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lunes, 19 de marzo de 2018

Las cortes que nunca existieron

Con frecuencia, la gente poco docta en historia (y también la docta), considera que el siglo XIX no es un siglo de monarquías. ¿Después de la Revolución Francesa, como puede volver a haber espacio para los soberanos y sus aduladoras cortes? En el siglo XIX, el llamado siglo del liberalismo y de las luchas proletarias, ¿qué importancia pueden tener los reyes y los rituales ancestrales? Se considera, es cierto, que hubo reyes y cortes, pero que no dejaron de ser una mera continuación del Antiguo Régimen, fantasmas del pasado realizando rituales obsoletos. En otras palabras, los restos de una época que se negaba a desaparecer, frente a un mundo cambiante y moderno.

"El pueblo de París llegando a Versalles" por François Flameng.

Se equivocan.

Durante gran parte del siglo XX, la historiografía de tendencia marxista, se esforzó en estudiar los procesos revolucionarios y los sistemas económicos del siglo XIX, la sociología de las élites quedó en un segundo inexistente plano. A partir de 1980, sin embargo, empezó a aparecer una historiografía centrada en analizar el fenómeno curial. Se demostró entonces que países como el Segundo Imperio Francés o el Segundo Reich Alemán, que en su época fueron las naciones más avanzadas e industrializadas del mundo, poseían, además, una monarquía a pleno funcionamiento y enormes e influentes cortes. Emblemático e indispensable, sobre todo por su visión global, es el artículo de Philippe Mansel “The Court in the Nineteenth Century: return to the Limelight” publicado en 2012.

También desde la historiografía del arte se prefirió estudiar las vanguardias pictóricas o la innovadora arquitectura de hierro y cristal. En el canónico “Arquitectura de los siglos XIX y XX” de Henry Russell-Hitchcock, el autor dedica apenas unas líneas anecdóticas a emblemáticos palacios europeos. El siglo XIX no era época de palacios. Sin embargo, en dicho siglo, se reformaron costosamente la mayoría de los palacios europeos y una innegable cantidad fue construida ex-novo, en especial en los nuevos estados que se crearon. Paradójicamente, Napoléon, considerado heredero de los ideales revolucionarios, trajo consigo una auténtica fiebre constructiva de palacios que puede entenderse incluso como una re-monarquización de Europa.

En 2016, Charles-Éloi Vial, historiador francés, publicó un libro que promete convertirse en canónico entre los estudios de las cortes francesas (y europeas) post-revolucionarias. Les derniers feux de la monarchie, la cour au siècle des révolutions (1789-1870) es el primer estudio global y comparado sobre las seis cortes (cuatro reales y dos imperiales) que existieron en la Francia decimonónica, pues, si bien las cortes de Napoléon I y (más recientemente) Napoléon III han generado una considerable bibliografía, las de Louis XVI, Louis XVIII, Charles X y Louis-Philippe I siguen relegadas al olvido.

Lo que sigue es una “reinterpretación” basada en el primer capítulo de dicho libro, con algún que otro añadido mío aquí y allí.

“BARRICADAS, FANTASMAS Y ECOS”

Mariscales emperifollados y con títulos rimbombantes alrededor del trono de Napoléon, fantasmas supervivientes del Antiguo Régimen llegados en masa en 1814 y banqueros y magnates con aires de nuevo rico. Durante mucho tiempo se ha creído que no hubo cortes en Francia después de la Revolución, sino que solo hubo cortesanos.

Son tópicos que ha perdurado durante largo tiempo, a pesar de que la Francia decimonónica vivió un fenómeno curial particularmente activo, hasta tal punto, que podemos afirmar que no hubo ruptura entre los regímenes, sino un largo proceso de adaptación del ceremonial versallesco, que siempre fue una referencia insuperable. En cierto modo, podemos decir que la desconocida corte de Louis XVI de 1789 a 1792 prefigura ya muchos elementos de las cortes del XIX, ya sea por su repartición de tareas entre los criados y los cargos honoríficos, los momentos del día a día del rey o las delicadas relaciones entre la corte y los otros centros de poder, en especial los representantes “del pueblo”, aparecidos al final del Antiguo Régimen.

La fachada cara al jardín del palacio de las Tuileries, en 1867. 

Si bien nunca alcanzaron el prestigio de Versalles, las cortes del XIX tuvieron una influencia fundamental en la política, la diplomacia, el arte o la vida mundana. En el siglo XVIII, Versalles se encontró con la creciente rivalidad de Paris, pero con el retorno de la corte a la capital en 1789, villa y corte se convirtieron en inseparables, retroalimentándose durante casi un siglo.  La corte pudo aprovechar la proximidad de los teatros, la ópera, los salones de pintura y los hôtels de las grandes familias francesas, de la nobleza más reciente o de la gran burguesía parisina. Del mismo modo, los fastos monárquicos hicieron revivir talleres, manufacturas y grandes artistas.

Sin embargo, este retorno también implicó que la corte debía aprender a convivir con la pobreza obrera, la prensa, los clubs políticos o simplemente con los ánimos encendidos de la oposición popular. La cohabitación no fue fácil y la sombra de Versalles fue larga entre las clases populares: la corte se percibía como un lugar repleto de cortesanos inútiles y avaros que aspiraban a reinstaurar el absolutismo. Del mismo modo que los distritos orientales de París fueron los feudos de las clases más desfavorecidas, las Tullerías fueron consideradas el bastión de la corte. La frecuencia con la que las barricadas se alzaron cerca del palacio ha llevado a algunos historiadores a considerar las revoluciones del XIX como “revoluciones de palacio”. El palacio, enclavado en medio de barrios populares, era como una avanzadilla en medio de territorio enemigo y, del mismo modo, era la expresión física de la corte, es por eso que con frecuencia fue objeto de ataques. Sería saqueado en 1792, 1830 y 1848 y finalmente incendiado en 1871. Tales infortunios le valdrían un inmerecido epíteto de “palacio maldito”.

Napoléon en su nuevo palacio de las Tullerías, recibiendo al Senado Romano.


Los revolucionarios parisinos saqueando las Tullerías en 1848.

Para contrarrestar esta hostilidad, la corona se esforzó por destacar la generosidad del monarca con sus súbditos, así como los beneficios que la corte traía a la villa: daba trabajo y ayudas y además ofrecía fiestas y celebraciones públicas. Durante todo el siglo XIX los fastos de la corte tuvieron de convivir con la miseria, la delincuencia y las epidemias.

