Mostrando entradas con la etiqueta monarquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta monarquía. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de junio de 2018

El Káiser, una introducción


Wilhelm II, el último káiser del II Reich, fue uno de los personajes más fascinantes entre la plétora de monarcas y príncipes que protagonizaron y contemplaron el derrumbe de la Vieja Europa durante la Primera Guerra Mundial. Su intensa, teatral y, a veces, histriónica personalidad fue tema de conversación y debate, y durante décadas, se le achacó haber sido uno de los principales causantes del deterioramiento de las relaciones anglo-alemanas y del estallido de la guerra. En la actualidad, muchas de estas aseveraciones están en entredicho.

Wilhelm II fue un hombre de contrastes: impulsivo, ignorante, ansioso, depresivo, incapaz de concentrarse en el trabajo y fiel defensor de los derechos divinos de la monarquía, también era, no obstante, ambicioso, muy inteligente, tenía muy buena memoria, era elocuente y enérgico y estaba muy interesado en el mundo moderno. Su brusquedad y egoísmo solían ir de la mano de la amabilidad y la educación propias de un gentleman.

Teatral, pomposo y dado a lo que hoy llamaríamos “incorrecciones políticas”, Wilhelm II heredó en 1888 uno de los tronos más codiciados del mundo, el del floreciente Imperio alemán. Hijo del príncipe Friedrich (brevemente emperador Friedrich III) y de la princesa Victoria o Vicky (hija a su vez de la reina Victoria), su nacimiento estuvo marcado por un funesto parto que le dejaría como resultado un brazo izquierdo paralizado y ligeramente más corto. (Más sobre su infancia y juventud aquí) Esta discapacidad generaría en él un complejo de inferioridad y, al mismo tiempo, una cierta tendencia hacia la megalomanía y la arrogancia así como una constante necesidad de aprobación, de sentirse amado y admirado y por sus propios súbditos pero también por los ingleses, que por lo general lo aborrecían y despreciaban.

La princesa Victoria pintada en 1867 por Winterhalter.

El príncipe Friedrich pintado en 1857 por Winterhalter.

El Káiser tenía, además, la tendencia a hablar muchísimo y sobre muchos temas al mismo tiempo; demostraba tener grandes conocimientos pero también una destacable falta de concentración. Wilhelm II era hiperactivo, cosa que preocupaba especialmente a su séquito. “Su majestad no tiene nervios, pero no aguanta la presión durante las crisis” decía el almirante Friedrich Hollmann, y esa era la principal preocupación de sus doctores: Wilhelm II tendía a consumir sus nervios, después de períodos de hiperactividad se derrumbaba.

Algunos historiadores han querido ver también en Wilhelm II un ejemplo de Cäsarenwahnsinn, una "dolencia" característica de algunos emperadores romanos que incluía delirios de grandeza, divinización de uno mismo, deseo de triunfos militares y manía persecutoria.

El joven príncipe Wilhelm ataviado a la escocesa en una fotografía para su abuela la reina Victoria, hacia 1884.

Sobre él también influyó la pobre relación que tuvo con su madre inglesa que, por un lado, consideraba a su hijo un fracaso personal y, por otro, parecía constantemente dispuesta a alabar todo lo inglés y a ser condescendiente con las tradiciones prusianas. Todo ello contribuiría a crear en el Káiser una complicada relación con Reino Unido. Wilhelm II siempre sintió fascinación y admiración por la cultura inglesa, pero al mismo tiempo vio, con frustración, como sus parientes ingleses le solían mirar por encima del hombre. El Káiser, por lo tanto, osciló siempre entre el orgullo y el rencor hacia todo lo inglés.

El káiser Wilhelm II pintado en 1917 por August Böcher.

La imagen que de él ha guardado la posteridad es la de un belicista amante de los desfiles, de los uniformes y dado a discursos violentos como el famoso Discurso de los Hunos de 1900 o el Escándalo Daily Telegraph de 1908. Pero tras esta fachada militarista con pomposos aires de Siegfried o Parsifal se escondía un hombre de paz. Wilhelm II prefería ser el árbitro, el líder que proponía acuerdos entre las naciones beligerantes del mismo modo que un padre hace con sus hijos.


El Káiser rodeado por su familia en 1896.

No en vano, en su primer discurso como emperador, se esforzó por remarcar que su reinado perseguiría la paz y no las conquistas. Del mismo modo, en el verano de 1914, tras enterarse del contenido del Ultimátum austríaco a Serbia, escribió a su canciller que eso era un triunfo diplomático, ya que la necesidad de una guerra quedaba completamente descartada. Murió creyendo que había tenido que ir a la guerra en defensa propia contra una conspiración orquestada por sus primos ingleses y rusos.

Incluso la famosa Kaiserliche Marine, que pretendía rivalizar con la Royal Navy y que tantos regueros de tinta originó, se creó más para extender la influencia alemana por el globo que pensando en un futuro enfrentamiento con Gran Bretaña. Prueba de ello, la famosa Misión Haldane de 1912, en la que los alemanes, conscientes de que perdían la carrera naval, propusieron a Reino Unido llegar a un alto armamentístico y a una alianza diplomática. Los británicos lo rechazaron, considerando que aquello no les aportaba ningún beneficio ya que, al fin y al cabo, ellos siempre seguirían teniendo la mayor armada. Las ironías de la Historia quisieron que los flamantes y "amenazantes" acorazados "del Káiser" terminarían sus días en Scapa Flow, siendo hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayeran en manos enemigas.

El káiser Wilhelm II pintado en 1907 por Philip de Laszló.

En este blog hemos dedicado varios artículos a Wilhelm II, y esperamos dedicarle algunos otros más.




lunes, 18 de junio de 2018

El pequeño príncipe y la Inglesa


21 DE ENERO DE 1859

Dícese que al enterarse del nacimiento de su primer nieto, el príncipe Wilhelm, por aquel entonces regente de Prusia, abandonó una reunión en la secretaría de Exteriores y cogió el primer taxi que encontró en la calle rumbo al Kronprinzenpalais en el Unter den Linden.

También en Reino Unido la emoción fue grande, era el primer nieto de la reina Victoria y el príncipe Albert y para conmemorarlo un nuevo verso fue añadido temporalmente al himno. Antes de las representaciones teatrales el público solía prorrumpir en aplausos al escucharlo.

La hija mayor de la reina Victoria, también llamada Victoria o Vicky, se había casado en 1858 con el príncipe Friedrich de Prusia, hijo, a su vez, del príncipe Wilhelm, que actuaba como regente de su incapacitado hermano el rey Friedrich Wilhelm IV de Prusia.

El primer hijo de Friedrich y Vicky fue bautizado con los nombres Friedrich Wilhelm Viktor Albert de Hohenzollern, pasaría a la historia como el káiser Wilhelm II de Alemania. Su infancia ha sido frecuentemente definida como oscura, traumática e incluso “gótica” por historiadores que luego han presentado el soberano como una persona desequilibrada e incapaz de gobernar. Veámoslo.

El Kronprinzenpalais (Palacio del Príncipe Heredero) de Berlín y, al fondo, la cúpula del Stadtschloss.

FÓRCEPS

Lo que nunca supieron los súbditos prusianos y británicos fue que el pequeño Wilhelm nació después de un doloroso parto. Su madre pasó horas agónicas mientras los médicos de la corte prusiana debatían con los médicos ingleses enviados por la reina Victoria. El bebé venía de nalgas, pero la cesárea fue juzgada demasiado peligrosa, ya que nadie quería arriesgarse a matar a la hija de la soberana inglesa. Finalmente, ante lo desesperado de la situación, el médico alemán optó por usar unos fórceps. El futuro príncipe nació más muerto que vivo y los médicos lo frotaron con tanta energía para reanimarlo, que dañaron el nervio de su brazo izquierdo.

No fue hasta más tarde que sus padres y nodrizas se dieron cuenta que el joven príncipe Wilhelm no usaba su brazo izquierdo, que, además, parecía ligeramente más corto. Los médicos confirmaron que dicho brazo estaba fatalmente atrofiado.

La noticia no tardó en extenderse por la corte prusiana. “Un príncipe manco no puede ser rey”, no tardó en oírse en los corrillos.

Una jovencísima Vicky y su recién nacido en 1859.
© Royal Collection.

Hasta los seis años, el infante fue sometido a toda clase de tratamientos para intentar corregir su parálisis: se le hacía pasar horas atado a máquinas que presionaban su espina dorsal, a liebres recién degolladas para revivificar sus nervios y pasaba largos ratos sometido a electromagnetismo y electroterapia.

Con el tiempo sus padres se dieron cuenta que el mejor tratamiento era enseñar al niño a vivir con esa discapacidad. Wilhelm aprendió a montar a caballo, a disparar y a nadar a la perfección. Aunque años más tarde, con cierto rencor, recordaría como, mientras él lloraba a mares, su madre le obligaba a subir una y otra vez sobre el pony cuando se caía.

