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domingo, 12 de abril de 2015

La boda del siglo: Marie-Antoinette se casa con el dauphin Louis-Auguste de Francia (primera parte).

Vale, puede que no fuera la boda del siglo (aunque no se me ocurre cual puede serlo), pero en todo caso fue la última gran boda celebrada en la Francia pre-revolucionaria. Su importancia fue doble, en primer lugar por la suntuosidad del evento, una pompa que no se veía desde la boda del anterior Dauphin o Delfín (titulo del heredero al trono francés) hacía más de 25 años antes, y por otro lado por las importantes consecuencias políticas que tuvo.

Fueron la Marquesa de Pompadour y el Duque de Choiseul, ministro de Asuntos Exteriores, los que convencieron a Louis XV (1715-1774) para iniciar un acercamiento al enemigo tradicional de Francia, la Monarquía Habsbúrgica (o Austria, aunque aún no existía como estado). Este “renversement” de las alianzas, que no sentó muy bien ni a Prusia ni a Reino Unido, debía sellarse, entre otras cosas, con un conjunto de bodas que estrecharían los lazos entre la Casa de Habsburgo y la Casa de Borbón.
Madame de Pompadour retratada por Drouais en 1763.
La Alianza Austro-francesa de 1756 puede considerarse la obra política de su vida, sus resultados fueron, sin embargo, mediocres.

Enumerémoslas brevemente.

La primera boda fue entre el archiduque Joseph, heredero de la Casa de Habsburgo (y futuro emperador Joseph II), y la princesa parmesana Isabella de Borbón, en 1760. La segunda, en 1765, entre el archiduque Leopold, Gran Duque de la Toscana, con la infanta María Luisa de España. La tercera (1768) entre la archiduquesa Maria Carolina con Ferdinando IV de Borbón, Rey de Nápoles. La cuarta entre la archiduquesa Maria Amalia con Ferdinando I de Borbón, Duque de Parma en 1769.

Y la última y quizás la más importante, fue la boda que nos ocupa. Diez años después de la primera boda se casaron la archiduquesa Maria Antonia de Habsburgo y el heredero al trono francés el dauphin Louis-Auguste de Borbón.
La emperatriz Maria Theresia (1767) de Jean-Étienne Liotard.

La archiduquesa Maria Antonia Josépha Johanna, de apenas catorce años, era el decimoquinto hijo de Maria Theresia de Austria (Emperatriz del Sacro Imperio, Reina de Bohemia, Reina de Hungría, Archiduquesa de Austria….) y la quinta hija en contraer matrimonio. Sus tutores la describieron como una niña jovial, traviesa, bienintencionada y generosa, pero con tendencia a distraerse en los estudios y poco amante de la lectura y del esfuerzo.
La archiduquesa Maria Antonia pintada en 1768 por Franz Xaver Wagenschön (izquierda). Meses más tarde se encargó a Joseph Ducreux otro retrato más "a la francesa" para enviar a la corte de Versailles (derecha). Los lazos sustituyeron a las puntas, la seda al terciopelo y los colores pastel a los saturados. Ducreux agrandó además los ojos de la archiduquesa, redujo su frente y la peinó "á la Pompadour".

Dejando de lado todas las largas negociaciones diplomáticas que hubo de por medio (en un primer momento se quería casar a la archiduquesa Maria Antonia con el rey Louis XV, que era 45 años mayor), debemos empezar con las celebraciones en Viena.

VIENA, LOS PREVIOS.

El día 15 de abril de 1770 (Domingo de Pascua), llega triunfalmente a Viena, el Marqués de Durfort, Embajador Extraordinario del Rey de Francia, para pedir la mano de la archiduquesa. El Marqués llevaba en el puesto de embajador desde hacía unos años, pero había partido de Viena unos días antes para ir a recibir simbólicamente el cargo de “Embajador Extraordinario”, en realidad lo que había ido a hacer era a adquirir 48 carruajes que debían llevar a la archiduquesa y al séquito hasta Francia. Como el embajador los había tenido que adquirir con su propio dinero, la mayoría de los coches fueron vendidos después de la efeméride. Solo dos carrozas, las más suntuosas, fueron pagadas por el Rey de Francia, serían las que llevarían a la archiduquesa y estaban pintadas de dorado y su interior tapizado con terciopelo carmesí.

Al día siguiente, en el Hofburg, el Embajador es recibido en solemne audiencia por la emperatriz Maria Theresia y el emperador Joseph II (su hijo y por lo tanto hermano mayor de la novia) y le entrega a la archiduquesa una carta y dos retratos en miniatura, uno de ellos con un marco de diamantes, de su prometido el Dauphin.
La Gran Antecámara de Hofburg pintada por Van Meytens hacia 1750, probablemente en este lugar se recibió al embajador francés.

El día 17 se produce el “Acto de Renuncia”, la archiduquesa Maria Antonia renuncia sobre la Biblia a sus derechos de sucesión en cualquiera de la posesiones de la Casa de Habsburgo. Por la noche el Emperador da una espectacular recepción en el Oberes Belvedere, que por fin sale del letargo en el que se había sumido tras la muerte de príncipe Eugen von Savoyen en 1736. La recepción cuenta con más de 1500 invitados, cosa que obliga a construir una inmensa carpa en el jardín para celebrar los bailes. Centenares de oficiales de la Corte vigilan que no entre nadie sin invitación pues la parte baja de los jardines ha sido abierta al público común, no sería adecuado que ambos grupos se mezclaran. Además, 800 bomberos se encargan de la seguridad del recinto, no en vano se han encendido más de 4000 velas, sin contar los fuegos artificiales que se lanzan. No se registra ningún incidente. La cena se sirve a partir de las 8 en turnos de cien personas, las bebidas (café, té, chocolate, limonada y licores) lo hacen de forma ininterrumpida. A pesar de los rumores, el emperador Joseph II (que está de luto por la muerte de su hija de siete años), asiste al baile, la mayoría de los miembros de la Familia Imperial se retiran hacia las tres de la madrugada, pero el baile se alarga hasta las siete de la mañana.
La Marmorsaal del Oberes Belvedere.
© Belvedere Wien / Margherita Spiluttini.