Pero la propia corte también vivió tensiones internas durante todo el siglo, hasta el punto que podemos afirmar que no fue un bastión cerrado, sino un punto de encuentro, una encrucijada para distintas sensibilidades políticas, desde los más acérrimos contrarrevolucionarios hasta los republicanos, pasando por los bonapartistas autoritarios, los liberales, los orleanistas o la izquierda dinástica. Todo hombre y mujer que se preciara aspiraba a ser invitado alguna vez en su vida a las Tullerías y, como gran novedad respecto al Antiguo Régimen, por primera vez la corte acogió a gente por sus méritos individuales y no solo por sus títulos y linajes.

Pero el siglo XIX fue también el siglo de la opinión pública: el nacimiento de la prensa, las batallas de opinión, las caricaturas o la progresiva libertad de expresión obligaron a los regímenes a adaptar su discurso, la corte ya no podía ser la vitrina del poder, sino que debía encarnar la riqueza de todo el país, además de revestirse de un integridad política y moral intachable. Durante todo el siglo, los periódicos, en función de su afinidad política, describirían a la corte como un modelo de virtud o como un nido de depravación y decadencia.

La capital no era solo una amenaza en potencia, sino que también tenía sus desventajas prácticas. Tras abandonar Versalles, la corte tuvo que hacer frente a la falta de espacio en el palacio, a la falta de alojamientos, a la distancia entre los edificios, a las callejuelas estrechas y a la densidad poblacional en aumento frente a las verjas de las Tullerías. Todo parecía comprimir poco a poco el espacio curial pero, afortunadamente, la corte tenía otros palacios fuera de la capital: Saint-Cloud, Fontainebleau, Compiègne y Rambouillet fueron los más célebres, sin olvidar residencias más privadas como Neuilly, Eu, Pau o la villa de Biarritz. Fruto de esta sensación de agobio en París, la corte se esforzó en resucitar los séjours (estancias oficiales), prácticamente desaparecidos a finales del Antiguo Régimen. Estos viajes permitían recuperar ese contacto con la naturaleza y esa sensación de libertad que los cortesanos tanto añoraban de Versalles. Además, permitían exportar el boato de la corte fuera de París y afirmar la continuidad entre regímenes. Tampoco hay que olvidar el papel fundamental que tuvieron estos viajes en el re-amueblamiento y el mantenimiento de las numerosas residencias reales abandonadas tras la Revolución.

Louis-Philippe I recibiendo a la reina Victoria en el bosque del castillo de Eu.
© Royal Collection/HM the Queen.

Paradójicamente, la corte nunca fue tan fastuosa como en el siglo XIX, gracias a la llamada Lista Civil. Dicha lista eran los recursos que el estado ponía a disposición del soberano para que ejerciera sus funciones y comprendían esencialmente los bienes inmobiliarios (palacios y fincas, pero también la ópera y algunos museos), los mobiliarios (muebles, colecciones reales, las Joyas de la Corona) y los monetarios (subvenciones estatales y rentas sacadas de la explotación de las distintas fincas). Solo en fincas y propiedades, la Lista Civil ya superaba aquello que antes de 1789 había constituido el llamado Domain royal (“Señorío Real” - las propiedades pertenecientes al Rey como señor feudal que era). Gracias a la Lista Civil, jamás los criados fueron tan numerosos, los caballos tan bonitos y los aposentos jamás estuvieron tan bien amueblados como después de la Revolución.

Del mismo modo, la corte no fue jamás tan poderosa. Napoléon gozó de una autoridad sin parangón, y en determinados momentos pudo jactarse de gobernar Europa, cosa que Louis XIV jamás logró; Louis XVIII y Charles X podían, en virtud de la Chartre (Carta Magna) oponerse a cualquier medida legislativa aprobada por la Chambre (Parlamento); Louis-Philippe I fue durante gran parte de su reinado su propio primer ministro y Napoléon III, gracias al bloqueo de la instituciones instaurado en 1851, tuvo las manos libres  para gobernar y reformar el país, cosa que nunca logró Louis XVI. Sin embargo, había una diferencia esencial con el Antiguo Régimen, los cortesanos que gozaban de cargos honoríficos ya  no tenían ni voz ni voto en cuestiones políticas, estas quedaron en manos de dirigentes profesionales, los miembros del gabinete del soberano.

Recepción del duque de Orléans en las Tullerías, por Eugène Lami.







“UNIDAD EN LA DIVERSIDAD”

A pesar de estas constantes (fastos, poder y revuelta), todas las cortes del XIX tuvieron aspectos distintos. La de Louis XVI fue una expresión del frágil compromiso entre el poder real y las aspiraciones reformistas de la Asamblea Constituyente y luego Legislativa. La corte consular y luego imperial de Napoléon I destacó por su capacidad de unir tradición e innovación en sus fastos. El emperador no fue un vulgar imitador sino un continuador brillante y su capacidad para encarnar la autoridad superó la de sus predecesores. Por primera vez, la corte no giró en torno a la vida biológica del rey (el despertar, el vestir, el almuerzo…) sino alrededor de su vida política (audiencias a diplomáticos, comunicación de órdenes a sus oficiales…). Bajo su reinado, el centro del palacio dejó de ser la antigua chambre de parade (dormitorio de ceremonia) y pasó a ser el salón del trono, en otras palabras, el soberano ya no lo era por derecho divino, sino gracias a que encarnaba un poder político y una autoridad militar.

Napoléon I y Marie-Louise a su llegada a las Tullerías el día de su boda, en 1810.
© RMN - Château de Versailles/Jean-Marc Manaï.

La corte de la Restauración Borbónica es seguramente la que ha gozado de peor fama. Venida después de los fastos imperiales, la “Leyenda Negra” la describe como un lugar habitado por cortesanos reaccionarios y vengativos, y soberanos estúpidos y devotos incapaces de comprender su época. El gran problema de la corte de la Restauración fue como “reconectar con el pasado” y sus soberanos supieron hacer una síntesis inteligente de la herencia real, revolucionaria e imperial. Fueron además capaces de renovar en profundidad el funcionamiento de la corte y de establecer por primera vez “conexiones” con los otros actores políticos del país (el parlamento). No obstante, el cariz conservador y autoritario que tomó el régimen en los últimos años se tradujo en un creciente odio hacia todas las expresiones tradicionales de la monarquía, hasta tal punto que cuando Louis-Philippe I subió al trono en 1830 aseguró que prescindiría de una corte.