Wilhelm aprendió a vivir con su brazo atrofiado: sus uniformes siempre tenían una manga más corta y los bolsillos más altos, en sus apariciones públicas solía llevan capa y en la mesa siempre había un valet preparado para cortarle la carne. Por otro lado, acabó desarrollando una sorprendente fuerza en su mano atrofiada y no se abstenía de demostrárselo a quien le daba la mano.

Abrigo de "coronel honorario" perteneciente a Wilhelm II.
© Imperial War Museum.

No obstante, el futuro káiser conservaría a lo largo de su vida una autoestima frágil, una sensación de no estar a la altura del cargo de emperador alemán, rey de Prusia y jefe supremo del ejército. Su risa estruendosa, sus poses teatrales, sus discursos encendidos y su cierta megalomanía eran una forma de elevarse por encima de los demás para ocultar su fragilidad. Sin embargo, con frecuencia esta pose se resquebrajaba fácilmente ante las críticas, Wilhelm se sumía entonces en profundos periodos depresivos. A lo largo de su vida y su reinado, la alternancia de periodos eufóricos e hiperactivos con fases depresivas fue constante.

Aparte de su autoestima, la relación de Wilhelm con su madre también se vio un poco afectada. La perfeccionista Vicky, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente, con una tensión constante por intentar mejorar su estado de salud. Tal como le escribió a su madre, "su discapacidad estropea toda la alegría y el orgullo que debería sentir por él".

El joven Wilhelm no entendía porque cada vez que estaba con él, su madre parecía atacada de los nervios, llegando a pensar que su madre lo rechazaba. Con los años, la relación entre madre e hijo fue tornándose en desconfianza mutua.

Todo lo contrario ocurría con su padre Friedrich, que solía acompañar a su hijo Wilhelm a los tratamientos médicos y siempre se mostraba paciente y afectuoso con su hijo. Padre e hijo pasaban largos ratos leyendo y nadando. A Friedrich le gustaba, además, explicar sus experiencias en la Guerra Franco-prusiana. Wilhelm lo escuchaba fascinado, aunque años más tarde afirmaría que “nunca he tenido ambiciones guerreras. En mi juventud mi padre me explicaba lo terribles que fueron los campos de batalla de 1870 y 1871. No siento ninguna inclinación en traer tal miseria, a tal gran escala, al pueblo alemán y a la humanidad”.

HINZPETER

Para educar al príncipe Wilhelm y más tarde a su hermano Heinrich, sus padres escogieron a un reputado y austero calvinista llamado Georg Ernst Hinzpeter. Era la primera vez que un príncipe prusiano era educado por un civil y no por un militar y aunque Hinzpeter era tosco y parco, Vicky y Friedrich confiaban en que enseñaría a sus hijos las virtudes civiles y burguesas.

Wilhelm con un año en un barco de juguete, el primer navío de la temida "Marina del Káiser".
© Royal Collection.

Hinzpeter era un educador de métodos severos y a veces brutales, que hacía estudiar a sus alumnos desde el amanecer hasta el atardecer (es decir, desde la seis de la mañana hasta las seis de la tarde). Sin embargo, le enseñó a Wilhelm mucho más de lo que habría sido habitual en la corte prusiana. Una vez por semana, Wilhelm y su hermano pasaban un día en una fábrica, aprendiendo los procesos de fabricación y teniendo ellos mismo que mezclarse con los trabajadores y presentar, al final del día, algo que hubieran hecho. De estas visitas, Wilhelm extraería una pasión por la tecnología y los avances científicos que duraría toda su vida.

El tutor también llevada a los niños a viajes de aprendizaje más lejanos y largos, como Cannes, las Islas Frisias o la costa belga. De ahí saldría seguramente el interés del futuro káiser por la navegación y los viajes.

Wilhelm con seis años y Heinrich con tres.
© Royal Collection.

Las extenuantes sesiones de estudio programadas por Hinzpeter, no obstante, solo se aplicaban a Wilhelm parcialmente, ya que el niño seguía pasando largas horas en tratamientos médicos. Su propia madre, intelectualmente brillante, se quejaba de que Wilhelm parecía “retrasado” a causa de su ausencia a las lecciones. Aparte de su tara física ahora se añadía su bajo intelecto. Para Vicky, Wilhelm jamás se parecería ni a ella ni a su igualmente brillante padre, el príncipe Albert.

Cuando el príncipe le escribía cartas a su madre, ésta las respondía con párrafos enteros de correcciones, como por ejemplo sobre cuál era la expresión afectuosa más adecuada para dirigirse a ella en las cartas.

No obstante, a pesar de las quejas de su madre, Wilhelm heredó su privilegiado intelecto, tenía una gran memoria, le interesaban gran variedad de temas y solía hacer preguntas inteligentes y perspicaces cuando visitaba una factoría. Sus notas fueron siempre excelentes en historia, literatura, religión y lengua.

El problema de Wilhelm era seguramente su falta de concentración, pasaba rápidamente de un tema al otro, sin conexión entre ambos. Ya siendo emperador, propuso fundar una Nueva Alemania en la jungla de Brasil, convertir Mesopotamia en colonia alemana (a pesar de que era inglesa) o fundar una corporación petrolera pan-europea a modo de la Starndart-Oil americana. Los largos memorándums que enviaba a sus ministros y a sus parientes con frecuencia pasaban al olvido cuando a Wilhelm se le ocurría otra idea.

A pesar de su tendencia a no escuchar las opiniones de los demás y de su frágil autoestima, podemos afirmar que Wilhelm aprendió dos grandes lecciones de su tutor: que debía pensar por sí solo, cosa que explica la ausencia de camarillas durante su reinado, y que podía vivir como una persona normal a pesar de su discapacidad.

POSTDAM

Las enseñanzas de Hinzpeter fueron completadas con estudios de secundaria en el gymnasium de Kassel y, tras ellas, Wilhelm realizó una licenciatura de derecho en la universidad de Bonn y Heinrich ingresó en la Marina.

Wilhelm y Heinrich en 1886.

Era la primera vez que los Hohenzollern iban y eran educados junto con otros jóvenes de su edad, cosa que causó un considerable malestar en la corte prusiana. Sin embargo, la princesa Vicky y el príncipe Friedrich se habían empeñado en que sus hijos no tuvieran la tradicional educación militar y ultra-conservadora de los príncipes prusianos.

Tras graduarse en Bonn en 1879, Wilhelm ingresó en el 1er Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, radicado en Potsdam. Vicky se quejaría más tarde que su hijo se volvió brusco y arrogante entonces, Wilhelm, por su parte “que había encontrado su familia y su amigos”.

No obstante, puede afirmarse, que Wilhelm no fue producto de la típica educación castrense prusiana, al contrario. Tuvo, y sus padres de esforzaron en ello, una educación eminentemente civil. La pasión futura de Wilhlem por el ejército y sus uniformes puede considerarse esencialmente una afición, jamás adquirió ni la disciplina, ni la austeridad, ni el belicismo del ejército prusiano.

LA INGLESA

El príncipe Albert siempre consideró, y con razón, que su hija mayor Vicky era la más inteligente de sus vástagos. La propia Vicky también fue consciente desde pequeña de su intelecto brillante. Sin embargo, no podía disimular una cierta arrogancia ante la gente que no estaba a su altura o que discrepaba con ella.

Ya instalada en Prusia después de su boda con el príncipe Friedrich, la joven e impulsiva princesa (solo tenía 17 años) no se cortaba en afirmar la superioridad de todo lo inglés frente a lo prusiano, considerando además que el país adolecía de una falta de evolución comparado con Reino Unido. Siguiendo las enseñanzas de su padre, el príncipe Albert, la princesa consideraba que Prusia debía transformarse en una democracia más liberal, cuyo modelo era, obviamente, Inglaterra.

Vicky, además, se metió de lleno en una “guerra fría” que había de dominado la corte prusiana desde principios del siglo, aquella que enfrentaba a un “partido pro-ruso” y conservador con otro “partido anti-ruso” y pro-inglés de corte más liberal. La princesa pronto recibió el sobrenombre de “La Inglesa” por parte de sus detractores.

Friedrich y Vicky junto con sus dos hijos mayor Wilhelm y Heinrich (Winterhalter 1862).

Al contrario que su madre, Friedrich era un hombre con un carácter pausado y afable y de naturaleza silenciosa. Aunque menos impetuoso que su esposa, el príncipe también hacía gala de sus claras tendencias liberales y anglófilas, y, con el tiempo, no tardó en rumorearse entre la corte que se encontraba “dominado” por su mujer.

Los príncipes herederos y su familia, circa 1865.
© Royal Collection.

Pocos años después del nacimiento de Wilhelm, ascendió al trono de Prusia su abuelo Wilhelm I (1861) y Otto von Bismarck se convirtió en canciller (1862). Ambos eran claros partidarios de una tendencia más “pro-rusa” y Friedrich y Vicky poco a poco se vieron excluidos de los círculos de influencia.

