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lunes, 11 de agosto de 2014

Franz Ferdinand: el archiduque que nunca cayó bien (primera parte).

El archiduque Franz Ferdinand nunca cayó bien. Su llegada al rango de thronfolger (heredero al trono) estuvo precedida de un desastre y a su “partida” le sucedió otro desastre aún mayor. Considerado por algunos el mártir de la Vieja Europa y por otros el emblema de un régimen y de un mundo destinados a desaparecer, Franz Ferdinand es hoy en día mayoritariamente recordado por su asesinato en Sarajevo. ¿Pero quién fue este archiduque tan célebre y a la vez tan desconocido?
Una de las últimas fotos de Franz Ferdinand, fechada hacia 1914.

El día 30 de enero de 1889, temprano por la mañana, la emperatriz Sisi fue informada, mientras asistía a sus clases de griego, de que su hijo, el archiduque Rudolf, heredero al trono, se había suicidado en el pabellón de caza de Mayerling, a unos veinte quilómetros al sur de Viena. Poco después fue la propia Emperatriz, entre sollozos, la que tuvo que informar al emperador Franz Joseph I.
El archiduque Rudolf (circa 1885-1889).

Más tarde, fue el propio Franz Ferdinand el que se enteró, por telegrama, de la muerte de su primo. Sabía bien lo que significaba: su padre el archiduque Karl Ludwig (hermano de Franz Josef I) era el nuevo heredero, aunque teniendo apenas tres años menos que el propio Emperador, difícilmente viviría más que él.
Los hermanos del Emperador, de izquierda a derecha: el archiduque Karl Ludwig, el archiduque Ludwig Viktor, Franz Joseph I y el archiduque Maximilian (circa 1860). 

Los hermanos del Emperador, de izquierda a derecha: el archiduque Ludwig Viktor, Franz Joseph I, el archiduque Karl Ludwig y el archiduque Maximilian (circa 1860). 

De Karl Ludwig se puede decir que era al típico archiduque austríaco: firme defensor de la dinastía, católico estricto, amante del ejército y patrocinador de Arte, era además conocido por su severidad y austeridad. En 1862 se casó con su segunda esposa, la princesa Maria Annunziata de Borbón-Dos Sicilias. De esta unión nacieron Franz Ferdinand en 1863, Otto en 1865, Ferdinand en 1868 y Margarete en 1870. Aquejada de tuberculosis, la princesa se mantuvo lo más alejada posible de sus hijos, por temor a contagiarlos. Fue por lo tanto una madre ausente y murió en 1871.
La princesa Maria Annunziata de Borbón-Dos Sicilias. 

Los hijos de Karl Ludwig, de izquierda a derecha: Ferdinand, Otto, Franz Ferdinand y Margarete (hacia 1870s).

El archiduque Karl Ludwig se volvió a casar dos años después, esta vez con la animada y jovial infanta Maria Teresa de Portugal. Fue ésta la verdadera madre de Franz Ferdinand, y a lo largo de su vida demostró ser uno de sus grandes apoyos.

Franz Ferdinand creció sobretodo junto con su hermano menor Otto, aunque las marcadas diferencias de carácter pronto se tornarían en una declarada rivalidad. Franz Ferdinand era serio, reservado, poco hablador y con tendencia a encolerizarse; Otto era en cambio divertido, carismático, despreocupado, aunque imprudente e irreflexivo. Su padre Karl Ludwig nunca escondió su preferencia por el hermano menor.

Educado, como todos los miembros de la familia Habsburgo, en el arte militar, pasó buena parte de su juventud viajando de un lado a otro del Imperio sirviendo en distintas unidades del ejército y, cómo no, ascendiendo rápidamente. Fue entonces cuando se empezó a evidenciar su obsesiva pasión por la caza y sobre todo por documentar cada pieza que cazaba, parece ser que a lo largo de su vida mató exactamente 274.551 animales, aunque esto le ocasionó, sin embargo, daños irreparables en su tímpano derecho.
El archiduque Franz Ferdinand vestido de cazador (circa 1880-1885).

Franz Ferdinand en una cacería (circa 1895-1900).