La siguiente noche es el turno del baile organizado por el Marqués de Durfort, como la embajada es demasiado pequeña, el Príncipe de Liechtenstein cede su gartenpalais a las afueras de la ciudad. Esta vez son 850 invitados, pero atendidos por 800 sirvientes, a ello hay que añadir los sempiternos fuegos artificiales, las medallas conmemorativas repartidas por el jardín y la omnipresencia de esculturas doradas de delfines (alusión al futuro rango de la archiduquesa). Suponemos que esta celebración no se alargó tanto, porque al día siguiente, el jueves 18, se realiza la boda por poderes.
La fachada del gartenpalais del Príncipe de Liechtenstein, una de la primeras fachadas barrocas de Viena (1690s).

A las 6 de la tarde empieza la boda por poderes (o per procurationem) en la Augustinerkirche (donde también se había casado la emperatriz Maria Theresia) anexa al Hofburg. La boda es por poderes (algo muy habitual en la bodas regias, así la prometida ya viajaba con su nuevo rango y se ahorraban sorpresas desagradables de última hora) por lo que el novio es representado por un testigo, en este caso por el archiduque Ferdinand, hermano menor de novia (si, hoy en día suena un poco raro). La archiduquesa Maria Antonia Josépha Johanna von Habsburg-Lothringen es casada por el Nuncio Apostólico, Monseñor Visconti. A las 9 en punto comienza el banquete de bodas, y una vez más el joven archiduque Ferdinand, que solo tiene 13 años, representa al novio en la mesa de los recién casados.
La Augustinerkirche pintada en 1760 por Martin van Meytens representando la boda del archiduque Joseph con la princesa Isabella de Parma.

La última celebración en Viena tiene lugar en la tarde/noche del día 20, la archiduquesa Maria Antonia recibe a los embajadores extranjeros en Viena, todos ya se dirigen a ella como “Madame la Dauphine”.

Antes de partir, la nueva dauphine escribe una carta, seguramente dictada por su madre, a su nuevo suegro, el rey Louis XV. En la carta, que empieza con el protocolario “Hermano y muy querido abuelo mío”, Maria Antonia le comunica el gran afecto que siente por él, y le promete que se dedicará toda su vida a hacerle feliz y merecer su confianza, y añade que su edad y su inexperiencia quizás requieran de su indulgencia en alguna ocasión.

La partida se produce el día 21 (sábado) a las nueve de la mañana, a pesar de la voluntad de evitar escenas como la despedida, en 1768, de la archiduquesa Maria Carolina, que bajó en el último momento del carruaje para abrazar a su madre, se vierten lágrimas y hay efusivos abrazos. Cuando el carruaje se pone en marcha, Maria Antonia no puede evitar sacar la cabeza por la ventanilla en múltiples ocasiones, para ver, una vez más, la última imagen de su hogar, mientras el cortejo de 57 carruajes se aleja por la carretera de Schönbrunn. Madre e hija no se volverán a ver nunca más.

EL VIAJE Y LA REMISE.

Una vez dejado atrás el palacio de Schönbrunn y los suburbios de Viena, el cortejo llega a la famosa Abadía de Melk por la tarde del mismo día 21. Se ha decidido que el viaje se realizará por etapas de 8 horas más o menos, para evitar fatigar a la archiduquesa y al resto del séquito. Según cuentan las crónicas llueve la mayoría de los días. El día 22, el cortejo llega a Enns, luego Lambach y Altheim. El día 24 cruza el rio Inn, abandona Austria y se adentra en Baviera, llega a Alt Ettingen. Los días 26 y 27 la archiduquesa está en Múnich, se aloja en el castillo de Nymphenburg, en las afueras de la ciudad y el Elector de Baviera la agasaja con banquetes, ópera y fuegos artificiales. El 28 llega a Augusburg, luego a la Abadía de Günsburg, donde se encuentra retirada su tía Charlotte de Lorena (hermana de su difunto padre Franz I, Emperador del Sacro Imperio y Duque de Lorena). Maria Antonia no ha visto jamás a su tía Charlotte, el parecer la estancia resulta muy agradable y el cortejo no vuelve a partir hasta el día 2, oficialmente porque la archiduquesa está resfriada, cosa que no sería de extrañar ya que ha caído una lluvia torrencial casi todos los días desde que partió de Viena. El día 2 de mayo, por la tarde, llega a Riedlingen, luego continua hasta Stockach, Donaueschingen, Frieburg y finalmente el día 6 llega a la Abadía de Schütter, cerca de Kehl, es la última parada antes de cruzar la frontera con Francia.

Como el protocolo ponía serias dificultades sobre donde debía producirse la remise (entrega) de la joven prometida, al final se opta por una solución salomónica, se realizará en un territorio neutral, la Île des Épis, una pequeña islita en el Rin (algunos la describen como un mero banco de arena) situada entre la frontera del Sacro Imperio y la de Francia.

Esta solución no debe de extrañarnos, recordemos que el Tratado de los Pirineos (1659) se rubricó en la famosa Isla de los Faisanes, entre la frontera española y la francesa. O que unos años antes en la misma isla se construyó un puente para “intercambiar” a dos princesas: la infanta Ana, que iba a casarse con Louis XIII y la princesa Élisabeth, que debía casarse con el que sería el futuro Felipe IV. La historia no ha registrado si ambas princesas pudieron intercambiar algunas palabras (¡Suerte!) en medio de ese solitario puente.

Volviendo al tema, para la remise se ha construido en la Île des Épis un pabellón (ejemplo tan típico de la arquitectura efímera de otras épocas) para realizar la ceremonia. Tiene cinco estancias, la central, donde se realizará el acto y dos antecámaras a cada lado, dos para Austria y dos para Francia. El pabellón ha sido decorado a toda prisa con préstamos de la burguesía local, de la Iglesia o de distintas instituciones públicas. Un jovencísimo Goethe tiene la ocasión de visitar el pabellón unos días antes de la ceremonia y descubre con horror que para decorarlo se han colgado unos tapices sobre la historia de Jasón y Medea, con seguridad uno de los matrimonios más desdichados de la Mitología Clásica.
Versión reducida del Pavillon de la remise en la película Marie-Antoinette (2006) de Sofia Coppola. El sentido simbólico y práctico de la construcción queda sin embargo perfectamente representado.

