempre entre el orgullo y el rencor hacia todo lo inglés.

El káiser Wilhelm II pintado en 1917 por August Böcher.

La imagen que de él ha guardado la posteridad es la de un belicista amante de los desfiles, de los uniformes y dado a discursos violentos como el famoso Discurso de los Hunos de 1900 o el Escándalo Daily Telegraph de 1908. Pero tras esta fachada militarista con pomposos aires de Siegfried o Parsifal se escondía un hombre de paz. Wilhelm II prefería ser el árbitro, el líder que proponía acuerdos entre las naciones beligerantes del mismo modo que un padre hace con sus hijos.


El Káiser rodeado por su familia en 1896.

No en vano, en su primer discurso como emperador, se esforzó por remarcar que su reinado perseguiría la paz y no las conquistas. Del mismo modo, en el verano de 1914, tras enterarse del contenido del Ultimátum austríaco a Serbia, escribió a su canciller que eso era un triunfo diplomático, ya que la necesidad de una guerra quedaba completamente descartada. Murió creyendo que había tenido que ir a la guerra en defensa propia contra una conspiración orquestada por sus primos ingleses y rusos.

Incluso la famosa Kaiserliche Marine, que pretendía rivalizar con la Royal Navy y que tantos regueros de tinta originó, se creó más para extender la influencia alemana por el globo que pensando en un futuro enfrentamiento con Gran Bretaña. Prueba de ello, la famosa Misión Haldane de 1912, en la que los alemanes, conscientes de que perdían la carrera naval, propusieron a Reino Unido llegar a un alto armamentístico y a una alianza diplomática. Los británicos lo rechazaron, considerando que aquello no les aportaba ningún beneficio ya que, al fin y al cabo, ellos siempre seguirían teniendo la mayor armada. Las ironías de la Historia quisieron que los flamantes y "amenazantes" acorazados "del Káiser" terminarían sus días en Scapa Flow, siendo hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayeran en manos enemigas.

El káiser Wilhelm II pintado en 1907 por Philip de Laszló.

En este blog hemos dedicado varios artículos a Wilhelm II, y esperamos dedicarle algunos otros más.