La súbita muerte del archiduque Rudolf en 1889, colocó a Franz Ferdinand en una posición inesperada, su relativamente despreocupada vida (más allá de la asistencia a actos sociales y su “empleo” en el ejercito), acababa de dar un vuelco completo, ahora tenía que prepararse para la más que posible probabilidad de regir un imperio de más de 51 millones de habitantes y más de diez nacionalidades distintas. Franz Ferdinand pasaría 25 años preparándose para heredar el trono y sin embargo, hoy casi ha caído en el olvido, a pesar de que durante más de dos décadas fue una importante figura política.

Descrito como serio, poco carismático, brusco y colérico a veces, poco dado a las sutilezas diplomáticas o las conversaciones ingeniosas, su persona fue pronto aborrecida por la alta sociedad vienesa, que, por lo general, hubiera preferido que su carismático y refinado hermano Otto fuera el thronfolger. Las relaciones con el emperador Franz Joseph I tampoco fueron nunca fáciles, el Emperador era el emblema del inmovilismo y Franz Ferdinand carecía de habilidades diplomáticas; las opiniones del monarca y del archiduque sobre como gobernar el Imperio estaban destinadas a colisionar. No en vano Eugen Ketterl, valet del Emperador, cuenta la famosa anécdota de que cuando el Emperador y Franz Ferdinand discutían parecía que todas las luces del Hofburg temblaban.

El Archiduque defendía como fundamental una alianza con Rusia, sin ésta el reparto de las zonas de influencia en los Balcanes sería tortuoso. Sin embargo, Franz Joseph I había dejando que la alianza con Rusia se hubiera deteriorado lentamente desde 1848 (ver el final de mi post sobre la Guerra de Crimea). Bajo impulso de Alemania, Rusia y Austria habían firmado en 1873 la Dreikaiserabkommen (Liga de los Tres Emperadores), alianza que afianzaba las relaciones entre las tres monarquías conservadoras de Europa, sin embargo el acuerdo caducó en 1887 y no volvió a ser renovado para disgusto de Franz Ferdinand. Por otro lado, el Archiduque consideraba fundamental llevar a cabo un fortalecimiento del ejército y de la marina y al mismo tiempo una política exterior moderada, que evitara conflictos con las naciones vecinas, en especial Italia y Serbia. Por lo tanto, su oposición a una “guerra preventiva” le enfrentó particularmente con Conrad von Hötzendorf, Jefe del Estado Mayor, que siempre que había una crisis proponía la misma e indistinta solución: la guerra.
Las alianzas que se fueron formando en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, Franz Ferdinand consideraba un error el distanciamiento con Rusia.

El Conde von Hötzendorf, que en la Crisis de Julio de 1914 aconsejó, como no, la guerra.

Franz Ferdinand ha sido tachado a veces de ultraconsevador pero, aunque es cierto que carecía de las actitudes liberales del difunto Rudolf, no era un reaccionario. Fiel defensor de la dinastía y de sus deberes y privilegios, del derecho divino de los monarcas y ferviente católico, Franz Ferdinand era además partidario de mantener el sistema semi-autoritario o semi-democrático presente en el Imperio. Para él la democracia de la clase media tenía un papel limitado en la vida política y los monarcas debían mantener sus prerrogativas sobretodo en política exterior y en cuestiones militares.

Dichas posturas le acercaban especialmente al káiser Wilhelm II de Alemania, con el que además compartía sus pocas habilidades diplomáticas y cierta brusquedad; pero si Franz Ferdinand era callado y reservado, Wilhelm II en cambio hablaba por los codos y a veces rozaba lo histriónico. La relación entre ambos fue siempre cordial y próxima, no en vano se llevaban apenas cuatro años de edad (el Káiser era mayor). Sin embargo, al a veces errático y torpe programa político del Káiser le correspondía uno de muy bien estructurado por parte de Franz Ferdinand.
El Káiser y Franz Ferdinand a bordo del yate imperial alemán, el SMY Hohenzollern (circa 1906).

El Káiser (extremo izquierdo) y Franz Ferdinand (en el centro, con la mano levantada) en una cacería (invierno 1914).
© AKG Images,

Otra foto, presumiblemente del mismo día.