Elevación y planta del pabellón.

La mañana del lunes 7 la archiduquesa y su séquito entran en el pabellón por la puerta este, en la segunda antecámara la joven novia debe desvestirse completamente, el protocolo exige que no guarde nada de su pasado austríaco, ante todo el séquito se desviste a la joven y luego la vuelven a vestir con una vestimenta exclusivamente francesa: camisa de seda, medias de Lyon, zapatos hechos por el zapatero del Rey... Curiosamente, el suntuoso trousseau (ajuar) que trae Maria Antonia no vuelve a Viena, será repartido entre sus nuevas damas de honor francesas.

A continuación todo el mundo pasa a la sala central, llamada salle de la remise (sala de la entrega). En el centro de la sala una mesa simboliza la frontera, en la misma línea imaginaria de la frontera, pero pegado a la pared sur se yergue un pequeño trono con su dosel. El Príncipe de Starhemberg, jefe del séquito austríaco, acompaña a la archiduquesa Maria Antonia hasta el trono y ella espera allí sentada a que se lean y se firmen las actas. Una vez los enviados extraordinarios del Rey han estampado su rúbrica se abre la puerta del lado de Francia y aparece su nuevo séquito francés, al mismo tiempo, ante los ojos enrojecidos de la muchacha el séquito austríaco se retira. El Príncipe de Starhemberg, Embajador Extraordinario del Emperador, es el único que puede permanecer, acompañará a la novia hasta Versailles. El Príncipe da la mano a la archiduquesa que desciende del estrado y se dirige hacia su nuevo séquito francés. El Conde de Noailles, jefe del séquito francés, coge la mano de la joven y empiezan las presentaciones, pero cuando se le presenta a la Condesa de Noailles, nueva dama de honor de la prometida, ésta rompe en sollozos y se arroja a los brazos de la altiva señora. Pero no hay tiempo para sentimentalismos, el protocolo no lo contempla, de lejos ya se oyen las campanas de la catedral de Estrasburgo y las salvas de artillería.

En ese pequeño pabellón, la joven archiduquesa se ha metamorfoseado, ha dejado de ser austríaca para convertirse en francesa, y, más importante aún, para la historia ha dejado de ser Maria Antonia, para convertirse en Marie-Antoniette.

LA LLEGADA A FRANCIA Y EL ENCUENTRO CON EL DAUPHIN

La entrada de la joven Marie Antoinette a Estrasburgo, es apoteósica, es la primera ciudad francesa que pisa la prometida y el recibimiento no puede ser más espectacular. Desde hacía décadas que los estrasburgueses no veían pasar por su ciudad ningún miembro de la realeza y menos aun una futura reina de Francia. En las calles se han alzado arcos de triunfo efímeros y en la plaza del Hôtel de Ville hay fuentes de las que emana vino. La gente se agolpa en las calles para ver a esa jovencita de cabellos rubio ceniza y profundos ojos azules que saluda con efusividad. Delante de su carroza, decenas de niñas pertenecientes a las mejores familias de la ciudad marchan lanzando pétalos de flores a su paso. Marie-Antoinette se aloja en el Palais Rohan, la suntuosa residencia del arzobispo de la ciudad y miembro de la poderosísima familia Rohan, y duerme en el dormitorio reservado al Rey. Por la noche la ciudad se llena de luces, en las casas se cuelgan farolillos, por el río navegan barcas iluminadas e incluso los vitrales de la catedral parecen proyectarse a todo color sobre el cielo de la ciudad.
La Chambre du Roi en el Palais Rohan. A pesar de su nombre estaba destinada a cualquier huésped ilustre que visitara la ciudad, entiéndase con más rango que el propio arzobispo, claro.

La mañana siguiente, martes 8 de mayo, antes de partir, mientras los habitantes de la ciudad se recuperan de la resaca, la joven prometida desea oír misa, en la catedral la recibe el obispo coadjutor: un hombre en la mitad de la treintena, alto, delgado, sofisticado y repleto de frívolos ademanes, es Louis Réne Édouard de Rohan. Marie-Antoinette no puede ni imaginar que aquel hombre que la bendice al lado del altar será años más tarde uno de los protagonistas del funesto y dañino Asunto de Collar.

La prometida y su nuevo séquito de 160 personas aún tienen que recorrer más de 400 kilómetros antes de encontrarse con el Rey, el Dauphin y la Corte. En Nancy, antigua capital del Ducado de Lorena, Marie-Antoinette asiste a una misa por sus antepasados (su padre el emperador Franz I fue el último duque de Lorena antes que este territorio se incorporara a Francia). Luego pasa por Luneville y Commercy, ciudades famosas por los antaño suntuosos palacios de la Casa de Lorena. Después de pasar Bar-le-Duc el cortejo cruza un arco de triunfo erigido en Châlons-sur-Marne, poco sospecha Marie-Antoinette que décadas más tarde, y en condiciones muy distintas, cruzará este mismo arco después de que ella y su familia sean detenidos en Varennes. A la llegada a Soissons, se suceden una vez más muchedumbres en las calles, salvas de artillería, misas y fuegos artificiales. En Soissons, Marie-Antoinette espera a que la Corte se traslade de Versailles a La Compiègne.