¿Pero un soberano puede vivir sin una corte? ¿Sin chambelanes, sin caballerizos, sin ayudas de ceremonia? ¿La reina puede tener solo una dama de compañía? El nuevo soberano pronto se dio cuenta que no podía reinar sin los fastos y poco a poco una corte fue apareciendo, más modesta, cierto, pero corte al fin y al cabo. El rey recibía mucho e invitaba a partidarios y a enemigos, al mismo tiempo se esforzaba en borrar cualquier traza del Antiguo Régimen no sin mantener constantes referencias a la tradición borbónica y real, como lo fue la creación del Musée d’Histoire de la France en el antiguo palacio de Versalles. Por otro lado, Louis-Philippe I tuvo cinco hijos y tres hijas, la mayoría de los cuales oscilaban entre los diez y los viente años cuando ascendió al trono, por primera vez, la corte se revistió de un carácter "burgués", pero también familiar y juvenil. La caída de la llamada Monarquía de Julio tuvo ante todo razones más políticas, el rey intervino directamente en los asuntos de gobierno, lastrando su popularidad.

Louis-Philippe I, su familia y el rey Léopold I de Bélgica visitando el museo de Versalles en 1844.
© Photo RMN - Grand Palais.

Ya desde 1848, el presidente de la República, Louis-Napoléon Bonaparte, aspiró a recuperar los fastos del pasado. El presupuesto para la “Casa del Presidente” no paró de crecer de 1848 a 1851 (de 600.000 a 2.5 millones de francos) y Louis-Napoléon se rodeó en el Élysée de un séquito verdaderamente principesco. La corte fue completamente resucitada a partir de 1852 y la llamada fête impériale (los fastos asociados a la promoción del régimen) fueron una característica esencial de la Francia del Segundo Imperio. Las invitaciones a banqueros, industriales, científicos o artistas a los viajes de Compiègne, Fontainebleau o Biarritz; las visitas, inauditas hasta entonces, de soberanos extranjeros o los números viajes (inauditos también) que los soberanos realizaron por el territorio francés otorgaron a la corte una influencia sin parangón.

La corte que más fama tuvo de pompa también fue la más moderna, nunca antes la familia reinante y el soberano habían salido tanto de palacio, nunca se habían visitado tantos hospitales o fábricas, ni tantos puntos del territorio francés y nunca antes se había recibido a tanta gente que no perteneciera a la aristocracia. Sin embargo, la última corte francesa fue criticada por sus excesos, críticas que provinieron tanto de la vieja nobleza como de la oposición republicana, los dos sectores que accedieron al poder en 1870, después de la caída del Segundo Imperio.

El Ayuntamiento de Lyon engalanado durante la visita del Emperador y la Emperatriz en 1869, por Pierre-Ambroise Richebourg.

El incendio de Saint-Cloud y las Tullerías en 1870 y 1871, respectivamente, simbolizaron, por encima de todo, el fin de la experiencia curial en Francia.

“UNA CORTE SIN HERENCIA”

¿Qué queda hoy de la corte del siglo XIX? Quizás más que de la de Versalles en realidad. Los museos franceses están repletos de muebles, boiseries, pinturas, grabados, objets d’art, alfombras, tapices, porcelanas, argenterie, etc, provenientes de la corte, y todo ello producido por los mejores artistas y artesanos franceses del siglo XIX. Asimismo, todos los soberanos de dicho siglo contribuyeron enormemente a la salvaguarda y al embellecimiento de las residencias reales del Antiguo Régimen.

A pesar de la desaparición de las Tullerías y Saint-Cloud, parte del mobiliario y objetos decorativos han llegado hasta nosotros, las piezas más relevantes se encuentran expuestas en el Louvre y, algunas otras, en otros palacios, como el Grand Trianon de Versalles. Un gran número de dichos objetos (incluidos los tejidos), no obstante, están ocultos en los almacenes del Mobilier national (antiguo Gardemeuble de la Couronne o Gardemeuble Impérial según el régimen).

Los documentos conservados en los Archives Nationales son también un patrimonio más que relevante. La serie O (concretamente las subseries O2, O3, O4 y O5, una por cada monarquía) agrupa millares de facturas, informes, cartas y plantas, que retratan como fue el día a día en la Maison du Roi o la Maison de l’Empereur. Tampoco hay que olvidar los archivos de la serie AF (poder ejecutivo) y algunos de los conservados en la serie AP, que agrupa los archivos privados de varias personalidades, entre los que cabría destacar, entre muchos otros, las subseries 176AP (Familia Bonaparte), 300AP (Familia Orléans) o 371AP (duque y duquesa de Berry). Asimismo, una miscelánea de papeles privados y documentos recuperados del palacio de las Tullerías en 1792, 1815, 1830, 1848 y 1870 se agrupan en la subserie AB XIX (archivos entrados por vía extraordinaria).

Por último, y más centrada en el campo de la arquitectura, la serie AJ (archivos diversos) contiene toda la documentación de la Agence d’architecture du Louvre et des Tuileries, instituida en 1848 y clausurada en 1870 para coordinar la ampliación del Louvre y las diversas reformas efectuadas en las Tullerías bajo el Segundo Imperio. El arquitecto Hector Lefuel, que se ganó la fama de ser un hombre extremadamente bien organizado, fue el director de dicha agencia, que dejó tras de sí miles de documentos, diseños, bocetos y plantas, cosa indispensable, ya que los despachos de arquitectura del palacio sufrieron importantes saqueos en 1848.

Planta de los aposentos del Emperador en las Tullerías, 1868.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.

En el patrimonio documental sobre las últimas corte francesas también deben incluirse la gran cantidad (más que en ninguna otra época) de periódicos, diarios, cartas y memorias escritas por los propios contemporáneos. Algunos de los testimonios fueron escritos “en caliente” por los propios cortesanos, seguramente ante la sensación de que vivían en un mundo a punto de desaparecer, tal es el caso de la memorias de Madame Campan, femme de chambre de la reina Marie-Antoinette, o de la marquesa de Tourzel, gobernanta de sus hijos. A esto hay que sumar las descripciones de emigrados o de viajeros (especialmente nobles ingleses) que visitaron la Francia de la Revolución.

Bajo el Consulado y el Primer Imperio, muchos fueron los que se dieron prisa en publicar sus memorias, especialmente después de 1815, en plena efervescencia de la “leyenda napoleónica”. Relatar tanto las glorias como los aspectos más íntimos de Napoléon, cuando este se encontraba precisamente recluido en Santa Helena, demostró ser receta clave para el éxito literario. Constant, primer valet del Emperador, o la duquesa de Abrantes fueron algunos de los que se apuntaron a esta tendencia. Algunas obras, no obstante, eran más literarias que biográficas. Muchos otros testimonios, sin embargo, prefirieron dejar a sus descendientes la decisión de publicar o no sus memorias,  como por ejemplo las del barón Fain, secretario del Emperador, publicadas en 1908; las de Caulaicourt, gran caballerizo de la corte, que aparecieron en 1930 escondidas en un armario; o el diario del arquitecto Fontaine, solo publicado en 1987.