El aislamiento de los ahora príncipes herederos se hizo todavía más hiriente cuando su hijo Wilhelm fue desarrollando a partir de la adolescencia una personalidad y unos intereses diametralmente opuestos a los de sus padres, todo ello espoleado por la influencia de su abuelo, el (desde 1871) káiser Wilhelm I, y del canciller Bismarck.

La distancia entre madre e hijo se acrecentó. Vicky consideraba que su hijo lo hacía todo para fastidiarla y provocarla, y Wilhelm creía que su madre nunca le había querido.

En las frecuentes peleas familiares, la reina Victoria tenía que hacer siempre de mediadora, optando usualmente por secundar a su nieto mayor y apaciguar a su hija.

DONA

Mientras estudiaba en Bonn, el príncipe Wilhelm se enamoró perdidamente de su prima la princesa Ella de Hesse-Darmstadt y hasta llegó a escribirle poemas de amor. Pero Ella, bella y sofisticada, le rechazó como a un patito feo. La autoestima de Wilhelm tocó fondo.

Al mismo tiempo, su madre Vicky empezó a proyectar la boda de su hijo, con la esperanza que una esposa adecuada ayudara a recoser la distancia entre ambos. La escogida fue la princesa Auguste Viktoria de Schleswig-Holstein, hija del (solo formalmente) duque soberano de Schleswig-Holstein.

Auguste Viktoria, o Dona, como se la llamaría afectuosamente, no era precisamente una princesa con un linaje rutilante. Su padre, el duque Friedrich VIII de Schleswig-Holstein, era un empobrecido miembro de una rama secundaria de la Casa Real Danesa y su única hazaña había sido declarar, en 1863, la independencia de los ducados de Schleswig-Holstein de Dinamarca para luego entregarlos a las tropas austro-prusianas. Desde entonces había vivido en el más absoluto de los olvidos.

Peor era que la abuela paterna de Dona hubiera sido una simple condesa, aunque esto se compensaba con su abuela materna, la princesa Feodora de Leiningen, medio hermana de la reina Victoria.

La princesa Auguste Viktoria retratada por Von Angeli en 1880.

Vicky pensó que una princesa humilde sería capaz de controlar los delirios de grandeza de su hijo. También esperaba poder ejercer una mayor influencia sobre su vástago a través de su nuera, que, por supuesto, le estaría eternamente agradecida por haberla escogido. Sin embargo, tarde se dio cuenta que en realidad Dona era una ferviente protestante, conservadora y no precisamente anglófila. Carecía además del carácter de Alix de Hesse, del glamour de Alexandra de Gales o del magnetismo de Elisabeth de Austria, Dona siempre fue una mujer corriente, que nunca escondió que sus grandes intereses eran esencialmente la religión y la familia y que no tenía inquietudes políticas ni intelectuales. Su aspecto de hausfrau (ama de casa) la hizo ser muy querida entre la clase media alemana.

Muy al contrario de lo que esperaba Vicky, la boda en 1881 con Dona no sirvió para propiciar un acercamiento madre-hijo, porque Dona nunca quiso cuestionar ni interesarse por las posiciones políticas de su marido.

Su matrimonio con Wilhelm fue un matrimonio sin fisuras, Dona siempre le estuvo eternamente agradecida a Wilhelm por haberse casado con ella, una princesa con poco brillo y linaje. A la inversa, Wilhelm también le agradeció que se hubiera casado con un tullido como él.

Wilhelm y Dona, circa 1880-1881.

PRÁCTICAS

El inicio de la década de los 80 también coincidió con el progresivo acercamiento entre Wilhelm y su abuelo el emperador Wilhelm I, todo ello propiciado por Bismarck, deseoso de evitar que el príncipe pudiera acabar bajo la influencia de Vicky. El canciller empezó a encargar tareas de representación al príncipe Wilhelm, al tiempo que sus padres Friedrich y Vicky eran mantenidos apartados de la política. A todo ello se unían las siempre abiertas críticas de Vicky al gobierno y, por el contrario, las también públicas muestras de apoyo que su hijo daba al mismo gobierno.

Cuatro generaciones: el káiser Wilhelm I, su hijo el príncipe heredero Friedrich, su nieto el príncipe Wilhelm y su bisnieto el príncipe Friedrich Wilhelm (hijo del anterior).

Si la relación entre madre e hijo no era muy buena, la que había entre padre e hijo parecía haber solventado los obstáculos, hasta que Wilhelm empezó las "prácticas" en el negocio familiar.

En 1884, Bismarck y el káiser escogieron a Wilhelm para realizar una visita oficial al zar Aleksandr III de Rusia. Su padre Friedrich se sintió, con razón, deliberadamente excluido, pero Bismarck y Wilhelm arguyeron que sus claras posiciones anti-rusas podrían afectar el buen desarrollo del viaje.

Wilhelm hacia 1885.
© Royal Collection. 

La visita fue un triunfo y Wilhelm siguió actuando durante los siguientes años como interlocutor directo con el zar, cosa que provocó una creciente tensión con su padre, al considerar que su hijo estaba usurpando una de las funciones más sagradas de un futuro emperador, el trato con otros soberanos.

La exitosa visita a la corte rusa también conllevó que Wilhelm ingenuamente creyera a lo largo de todo su reinado, que la “diplomacia dinástica” podía solucionar cualquier problema entre estados.

Cuatro generaciones: la emperatriz Augusta y el káiser Wilhelm I, el príncipe Heinrich y su prometida Irene de Hesse dándole la mano, detrás Friedrich y Vicky y, en el extremo derecho, Wilhelm, Dona y sus hijos.

JUBILEO

El príncipe Friedrich siempre había sido un hombre propenso a los resfriados y problemas de garganta, pero en mayo de 1887, tras un largo catarro y afonía, los médicos de la corte diagnosticaron un cáncer de laringe. Se consideró que la mejor opción sería realizar, pese a los riesgos que podía conllevar, una laringotomía. La princesa Vicky buscó una segunda opinión de médicos británicos y, tras una biopsia, el doctor Morell Mackenzie determinó que el tumor era benigno y que lo que necesitaba en príncipe heredero era un cambio de aires.

A pesar del optimista diagnostico de Mackenzie, el anuncio oficial de que el príncipe estaba enfermo (sin decir de qué) causó, entre los alemanes, serias dudas sobre su capacidad para ascender al trono imperial en un futuro no muy lejano. Con cierta falta de tacto, Wilhelm se ofreció entonces a substituir a su padre como representante del káiser en el Jubileo de la Reina Victoria en junio de ese mismo año. Vicky montó en cólera e incluso la reina Victoria amenazó con no invitar a su nieto al evento.

Aunque Wilhelm había sido imprudente con este ofrecimiento, seguramente pensara que el extenuante viaje y el aire no muy limpio de Londres poco harían para mejorar la salud de su padre. Vicky, sin embargo, creyó firmemente que su hijo había querido aprovechar la enfermedad de su padre para usurpar sus funciones. Esta obsesión la perseguiría constantemente a lo largo de los siguientes meses.

La aparición del príncipe heredero Friedrich en el jubileo, vestido con el uniforme blanco y la reluciente coraza del regimiento de los Coraceros de la Guardia Imperial fue un auténtico éxito y la prensa británica se deshizo en elogios hacia yerno de la reina Victoria.

VILLA ZIRIO

De vuelta a Berlín, el doctor Mackenzie, que por entonces se había convertido en confidente de Vicky, siguió recomendando un cambio de aires. Friedrich y Vicky pasaron el verano primero en la isla de Wight y luego con la reina Victoria en Balmoral, Escocia. En otoño se trasladaron al Tirol con sus tres hijas más jóvenes (y próximas) y en noviembre se instalaron en San Remo, donde alquilaron una casa llamada Villa Zirio.

La Villa Zirio en San Remo, Italia.
Tras meses de tratamiento, Mackenzie tuvo que reconocer que el tumor era maligno y además, que ahora ya era seguramente inoperable. Con angustia y frustración, Vicky empezó a vislumbrar como el ansiado momento de ascender al trono y vengarse de Bismarck y del “partido ruso” podía no llegar jamás. Cuidando de su marido, que ya había perdido la capacidad de hablar, Vicky pasó varios meses enclaustrada en la Villa Zirio de San Remo.

En noviembre, el príncipe Wilhelm viajó a San Remo para visitar a su padre. También tenía instrucciones expresas de su abuelo, el káiser, de averiguar el estado de salud exacto de Friedrich. Nada más llegar, Wilhelm reunió a los médicos que lo atendían para que le informaran de cómo estaba y quedó devastado por el diagnóstico. Su madre, Vicky, se enfureció al saber que su hijo había hablado con los médicos a sus espaldas y prohibió que padre e hijo pudieran verse a solas, para disgusto de Wilhelm, que veía como a diario periodistas extranjeros eran recibidos en audiencia por el enfermo. Las cartas que el hijo enviaba al padre eran también con frecuencia interceptadas por Vicky.