El lunes 14 por la mañana, la prometida abandona Soissons rumbo a La Compiègne. A las tres de tarde se produce el esperado encuentro. En un claro del bosque de La Compiègne, cerca de Pont-de-Berne, una acumulación de carruajes centelleantes y coloridos escuadrones militares indica la presencia de la Corte de Francia. Marie-Antoinette desciende de su berlina sobre una mullida alfombra roja, el Príncipe de Starhemberg le coge la mano y le presenta al Duque de Choiseul, Ministro de Exteriores francés y uno de los artífices de la alianza franco-austríaca. La joven exclama “Nunca olvidare que sois responsable de mi felicidad” y el Duque contesta “Y de la de Francia”. A continuación el Rey, el Dauphin y Mesdames bajan de su carruaje. El Duque de Cröy presenta, esta vez, a “Madame la Dauphine” al rey Louis XV. Ella realiza una solemne y exquisita reverencia mientras exclama “Hermano y muy querido abuelo mío”. El monarca, con una sonrisa en la cara la alza y le da dos besos en las mejillas. Luego el Rey le presenta al ansiado prometido, el dauphin Louis-Auguste, un hombre alto, robusto, tímido y con la mirada un tanto perdida propia de un miope. Él la besa ceremoniosamente en la mejilla. Luego son presentadas Mesdames, la hijas solteronas del Rey y por lo tanto tías políticas de Marie-Antoinette, las princesas Adélaïde, Sophie y Victoire que han pasado a la historia por ser muy religiosas, increíblemente aburridas y, a la vez, el centro de todos los chismorreos que había en Versailles.
Momento de la llegada a La Compiègne en la película de Sofia Coppola. En la realidad hubo, seguramente, muchísima más gente en el lugar. 

Mapa del Bosque de La Compiègne (1729). La flecha amarilla indica la carretera hacia Soissons, el punto azul el claro del encuentro y el punto rojo la ciudad y el Château de La Compiègne. El norte está en la parte inferior del mapa.
© Gallica / Bibliothèque nationale de France.

El joven dauphin Louis-Auguste (1769) pintado por Louis-Michel Van Loo.

En un mismo carruaje Marie-Antoinette, el Rey y el Dauphin recorren los pocos kilómetros que les separan del Château de La Compiègne, uno de los pabellones de caza favoritos de Louis XV y que ahora está sufriendo importantes trabajos de ampliación. El Rey charla animadamente con la novia, el Dauphin, en cambio, permanece silencioso, habla latín, italiano, inglés y un poco de alemán, pero nadie le ha enseñado qué decirle a su futura esposa.
Patio de entrada del Château de La Compiègne (hacia 1770). El castillo sufrió constantes cambios durante el reinado de Louis XV. A la derecha el castillo viejo (con una nueva fachada de 1730s) con los aposentos del Rey. Enfrente la nueva ala de los años 50, que probablemente contenía las estancias del Dauphin y de la Dauphine. En el extremo izquierdo el nuevo pabellón de entrada erigido a finales de los 60 que servirá de modelo al nuevo patio de entrada construido bajo Louis XVI.

En el Château de La Compiègne se le presentan a la Dauphine los llamados Princes de Sang (Príncipes de Sangre, miembros de la alta nobleza emparentados con la Familia Real). Primero el todopoderoso Duque de Orléans y su hijo el Duque de Chartres, que mas tarde será el famoso Philippe Égalité, uno de los más acérrimos enemigos de Marie-Antoinette durante la Revolución. Luego el Príncipe de Condé, famoso por su fastuoso castillo en Chantilly y el Príncipe de Conti, conocido por su firme oposición a la política absolutista del Rey. Y finalmente el anciano Duque de Penthièvre, que se rumorea que es el hombre más rico de Francia y su nuera, la encantadora viuda la Princesa de Lamballe, que se convertirá en una de las grandes amigas de Marie-Antoinette.

Cae la noche y tras un agotador día con sobredosis de presentaciones, todo el mundo se retira a sus aposentos, el Dauphin y la Dauphine en habitaciones separadas, aún no es su noche de bodas. Esa misma noche Louis-Ausguste escribe en su lacónico diario personal “Entrevue avec la Dauphine” (Encuentro con la Dauphine).

lunes, 12 de mayo de 2014

Un Certain Regard: el Maharajá.

Desde que los rajás, maharajás y otros príncipes indios perdieron todo poder político con la creación de Raj Británico en 1858, su vida fue una sucesión de rituales ancestrales, extravagancias principescas y coqueteos con la cultura occidental. Si bien dichos príncipes perdieron todo su poder (más allá de asuntos religiosos o locales) conservaron sus fabulosas fortunas y durante casi un siglo sus vidas fueron un canto al esteticismo (no exento de excentricidades, claro).

Yeshwant Rao Holkar II nació en 1908 y en 1926, tras la abdicación de su padre Tukojirao Holkar III, heredó el trono del estado principesco de Indore. Educado en Oxford, Yeshwant Rao pasó gran parte de su juventud y madurez viajando por el mundo, a causa de la fascinación que sentía por la cultura occidental.

Sus antecesores, también fascinados por Occidente, construyeron de 1886 a 1921 un nuevo palacio en estilo neoclásico-Napoléon III, lo llamaron Lal Baag. Pero poco despues de ascender al trono en 1926, Yeshwant Rao quiso también dejar su huella arquitectónica y construirse su propio palacio (algo muy típico de los príncipes indios). El Manik Bagh se construyó a partir de 1930 y su arquitecto fue Eckart Muthesius. Construido en un depurado estilo racionalista, el Maharajá no reparó en gastos para decorarlo y amueblarlo con mobiliario de Émile-Jacques Ruhlmann, Eileen Gray, Marcel Breuer, los hermanos Luckhardt, Louis Sognot o Charlotte Perrind; además de esculturas de Brancussi y Le Corbusier. El Maharajá vivió en su palacio hasta su muerte en 1956, pero en 1976, cuando el gobierno indio revocó los privilegios y las pensiones de los familias principescas, los Holkar se vieron obligados a vender el Manik Bagh al gobierno, que en mayo de 1980 subastó la mayor parte del mobiliario y la decoración que quedaba en el edificio. Actualmente, el Manik Bagh, bastante depauperado, aloja la Oficina del Comisionado de la Provincia, de la Aduana y de Hacienda.

Retrato de Yeshwant Rao Holkar II, Maharajá de Indore, en traje de corte (1934)
de Bernard Boutet de Monvel.