Pero el futuro de Franz Ferdinand no era del todo seguro. En 1896, el archiduque Karl Ludwig, cuya ferviente devoción se había convertido en fanatismo (se dice que bendecía a la gente cuando paseaba en carruaje por las calles de Viena), emprendió un viaje a Tierra Santa, allí se empeñó en beber agua milagrosa del río Jordán y murió poco después de causa de una infección estomacal. Muerto su padre, no quedaba ya ninguna duda que Franz Ferdinand sería el próximo Emperador de Austria, Rey de Hungría, Rey de Bohemia, de Dalmacia, de Croacia, de Eslavonia, de Galitzia, de Lodomeria y de Iliria….Pero su salud era frágil, padecía un tuberculosis pulmonar y había tenido que ir a pasar varios inviernos a Egipto. Mientras, en Viena, su carismático hermano Otto, cada vez asistía a más actos en representación del Emperador y además había recibido el amplio Palais Augarten como residencia. Otto gustaba a todo el mundo. Pero contra todo pronóstico, Franz Ferdinand se curó y volvió a Viena.
El archiduque Otto (circa 1895-1899).

En 1898, el Emperador finalmente designó al archiduque Franz Ferdinand von Habsburg-Este como su heredero y un año después le cedió el famoso palacio del Oberes Belvedere para que lo usara como su residencia oficial en Viena. La grandilocuencia barroca del edificio convenía precisamente a la imagen de un heredero fiel a los principios dinásticos. En el mismo año, Franz Ferdinand decidió instalar su Cancillería Militar en el Unteres Belvedere y crear una especie de “gobierno de oposición” o “gobierno en la sombra”. Debía instruirse para cuando debiera tomar las riendas del Imperio, por lo tanto, dicho “gobierno” debía analizar y proponer soluciones para todas las cuestiones que afectaban al estado, y para ello, el propio Franz Ferdinand insistía en leer cada mañana todos los periódicos que se publicaban en Viena, incluso los contrarios a la monarquía.
Fachada frontal del Oberes Belvedere. Hoy, el paso de Franz Ferdinand por dicho palacio ha caído en el más completo olvido.

De todas las cuestiones que trató la Cancillería Militar la más importante fue la reforma territorial del Imperio, el proyecto insignia de Franz Ferdinand. El heredero veía con disgusto como en Austria-Hungría se había dado un excesivo poder al Imperio Austríaco y sobre todo al Reino de Hungría. En una época de eclosión y creación de los nacionalismos, el Imperio no podía mantenerse unido simplemente con la fidelidad de los pueblos hacia el Emperador y la dinastía. Asimismo, a Franz Ferdinand también le resultaba indignante que a los húngaros, que tradicionalmente se habían opuesto a la Casa de los Habsburgo, se les diera tanto poder y en cambio que a los checos, que habían sido uno de los pilares del régimen, no se les diera ni las gracias. Las ideas del Archiduque se concretaron en el llamado proyecto Vereinigte Staaten von Groß-Österreich (Estados Unidos de la Gran Austria) creado en 1906 por Aurel Popovici. El proyecto, que recibió el entusiasta apoyo del Archiduque, proponía la creación de 16 estados semiautónomos en función de las etnias o “nacionalidades” que habitaban el Imperio. Todos los estados tendrían los mismos derechos y deberes, y todos integrarían un gran imperio regido por los Habsburgo. El proyecto resultaba especialmente atractivo para las minorías eslavas (checos, eslovacos, eslovenos, croatas…), que durante siglos se habían visto privadas de parte de sus derechos (aunque muchos preferían la dominación austríaca a la rusa). Dicho proyecto enfureció especialmente a las poderosas élites húngaras, que se veían privadas de buena parte de su poder político y territorial. El proyecto tampoco gustó excesivamente a la Corte y a las élites vienesas, tradicionalmente reacias a cualquier cambio del status quo.
El Imperio Austro-Húngaro en 1899.

La llamada Monarquía Dual estaba formada por el Imperio Austríaco o Cisleitania (amarillo) y por el Reino de Hungría o Transleitania (rosa). Bosnia (azul) había sido anexionada en 1908.

El proyecto de los "Estados Unidos de la Gran Austria". Franz Ferdinand y Popovici discrepaban, no obstante, en la organización territorial. El primero defendía un sistema más centralista, el segundo más federalista.