En medio de todo este ambiente de paranoia y suspicacia, no es de extrañar, que a lo largo de estos meses de enfermedad, a parte de la salud de Friedrich, también hubiera otra cosa en constante deterioro: la relación con su hijo. Si el trato entre padre e hijo ya había vivido su primer encontronazo a raíz del viaje a Rusia años antes, ahora, tras meses de encierro en Villa Zirio, Friedrich veía con disgusto y desconfianza las constantes, y lógicas, opiniones de Wilhelm sobre cuál sería el mejor tratamiento a seguir.

Impotente en San Remo, Wilhelm volvió a Berlín e informó a su abuelo el emperador sobre el estado de salud de su padre. El boletín oficial de la corte finalmente publicó que el príncipe heredero Friedrich padecía un cáncer incurable. Todo el mundo se empezó a preguntar si el príncipe llegaría a suceder a su anciano padre el emperador.

Friedrich, su familia y su séquito en la Villa Zirio. Vicky aparece a la derecha de Friedrich, en la escaleras están sus hijas favoritas: Viktoria "Moretta", Sophia "Sossy" y Margarethe "Mossy". Arriba de la escalera está Heinrich vestido claro. Nótese la ausencia de Wilhelm.
© Royal Collection. 

También Wilhelm I, consternado y preocupado, empezó a entender que sería mejor preparar a su nieto para el gobierno nombrándolo Stellvertreter des Kaisers (Suplente del Emperador). Para Vicky, ésta fue la prueba definitiva que mostraba la mala fe de su hijo y sus ansias de poder. Tampoco la prensa alemana contribuía al entendimiento, llegando a publicar la falsa noticia que Wilhelm había obligado a su padre a renunciar al trono antes de volver a la capital.

Recluida en Villa Zirio y siguiendo los consejos de Mackenzie y otros confidentes, Vicky era incapaz de ver la gravedad de la situación y seguía creyendo que su marido podía recuperarse y llegar a ser emperador. Fue la propia reina Victoria la que tuvo que advertir a su hija sobre su obcecación y recomendarle que escuchara otras opiniones además de la de Mackenzie.

Finalmente, siguiendo los consejos de su madre, Vicky permitió que los médicos de la corte realizaran una traqueotomía a su marido, a causa de la cual perdió la facultad de hablar. Los médicos arguyeron que la operación le daría varios meses de vida a Friedrich, pero que difícilmente viviría más de un año.

A principios de marzo de 1888, mientras se recuperaba de la operación, llegó un telegrama urgente desde Berlín, el káiser se encontraba gravemente enfermo. Friedrich y Vicky se prepararon para partir de inmediato, pero la mañana del 9 de marzo, otro telegrama anunció que Wilhelm I había fallecido.

El cortejo fúnebre del emperador Wilhelm I saliendo de la catedral de Berlín (detrás).

MENTIRAS

Friedrich acababa de ascender al trono como Friedrich III, segundo emperador de la Alemania unificada. El tren imperial cruzó Europa a toda prisa para llegar a Berlín lo antes posible pues, según Vicky, su ausencia de la capital era un riesgo. Con las prisas, el nuevo emperador cometió algún desliz, como, por ejemplo, pasar de largo Múnich mientras toda la familia real bávara le esperaba en la estación para felicitarle por su ascensión.

Cuando el tren imperial llegó a Berlín, la mañana del 11 de marzo, la nueva pareja imperial fue recibida por los miembros más allegados de la familia, pero el aparente servilismo y simpatía entre Wilhelm y sus padres era solo un ejemplo de lo gélida que era su relación.

El emperador Friedrich III de Alemania.

La nueva pareja imperial decidió instalarse en Charlottenburg, lejos del bullicio y de las miradas indiscretas. Allí, Wilhelm visitó a su madre para preguntarle porque en los últimos meses se había mostrado tan fría y furiosa. Su madre respondió que Wilhelm había hecho todo lo posible por usurpar el poder a su padre y por obligarle a renunciar al trono. Wilhelm se defendió afirmando que no era cierto, que su madre había malinterpretado sus intenciones a lo que ella respondió que eso era otra mentira pero que “qué más da una mentira más o una menos, cuando alguien es capaz de llevar su ingratitud tan lejos”.

A medida que pasaban los días y el nuevo emperador tenía que hacer frente a los distintos compromisos oficiales, crecía la indignación al ver como Vicky y Mackenzie habían maquillado su verdadero estado de salud. A sus 57 años, Friedrich III, que siempre había sido alto y robusto, era ahora como un hombre cansado y profundamente envejecido. Peor aún, era incapaz de pronunciar una sola palabra, algo indispensable para un soberano. La propia Vicky fue poco a poco dándose cuenta de la grave situación de su marido y de lo poco que duraría su reinado “somos sombras pasajeras que esperan a ser substituidas por otra realidad en forma de Wilhelm”.

LA MUERTE DE UN EMPERADOR

El ansiado y temido cambio de gobierno que debía producirse si Vicky y Friedrich llegaban al trono jamás llegó a producirse, él estaba demasiado débil y ella demasiado aislada. Su único caballo de batalla fue intentar concretar (por segunda vez) la boda entre su hija Moretta con el príncipe Alexander de Battenberg, persona non grata para los rusos después de haber sido brevemente príncipe de Bulgaria. A pesar del énfasis que los nuevos emperadores pusieron en el asunto, tanto Bismarck como la propia reina Victoria lo desaconsejaron, y la boda no llegó a celebrarse. Si que se produjo, no obstante, la boda, el 24 de mayo, entre su hijo Heinrich y la princesa Irene de Hesse. Fue la última festividad a la que asistió el emperador.

Boda entre el príncipe Heinrich y la princesa Irene de Hesse en el castillo de Charlottenburg.
Vicky y Friedrich aparecen sentados a la izquierda, Wilhelm y Dona de pie a la derecha.

En abril, Friedrich III estaba tan débil que ya no podía ni andar. Pidió ser trasladado al Neues Palais de Potsdam, en donde había pasado casi todos los veranos con su familia desde el nacimiento de Wilhelm.

Friedrich III, segundo emperador de Alemania, murió a las once y media de la mañana del 15 de junio de 1888. Había reinado solo 99 días.

La cámara mortuoria de Friedrich III en el Neues Palais de Potsdam.
© Frank Burchert.

SIN TECHO

La situación vivida tras la muerte de Friedrich III fue uno de los momentos más agrios de la relación entre Wilhelm y su madre Vicky.

Nada más ascender al trono, el ahora Wilhelm II, ordenó que un regimiento de la guardia rodeara el Neues Palais e impidiera a todo el mundo salir o entrar. Asimismo dio instrucciones para que se buscaran documentos secretos y comprometedores en los aposentos de sus padres.

Vicky, que acababa de perder a su marido, vivió esos instantes como una auténtica agresión, y nunca se cansaría de recordar lo insensible que fue su hijo. Wilhelm, por su parte, dijo que tal acción estuvo motivada por los rumores que corrían que Vicky había o tenía la intención de enviar documentos ultra-secretos a Reino Unido.

Tras una hora de encierro y registro, los soldados se retiraron y la emperatriz viuda pudo velar a su marido en calma. No se encontraron papeles comprometedores en el palacio. Sin embargo, semanas después, la reina Victoria devolvió a Berlín unas cajas selladas que Vicky le había enviado y que habían estado meses guardadas en Windsor. Nunca se supo exactamente que contenían.

La segunda confrontación entre madre e hijo vino cuando los médicos de la corte solicitaron hacer una autopsia al difunto emperador. Wilhelm dudó, ya que su padre se había mostrado en contra de ello en su testamento. No obstante, los médicos arguyeron que al haber muerto el emperador después de una larga enfermedad y con varios tratamientos médicos, era necesario practicar una autopsia. Wilhelm accedió. Nuevamente su madre lo consideró una afrenta.

En octubre, Wilhelm II le sugirió a su madre que abandonara el Neues Palais, que debía convertirse en la nueva residencia del emperador en Potsdam. Como contrapartida, el nuevo emperador le ofreció a su madre la posibilidad de escoger entre otros cinco palacios, entre ellos el coqueto Sanssouci. Vicky escribió a sus familiares que su hijo la había echado de casa y que ahora era una “sin techo”. Años después, Vicky se construiría un monumental castillo cerca de Frankfurt, lejos de su hijo.

Lejos de Berlín pero no fuera de Alemania.
El monumental retiro de Vicky, el castillo de Friedrichshof (literalmente "El castillo de Friedrich").

El castillo también incluía su propio memorial al difunto emperador.


TIMONEL

Una de las primeras decisiones políticas del nuevo káiser Wilhelm II fue la destitución del hombre que había guiado Alemania antes, durante y después de su unificación: Bismarck.