Retrato de Yeshwant Rao Holkar II, Maharajá de Indore, vestido a la occidental (1929)
de Bernard Boutet de Monvel.
© 2011 Artists Rights Society (ARS), New York/ADAGP, Paris.


Retrato fotográfico de Yeshwant Rao Holkar II y su esposa Sanyogita Devi (1930)
Man Ray.
© 2011 Artists Rights Society (ARS), New York/ADAGP, Paris.




El Manik Bagh en Indore, hacia 1932.

sábado, 19 de abril de 2014

Algo sobre Versailles: la desaparecida Grotte de Thétis.

Louis XIV visitó por primera vez Versailles en 1651, con 13 años, se dice que fue entonces cuando tuvo lo que en francés se llama el coup de foudre (el flechazo en español). Su relación sería la más larga y prolífica que jamás tuvo el monarca francés.

Pero la historia del château se había iniciado mucho antes. Fue Louis XIII, quien en 1623 mandó erigir un modesto pabellón. El monarca, aficionado a la caza, estaba francamente cansado de tener que pasar la noche en albergues y hostales cuando la partida de caza se alargaba y era demasiado tarde para volver al Louvre (hemos de pensar que la distancia entre Versailles y Paris era de más de 4 horas). Por otro lado, a Louis XIII siempre le había gustado esa área situada al suroeste de Paris porque, aunque pantanosa, la caza era espléndida. A si pues, al lado del diminuto pueblecito de Versailles se levantó el nuevo pabellón de caza del Rey. Por aquel entonces en Versailles solo había unas pocas casas, una iglesia y varios molinos, pero el pueblecito estaba al lado de la importante ruta comercial que unía la capital con la Normandía. Como diríamos hoy en día, Versailles estaba bien comunicado.
Louis XIII pintado hacia 1622 por Rubens.

A pesar de que la decisión de Louis XIII haría entrar el nombre de Versailles en los libros de Historia, el modesto pabellón se parecía más a la casa de un gentilhombre de provincias que a la residencia del Rey de Francia y Navarra. El edificio seguía la típica planta en forma de U del château francés, con un muro que cerraba el patio, estaba construido en ladrillo y tenía un pequeño foso que lo rodeaba (más como una tradición que como elemento defensivo). El Rey tenía sus estancias en el primer piso del edificio central, el ala sur alojaba el guardamuebles, la norte las cocinas y el conserje y en las buhardillas había pequeñas habitaciones para alojar a los miembros del séquito. Al mismo tiempo que el castillo, en la parte posterior también se creó un jardín “à l’italienne” que se cercó con un muro.
El modesto primer pabellón de Louis XIII (1623-1624), hasta la fecha no se conoce su arquitecto.


Durante casi diez años esta modesta edificación fue la que usó Louis XIII. Pero finalmente en 1631 decidió encargar al arquitecto Philibert Le Roy un necesitado lifting. Solo la parte central fue conservada, las alas laterales se reconstruyeron al mismo nivel que la central, las puertas y las ventanas se enmarcaron en piedra calcárea, se construyeron cuatro pabellones en los ángulos del edificio y el muro que cerraba el patio se substituyó por una arcada. Ese fue el edificio que Louis XIII siguió usando hasta su muerte, acontecida el 14 de mayo de 1643 en el castillo de Saint-Germain-en-Laye.
El remozado segundo pabellón de Louis XIII.

Ocho años tardó el jovencísimo Louis XIV en volver a visitar el pabellón de su padre. Las visitas a Versailles fueron cada vez más frecuentes y en él, el joven Louis XIV descubrió la caza, la naturaleza, su afición por la arquitectura y su pasión por las mujeres. El joven monarca visitó con frecuencia el palacete con su joven amante Louise de La Vallière, pero tuvo que esperar diez años para poder plasmar la grandiosa visión que tenía de la arquitectura de su reinado.
Louis XIV pintado hacia 1654 por Justus van Egmont.

Louis XIV con 23 años, pintado por Charles Le Brun. 

En 1661, murió el Cardenal Mazarin, primer ministro del reino desde la muerte de Louis XIII. Louis XIV fue declarado entonces mayor de edad y dejó claro su deseo de gobernar sin primer ministro, él y sólo él sería el gobernante de Francia, como se recogió en la cita apócrifa de “l’État c’est moi”. Ese mismo año, Louis XIV encargó la reforma integral del palacete a los autores que habían construido el célebre Château de Vaux le Vicomte para el malogrado ministro de finanzas Nicolas Fouquet. Los autores eran: el arquitecto Louis Le Vau, gran emblema del barroco francés; Charles Le Brun pintor y decorador y André Le Notre, afamado paisajista responsable de revolucionar el arte de la jardinería creando el jardín “à la française”.
El diminuto pueblo de Versailles junto a la, cada vez mayor, propiedad real (1664).
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles).

La obras en el château se iniciaron, pues, el mismo mes de mayo en que el Cardenal Mazarin murió. Pero Louis XIV llevaba ya muchos años meditando el proyecto. En primer lugar, Louis Le Vau triplicó la superficie del castillo construyendo dos largas alas que albergaron los establos (al sur) y las cocinas y servicios (al norte). Las dos nuevas alas alargaban el patio de entrada, creando un segundo espacio que luego se conocería como Cour Royale y que se cerró con una nueva verja.
Las nuevas alas del servicio y el nuevo patio.

Una vez liberado el viejo château de los servicios, se pudo proceder a su completo remozamiento. La espartanas fachadas del reinado de Louis XIII mantuvieron su característico ladrillo rojizo, pero se añadieron bustos de mármol de antiguos emperadores romanos, las ventanas se agrandaron para convertirse en amplias puerta-ventanas y en el tejado se colocaron pots à feu y elaboradas decoraciones en plomo dorado.
El antiguo patio del viejo château, hoy llamada Cour de Marbre, conserva, a excepción de la parte central, el aspecto que tuvo en 1664.