Las ideas reformistas de Franz Ferdinand no se extendían, no obstante, al campo del Arte. El thronfolger fue conocido por su notoria oposición al Sezessionsstil (el Art Nouveau austríaco) y por su defensa a ultranza del “Maria Theresianische stil” o “Blondel’scher stil”. Éste último era la versión historicista de las opulentas creaciones tardo-barrocas y rococó del glorioso reinado de Maria Theresia a mediados del siglo XVIII. Para Franz Ferdinand no era solo una cuestión de gusto, sino toda una declaración política sobre la legitimidad y la grandeza de la dinastía. En 1907, el Archiduque inauguró la Kirche am Steinhof de Otto Wagner, uno de los más grandes arquitectos del Sezessionsstil, el disgusto de Franz Ferdinand fue tal que Wagner no volvió a recibir ningún encargo oficial.
Interior de la Kirche am Steinhof.

El mismo año se inició el concurso para la construcción del nuevo Kriegsministerium (Ministerio de la Guerra) en la Ringstrasse. Franz Ferdinand (a quien el Emperador había delegado estos asuntos “artísticos”) ignoró los innovadores proyectos de Otto Wagner y Adolf Loos y se decantó por la propuesta neo-barroca de Ludwig Baumann; el Archiduque exigió, además, la colocación en la cornisa superior de una águila imperial de 16 metros de ancho, lo que obligó a añadir un piso para sostener la escultura. Ironías de la Historia: delante del Kriegsministerium se había construido años antes una de las obras más emblemáticas e innovadoras de Otto Wagner, la Postsparcassen-Amt (Imperial y Real Caja Postal de Ahorros). Franz Ferdinand dirigió también la construcción del faraónico proyecto del Kaiserforum, una monumental ampliación del Hofburg que debía concluir la creación de la Ringstrasse. Del mastodóntico proyecto solo se construyó la pomposa Neue Burg (1898-1913) sin que el arquitecto Ludwig Baumann o el propio Archiduque tuvieran muy claro la función que tendría.
Parte central de la fachada del Kriegsministerium con el águila imperial en la parte superior (circa 1900).

Visión global del edificio, los tejados fueron simplificados tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
© Bildarchiv Foto Marburg.
  
Fachada neo-barroca de la Neue Burg del Hofburg.

A pesar de que sus preferencias artísticas le alejaban de las élites intelectuales de la cosmopolita Viena, Franz Ferdinand no era tan chauvinista y cerrado como muchos le tildaron. En 1893, como ya habían hecho otros príncipes europeos, Franz Ferdinand inició un viaje alrededor del mundo que lo llevaría a ver y conocer los lugares más insospechados. Franz Ferdinand partió el 15 de diciembre del puerto de Trieste a bordo del acorazado SMS Kaiserin Elisabeth, en el barco viajaban cerca de 400 personas entre séquito y tripulación y durante la travesía, el Archiduque llenó más de 2000 páginas de su diario personal (que pueden leerse en inglés y alemán aquí).

Primero visitó Ceylán y a mediados de enero desembarcó en Bombay. Luego fue invitado por el riquísimo Nizam de Hyderabad a cenar y se dice que la mesa se agrietó bajo el peso de los platos exóticos, aunque los invitados pudieron gozar de beber el mejor champan francés en medio de la jungla. En Hyderabad, el Archiduque pudo disfrutar de buena caza (que fue uno de los grandes atractivos del viaje) y maravillarse con el colorido y la riqueza de una India “aún no tocada por la civilización”. Sin embargo, también reconoció que la decoración “a la europea” era de un gusto dudoso, que los indios no tenían oído para la música occidental y que el himno austríaco fue “difícilmente reconocible”.
Franz Ferdinand con su primer elefante cazado en Ceylán.
© KHM mit MVK und ÖTM.


Franz Ferdinand y su séquito sentados con el "Su Alteza Exaltada" el Nizam (sentado en el centro, con barba y turbante).
© KHM mit MVK und ÖTM.