Respecto a la Restauración Borbónica, una misma idea parece recorrer todos los testimonios del periodo: la necesidad de justificar o excusarse por la Revolución de 1830. El ejemplo más remarcable es el del duque de Doudeauville que publicó sus cartas en las que advertía a Charles X sobre los errores que estaba cometiendo. Solo unos pocos parecen haberse interesado en describir el día a día en la corte, como el guardia de corps Théodore Anne, el vizconde de Reiset o el lector del Rey, Édouard Mennechet. Muchos otros dejaron descripciones de los rituales de corte, percibidos como estrafalarios y anticuados. Lo hizo Fennimore Cooper, en un relato sobre una visita a las Tullerías o Rodolphe Apponyi, sobrino que embajador austríaco que llevó un registro de todos los bailes y recepciones a los que fue invitado de 1826 a 1850.

Invitados llegando al baile "de María Estuardo" celebrado por la duquesa de Berry en las Tullerías, en 1829.

También hubo memorialistas en la Monarquía de Julio, entre los cuales había curtidos supervivientes como la condesa de Boigne, que comenzó sus memorias con Louis XVI o el mariscal napoleónico Boniface de Castellane, que fallecería en 1862, ya bien entrado el Segundo Imperio. Algunos íntimos de la familia real también dejaron escritas sus vivencias, como Cuvillier-Fleury, preceptor del duque de Aumale, o el conde de Montalivet, ministro e intendente de la lista civil, que escribió en 1851 una encendida defensa a la labor del soberano como patrón de las artes. Incluso los propios Orléans nos dejaron testimonios de sus vivencias, tanto Louis-Philippe I como la reina Marie-Amélie o el duque de Orléans llevaban sus diarios personales al día, pero el documento más emotivo seguramente sean los Vieux souvenirs redactados por el príncipe de Joinville e ilustrados por acuarelas de su propia mano.

¿Y qué decir del Segundo Imperio? Una vez más, las memorias y autobiografías pueden contarse por centenas, ya sea de cortesanos “profesionales” o de invitados ocasionales a las famosas séries de Compiègne y Fontainebleau. Sería injusto no citar las obras del conde Horace de Viel-Castel, conservador del Louvre, de la princesa Pauline von Metternich, esposa del embajador austriaco, o del conde Émile Félix Fleury, gran caballerizo de la corte. Asimismo, en 1897, el duque de Conegliano, gran chambelán de la corte, publicó el libro Le Second Empire, la maison de l’Empereur, en el que retrataba el funcionamiento y la organización diaria de la corte imperial. En fechas más recientes, 1978, salieron a la luz por primera vez unos pequeños cuadernitos que la marquesa de Latour Maubourg, dama de compañía de la emperatriz, había escrito narrando su día a  día en la corte. Dichos cuadernos habían permanecido ocultos en los archivos familiares.

El castillo de Saint-Cloud durante el Segundo Imperio.

Finalmente, no deberíamos dejar de citar a la prensa escrita como otra gran fuente. Sin embargo, el hecho que el siglo XIX coincidiera con una época de progresiva libertad de prensa (a veces traducida en feroces críticas contra la corte) y que, con frecuencia, los soberanos recurrieran a la censura y a la propaganda para mejorar su imagen hace que el estudio de las cortes a través del sesgo ideológico de la prensa sea tan apasionante como complicado.
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El resto del libro de Charles-Éloi Vidal, es un pormenorizado, exhaustivo y denso (pero ameno) estudio sobre cada una de las cortes francesas del siglo XIX. Una de esas obras monumentales que hace que nos preguntemos, ¿Por qué nadie ha escrito esto antes? La respuesta sería sencilla: por falta de interés, pero también por una cierta incomodidad y malestar. ¿Porque estudiar un fenómeno cortesano, juzgado anticuado, pudiendo estudiar algo tan tentador como la revolución liberal, o la proletaria, o la artística, mucho más atrayentes para nuestra sociedad? Es innegable que ha habido una cierta sensación de incomodidad entre los historiadores, una sensación desagradable de estar estudiando algo polvoriento parecido a los ganchillos de la abuela.

El glamour de la emperatriz Joséphine es comparable al de Marie-Antoinette, la epopeya de un déspota ilustrado como Napoléon equivale con facilidad a la de Louis XVI y la vida novelesca de la duquesa de Berry no tiene nada que envidiar a la de la Grande Mademoiselle. Sin embargo, con frecuencia, la historiografía sigue prefiriendo hablar de las cortes decimonónicas como algo a punto de morir más que de algo lleno de vida, como de un pueril “retorno al pasado” más que de un fenómeno lleno de modernidad y adaptabilidad. En otras palabras, en un siglo de revoluciones, el fenómeno curial se ha juzgado apresuradamente como una mera “contrarrevolución”, con toda su carga reaccionaria, rancia y anticuada .

El príncipe Ferdinand-Philippe d'Orléans, hijo del rey Louis-Philippe I, pintado por Ingres.

EL TOUR DE ENRIC

Un repaso al resto de estados europeos nos dejaría una sensación parecida, o incluso peor. Solo dos países, Reino Unido y Rusia, parecen ser la excepción. En el primero, la larga época victoriana sin duda se percibe como una edad de oro frente a las cortes provincianas y escandalosas de los primeros Hannover en el XVIII. En Rusia, por otra parte, el drama de la Revolución Rusa ha favorecido el estudio, he incluso la veneración, de la corte imperial en las últimas décadas del siglo XIX.

Austria, dado que antaño fue un imperio multiétnico, sería un caso especial. El mito de Sisi y el largo reinado de Franz-Joseph I han generado una amplia bibliografía. Sin embargo, casi siempre Sisi se aborda desde una perspectiva muy emocional y el emperador desde un punto de vista muy político. Estudios globales sobre la corte austríaca de 1804 a 1918 y su promoción artística podrían contarse con una sola mano. Un ejemplo sintomático es que el castillo de Laxenburg y la Kaiservilla de Bad Ischl carecen aún de una monografía.

La "arcadia de los Habsburgo", el castillo de Laxenburg, en las afueras de Viena.