El conflicto entre el emperador y su canciller vino a causa de la huelga de trabajadores en el Ruhr a finales de 1889. Bismarck aspiraba a dejar que las cosas se caldearan lo suficiente para, así, poder aprobar sin ningún problema en el Reichstag nuevas y duras leyes anti-socialistas. Wilhelm II, sin embargo, aspiraba a llegar a un acuerdo con los huelguistas e utilizó toda su influencia para forzar al Estado a que atendiera las demandas de los trabajadores de mayores sueldos y límite de horas.

El emperador Wilhelm II y el canciller Bismarck en la residencia de este último, Friedrichsruh. Circa 1888.

A lo largo de varias semanas se produjo un tira y afloja entre ambos. En el fondo, más allá de los deseos de Wilhelm II de ejercer personalmente el poder que le confería la Constitución (algo que a su abuelo nunca le había interesado) el conflicto también venía dado por la forma de ejercer la política de ambos. Bismarck era de la vieja escuela, para él la política eran largas negociaciones, burocracia y un constante y hábil maquiavelismo. Wilhelm, por su parte, era un hombre de su tiempo, preocupado por la popularidad y por los gestos, y más dado a una política grandilocuente a base grandes soluciones para problemas concretos.

Solo tardíamente el anciano canciller se dio cuenta que su puesto dependía enteramente (según la Constitución) del favor del emperador. En un vano intento por asegurar su cargo, Bismarck visitó a su archi-enemiga, la emperatriz viuda Vicky, para pedirle que intercediera por él ante el emperador. Ésta se limitó a decir que gracias a sus intrigas ella había perdido toda influencia sobre su hijo. No sería del todo cierto, pues a lo largo de la infancia y juventud de Wilhelm, tanto Bismarck como Vicky demostraron ser igual de intrigantes y obcecados.

Después de una acalorada discusión sobre los poderes y las competencias del canciller, Bismarck presentó su dimisión el 18 de marzo de 1890. Empezaba entonces aquellos que algunos historiadores llamarían, quizás exageradamente, “el reinado personal” de Wilhelm II.

INFANCIA

En sus memorias, más allá de los terribles y estrafalarios tratamientos médicos, Wilhelm recordaba con nostalgia varios momentos felices de su infancia, como cuando él y sus hermanos pasaban las tardes jugando y leyendo con su madre en el salón-puente de su palacio, mientras veían los transeúntes pasar por debajo. O los momentos pasados con su padre, ojeando los libros de historia y sus ilustraciones, paseando por los jardines o remando en los lagos de Potsdam.

Friedrich y Vicky con sus hijos, en 1874.
© Royal Collection. 

No puede decirse, por lo tanto, que la infancia de Wilhelm fuera dramática, gótica u oscura. Estuvo plagada de momentos tristes, eso sí, seguramente como la infancia de cualquier persona que sufre una discapacidad. Ya de joven y adulto, fueron la política y las intrigas cortesanas las que intoxicaron la relación entre Wilhelm y sus padres, nada que no ocurriera con frecuencia con muchas otras familias reinantes a lo largo de los siglos.

Con asiduidad se dice que Wilhelm fue una “criatura de Bismarck”, pero se ignora que muchas de sus virtudes, como su inteligencia, su buena memoria, su fascinación por la tecnología, su capacidad para conectar con la gente humilde o su afición por los viajes y la arqueología fueron consecuencia de la educación recibida durante su infancia y supervisada por sus padres.

A lo largo de su vida, Vicky escribió innumerables cartas, publicadas más tarde, quejándose de su hijo, de su actitud y del trato que recibía ella. Con el tiempo, el contenido de dichas cartas pasó de ser una opinión subjetiva a una verdad indiscutible. Pocos historiadores cuestionaron la veracidad de aquello que Vicky escribía, construyéndose, por lo tanto, una monstruosa imagen de su hijo que sería extremadamente útil en la propaganda anti-alemana durante la Primera Guerra Mundial.

Vicky se quejó amargamente del carácter de su hijo, de su arrogancia, de su ambición, de su incapacidad para escuchar a los demás, de su ímpetu, etc, pero estos fueron defectos que también la definían a ella. Finalmente, en muchos aspectos, su hijo se le parecía más de lo que jamás reconoció.

lunes, 19 de marzo de 2018

Las cortes que nunca existieron

Con frecuencia, la gente poco docta en historia (y también la docta), considera que el siglo XIX no es un siglo de monarquías. ¿Después de la Revolución Francesa, como puede volver a haber espacio para los soberanos y sus aduladoras cortes? En el siglo XIX, el llamado siglo del liberalismo y de las luchas proletarias, ¿qué importancia pueden tener los reyes y los rituales ancestrales? Se considera, es cierto, que hubo reyes y cortes, pero que no dejaron de ser una mera continuación del Antiguo Régimen, fantasmas del pasado realizando rituales obsoletos. En otras palabras, los restos de una época que se negaba a desaparecer, frente a un mundo cambiante y moderno.

"El pueblo de París llegando a Versalles" por François Flameng.

Se equivocan.

Durante gran parte del siglo XX, la historiografía de tendencia marxista, se esforzó en estudiar los procesos revolucionarios y los sistemas económicos del siglo XIX, la sociología de las élites quedó en un segundo inexistente plano. A partir de 1980, sin embargo, empezó a aparecer una historiografía centrada en analizar el fenómeno curial. Se demostró entonces que países como el Segundo Imperio Francés o el Segundo Reich Alemán, que en su época fueron las naciones más avanzadas e industrializadas del mundo, poseían, además, una monarquía a pleno funcionamiento y enormes e influentes cortes. Emblemático e indispensable, sobre todo por su visión global, es el artículo de Philippe Mansel “The Court in the Nineteenth Century: return to the Limelight” publicado en 2012.

También desde la historiografía del arte se prefirió estudiar las vanguardias pictóricas o la innovadora arquitectura de hierro y cristal. En el canónico “Arquitectura de los siglos XIX y XX” de Henry Russell-Hitchcock, el autor dedica apenas unas líneas anecdóticas a emblemáticos palacios europeos. El siglo XIX no era época de palacios. Sin embargo, en dicho siglo, se reformaron costosamente la mayoría de los palacios europeos y una innegable cantidad fue construida ex-novo, en especial en los nuevos estados que se crearon. Paradójicamente, Napoléon, considerado heredero de los ideales revolucionarios, trajo consigo una auténtica fiebre constructiva de palacios que puede entenderse incluso como una re-monarquización de Europa.

En 2016, Charles-Éloi Vial, historiador francés, publicó un libro que promete convertirse en canónico entre los estudios de las cortes francesas (y europeas) post-revolucionarias. Les derniers feux de la monarchie, la cour au siècle des révolutions (1789-1870) es el primer estudio global y comparado sobre las seis cortes (cuatro reales y dos imperiales) que existieron en la Francia decimonónica, pues, si bien las cortes de Napoléon I y (más recientemente) Napoléon III han generado una considerable bibliografía, las de Louis XVI, Louis XVIII, Charles X y Louis-Philippe I siguen relegadas al olvido.

Lo que sigue es una “reinterpretación” basada en el primer capítulo de dicho libro, con algún que otro añadido mío aquí y allí.

“BARRICADAS, FANTASMAS Y ECOS”

Mariscales emperifollados y con títulos rimbombantes alrededor del trono de Napoléon, fantasmas supervivientes del Antiguo Régimen llegados en masa en 1814 y banqueros y magnates con aires de nuevo rico. Durante mucho tiempo se ha creído que no hubo cortes en Francia después de la Revolución, sino que solo hubo cortesanos.

Son tópicos que ha perdurado durante largo tiempo, a pesar de que la Francia decimonónica vivió un fenómeno curial particularmente activo, hasta tal punto, que podemos afirmar que no hubo ruptura entre los regímenes, sino un largo proceso de adaptación del ceremonial versallesco, que siempre fue una referencia insuperable. En cierto modo, podemos decir que la desconocida corte de Louis XVI de 1789 a 1792 prefigura ya muchos elementos de las cortes del XIX, ya sea por su repartición de tareas entre los criados y los cargos honoríficos, los momentos del día a día del rey o las delicadas relaciones entre la corte y los otros centros de poder, en especial los representantes “del pueblo”, aparecidos al final del Antiguo Régimen.

La fachada cara al jardín del palacio de las Tuileries, en 1867. 

Si bien nunca alcanzaron el prestigio de Versalles, las cortes del XIX tuvieron una influencia fundamental en la política, la diplomacia, el arte o la vida mundana. En el siglo XVIII, Versalles se encontró con la creciente rivalidad de Paris, pero con el retorno de la corte a la capital en 1789, villa y corte se convirtieron en inseparables, retroalimentándose durante casi un siglo.  La corte pudo aprovechar la proximidad de los teatros, la ópera, los salones de pintura y los hôtels de las grandes familias francesas, de la nobleza más reciente o de la gran burguesía parisina. Del mismo modo, los fastos monárquicos hicieron revivir talleres, manufacturas y grandes artistas.