A finales de enero Franz Ferdinand, visitó Calcuta donde pudo observar las montañas de desperdicios que cubrían sus calles y se lamentó de las explotación de los colonizadores occidentales (Austria-Hungría nunca tuvo colonias, a excepción de la Concesión de Tianjin). A mediados de febrero llegó a Delhi y visitó fascinado los restos del Fuerte Rojo, insistió en visitar una prisión y lamentó la pésima comida del Hotel Metropole. También se celebró una cacería en la afueras de la ciudad en la que los porteadores llevaron más de 87 tiendas a la jungla, algunas provistas de duchas portátiles. A principio de marzo, estaba en Nepal con un séquito de 203 elefantes y listo para celebrar la cacería del tigre a los pies del Himalaya. Un mes más tarde llegó a Singapur, en medio de una terrible tempestad y de una importante epidemia de cólera. Asimismo también llegó la noticia que la visita a Johor tenía que ser cancelada, porque el sultán estaba tomando las aguas en Karlsbad y porque la estación no era adecuada para la caza. A mediados de abril, el Archiduque arribó a Batavia (actual Yakarta) donde se celebró una cacería de cocodrilos; más tarde, en Java, lamentó la explotación de los indígenas y que durante la Guerra de Java (1825-1830) más de 200.000 javaneses hubiesen muerto luchando contra los holandeses.

Franz Ferdinand llegó a Australia a mediados de junio, donde volvió a lamentar el trato que se daba a los aborígenes “que eran obligados a abandonar sus tierras ancestrales”. Más tarde, en Sídney se celebró una recepción a bordo del barco que congregó a más de 500 miembros de la alta sociedad australiana. A principio de julio, continuó su viaje por las pequeñas y vírgenes islas del Pacífico Oriental. En Numea, Nueva Caledonia, visitó la prisión que contenía cerca de los 8.000 peores criminales del Imperio Británico. En Owa Raha, el paradisíaco encanto de la isla fue roto por la presencia de “indígenas caníbales”; Franz Ferdinand se horrorizó por la presencia de huesos y restos humanos que decoraban las tiendas de los poblados y además parte del séquito fue amenazado por los “salvajes”. A mediados de julio Franz Ferdinand, que sufría de fiebres tropicales y diarrea, pretendía visitar Siam, “el único reino del Sureste Asiático que ha conseguido preservar la esencia de la autocracia oriental en su más pura expresión” y sobretodo Bangkok, “la Venecia de Asia”. Pero Siam se encontraba inmersa en un conflicto con Francia y sus costas estaban bloqueadas por navíos de guerra franceses. Franz Ferdinand tuvo que cambiar de ruta. A inicios de agosto llegó al Japón, donde la magia de los samuráis hacia tiempo que había desaparecido, en su lugar se erigía una nación en pleno desarrollo industrial. En Japón, Franz Ferdinand lamentó no poder dedicarse a la caza (a no ser que fuera la pesca) y se asombró de la estricta seguridad (dos años antes el tsarevich Nikolaï había sufrido un atentando en Otsu). De Japón se llevó un curioso recuerdo, el tatuaje de un dragón. A finales de agosto el Archiduque embarcó con un pequeño séquito en un navío comercial (donde deploró la tosquedad de los camareros) hacia Vancouver.
Franz Ferdinand y su séquito, obviamente, en Japón.

En Canadá se maravilló con los inmensos bosques ideales para la caza, aunque trágicamente amenazados por la construcción de fábricas. En Estados Unidos, Franz Ferdinand, emblema de la aristocracia europea, descubrió el país del enriquecimiento rápido y algunos “anuncios” de la cultura de masas del siglo XX: las malas maneras, la prohibición de fumar en muchos lugares y la horrorosa comida en restaurantes “rápidos”. A su llegada a Nueva York, al Archiduque le impactó el “increíble tráfico” y el tamaño de los edificios de aquella metrópolis de cerca de 3 millones de habitantes (Viena tenía un poco más de un millón), según él, las cosas parecían estar hechas para “gente sobrehumana (Übermenschen)”. Franz Ferdinand resumió el espíritu americano como “heroico y emprendedor” aunque “usualmente emparejado con una increíble vulgaridad”.

A principios de octubre, Franz Ferdinand embarcó en Nueva York rumbo a casa, llegó a Viena el día 18. Los cerca de 14.000 objetos que trajo de su aventura transoceánica pueden verse hoy en día en el Museum für Völkerkunde de Viena.

lunes, 12 de mayo de 2014

Un Certain Regard: el Maharajá.

