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lunes, 25 de junio de 2018

El Káiser, una introducción


Wilhelm II, el último káiser del II Reich, fue uno de los personajes más fascinantes entre la plétora de monarcas y príncipes que protagonizaron y contemplaron el derrumbe de la Vieja Europa durante la Primera Guerra Mundial. Su intensa, teatral y, a veces, histriónica personalidad fue tema de conversación y debate, y durante décadas, se le achacó haber sido uno de los principales causantes del deterioramiento de las relaciones anglo-alemanas y del estallido de la guerra. En la actualidad, muchas de estas aseveraciones están en entredicho.

Wilhelm II fue un hombre de contrastes: impulsivo, ignorante, ansioso, depresivo, incapaz de concentrarse en el trabajo y fiel defensor de los derechos divinos de la monarquía, también era, no obstante, ambicioso, muy inteligente, tenía muy buena memoria, era elocuente y enérgico y estaba muy interesado en el mundo moderno. Su brusquedad y egoísmo solían ir de la mano de la amabilidad y la educación propias de un gentleman.

Teatral, pomposo y dado a lo que hoy llamaríamos “incorrecciones políticas”, Wilhelm II heredó en 1888 uno de los tronos más codiciados del mundo, el del floreciente Imperio alemán. Hijo del príncipe Friedrich (brevemente emperador Friedrich III) y de la princesa Victoria o Vicky (hija a su vez de la reina Victoria), su nacimiento estuvo marcado por un funesto parto que le dejaría como resultado un brazo izquierdo paralizado y ligeramente más corto. (Más sobre su infancia y juventud aquí) Esta discapacidad generaría en él un complejo de inferioridad y, al mismo tiempo, una cierta tendencia hacia la megalomanía y la arrogancia así como una constante necesidad de aprobación, de sentirse amado y admirado y por sus propios súbditos pero también por los ingleses, que por lo general lo aborrecían y despreciaban.

La princesa Victoria pintada en 1867 por Winterhalter.

El príncipe Friedrich pintado en 1857 por Winterhalter.

El Káiser tenía, además, la tendencia a hablar muchísimo y sobre muchos temas al mismo tiempo; demostraba tener grandes conocimientos pero también una destacable falta de concentración. Wilhelm II era hiperactivo, cosa que preocupaba especialmente a su séquito. “Su majestad no tiene nervios, pero no aguanta la presión durante las crisis” decía el almirante Friedrich Hollmann, y esa era la principal preocupación de sus doctores: Wilhelm II tendía a consumir sus nervios, después de períodos de hiperactividad se derrumbaba.

Algunos historiadores han querido ver también en Wilhelm II un ejemplo de Cäsarenwahnsinn, una "dolencia" característica de algunos emperadores romanos que incluía delirios de grandeza, divinización de uno mismo, deseo de triunfos militares y manía persecutoria.

El joven príncipe Wilhelm ataviado a la escocesa en una fotografía para su abuela la reina Victoria, hacia 1884.

Sobre él también influyó la pobre relación que tuvo con su madre inglesa que, por un lado, consideraba a su hijo un fracaso personal y, por otro, parecía constantemente dispuesta a alabar todo lo inglés y a ser condescendiente con las tradiciones prusianas. Todo ello contribuiría a crear en el Káiser una complicada relación con Reino Unido. Wilhelm II siempre sintió fascinación y admiración por la cultura inglesa, pero al mismo tiempo vio, con frustración, como sus parientes ingleses le solían mirar por encima del hombre. El Káiser, por lo tanto, osciló siempre entre el orgullo y el rencor hacia todo lo inglés.

El káiser Wilhelm II pintado en 1917 por August Böcher.

La imagen que de él ha guardado la posteridad es la de un belicista amante de los desfiles, de los uniformes y dado a discursos violentos como el famoso Discurso de los Hunos de 1900 o el Escándalo Daily Telegraph de 1908. Pero tras esta fachada militarista con pomposos aires de Siegfried o Parsifal se escondía un hombre de paz. Wilhelm II prefería ser el árbitro, el líder que proponía acuerdos entre las naciones beligerantes del mismo modo que un padre hace con sus hijos.


El Káiser rodeado por su familia en 1896.

No en vano, en su primer discurso como emperador, se esforzó por remarcar que su reinado perseguiría la paz y no las conquistas. Del mismo modo, en el verano de 1914, tras enterarse del contenido del Ultimátum austríaco a Serbia, escribió a su canciller que eso era un triunfo diplomático, ya que la necesidad de una guerra quedaba completamente descartada. Murió creyendo que había tenido que ir a la guerra en defensa propia contra una conspiración orquestada por sus primos ingleses y rusos.