Sin embargo, este retorno también implicó que la corte debía aprender a convivir con la pobreza obrera, la prensa, los clubs políticos o simplemente con los ánimos encendidos de la oposición popular. La cohabitación no fue fácil y la sombra de Versalles fue larga entre las clases populares: la corte se percibía como un lugar repleto de cortesanos inútiles y avaros que aspiraban a reinstaurar el absolutismo. Del mismo modo que los distritos orientales de París fueron los feudos de las clases más desfavorecidas, las Tullerías fueron consideradas el bastión de la corte. La frecuencia con la que las barricadas se alzaron cerca del palacio ha llevado a algunos historiadores a considerar las revoluciones del XIX como “revoluciones de palacio”. El palacio, enclavado en medio de barrios populares, era como una avanzadilla en medio de territorio enemigo y, del mismo modo, era la expresión física de la corte, es por eso que con frecuencia fue objeto de ataques. Sería saqueado en 1792, 1830 y 1848 y finalmente incendiado en 1871. Tales infortunios le valdrían un inmerecido epíteto de “palacio maldito”.

Napoléon en su nuevo palacio de las Tullerías, recibiendo al Senado Romano.


Los revolucionarios parisinos saqueando las Tullerías en 1848.

Para contrarrestar esta hostilidad, la corona se esforzó por destacar la generosidad del monarca con sus súbditos, así como los beneficios que la corte traía a la villa: daba trabajo y ayudas y además ofrecía fiestas y celebraciones públicas. Durante todo el siglo XIX los fastos de la corte tuvieron de convivir con la miseria, la delincuencia y las epidemias.

Pero la propia corte también vivió tensiones internas durante todo el siglo, hasta el punto que podemos afirmar que no fue un bastión cerrado, sino un punto de encuentro, una encrucijada para distintas sensibilidades políticas, desde los más acérrimos contrarrevolucionarios hasta los republicanos, pasando por los bonapartistas autoritarios, los liberales, los orleanistas o la izquierda dinástica. Todo hombre y mujer que se preciara aspiraba a ser invitado alguna vez en su vida a las Tullerías y, como gran novedad respecto al Antiguo Régimen, por primera vez la corte acogió a gente por sus méritos individuales y no solo por sus títulos y linajes.

Pero el siglo XIX fue también el siglo de la opinión pública: el nacimiento de la prensa, las batallas de opinión, las caricaturas o la progresiva libertad de expresión obligaron a los regímenes a adaptar su discurso, la corte ya no podía ser la vitrina del poder, sino que debía encarnar la riqueza de todo el país, además de revestirse de un integridad política y moral intachable. Durante todo el siglo, los periódicos, en función de su afinidad política, describirían a la corte como un modelo de virtud o como un nido de depravación y decadencia.

La capital no era solo una amenaza en potencia, sino que también tenía sus desventajas prácticas. Tras abandonar Versalles, la corte tuvo que hacer frente a la falta de espacio en el palacio, a la falta de alojamientos, a la distancia entre los edificios, a las callejuelas estrechas y a la densidad poblacional en aumento frente a las verjas de las Tullerías. Todo parecía comprimir poco a poco el espacio curial pero, afortunadamente, la corte tenía otros palacios fuera de la capital: Saint-Cloud, Fontainebleau, Compiègne y Rambouillet fueron los más célebres, sin olvidar residencias más privadas como Neuilly, Eu, Pau o la villa de Biarritz. Fruto de esta sensación de agobio en París, la corte se esforzó en resucitar los séjours (estancias oficiales), prácticamente desaparecidos a finales del Antiguo Régimen. Estos viajes permitían recuperar ese contacto con la naturaleza y esa sensación de libertad que los cortesanos tanto añoraban de Versalles. Además, permitían exportar el boato de la corte fuera de París y afirmar la continuidad entre regímenes. Tampoco hay que olvidar el papel fundamental que tuvieron estos viajes en el re-amueblamiento y el mantenimiento de las numerosas residencias reales abandonadas tras la Revolución.

Louis-Philippe I recibiendo a la reina Victoria en el bosque del castillo de Eu.
© Royal Collection/HM the Queen.

Paradójicamente, la corte nunca fue tan fastuosa como en el siglo XIX, gracias a la llamada Lista Civil. Dicha lista eran los recursos que el estado ponía a disposición del soberano para que ejerciera sus funciones y comprendían esencialmente los bienes inmobiliarios (palacios y fincas, pero también la ópera y algunos museos), los mobiliarios (muebles, colecciones reales, las Joyas de la Corona) y los monetarios (subvenciones estatales y rentas sacadas de la explotación de las distintas fincas). Solo en fincas y propiedades, la Lista Civil ya superaba aquello que antes de 1789 había constituido el llamado Domain royal (“Señorío Real” - las propiedades pertenecientes al Rey como señor feudal que era). Gracias a la Lista Civil, jamás los criados fueron tan numerosos, los caballos tan bonitos y los aposentos jamás estuvieron tan bien amueblados como después de la Revolución.

Del mismo modo, la corte no fue jamás tan poderosa. Napoléon gozó de una autoridad sin parangón, y en determinados momentos pudo jactarse de gobernar Europa, cosa que Louis XIV jamás logró; Louis XVIII y Charles X podían, en virtud de la Chartre (Carta Magna) oponerse a cualquier medida legislativa aprobada por la Chambre (Parlamento); Louis-Philippe I fue durante gran parte de su reinado su propio primer ministro y Napoléon III, gracias al bloqueo de la instituciones instaurado en 1851, tuvo las manos libres  para gobernar y reformar el país, cosa que nunca logró Louis XVI. Sin embargo, había una diferencia esencial con el Antiguo Régimen, los cortesanos que gozaban de cargos honoríficos ya  no tenían ni voz ni voto en cuestiones políticas, estas quedaron en manos de dirigentes profesionales, los miembros del gabinete del soberano.

Recepción del duque de Orléans en las Tullerías, por Eugène Lami.







“UNIDAD EN LA DIVERSIDAD”

A pesar de estas constantes (fastos, poder y revuelta), todas las cortes del XIX tuvieron aspectos distintos. La de Louis XVI fue una expresión del frágil compromiso entre el poder real y las aspiraciones reformistas de la Asamblea Constituyente y luego Legislativa. La corte consular y luego imperial de Napoléon I destacó por su capacidad de unir tradición e innovación en sus fastos. El emperador no fue un vulgar imitador sino un continuador brillante y su capacidad para encarnar la autoridad superó la de sus predecesores. Por primera vez, la corte no giró en torno a la vida biológica del rey (el despertar, el vestir, el almuerzo…) sino alrededor de su vida política (audiencias a diplomáticos, comunicación de órdenes a sus oficiales…). Bajo su reinado, el centro del palacio dejó de ser la antigua chambre de parade (dormitorio de ceremonia) y pasó a ser el salón del trono, en otras palabras, el soberano ya no lo era por derecho divino, sino gracias a que encarnaba un poder político y una autoridad militar.

Napoléon I y Marie-Louise a su llegada a las Tullerías el día de su boda, en 1810.
© RMN - Château de Versailles/Jean-Marc Manaï.

La corte de la Restauración Borbónica es seguramente la que ha gozado de peor fama. Venida después de los fastos imperiales, la “Leyenda Negra” la describe como un lugar habitado por cortesanos reaccionarios y vengativos, y soberanos estúpidos y devotos incapaces de comprender su época. El gran problema de la corte de la Restauración fue como “reconectar con el pasado” y sus soberanos supieron hacer una síntesis inteligente de la herencia real, revolucionaria e imperial. Fueron además capaces de renovar en profundidad el funcionamiento de la corte y de establecer por primera vez “conexiones” con los otros actores políticos del país (el parlamento). No obstante, el cariz conservador y autoritario que tomó el régimen en los últimos años se tradujo en un creciente odio hacia todas las expresiones tradicionales de la monarquía, hasta tal punto que cuando Louis-Philippe I subió al trono en 1830 aseguró que prescindiría de una corte.

¿Pero un soberano puede vivir sin una corte? ¿Sin chambelanes, sin caballerizos, sin ayudas de ceremonia? ¿La reina puede tener solo una dama de compañía? El nuevo soberano pronto se dio cuenta que no podía reinar sin los fastos y poco a poco una corte fue apareciendo, más modesta, cierto, pero corte al fin y al cabo. El rey recibía mucho e invitaba a partidarios y a enemigos, al mismo tiempo se esforzaba en borrar cualquier traza del Antiguo Régimen no sin mantener constantes referencias a la tradición borbónica y real, como lo fue la creación del Musée d’Histoire de la France en el antiguo palacio de Versalles. Por otro lado, Louis-Philippe I tuvo cinco hijos y tres hijas, la mayoría de los cuales oscilaban entre los diez y los viente años cuando ascendió al trono, por primera vez, la corte se revistió de un carácter "burgués", pero también familiar y juvenil. La caída de la llamada Monarquía de Julio tuvo ante todo razones más políticas, el rey intervino directamente en los asuntos de gobierno, lastrando su popularidad.