Fachada del palacete hacia el jardín (1664), según el gravado de Israël Silvestre.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

También la distribución interior del edificio sufrió importantes modificaciones. Versailles ya no era el lugar para las escapadas con Madame de La Vallière o el pequeño palacete para retirarse durante las jornadas de caza. Versailles sería ahora la residencia de campo, la maison d’agrément, del Rey de Francia, muestra de su juvenil ímpetu. En ella se celebrarían fiestas, almuerzos, cenas, fuegos de artificio….Louis XIV pretendía, por lo tanto, alojar en el exiguo pabellón de su padre a su esposa la reina Marie Thèrese (hija de Felipe IV de España, por cierto), a los hijos del matrimonio (uno por aquel entonces, Louis de France), a la reina madre Anne d’Autriche (en este caso hermana de Felipe IV), a Philippe, Duque de Orléans (hermano del Rey), a su esposa la Duquesa de Orléans y a la llamada Grande Mademoiselle (prima del Rey). En resumen, a la Familia Real al completo.

Pero una vez vaciado el palacete de las áreas del servicio, Le Vau pudo proceder a una completa reorganización. En primer lugar, para mejorar la distribución, construyó un elaborado balcón de hierro forjado y dorado que rodeaba el edificio por todo el primer piso, el balcón serviría de pasadizo (que no se podía construir en el interior), en segundo lugar eliminó la escalera central y proyectó dos escaleras nuevas, una en cada ala, y finalmente añadió dos pequeñas torrecitas en los ángulos del patio interior que servían de pasaje. Así pues, todos los miembros de la Familia Real poseían su appartement, compuesto esencialmente por una antecámara, una cámara y un gabinete. Las tareas de decoración no se pudieron dar por finalizadas hasta 1665.
Plano del palacete de Versailles (1668) - 1- Patio del viejo castillo (luego Cour de Marbre). Planta baja: 2- Vestíbulo; 3- Appartement bas del Rey (estancias de diario); 4- Appartement de la Grande Mademoiselle; 5- Appartement de la Reina Madre; 6- Appartement de los Duques de Orléans; 7- Sala de la Guardia; 8- Capilla. Primer piso: 2- Salón 3- Appartement de Louis de France, el Delfín; 5- Appartement de la Reina; 6- Appartement del Rey (usado para guardar las colecciones de pinturas y objetos preciosos); 7- Salón de Billar. Anexos: 9- Nuevo patio (futura Cour Royale); 10- Pabellón de los establos; 11- Cobertizo para los carruajes; 12- Pabellón de los servicios y la cocina; 13- Cuerpo de guardia; 14- Grotte de Thétis. 

Mientras tanto los jardines también seguían su particular metamorfosis y Louis XIV multiplicaba las estancias en Versailles, a pesar de que la sede oficial de la Corte continuaba siento el Louvre.

Pero las intenciones del Rey de convertir el palacete que había construido Louis XIII en una residencia real de campo no gozaban de especial simpatía entre los nobles del séquito real, que se veían obligados a alojarse como podían en pequeños albergues lejos de todas las comodidades que ofrecían sus mansiones de Paris. El ingenioso Duque de Saint-Simon, siempre muy crítico con Louis XIV, describió así el lugar: “Versailles, lugar ingrato, triste, sin vistas, sin bosques, sin agua, sin tierra porque todo son arenas movedizas o pantanos, sin aire, en resumen: no es adecuado.” También el nuevo, y estricto, superintendente de finanzas, Jean-Baptiste Colbert, lamentaba la gran cantidad de dinero invertido en la nueva obsesión del Rey “Durante todo el tiempo que Su Majestad a gastando grandes sumas de dinero en esta residencia, ella ha descuidado el Louvre, que es, seguramente, el palacio más magnífico que hay en el mundo […] que pena […] que el más glorioso de los reyes deba valorarse por lo que construye en Versailles”.

Pero Louis XIV no se dio por vencido. En mayo de 1664, celebró lo que se puede considerar como la inauguración de Versailles: los Plaisirs de l’Île Enchantée. Los Plaisirs fueron un conjunto de juegos, carreras, carruseles, banquetes, ballets, representaciones teatrales, fuegos de artificios y juegos de azar que se desarrollaron del miércoles 7 al miércoles 14 de mayo. Fue la consagración del nuevo château, cuyo único fin era, por aquel entonces, el disfrute y el reposo del Rey.
Plaisir de l'Île Enchantée, representación del ballet Alceste de Lully; se puede apreciar muy bien como era el patio del château.

Un año después, comenzó la construcción de aquello que quizás mejor represente la exuberancia de este primer Versailles de Louis XIV: la llamada Grotte de Thétis. La gruta (o grotta) tenía su origen en la Italia  de mediados del siglo XVI. En pleno Manierismo, aparecieron las grutas artificiales en los jardines: pabellones que evocaban a las ruinas antiguas o a las excavaciones en la campiña romana. Su función era incitar a la meditación, al reposo, conectar con lo primigenio de la naturaleza y, también, servir de lugar para encuentros galantes. Su arquitectura era predominantemente tosca, rústica, con decoraciones que imitaban las cuevas o bien el fondo marino; y casi siempre había una fuente, se dice que para incitar al recogimiento, aunque también para ahogar el ruido de las conversaciones privadas. Fue en Fontainebleau donde François I mandó construir la primera gruta de Francia, obra del italiano Primaticcio.

Terminada en 1666, la nueva Grotte de Thétis de Louis XIV tenía también un sentido práctico, se trataba de un edificio cúbico, en cuya parte superior había una gran cisterna, y en la inferior se encontraba la gruta propiamente dicha. La fachada presentaba casi ningún elemento arquitectónico y en ella predominaban elaborados bajorrelieves y tondi que alternaban con paneles “de glaçon” que imitaban la roca sin pulir de las cuevas.
Fachada de la Grotte de Thétis.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles).