Por otro lado, la mayoría de los estudios se reducen, en su mayor parte, a Viena y a la actual Austria. En el resto de estados que antaño formaron el Imperio (Chequia, Hungría, Croacia…) el siglo XIX permanece relegado al más profundo de los olvidos, prefiriéndose estudiar el periodo medieval anterior a los Habsburgo. Esto sirve mejor para ensalzar las “glorias nacionales” de los nuevos estados.

En el caso italiano, se ha vivido un ligero despunte a raíz de la celebración, en 2011, de los 150 años de la unidad de Italia (1861). La época del Risorgimento y la monarquía de Vittorio Emanuele II se han visto estudiadas en varias exposiciones y ensayos, sin embargo, las cortes principescas renacentistas y la corte papal barroca siguen copando la mayor parte de la bibliografía. Especialmente desalentador es el caso de los Borbones de Nápoles en el XIX, cuya corte permanece ignorada y sus palacios (Nápoles, Caserta y Portici) apenas estudiados.

Alemania es un caso especial. Los estudios curiales se enfrentan en este país a un doble reto: en primer lugar a la propia imagen negativa que siguen teniendo muchos alemanes de su propia historia, ejemplificado todo ello con la famosa “Tesis de Fischer” o la Sonderweg; y, por otro lado, la gran destrucción de patrimonio que sufrió dicho país durante la última guerra.

Como en el caso francés (Tuileries y Saint-Cloud) es difícil evocar en Alemania las cortes decimonónicas cuando la mayoría de los palacios fueron destruidos durante los bombardeos aliados y/o durante la dictadura comunista. Como consecuencia, por lo general se ha preferido estudiar los siglos XVII-XVIII (la era del barroco) y, más tímidamente, los inicios del XIX (la era de los filósofos), mientras se ha relegado la Unificación y el Segundo Imperio alemán al olvido. La ampulosa, pero no menos importante, pintura “Apoteosis del káiser Wilhelm I” de Ferdinand Keller permanece relegada en una sala de paso de un museo berlinés y en el Neues Palais de Potsdam se prefiere hablar de Friedrich II el Grande (que apenas lo usó) que del káiser Wilhelm II (que lo utilizó como su residencia favorita durante más de dos décadas).

Bautizo del hijo mayor de príncipe Wilhelm de Prusia, en el Neues Palais de Potsdam.

En los últimos años, sin embargo, han aparecido nuevas biografías sobre dicho monarca que ponen en relieve el papel y el poder de la corte, asimismo varios estudios sobre el mecenazgo artístico de soberanos como Friedrich Wilhelm IV o Wilhelm I han puesto en relieve la exuberancia y riqueza de sus cortes. Evidentemente, todos estos estudios aspiran no solo a divulgar la historia del periodo, sino a rememorar todo el patrimonio perdido durante la guerra. Afortunadamente, las recientes restauraciones de castillos decimonónicos como Schwerin, Branitz o Drachenburg auguran un lento redescubrimiento del periodo.

Para concluir ya, no estaría de más hacer referencia al caso español, donde los Habsburgo y los Borbones gozan de un estudio e interés muy desigual. Es difícil rivalizar con la fama legendaria de reyes de medio mundo y mecenas del Siglo de Oro que tiene los soberanos de la Casa de Austria. Los Habsburgo siguen imponiéndose abrumadoramente en la mayoría de estudios e investigaciones, baste citar que apenas se ha escrito nada sobre El Escorial post-filipino. Afortunadamente, poco a poco, los Borbones del siglo XVIII, su reformismo político y sus cortes han ido recuperando el lugar que merecen en la historiografía.

Los Borbones del siglo XIX, no obstante, siguen relegados al ostracismo. La identificación de sus reinados como una sucesión de fracasos políticos ha desplazado su importante labor en cuanto a mecenazgo artístico y motor de transformaciones económicas y sociales. La enorme promoción artística emprendida bajo Fernando VII ha quedado oculta bajo el poco halagüeño análisis político de su reinado, lo mismo podría decirse de su hija y sucesora Isabel II, cuya modernización de los rituales de la corte (fue la primera soberana en invitar a los cortesanos a comer a su mesa) permanece en el olvido. El reinado de Alfonso XII parece demasiado corto para ser estudiado y el de Alfonso XIII sigue identificándose como una mera antesala a los horrores de la Guerra Civil. Sin embargo, su corte fue la última que existió en España y, como las del zar y el káiser, estuvo marcada por una mezcolanza entre tradición y una rabiosa modernidad tecnológica.

Fernando VII llegando en falúa a Aranjuez, por Fernando Brambilla.

La moda de los “baños de mar” en el Cantábrico, impulsada por Isabel II y las estancias de la familia real en el norte apenas han recibido un estudio global. Los palacios de Miramar y La Magdalena carecen de una monografía exhaustiva, ni que decir del palacio de Pedralbes en Barcelona, identificado, más que ningún otro edificio en España, con la decrepitud de la monarquía. Los viajes por el territorio del estado y la función política del ferrocarril, iniciados en el reinado de Isabel II, tampoco han suscitado excesivo interés, como tampoco el uso que se hizo en este siglo de emblemáticas residencias reales “de provincia” como los Reales Alcázares de Sevilla o la Almudaina de Mallorca.

En resumen, tanto en Europa como en nuestro país, aún queda mucho trabajo por hacer.

Venga ¡a investigar!

sábado, 12 de julio de 2014

La verdadera huida de la Infanta (Paris, 1848).

El Duque de Montpensier es un personaje al que, en la historia de la España del siglo XIX, se suele acusar de numerosos pecados, pero sin duda, el más rocambolesco es aquel que afirma que durante la Revolución de 1848 se olvidó a su mujer en el Palais des Tuileries mientras éste era asaltado por la muchedumbre.

Antoine d’Orléans, Duque de Montpensier, era hijo de Louis Philippe I, Rey de Francia, que había llegado al trono gracias a la Revolución de 1830. Como ya habían hecho sus antecesores antes que él, Louis Philippe I empezó a establecer una red de matrimonios para mejorar sus conexiones dinásticas y su prestigio internacional (para muchos monarcas no dejaba de ser un advenedizo). En 1831 había casado a su hija Louise con Léopold de Saxe-Coburg-Gotha, primer Rey de Bélgica; en 1846 propuso que la jovencísima Isabel II de España se casara con uno de sus apuestos hijos, pero las grandes potencias, con Reino Unido a la cabeza, se opusieron a tal enlace. El Rey de Francia, tuvo que conformarse, entonces, con casar a su hijo Antoine con la hermana de Isabel II, la infanta Luisa Fernanda, que a juzgar por los retratos era una mujer muy bien parecida. La boda se celebró en el Palacio Real de Madrid en octubre de 1846, ella tenía 15 años, él 22.
Antoine d'Orléans, Duque de Montpensier (1844) pintado por Winterhalter.

María Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier e Infanta de España (1846) pintada por Winterhalter.

La nueva pareja parece que fue a vivir a Paris, y habitó un appartement en el Palais des Tuileries, residencia de todos los monarcas franceses del siglo XIX. Fue en este palacio en donde les pilló, como al resto de la Familia Real, la Revolución de Febrero de 1848.
El Palais des Tuileries visto desde el jardín homónimo (hacia 1820).

Sin entrar en detalles sobre las causas y los porqués de dicha revolución, los sucesos 1848 resumen o ejemplifican el fracaso del régimen liberal que Louis Philippe I había instaurado en 1830. Más democrático y dotado de más libertades, el nuevo régimen no supo o no pudo entender las tensiones sociales de una nueva era. El régimen de Louis Philippe I, también conocido como la Monarquía de Julio por el mes en que se proclamó, supuso el triunfo definitivo de la burguesía sobre la aristocracia y del capitalismo sobre el feudalismo, Louis Philippe I fue apodado el “rey de los banqueros”, pero fue incapaz de entender las miserias y las reivindicaciones de una nueva clase social: el proletariado.
El rey Louis Philippe I retratado como "monarca constitucional", sin la parafernalia del Antiguo Régimen y con la mano encima de la Charte (Constitución). Pintado por Winterhalter en 1839.

Aquel 24 de febrero de 1848, diversos factores confluyeron en un estallido de violencia sin precedentes y las barricadas se alzaron en las calles. Diversas concesiones fueron hechas por el régimen: cambio de la ley electoral, destitución del gobierno…pero la mala gestión, el pánico, la apatía o la simple casualidad contribuyeron a hundir un reinado que se había presentado como la mejor garantía para la concordia entre los franceses. Cuando parte de la Garde Nationale, que siempre había sido un pilar del régimen, empezó a apoyar a los insurrectos, Louis Philippe I entendió que no estaba en juego el gobierno, la reforma electoral, ni siquiera su reinado, sino la propia Corona y en resumen el régimen entero. Presionado dentro y fuera de su familia, poco antes de las 12 del mediodía, Louis Philippe I aceptó abdicar en favor de su nieto, el Conde de Paris (que solo tenía diez años), su nuera la Duquesa de Orléans ejercería la regencia. Los diputados de los principales partidos (conservadores, liberales e “izquierda dinástica”) estaban de acuerdo, se debía hacer todo lo necesario para evitar que la sangre continuara manchando las calles.
Apresurada abdicación del Rey. Se puede leer:
"Abdico esta corona, que la voluntad popular me llamó a llevar, en favor de mi nieto el Conde de Paris. Que pueda triunfar en la gran tarea que recae hoy sobre él. Louis Philippe. 24 Febrero 1848."

Pero la noticia de la abdicación no pareció tener el efecto esperado en una turba enfervorecida y difícil de parar. Por otro lado, la República había sido proclamada en el Hôtel de Ville (ayuntamiento) tomado por los insurrectos.

Pero ¿qué ocurrió realmente con la Familia Real aquel 24 de febrero? Una de las mejores fuentes que tenemos es el monumental recopilatorio Histoire de la révolution de 1848 que escribió Louis-Antoine Garnier-Pagès. Garnier-Pagès fue un político republicano, que a pesar de haber favorecido la proclamación de la República en 1848 escribió un relato muy detallado y ponderado de los eventos acontecidos.

La Familia Real al completo esperaba en el gabinete del Rey las noticias sobre como había sido recibida la abdicación; la primera noticia que llegó fue la de la captura del general Lamoricière, considerado de talante liberal y popular entre el pueblo, Lamoricière había sido enviado para calmar los ánimos, su misión había fracasado antes de empezar. Luego sonidos de disparos en la Place du Carrousel, delante de palacio. Al parecer, se habían ordenado preparar varios carruajes para una eventual partida de la Familia Real. Pero apenas el convoy salió del edificio de las Écuries du Roi (Establos del Rey), que estaban delante del palacio al otro lado de la plaza, su montero fue abatido de un disparo y una muchedumbre obligó a retroceder a los carruajes, para luego prenderles fuego y saquear los establos. La Familia Real y los pocos cortesanos que quedaban observaron con horror como la insurrección era tan próxima que se podía ver desde palacio.
El centro de Paris hacia 1842. De izquierda a derecha: la Place de la Concorde, el Jardin des Tuileries, el Palais des Tuileries, la Place du Carrousel, las Écuries du Roi y el Louvre. La Chambre des Députés aparece en el extremo inferior izquierdo, al otro lado del río.

Poco después, llegó el diputado Adolphe Crémieux, con la triste noticia que la abdicación no había servido para calmar los ánimos y que él mismo no había recibido una fusilada de milagro. Su exhortación fue clara “Sire, no podemos perder ni un minuto. El pueblo viene. Quedan aún unos minutos, ¡¡en breve estará en las Tuileries!!” Rápidamente el Rey se quitó la casaca de su uniforme militar y se vistió con una levita de civil, pidió su reloj y su cartera de mano. Mientras, algunas princesas lloraban y sus hijos, los nietos del Rey, no comprendían nada de los que estaba ocurriendo. La Duquesa de Orléans permanecía serena, digna; había en ella incluso una cierta inocencia, pues aún no comprendía el peso que parecía recaer en sus espaldas. La Familia Real se despidió rápidamente de la Duquesa, que debían permanecer en las Tuileries a la espera que algunos diputados la recogieran para llevarla a la Chambre des Députés, donde prestaría juramento a la Constitución. Luego el monarca dio la señal: “¡Partamos!”.

Por un pequeño y estrecho corredor de servicio, la Familia Real llegó al vestíbulo del palacio, allí se decidió que sería más seguro coger los carruajes en la Place de la Concorde, de modo que el grupo tenía que cruzar el Jardin des Tuileries todo entero. Afortunadamente, el jardín permanecía desierto y cerrado, no como en agosto de 1792, cuándo Louis XVI y Marie-Antoinette tuvieron que cruzarlo mientras la turba los increpaba. Una treintena de caballeros del 1er regimiento de la Garde Nationale, debía servir para escoltar al convoy. Lentamente el grupo de personas rodeado por los caballeros empezó a recorrer los anchos caminos cubiertos de tierra y rodeados de estatuas. Silencio sepulcral, en el jardín no se oía prácticamente nada, era aquel silencio incómodo que precede a la tempestad, roto por unos disparos muy lejanos.
Vista aérea de Paris hacia 1848. En el primer plano la Place du Carrousel y el Palais des Tuileries, luego el jardín y al fondo la Place de la Concorde y los Champs-Élysées.