Louis-Philippe I, su familia y el rey Léopold I de Bélgica visitando el museo de Versalles en 1844.
© Photo RMN - Grand Palais.

Ya desde 1848, el presidente de la República, Louis-Napoléon Bonaparte, aspiró a recuperar los fastos del pasado. El presupuesto para la “Casa del Presidente” no paró de crecer de 1848 a 1851 (de 600.000 a 2.5 millones de francos) y Louis-Napoléon se rodeó en el Élysée de un séquito verdaderamente principesco. La corte fue completamente resucitada a partir de 1852 y la llamada fête impériale (los fastos asociados a la promoción del régimen) fueron una característica esencial de la Francia del Segundo Imperio. Las invitaciones a banqueros, industriales, científicos o artistas a los viajes de Compiègne, Fontainebleau o Biarritz; las visitas, inauditas hasta entonces, de soberanos extranjeros o los números viajes (inauditos también) que los soberanos realizaron por el territorio francés otorgaron a la corte una influencia sin parangón.

La corte que más fama tuvo de pompa también fue la más moderna, nunca antes la familia reinante y el soberano habían salido tanto de palacio, nunca se habían visitado tantos hospitales o fábricas, ni tantos puntos del territorio francés y nunca antes se había recibido a tanta gente que no perteneciera a la aristocracia. Sin embargo, la última corte francesa fue criticada por sus excesos, críticas que provinieron tanto de la vieja nobleza como de la oposición republicana, los dos sectores que accedieron al poder en 1870, después de la caída del Segundo Imperio.

El Ayuntamiento de Lyon engalanado durante la visita del Emperador y la Emperatriz en 1869, por Pierre-Ambroise Richebourg.

El incendio de Saint-Cloud y las Tullerías en 1870 y 1871, respectivamente, simbolizaron, por encima de todo, el fin de la experiencia curial en Francia.

“UNA CORTE SIN HERENCIA”

¿Qué queda hoy de la corte del siglo XIX? Quizás más que de la de Versalles en realidad. Los museos franceses están repletos de muebles, boiseries, pinturas, grabados, objets d’art, alfombras, tapices, porcelanas, argenterie, etc, provenientes de la corte, y todo ello producido por los mejores artistas y artesanos franceses del siglo XIX. Asimismo, todos los soberanos de dicho siglo contribuyeron enormemente a la salvaguarda y al embellecimiento de las residencias reales del Antiguo Régimen.

A pesar de la desaparición de las Tullerías y Saint-Cloud, parte del mobiliario y objetos decorativos han llegado hasta nosotros, las piezas más relevantes se encuentran expuestas en el Louvre y, algunas otras, en otros palacios, como el Grand Trianon de Versalles. Un gran número de dichos objetos (incluidos los tejidos), no obstante, están ocultos en los almacenes del Mobilier national (antiguo Gardemeuble de la Couronne o Gardemeuble Impérial según el régimen).

Los documentos conservados en los Archives Nationales son también un patrimonio más que relevante. La serie O (concretamente las subseries O2, O3, O4 y O5, una por cada monarquía) agrupa millares de facturas, informes, cartas y plantas, que retratan como fue el día a día en la Maison du Roi o la Maison de l’Empereur. Tampoco hay que olvidar los archivos de la serie AF (poder ejecutivo) y algunos de los conservados en la serie AP, que agrupa los archivos privados de varias personalidades, entre los que cabría destacar, entre muchos otros, las subseries 176AP (Familia Bonaparte), 300AP (Familia Orléans) o 371AP (duque y duquesa de Berry). Asimismo, una miscelánea de papeles privados y documentos recuperados del palacio de las Tullerías en 1792, 1815, 1830, 1848 y 1870 se agrupan en la subserie AB XIX (archivos entrados por vía extraordinaria).

Por último, y más centrada en el campo de la arquitectura, la serie AJ (archivos diversos) contiene toda la documentación de la Agence d’architecture du Louvre et des Tuileries, instituida en 1848 y clausurada en 1870 para coordinar la ampliación del Louvre y las diversas reformas efectuadas en las Tullerías bajo el Segundo Imperio. El arquitecto Hector Lefuel, que se ganó la fama de ser un hombre extremadamente bien organizado, fue el director de dicha agencia, que dejó tras de sí miles de documentos, diseños, bocetos y plantas, cosa indispensable, ya que los despachos de arquitectura del palacio sufrieron importantes saqueos en 1848.

Planta de los aposentos del Emperador en las Tullerías, 1868.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.

En el patrimonio documental sobre las últimas corte francesas también deben incluirse la gran cantidad (más que en ninguna otra época) de periódicos, diarios, cartas y memorias escritas por los propios contemporáneos. Algunos de los testimonios fueron escritos “en caliente” por los propios cortesanos, seguramente ante la sensación de que vivían en un mundo a punto de desaparecer, tal es el caso de la memorias de Madame Campan, femme de chambre de la reina Marie-Antoinette, o de la marquesa de Tourzel, gobernanta de sus hijos. A esto hay que sumar las descripciones de emigrados o de viajeros (especialmente nobles ingleses) que visitaron la Francia de la Revolución.

Bajo el Consulado y el Primer Imperio, muchos fueron los que se dieron prisa en publicar sus memorias, especialmente después de 1815, en plena efervescencia de la “leyenda napoleónica”. Relatar tanto las glorias como los aspectos más íntimos de Napoléon, cuando este se encontraba precisamente recluido en Santa Helena, demostró ser receta clave para el éxito literario. Constant, primer valet del Emperador, o la duquesa de Abrantes fueron algunos de los que se apuntaron a esta tendencia. Algunas obras, no obstante, eran más literarias que biográficas. Muchos otros testimonios, sin embargo, prefirieron dejar a sus descendientes la decisión de publicar o no sus memorias,  como por ejemplo las del barón Fain, secretario del Emperador, publicadas en 1908; las de Caulaicourt, gran caballerizo de la corte, que aparecieron en 1930 escondidas en un armario; o el diario del arquitecto Fontaine, solo publicado en 1987.

Respecto a la Restauración Borbónica, una misma idea parece recorrer todos los testimonios del periodo: la necesidad de justificar o excusarse por la Revolución de 1830. El ejemplo más remarcable es el del duque de Doudeauville que publicó sus cartas en las que advertía a Charles X sobre los errores que estaba cometiendo. Solo unos pocos parecen haberse interesado en describir el día a día en la corte, como el guardia de corps Théodore Anne, el vizconde de Reiset o el lector del Rey, Édouard Mennechet. Muchos otros dejaron descripciones de los rituales de corte, percibidos como estrafalarios y anticuados. Lo hizo Fennimore Cooper, en un relato sobre una visita a las Tullerías o Rodolphe Apponyi, sobrino que embajador austríaco que llevó un registro de todos los bailes y recepciones a los que fue invitado de 1826 a 1850.

Invitados llegando al baile "de María Estuardo" celebrado por la duquesa de Berry en las Tullerías, en 1829.

También hubo memorialistas en la Monarquía de Julio, entre los cuales había curtidos supervivientes como la condesa de Boigne, que comenzó sus memorias con Louis XVI o el mariscal napoleónico Boniface de Castellane, que fallecería en 1862, ya bien entrado el Segundo Imperio. Algunos íntimos de la familia real también dejaron escritas sus vivencias, como Cuvillier-Fleury, preceptor del duque de Aumale, o el conde de Montalivet, ministro e intendente de la lista civil, que escribió en 1851 una encendida defensa a la labor del soberano como patrón de las artes. Incluso los propios Orléans nos dejaron testimonios de sus vivencias, tanto Louis-Philippe I como la reina Marie-Amélie o el duque de Orléans llevaban sus diarios personales al día, pero el documento más emotivo seguramente sean los Vieux souvenirs redactados por el príncipe de Joinville e ilustrados por acuarelas de su propia mano.

¿Y qué decir del Segundo Imperio? Una vez más, las memorias y autobiografías pueden contarse por centenas, ya sea de cortesanos “profesionales” o de invitados ocasionales a las famosas séries de Compiègne y Fontainebleau. Sería injusto no citar las obras del conde Horace de Viel-Castel, conservador del Louvre, de la princesa Pauline von Metternich, esposa del embajador austriaco, o del conde Émile Félix Fleury, gran caballerizo de la corte. Asimismo, en 1897, el duque de Conegliano, gran chambelán de la corte, publicó el libro Le Second Empire, la maison de l’Empereur, en el que retrataba el funcionamiento y la organización diaria de la corte imperial. En fechas más recientes, 1978, salieron a la luz por primera vez unos pequeños cuadernitos que la marquesa de Latour Maubourg, dama de compañía de la emperatriz, había escrito narrando su día a  día en la corte. Dichos cuadernos habían permanecido ocultos en los archivos familiares.