Planta de la gruta donde se puede apreciar el elaborado pavimento de mármol de colores.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

Pero el verdadero interés de la gruta estaba en el interior. Dividido en dos pórticos y tres naves, el interior presentaba altos techos abovedados y todos los muros completamente recubiertos de conchas de colores y de guijarros. Cuatro piletas de mármol en forma de concha decoraban los pilares de los que emergían esculturas de faunos y ninfas y unas máscaras hechas con conchas de colores servían de surtidores para las fuentes. La decoración de este primer pórtico se completaba con dos esculturas en los nichos de los extremos de Acis y Galatea obra de Jean-Baptiste Tuby. El segundo pórtico, el más interior, era ligeramente más estrecho y su principal característica eran tres grandes grupos escultóricos. En la nave central había “Apolo servido por las ninfas de Thétis”, en la nave izquierda “Los caballos mansos atendidos por dos tritones” y en la derecha “Los caballos feroces atendidos por dos tritones”. Todo el conjunto se completaba con un elaborado órgano hidráulico escondido detrás de la escultura de Apolo.
Una de las piletas y la elaborada decoración de los pilares.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

Diseños para los mascarones hechos con conchas.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

Vista interior de la gruta con los grupos escultóricos de Apolo (se han omitido los dos pilares centrales).
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

La iconografía que había guiado la selección de las obras y los motivos decorativos hacía hincapié en el descanso del Rey, función principal del este primer Versailles. Así pues, tanto los relieves de la fachada, como las esculturas en el interior hacían referencia al Rey (representado como Apolo, Dios del Sol) descansando en brazos de su amante la Duquesa de La Vallière (representada por la nereida Thétis, dueña de la gruta donde reposa el dios).
"Apolo servido por las ninfas de Thétis" (1666-1675) obra de Girardon y Regnaudin. Hasta la finalización definitiva de la obra, en la gruta se instaló una versión en yeso.

La Grotte de Thétis fue destruida en 1685 para permitir la ampliación del palacio. La gruta del Château de Wideville nos permite imaginar como pudo ser su decoración.

Terminada en 1666, la Grotte de Thétis fue el elemento más exuberante de los jardines de Versailles, entonces en constante mutación. También fue una de las primeras veces que la iconografía versallesca estableció el paralelismo entre el Rey y el dios Apolo (ergo el Sol).

El llamado Grand Divertissement Royal celebrado el 18 de julio de 1668 puede considerarse como la fiesta de despedida de este primer Versailles. Louis XIV tenía entonces 30 años y hacia siete que había empezado la transformación del pabellón de caza de su padre, pero la visión que tenía de sí mismo y de la creación de su vida era aún mayor (la Segunda Campaña de Ampliación).
Durante el Grand Divertissement la gruta sirvió de telón de fondo en numerosas representaciones.
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) - Gérard Blot.

Versailles en 1668, por Pierre Patel.
Viendo el famoso cuadro de Patel que representa Versailles en 1668, uno casi siente cierta lástima por la desaparición de tan encantador edificio. Louis XIV pasó en él la mayor parte de su veintena y, quizás, la etapa más feliz de su vida. El primer Versailles fue el de la belleza por encima de la monumentalidad, el de la exuberancia en vez de la rigidez, el de los placeres por encima del deber. En otras palabras, fue la flor antes del fruto.  

lunes, 10 de marzo de 2014

Un Certain Regard: dos príncipes prusianos.

Retrato doble de los príncipes Friedrich von Preussen (nieto de Friedrich Wilhelm III) y Wilhelm zu Solms-Braunfels (derecha), ambos con el uniforme del 1er Regimiento de Coraceros de Silesia "Gran Elector" (1830) de Wilhelm von Schadow.
Independientemente de sus habilidades guerreras, el buen militar debe ser un buen caballero. Antes de la aparición del dandy, los oficiales uniformados epitomizaron el concepto de la elegancia masculina.

viernes, 7 de marzo de 2014

Obsesiones Arquitectónicas: la fachada del Real Alcázar de Madrid.

Proclamación de Felipe V como Rey de España en el Real Alcázar de Madrid (30 de noviembre de 1701).
Cuando Felipe V entró en Madrid en 1701, descubrió una ciudad que representaba la profunda crisis económica, política y social que sufría la Monarquía Hispánica, pero por el contrario en el lado oeste de la ciudad se alzaba el mayor edificio que los Habsburgo habían dado a la capital.

El Real Alcázar de Madrid, residencia oficial de los monarcas, presentaba la más monumental fachada de la ciudad y era, junto a la Plaza Mayor (1590-1619), al Palacio de los Consejos (1613-1625), al Palacio de Santa Cruz (1629-1636) o a la Casa de la Villa (1644-1692) el mayor ejemplo del barroco español, o “barroco castizo” o arquitectura “post-herreriana”.

La amplia fachada del Alcázar heredaba la composición simétrica, regular y un tanto monótona que Juan de Herrera había utilizado en el Escorial, era más rígida que el barroco italiano y menos clasicista que el francés. Los elementos decorativos estaban reducidos a su mínima expresión, más allá de las pilastras y de los frontones que enmarcaban las características ventanas con balconcito típicas de la arquitectura castellana. Un diáfano y monumental portal de entrada se convertía en centro focal de la composición y servía, además, para sostener y resaltar los emblemas reales. En los extremos de la fachada, y por lo tanto en los ángulos del edificio, se erigían dos altas torres cubiertas con los característicos chapiteles puntiagudos que Felipe II había importado de Flandes.

Pero esta fachada regular, altiva y monumental escondía un pasado constructivo turbulento y ecléctico típico de las residencia reales europeas.

El Real Alcázar empezó siendo una fortaleza musulmana más o menos cuadrangular situada en el límite oeste de Maǧrīţ. Conquistada la ciudad en 1086, su castillo o alcázar pasó a engrosar la larga nómina de propiedades de la itinerante corte de los reyes castellanos.
Madrid poco después de la conquista cristiana (1086).