El Duque de Montpensier encabezaba la marcha junto con el señor Crémieux; luego venía el Rey, que apoyaba su brazo en la reina Marie-Amélie, su esposa, digna y erguida; a la izquierda del Rey el pintor Ary Scheffer, amigo de la familia, protegía el flanco del monarca. Seguían la Duquesa de Nemours (nuera del Rey), su hija Clémentine y el marido de ésta, el Duque de Saxe-Coburg. A continuación venía la Duquesa de Montpensier (nuestra Infanta Luisa Fernanda), que tenía diecisiete años y estaba embarazada de dos meses, acompañada de su amigo el escritor Jules de Lasteyrie. Seis criados llevaban a los nietos del Rey y alrededor  de cinco cortesanos concluían la marcha. La Familia Real, que vestía de luto por la muerte de la hermana del Rey, parecía protagonizar la marcha fúnebre de la propia monarquía.

Atrás en el palacio habían quedado, como hemos dicho, la Duquesa de Orléans con sus dos hijos: el Conde de Paris (el nuevo rey) y el Duque de Chartres (que tenía ocho años). También se había quedado en las Tuileries, el Duque de Nemours, hijo el Rey y capitán de la guardia encargado de mantener las posiciones para proteger a la Duquesa y la “retirada” de la Familia Real.

Mientras, el Rey y sus allegados proseguían su penosa marcha hacia la Place de la Concorde, con la esperanza que alguien hubiera encontrado nuevos carruajes para garantizar la partida, el Duque de Montpensier, atemorizado, se giraba de vez en cuando hacia su padre y le decía “¡Sire, acelerad el paso!”.

En la Place de la Concorde, esperaban alrededor de 4000 hombres de la Garde Nationale aún fieles a la Corona, que vieron, sin entender nada, como la Familia Real casi al completo emergía del Jardin des Tuileries, nadie les había informado de nada. Más desconcierto  mostró la Familia Real al ver que no había ningún carruaje esperando. Algunos miembros del séquito señalaron, entonces, tres pequeños coches que se habían podido alquilar a última hora y que esperaban al pie del obelisco. El primer coche era una pequeña calesa cerrada de cuatro plazas, el segundo era un brougham de dos plazas y el tercero un cabriolet también de dos plazas. Después de algunas dudas, el Rey pidió al Conde de Montalivet, que había comandado la guardia que los había escoltado desde palacio, si les podía llevar sanos y salvos hasta el castillo de Saint-Cloud, a las afueras de Paris, desde donde se podría organizar una contraofensiva. Montalivet respondió que sí. Luego el mismo Rey se dirigió hacia la calesa y abrió la puerta, las princesas y sus hijos ya estaban dentro, “¡Bajad todas!” dijo el monarca; a continuación subió él, la Reina y tres de sus nietos (dos hijos de la princesa Clémentine y uno del Duque de Nemours). En el brougham se apretujaron la Duquesa de Nemours, su hijo y su hija, otra hija de la princesa Clémentine y tres mujeres del séquito. Finalmente en el cabriolet subieron el Duque de Montpensier, el general Dumas y una de las damas de la Reina. Quince personas para unos vehículos que tenían un total de ocho plazas. Como la princesa Clémentine y la Duquesa de Montpensier no cupieron en los coches se decidió que se refugiaran hasta nuevo aviso en la cercana casa del señor Lasteyrie (he aquí la auténtica verdad).
La Place de la Concorde fotografiada en 1865 por Charles Soulier, con mucho menos tráfico que en la actualidad.

Eran alrededor de la doce y cuarenta del mediodía. El Rey gritó entonces “¡Partid!” al cochero, pero justo en aquel instante llegó un caballero al galope llevando la cartera que el monarca se había dejado en palacio, el señor Crémieux cogió la cartera e intentó entrarla a la calesa del Rey por la ventana, pero era demasiado estrecha, después de un breve forcejeo el monarca consiguió finalmente la cartera y presa de un ataque de nervios volvió a gritar “¡Partid! ¡Partid!”. Los pequeños carruajes rodeados de caballeros abandonaron a toda prisa la Place de la Concorde ante la mirada atónita de la tropa, que no comprendía nada, parecía simplemente que el Rey había huido.

El propio Garnier-Pagès afirma sin rodeos, que aquello no fue una partida, sino una huída. Es cierto que el fantasma del malogrado Louis XVI asustaba demasiado, pero al menos él que perdió la Corona de forma desastrosa supo perder la vida con dignidad. Louis Philippe I salvó la vida, pero ni siquiera luchó por su corona, por la de su nieto, por la regencia de su nuera, por el futuro de sus hijos o por su honor. Poseía aún cerca de 10000 soldados que le eran fieles, habría podido abdicar protegido y solemnemente en la Chambre des Députés, pero prefirió huir al galope dejando atrás a su nuera y a su sucesor (a los que algún día dedicare un post).

Las vicisitudes de la Familia Real no terminan, sin duda, con la partida desde la Place de la Concorde, pero como este no es el objetivo de dicho post, nos centraremos en nuestra Duquesa-Infanta a la fuga.

Confiada a manos del señor Lasteyrie, la Duquesa de Montpensier y su protector se dirigieron a casa de la madre de éste, que vivía cerca de los Champs-Élysées. Madame de Lasteyrie era una mujer muy virtuosa e hija, además, del célebre Marqués de Lafayette, héroe de la Revolución Francesa, su casa estaba por lo tanto fuera de toda sospecha. En el último momento, desconcertada por la precipitada fuga, la princesa Clémentine (¿y puede que su marido el Duque de Saxe-Coburg?) se unió al señor Lasteyrie y a la Duquesa. Se dice que mientras Lasteyrie y las dos princesas recorrían las calles entre el ruido, ya no tan lejano, de los disparos, la Duquesa dijo: “Oh! ¡No tengo miedo! ¡El ruido de los fusiles, el silbido de las balas, la guerra civil, los gritos de la muchedumbre! ¡Durante mi infancia en España me acostumbré a todo esto!”.

La princesa Clémentine permaneció poco tiempo en casa de Madame Lasteyrie, pasadas las dos cogió el tren hasta Versailles, donde se había refugiado la Familia Real tras las amenazas de que la gente marchaba sobre Saint-Cloud.