Desde que los rajás, maharajás y otros príncipes indios perdieron todo poder político con la creación de Raj Británico en 1858, su vida fue una sucesión de rituales ancestrales, extravagancias principescas y coqueteos con la cultura occidental. Si bien dichos príncipes perdieron todo su poder (más allá de asuntos religiosos o locales) conservaron sus fabulosas fortunas y durante casi un siglo sus vidas fueron un canto al esteticismo (no exento de excentricidades, claro).

Yeshwant Rao Holkar II nació en 1908 y en 1926, tras la abdicación de su padre Tukojirao Holkar III, heredó el trono del estado principesco de Indore. Educado en Oxford, Yeshwant Rao pasó gran parte de su juventud y madurez viajando por el mundo, a causa de la fascinación que sentía por la cultura occidental.

Sus antecesores, también fascinados por Occidente, construyeron de 1886 a 1921 un nuevo palacio en estilo neoclásico-Napoléon III, lo llamaron Lal Baag. Pero poco despues de ascender al trono en 1926, Yeshwant Rao quiso también dejar su huella arquitectónica y construirse su propio palacio (algo muy típico de los príncipes indios). El Manik Bagh se construyó a partir de 1930 y su arquitecto fue Eckart Muthesius. Construido en un depurado estilo racionalista, el Maharajá no reparó en gastos para decorarlo y amueblarlo con mobiliario de Émile-Jacques Ruhlmann, Eileen Gray, Marcel Breuer, los hermanos Luckhardt, Louis Sognot o Charlotte Perrind; además de esculturas de Brancussi y Le Corbusier. El Maharajá vivió en su palacio hasta su muerte en 1956, pero en 1976, cuando el gobierno indio revocó los privilegios y las pensiones de los familias principescas, los Holkar se vieron obligados a vender el Manik Bagh al gobierno, que en mayo de 1980 subastó la mayor parte del mobiliario y la decoración que quedaba en el edificio. Actualmente, el Manik Bagh, bastante depauperado, aloja la Oficina del Comisionado de la Provincia, de la Aduana y de Hacienda.

Retrato de Yeshwant Rao Holkar II, Maharajá de Indore, en traje de corte (1934)
de Bernard Boutet de Monvel.

Retrato de Yeshwant Rao Holkar II, Maharajá de Indore, vestido a la occidental (1929)
de Bernard Boutet de Monvel.
© 2011 Artists Rights Society (ARS), New York/ADAGP, Paris.


Retrato fotográfico de Yeshwant Rao Holkar II y su esposa Sanyogita Devi (1930)
Man Ray.
© 2011 Artists Rights Society (ARS), New York/ADAGP, Paris.




El Manik Bagh en Indore, hacia 1932.

domingo, 4 de mayo de 2014

El Gran Gatsby: "el jugador de polo" y "el hombre del traje rosa".

The Great Gatsby (2013) de Baz Luhrmann.

Hace un año, más o menos por estas fechas, se estrenó la película The Great Gatsby de la mano de Baz Luhrmann y con Leonado Dicaprio como protagonista. La película recibió, como suele pasar con la obra de Luhrmann, unas críticas mixtas. Personalmente, debo confesar que, también a mí, la obra del australiano me provoca sentimientos encontrados; Moulin Rouge (2001) la vi cuando era un adolescente y me encantó, tendría que verla otra vez para poder repensar mi opinión; Australia (2008), en cambio, me pareció larga y pesada a pesar de su elaborado despliegue visual y su minuciosa producción; con The Great Gatsby he de decir que quedé encantado. Espectacular, vibrante y con una magnífica banda sonora, me pareció una película espléndida, que hace que la versión anterior protagonizada por Robert Redford (1974) parezca aún más insípida de lo que es. La película es un buen retrato de los Roaring Twenties (los “Locos Años Veinte”) y de sus excesos, de sus ilusiones, de sus espejismos y, evidentemente, de sus fracasos.
En los años 20, Nueva York se convierte en la heredera del potencial económico e industrial de la Vieja Europa, destruido durante la Primera Guerra Mundial.

Ninguna ciudad representa mejor el carácter vibrante y acelerado de la década de los 20.