La fachada principal del Real Alcázar era la sur y daba a una amplia explanada conocida como el Campo del Rey (actual Plaza de la Armería), las otras tres fachadas formaban parte de las murallas de la ciudad. Enrique III (1390-1406) fue el primer monarca que alteró la forma del primitivo alcázar musulmán mandando re-erigir las dos torres de la fachada sur: la Torre del Homenaje en el centro (y que servía de entrada principal) y la Torre del Bastimento en el extremo este. Justo detrás de la Torre del Bastimento, Juan II (1406-1454), mandó construir, años más tarde la Capilla Real.
Fachada del Real Alcázar hacia 1530 según Cornelius Vermeyen. En centro la Torre del Homenaje, en el extremo derecho la Torre del Bastimento.

A pesar de que durante décadas los Trastámara habían favorecido las estancias en Madrid, Carlos I (1516-1556) fue el primer monarca que realizó grandes transformaciones en el Real Alcázar, destinado a convertirse en una de las principales residencias del “César de Europa” en detrimento del Real Alcázar de Segovia. Después de haber alojado entre 1524 y 1525, al rey francés François I como prisionero, Carlos I encargó en 1536 a Luis de la Vega y Alonso de Covarrubias la duplicación de la superficie del alcázar añadiendo un nuevo patio en el lado este. El nuevo patio fue conocido como Patio de la Reina (este) por alojar las estancias de la soberana y el antiguo como Patio del Rey (oeste). Ambos recibieron una doble arquería más o menos renacentista. Con esta ampliación, la Torre del Bastimento dejó de estar en el extremo este de la fachada. Asimismo se erigió un nuevo portal de entrada a base de órdenes superpuestos entre las torres del Homenaje y del Bastimento.

Reconstrucción hipotética del Real Alcázar tras las reformas de Carlos I, hacia 1550.
Esquema de la evolución del Real Alcazar. Delineado en rojo, el perfil del edificio antes de la ampliación de Carlos I.

El reinado de Felipe II (1556-1598) fue sobretodo importante por el establecimiento en 1561 de la capitalidad de Madrid, el Real Alcázar pasó a ser entonces la principal residencia de los monarcas españoles además de sede de la Corte. Bajo Felipe II, el alcázar empezó su lenta transición de castillo a palacio. El monarca, deseoso de comodidad y de sofisticación, erigió en el extremo oeste la llamada Torre Dorada (1560s), con una fachada con amplios ventanales con frontones y con un alto chapitel “a la flamenca”. En dicha torre tenía el Rey sus aposentos privados y su Wunderkammer o “gabinete de curiosidades” repleto de pinturas, objetos preciosos y curiosidades naturales.
El Real Alcázar hacia 1570, la Torre Dorada en el extremo izquierdo.

Vista del Real Alcázar a finales del reinado de Felipe II según Jean L´Hermite en sus Les Passetemps (1596-1597),

Recontrucción virtual de la fachada oeste que incorporaba elementos de la muralla musulmana.
Carmen García Reig, Museo Imaginado.

Finalmente, durante el reinado de Felipe III (1598-1621) se decidió acometer la necesitada renovación de la fachada principal para darle una regular armonía que la alejara del aspecto castrense que tenía. Francisco de Mora empezó en 1608 las reformas. Su planteamiento fue coger la elevación de la Torre Dorada como modelo para construir una fachada simétrica y nuevos salones tras ella. Cuatro torres idénticas aportarían ritmo a la nueva fachada: la Torre Dorada, las torres del Homenaje y del Bastimento (que serían travestidas) y una nueva torre en el extremo este, la Torre de la Reina, que se construiría al mismo tiempo que se remozarían las estancias de la soberana. Muerto Francisco de Mora en 1610 el proyecto lo continuó su sobrino Juan Gómez de Mora. En 1622 se reconstruyó el portal de entrada en el centro de la fachada.
Proyecto de Francisco de Mora tal y como aparece en el Plano de Wit (1636).

La fachada del Real Alcázar hacia 1630. De izquierda a derecha: la Torre Dorada, la Torre de Homenaje, la Torre del Bastimento y la Torre de la Reina.
Carmen García Reig, Museo Imaginado.

Felipe IV (1621-1665) decidió por el contrario eliminar las dos torres centrales (1630) para acentuar la horizontalidad de la fachada y eliminar definitivamente el aspecto defensivo de la cara sur del Real Alcázar. Entre las nuevas estancias se construyeron caben destacar la Galería Alta y la Galería Baja entre la Torre Dorada y la del Homenaje (en la de la planta baja se pintaron en 1656 Las Meninas), y el Salón de los Espejos entre las torres del Homenaje y del Bastimento, que sirvió como principal salón de recepción hasta 1734.

La ya citada eliminación de las dos torres centrales de la fachada permitió crear la Pieza Ochavada (1645) en lugar de la Torre del Homenaje y el Dormitorio de la Reina en lugar de la Torre del Bastimento.
Vista del Real Alcázar hacia 1640 según Félix Castello.

Vista del Real Alcázar hacia 1650-1660, anónimo.

Felipe V (1700-1746) llevó a cabo esencialmente labores de redecoración destinadas a adaptar el palacio de los Habsburgo al exuberante gusto francés, las obras fueron encargadas primero a Teodoro Ardemans y luego a René Carlier. Entre 1709 y 1711 se construyó el Grande Salón Nuevo en substitución de la Galería Alta y también se transformaron un conjunto de estancias del servicio en el ala oeste en grandes antecámaras a imitación de las de Versailles.
El centro de Madrid en 1725, en el extremo izquierdo el Real Alcázar (6), en el derecho el Palacio del Buen Retiro.

En diciembre de 1734, la distribución de las estancias del primer piso de la fachada principal era (de oeste a este) la siguiente: antiguo gabinete del Rey en la Torre Dorada, Grande Salón Nuevo, Pieza Ochavada (antigua Torre del Homenaje), Salón de los Espejos o del Trono (en el centro de la fachada), cabinet de toilette de la Reina (antigua Torre del Bastimento), Galería de la Reina o Comedor de Sus Majestades, antiguo gabinete de la Reina y antiguo oratorio (ambos en la Torre de la Reina). 
Salida de Felipe V hacia la Campaña de Portugal el 4 de marzo de 1704, según  Filippo Pallota.