La Duquesa de Montpensier, continuó escondida hasta el día siguiente, 25 de febrero, por la mañana. Llegó entonces el general Thierry con una nota del Duque de Montpensier, la Familia Real estaba en Dreux, al parecer la Reina había querido despedirse por última vez de su difunto hijo el Duque de Orléans. El Duque de Montpensier le pedía a su esposa que fuera hasta el Château d’Eu, residencia veraniega del Rey en la costa normanda, al parecer el monarca deseaba pasar allí su post-abdicación. Lo que no sabía aún el Rey es que la regencia no se había podido proclamar y que la Duquesa de Orléans, sus hijos y el Duque de Nemours se hallaban en paradero desconocido.

La Duquesa de Montpensier, no obstante, obedeció, se despidió calurosamente del señor Lasteyrie y de su madre y (presumiblemente) cogió el tren hasta Eu con el general Thierry. Llegaron al castillo a media tarde, pero no encontraron a nadie, la Familia Real no estaba allí, probablemente habían oído las noticias de la proclamación de la República en Paris y había decidido cambiar de itinerario. Llegados a este punto es importante decir que también nos puede resultar útil la obra recopilatoria de Alphonse de Lamartine llamada, también, Histoire de la Revólution de 1848, aunque en algunos aspectos contradiga la narración de Garnier-Pagès.
El Château d'Eu, en Eu, Normandía. El 1843, Louis Philippe recibió en el castillo a la reina Victoria, sentando las bases de la futura Entente Cordiale.

Esperando en el solitario castillo empezaron a correr rumores que una columna de obreros de Rouen marchaba hacia Eu, también habían llegado espantosas noticias de que el Château de Neuilly, residencia favorita del Rey en las afueras de Paris, había sido brutalmente saqueado e incendiado por una turba enfervorecida. Temiendo que Eu corriera la misma suerte la Duquesa y el general Thierry decidieron partir hacia la frontera belga por su cuenta. En el pequeño pueblecito de Eu, consiguieron la ayuda del señor Estancelin, diplomático que había trabajado varios años en la embajada de Múnich. Después de esperar un rato en su casa los tres partieron en carruaje rumbo a Abbeville.

Pero su llegada a la pequeña ciudad del norte bien entrada la noche generó demasiada expectación, rápidamente una multitud rodeó el coche y gritó “¡Los príncipes se escapan!”. El señor Estancelin intentó convencer a la gente que viajaba con su esposa hacia su nuevo destino como diplomático, en vano. La gente se negaba a que el carruaje abandonara la ciudad. La Duquesa, el general Thierry y el señor Estancelin se debieron sentir como Louis XVI y Marie-Antoinette en Varennes aquella fatídica noche del 22 de junio de 1791. El coche se dirigió entonces hacia la casa de un amigo del señor Estancelin conocido por sus simpatías republicanas, pero por miedo o desprecio éste se negó a acogerlos. Entonces, aprovechando un descuido del grupo de hombres y mujeres que los seguían, los tres ocupantes del carruaje lo abandonaron rápidamente dejándolo vacío en medio de la calle.
Pequeña ciudad de Abbeville fotografiada hacia 1890.

Después de recorrer algunas callejuelas, el grupo decidió separarse: el señor Estancelin iría a conseguir nuevos caballos y mientras, el general Thierry y la Duquesa deberían abandonar la ciudad a pie por una de las puertas de la muralla y esperar el carruaje, hacia las once, en el borde de la carretera que conducía a Bélgica. El general y la Duquesa recorrieron las estrechas calles de Abbeville, hacía mucho viento y caía una pequeña llovizna que había apagado las pocas lámparas que habían, dejando las calles en la penumbra, además ninguno conocía Abbeville y las apresuradas indicaciones del señor Estancelin no resultaron del todo claras. Después de varias equivocaciones llegaron al fin a la puerta indicada, permanecía a medio construir y completamente rodeada de un andamio y de una alta tapia de madera, sin embargo había una pequeña puerta abierta para el paso de los peatones.

El general y la Duquesa cruzaron apresuradamente la pequeña puerta y empezaron a recorrer el camino que se alejaba de la ciudad, pero como éste también estaba a medio hacer y además llovía a cántaros el suelo estaba encharcado y repleto de barro y baches. Los dos corrían a paso apresurado hasta que la Duquesa tropezó y cayó de rodillas al suelo, el general la levanto rápidamente y continuaron avanzando, entonces la Duquesa se dio cuenta que había perdido ambos zapatos en el barro. El general Thierry estaba desolado, la tensión, la fatiga y el mal tiempo, no eran las mejores condiciones para que una mujer embarazada de dos meses recorriera los caminos. Thierry no dejaba de pensar ¿y si la Duquesa de Montpensier perdiera el niño?

El general llevó a la Duquesa hasta una roca que flanqueaba el oscuro camino, ella se sentó y él le ofreció su capote. Mientras la Duquesa esperaba allí, él desharía los pocos metros que habían hecho de camino y buscaría a alguien que pudiera auxiliarlos en la ciudad. El general Thierry volvió a entrar la ciudad y mientras se debatía en que puerta llamar (¿Cuáles serían las simpatías del vecino al que pidiera ayuda?) un joven hombre se acercó y dijo que venía de parte del señor Estancelin para asegurarse que estaban bien y que habían encontrado el camino. Ambos volvieron rápidamente a donde se encontraba la Duquesa. Entonces el joven les condujo hasta un pequeño cobertizo al lado de un horno de cal. No había ningún fuego para calentarse en aquel humilde lugar, pero al menos estaban a cubierto. Durante más de dos horas esperaron los tres hasta que por fin, pasada la medianoche, se oyó el ruido de un coche de caballos, era el señor Estancelin.

La Duquesa de Montpensier llegó a Boulogne el día siguiente, dos días mas tarde, el 28, embarcó hacia Inglaterra, donde se reunió con su marido y varios miembros de la Familia Real.
Los Duques de Montpensier y su familia en el jardín de su residencia española, el Palacio de San Telmo en Sevilla. 


Cuenta el general Thierry en sus memorias que mientras él y la Duquesa buscaban rápidamente los zapatos de ella en el barro, él se exclamó “¡¡Que extrañas aventuras en una noche tan terrible!!” y ella respondió “¡Oh, sí! Bueno, ¡la verdad es que prefiero estas aventuras a la horrible monotonía de tener que hacer labores alrededor de la mesa en los caldeados y espléndidos salones de las Tuileries!”.