Debo confesar, eso sí, que no he leído la novela de F. Scott Fitzgerald (1925), por lo tanto mi opinión se basa única y exclusivamente en la película y en lo que representa, independientemente de si resulta una fidedigna y elaborada adaptación del libro.

Uno de los temas centrales del film, y de eso tratará este post, es el conflicto entre la old money (las viejas fortunas) y los nouveaux riches (los nuevo ricos). Especialmente en Estados Unidos, donde no ha habido una clase aristocrática, se entiende por old money aquellas familias que durante décadas han monopolizado el poder económico y político gracias a que en su debido momento, sobre todo durante la primera mitad del siglo XIX, supieron posicionarse bien y fundar negocios increíblemente lucrativos. Peyorativamente, a veces se ha llamado a estos habilidosos millonarios robber barons (barones ladrones) en referencia a los señores feudales que en la Alta Edad Media cobraban impuestos ilegales y excesivos a sus súbditos; así pues, se entiende que las grandes fortunas tuvieron a veces un origen moralmente reprochable. En todo caso es innegable que grandes familias como los Astor, los Vanderbilt o los Gould contribuyeron al desarrollo económico de los Estados Unidos a través de la industria, la banca, el ferrocarril o la promoción inmobiliaria.

En el Gran Gatsby, la old money está representada por la familia Buchanan y en especial por el marido de Daisy: Tom Buchanan. Él evoca a los miembros de estas grandes familias que durante inicios del siglo XX y Entreguerras se dedicaban a gastar la fortuna que sus abuelos o bisabuelos habían hecho. Seguros de una posición que sus familias habían mantenido durante décadas, sus aficiones fueron las mujeres, los viajes, los yates o los deportes, en resumen una vida de hedonismo y carente que cualquier propósito o meta. En la película, Tom Buchanan tiene dos aficiones, la primera es el polo, es lo único que se le da bien y en una ocasión, Gatsby lo presenta a unos amigos como “el jugador de polo”, evidenciando que es el único mérito logrado por sí mismo, todo los demás lo ha heredado. Tom, bajo esa apariencia de descuidada familiaridad (tan americana, por cierto) es, no obstante, altivo, tosco y despectivo con todos aquellos que no pertenecen a la old money (“la fauna” como los llama) y es especialmente condescendiente con Gatsby, que percibe como un rival y sobre todo al que envidia porque tiene toda la carisma y el “don de gentes” que a él le faltan. Curiosamente, la segunda afición de Tom es su amante, Myrtle Wilson, la histriónica esposa de un mecánico, mujer que está muy lejos de ser la amante ideal para alguien “bien”; aunque poco hay que decir de esto, pues continúa siendo tema de actualidad a inicios de nuestro siglo XXI.
Tom Buchanan, "el jugador de polo".

Su vida de playboy despreocupado se inspira, en parte, en las de John Jacob Astor IV y William Kissam Vanderbilt II.

Jay Gatsby representa, por el contrario, el nouveau riche, el novato, el recién llegado a la vida de la alta sociedad que desea darse a conocer a través de una vida extravagante y de fabulosas fiestas. Pero Gatsby no es el típico nouveau riche de hortera opulencia, al contrario, bajo los oros y los oropeles se esconde un personaje instruido y educado, a pesar de que sus trajes son coloridos y llamativos (“el hombre del traje rosa”, dice Tom), los viste con exquisita elegancia y su carácter es afable y sencillo a pesar de estar constantemente rodeado de lacayos. Gatsby, y aquí va la andanada que Fitzgerald le da al sistema de clases, es un gentleman porque ha aprendido a serlo, por su venas no corre sangre de ilustres familias pero puede llegar a ser como ellos si se lo propone. Cierto que la forma en que ha hecho fortuna dista de ser “limpia”, pero a Gatsby le redime su amor por Daisy (su “sueño incorruptible”) y una vida plagada de frustraciones y penurias.
Jay Gatsby y su confiada sonrisa.

Ser un gentleman no impide sufrir ataques de nervios, sobretodo cuando se espera a Daisy.
Gatsby y Daisy.