El castillo de Saint-Cloud durante el Segundo Imperio.

Finalmente, no deberíamos dejar de citar a la prensa escrita como otra gran fuente. Sin embargo, el hecho que el siglo XIX coincidiera con una época de progresiva libertad de prensa (a veces traducida en feroces críticas contra la corte) y que, con frecuencia, los soberanos recurrieran a la censura y a la propaganda para mejorar su imagen hace que el estudio de las cortes a través del sesgo ideológico de la prensa sea tan apasionante como complicado.
-------------------------------------------------

El resto del libro de Charles-Éloi Vidal, es un pormenorizado, exhaustivo y denso (pero ameno) estudio sobre cada una de las cortes francesas del siglo XIX. Una de esas obras monumentales que hace que nos preguntemos, ¿Por qué nadie ha escrito esto antes? La respuesta sería sencilla: por falta de interés, pero también por una cierta incomodidad y malestar. ¿Porque estudiar un fenómeno cortesano, juzgado anticuado, pudiendo estudiar algo tan tentador como la revolución liberal, o la proletaria, o la artística, mucho más atrayentes para nuestra sociedad? Es innegable que ha habido una cierta sensación de incomodidad entre los historiadores, una sensación desagradable de estar estudiando algo polvoriento parecido a los ganchillos de la abuela.

El glamour de la emperatriz Joséphine es comparable al de Marie-Antoinette, la epopeya de un déspota ilustrado como Napoléon equivale con facilidad a la de Louis XVI y la vida novelesca de la duquesa de Berry no tiene nada que envidiar a la de la Grande Mademoiselle. Sin embargo, con frecuencia, la historiografía sigue prefiriendo hablar de las cortes decimonónicas como algo a punto de morir más que de algo lleno de vida, como de un pueril “retorno al pasado” más que de un fenómeno lleno de modernidad y adaptabilidad. En otras palabras, en un siglo de revoluciones, el fenómeno curial se ha juzgado apresuradamente como una mera “contrarrevolución”, con toda su carga reaccionaria, rancia y anticuada .

El príncipe Ferdinand-Philippe d'Orléans, hijo del rey Louis-Philippe I, pintado por Ingres.

EL TOUR DE ENRIC

Un repaso al resto de estados europeos nos dejaría una sensación parecida, o incluso peor. Solo dos países, Reino Unido y Rusia, parecen ser la excepción. En el primero, la larga época victoriana sin duda se percibe como una edad de oro frente a las cortes provincianas y escandalosas de los primeros Hannover en el XVIII. En Rusia, por otra parte, el drama de la Revolución Rusa ha favorecido el estudio, he incluso la veneración, de la corte imperial en las últimas décadas del siglo XIX.

Austria, dado que antaño fue un imperio multiétnico, sería un caso especial. El mito de Sisi y el largo reinado de Franz-Joseph I han generado una amplia bibliografía. Sin embargo, casi siempre Sisi se aborda desde una perspectiva muy emocional y el emperador desde un punto de vista muy político. Estudios globales sobre la corte austríaca de 1804 a 1918 y su promoción artística podrían contarse con una sola mano. Un ejemplo sintomático es que el castillo de Laxenburg y la Kaiservilla de Bad Ischl carecen aún de una monografía.

La "arcadia de los Habsburgo", el castillo de Laxenburg, en las afueras de Viena.

Por otro lado, la mayoría de los estudios se reducen, en su mayor parte, a Viena y a la actual Austria. En el resto de estados que antaño formaron el Imperio (Chequia, Hungría, Croacia…) el siglo XIX permanece relegado al más profundo de los olvidos, prefiriéndose estudiar el periodo medieval anterior a los Habsburgo. Esto sirve mejor para ensalzar las “glorias nacionales” de los nuevos estados.

En el caso italiano, se ha vivido un ligero despunte a raíz de la celebración, en 2011, de los 150 años de la unidad de Italia (1861). La época del Risorgimento y la monarquía de Vittorio Emanuele II se han visto estudiadas en varias exposiciones y ensayos, sin embargo, las cortes principescas renacentistas y la corte papal barroca siguen copando la mayor parte de la bibliografía. Especialmente desalentador es el caso de los Borbones de Nápoles en el XIX, cuya corte permanece ignorada y sus palacios (Nápoles, Caserta y Portici) apenas estudiados.

Alemania es un caso especial. Los estudios curiales se enfrentan en este país a un doble reto: en primer lugar a la propia imagen negativa que siguen teniendo muchos alemanes de su propia historia, ejemplificado todo ello con la famosa “Tesis de Fischer” o la Sonderweg; y, por otro lado, la gran destrucción de patrimonio que sufrió dicho país durante la última guerra.

Como en el caso francés (Tuileries y Saint-Cloud) es difícil evocar en Alemania las cortes decimonónicas cuando la mayoría de los palacios fueron destruidos durante los bombardeos aliados y/o durante la dictadura comunista. Como consecuencia, por lo general se ha preferido estudiar los siglos XVII-XVIII (la era del barroco) y, más tímidamente, los inicios del XIX (la era de los filósofos), mientras se ha relegado la Unificación y el Segundo Imperio alemán al olvido. La ampulosa, pero no menos importante, pintura “Apoteosis del káiser Wilhelm I” de Ferdinand Keller permanece relegada en una sala de paso de un museo berlinés y en el Neues Palais de Potsdam se prefiere hablar de Friedrich II el Grande (que apenas lo usó) que del káiser Wilhelm II (que lo utilizó como su residencia favorita durante más de dos décadas).

Bautizo del hijo mayor de príncipe Wilhelm de Prusia, en el Neues Palais de Potsdam.

En los últimos años, sin embargo, han aparecido nuevas biografías sobre dicho monarca que ponen en relieve el papel y el poder de la corte, asimismo varios estudios sobre el mecenazgo artístico de soberanos como Friedrich Wilhelm IV o Wilhelm I han puesto en relieve la exuberancia y riqueza de sus cortes. Evidentemente, todos estos estudios aspiran no solo a divulgar la historia del periodo, sino a rememorar todo el patrimonio perdido durante la guerra. Afortunadamente, las recientes restauraciones de castillos decimonónicos como Schwerin, Branitz o Drachenburg auguran un lento redescubrimiento del periodo.

Para concluir ya, no estaría de más hacer referencia al caso español, donde los Habsburgo y los Borbones gozan de un estudio e interés muy desigual. Es difícil rivalizar con la fama legendaria de reyes de medio mundo y mecenas del Siglo de Oro que tiene los soberanos de la Casa de Austria. Los Habsburgo siguen imponiéndose abrumadoramente en la mayoría de estudios e investigaciones, baste citar que apenas se ha escrito nada sobre El Escorial post-filipino. Afortunadamente, poco a poco, los Borbones del siglo XVIII, su reformismo político y sus cortes han ido recuperando el lugar que merecen en la historiografía.

Los Borbones del siglo XIX, no obstante, siguen relegados al ostracismo. La identificación de sus reinados como una sucesión de fracasos políticos ha desplazado su importante labor en cuanto a mecenazgo artístico y motor de transformaciones económicas y sociales. La enorme promoción artística emprendida bajo Fernando VII ha quedado oculta bajo el poco halagüeño análisis político de su reinado, lo mismo podría decirse de su hija y sucesora Isabel II, cuya modernización de los rituales de la corte (fue la primera soberana en invitar a los cortesanos a comer a su mesa) permanece en el olvido. El reinado de Alfonso XII parece demasiado corto para ser estudiado y el de Alfonso XIII sigue identificándose como una mera antesala a los horrores de la Guerra Civil. Sin embargo, su corte fue la última que existió en España y, como las del zar y el káiser, estuvo marcada por una mezcolanza entre tradición y una rabiosa modernidad tecnológica.

Fernando VII llegando en falúa a Aranjuez, por Fernando Brambilla.

La moda de los “baños de mar” en el Cantábrico, impulsada por Isabel II y las estancias de la familia real en el norte apenas han recibido un estudio global. Los palacios de Miramar y La Magdalena carecen de una monografía exhaustiva, ni que decir del palacio de Pedralbes en Barcelona, identificado, más que ningún otro edificio en España, con la decrepitud de la monarquía. Los viajes por el territorio del estado y la función política del ferrocarril, iniciados en el reinado de Isabel II, tampoco han suscitado excesivo interés, como tampoco el uso que se hizo en este siglo de emblemáticas residencias reales “de provincia” como los Reales Alcázares de Sevilla o la Almudaina de Mallorca.

En resumen, tanto en Europa como en nuestro país, aún queda mucho trabajo por hacer.

Venga ¡a investigar!