En una de las escenas clímax de la película, Tom le reprocha a Gatsby ser un “vulgar estafador”, ignorando que muchas de las ahora dignísimas fortunas de los robber baron no cayeron del Cielo. Gatsby le contesta que lo único respetable que tiene Tom es su dinero y que ahora tienen el mismo, ergo son iguales. Pero Tom Buchanan concluye la discusión con un alegato que resume los ideales del old money: “No. Somos diferentes, somos diferentes a Usted, nacimos de manera distinta. Está en nuestra sangre, y nada de los que Usted haga, diga, robe o sueñe, podrá cambiarlo.”
"No. Somos diferentes."

Asimismo, en la película, la diferencia entre unos y otros queda también plasmada en todo el apartado arquitectónico y decorativo. En primer lugar, los Buchanan tienen su casa de campo en East Egg y Jay Gatsby justo enfrente, en West Egg. Se dice que Fitzgerald se inspiró en dos poblaciones reales, Sands Point y Kings Point (ambas en la costa norte de Long Island), que ejemplificaban el conflicto entre la old money y los nouveaux riches respectivamente. La casa de los Buchanan es una exquisita mansión “estilo federal”, con un gran pórtico corintio y cuidados jardines ornamentales. En su interior, muebles antiguos heredados durante generaciones alternan con piezas art déco recién compradas en almacenes parisinos. En resumen, todo en la residencia de los Buchanan está pensado para evocar eternidad, serenidad y seguridad; las viejas fortunas siempre han estado allí y siempre lo estarán.
La mansion de los Buchanan. Los expertos en arquitectura observaran un importante error en las proporciones, el pórtico carece de crepidoma o podium y el entablamento y el frontón pesan demasiado.

Old Westbury Gardens, la mansión que inspiró la casa de los Buchanan.

El sereno salón.

Decoración ecléctica con muebles style Louis XV, style Louis XVI y art déco.
© Warner Bros.

La casa de Jay Gatsby es presentada, por el contrario, como una inmensa y desmesurada construcción neogótica fabulosamente iluminada y repleta de muebles extravagantes y grandes pinturas. Las luces, el confeti, los globos, los mullidos cojines e incluso la piscina están destinados a evocar los excesos, las diversiones fugaces y los exuberantes y efímeros placeres. Todo es etéreo, como el decorado de una ópera, nada está destinado a durar. “Tu casa parece la Exposición Universal” le dice Nick a Gatsby, no hay, en resumen, mayor ejemplo de la transitoriedad de los anhelos humanos.
El "castillo" de Gatsby.

La desaparecida Beacon Towers, la mansión que inspiró a Fitzgerald.

Globos...

...confeti,

el Great Hall neogótico con toques asirios...

...y un órgano con intrincada decoración art déco.

Pero tanto las casas de Tom como la de Gatsby están pensadas para aparentar, para remarcar una determinada posición social, son, por lo tanto, más un ejemplo de la imagen proyectada que del alma de los personajes. Las almas del antihéroe y del héroe se representan físicamente a través de dos otros espacios. En el caso de Tom, se evidencia a través del “nidito de amor” que comparte con su amante Myrtle. Repleto de color rojo, de puntas y estampados de dudoso gusto, de lámparas recargadas, de figuritas kitsch; es un lugar adulterado, excesivo, cutre, histriónico y atormentado. En el caso de Gatsby, su alma se expresa a través de su dormitorio. Lejos de la extravagancia del resto de su mansión, el dormitorio de Gatsby presenta unas líneas depuradas y exquisitas inspiradas en la obra del decorador francés Émile-Jacques Ruhlmann. Maderas finas, esbeltas columnas, las camisas perfectamente ordenadas en el piso superior, los recuerdos de Daisy en los álbumes y sobretodo la luz verde que se ve desde la ventana representan la incorruptible alma de Gatsby.
Nick "esperando" en el pisito de Tom y Myrtle.
© 2013 Warner Bros

El exquisito dormitorio de Gatsby.
© Matt Hart.

Finalmente, en el desenlace del film la old money vence a los sueños de Gatsby. Y una vez acabado el verano, Tom y Daisy abandonan su mansión. Ni los lacayos uniformados, ni la larga sucesión de baúles y maletas, ni el mayordomo con acento francés evidencian el drama que se ha producido. No importa, las grandes fortunas y los dignos apellidos siempre estarán allí, imperturbables e incólumes. Al menos hasta que la Crisis de 1929 dé al traste con parte de ellas.
Old money.