Incluso la famosa Kaiserliche Marine, que pretendía rivalizar con la Royal Navy y que tantos regueros de tinta originó, se creó más para extender la influencia alemana por el globo que pensando en un futuro enfrentamiento con Gran Bretaña. Prueba de ello, la famosa Misión Haldane de 1912, en la que los alemanes, conscientes de que perdían la carrera naval, propusieron a Reino Unido llegar a un alto armamentístico y a una alianza diplomática. Los británicos lo rechazaron, considerando que aquello no les aportaba ningún beneficio ya que, al fin y al cabo, ellos siempre seguirían teniendo la mayor armada. Las ironías de la Historia quisieron que los flamantes y "amenazantes" acorazados "del Káiser" terminarían sus días en Scapa Flow, siendo hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayeran en manos enemigas.

El káiser Wilhelm II pintado en 1907 por Philip de Laszló.

En este blog hemos dedicado varios artículos a Wilhelm II, y esperamos dedicarle algunos otros más.




lunes, 18 de junio de 2018

El pequeño príncipe y la Inglesa


21 DE ENERO DE 1859

Dícese que al enterarse del nacimiento de su primer nieto, el príncipe Wilhelm, por aquel entonces regente de Prusia, abandonó una reunión en la secretaría de Exteriores y cogió el primer taxi que encontró en la calle rumbo al Kronprinzenpalais en el Unter den Linden.

También en Reino Unido la emoción fue grande, era el primer nieto de la reina Victoria y el príncipe Albert y para conmemorarlo un nuevo verso fue añadido temporalmente al himno. Antes de las representaciones teatrales el público solía prorrumpir en aplausos al escucharlo.

La hija mayor de la reina Victoria, también llamada Victoria o Vicky, se había casado en 1858 con el príncipe Friedrich de Prusia, hijo, a su vez, del príncipe Wilhelm, que actuaba como regente de su incapacitado hermano el rey Friedrich Wilhelm IV de Prusia.

El primer hijo de Friedrich y Vicky fue bautizado con los nombres Friedrich Wilhelm Viktor Albert de Hohenzollern, pasaría a la historia como el káiser Wilhelm II de Alemania. Su infancia ha sido frecuentemente definida como oscura, traumática e incluso “gótica” por historiadores que luego han presentado el soberano como una persona desequilibrada e incapaz de gobernar. Veámoslo.

El Kronprinzenpalais (Palacio del Príncipe Heredero) de Berlín y, al fondo, la cúpula del Stadtschloss.

FÓRCEPS

Lo que nunca supieron los súbditos prusianos y británicos fue que el pequeño Wilhelm nació después de un doloroso parto. Su madre pasó horas agónicas mientras los médicos de la corte prusiana debatían con los médicos ingleses enviados por la reina Victoria. El bebé venía de nalgas, pero la cesárea fue juzgada demasiado peligrosa, ya que nadie quería arriesgarse a matar a la hija de la soberana inglesa. Finalmente, ante lo desesperado de la situación, el médico alemán optó por usar unos fórceps. El futuro príncipe nació más muerto que vivo y los médicos lo frotaron con tanta energía para reanimarlo, que dañaron el nervio de su brazo izquierdo.

No fue hasta más tarde que sus padres y nodrizas se dieron cuenta que el joven príncipe Wilhelm no usaba su brazo izquierdo, que, además, parecía ligeramente más corto. Los médicos confirmaron que dicho brazo estaba fatalmente atrofiado.

La noticia no tardó en extenderse por la corte prusiana. “Un príncipe manco no puede ser rey”, no tardó en oírse en los corrillos.

Una jovencísima Vicky y su recién nacido en 1859.
© Royal Collection.

Hasta los seis años, el infante fue sometido a toda clase de tratamientos para intentar corregir su parálisis: se le hacía pasar horas atado a máquinas que presionaban su espina dorsal, a liebres recién degolladas para revivificar sus nervios y pasaba largos ratos sometido a electromagnetismo y electroterapia.

Con el tiempo sus padres se dieron cuenta que el mejor tratamiento era enseñar al niño a vivir con esa discapacidad. Wilhelm aprendió a montar a caballo, a disparar y a nadar a la perfección. Aunque años más tarde, con cierto rencor, recordaría como, mientras él lloraba a mares, su madre le obligaba a subir una y otra vez sobre el pony cuando se caía.

Wilhelm aprendió a vivir con su brazo atrofiado: sus uniformes siempre tenían una manga más corta y los bolsillos más altos, en sus apariciones públicas solía llevan capa y en la mesa siempre había un valet preparado para cortarle la carne. Por otro lado, acabó desarrollando una sorprendente fuerza en su mano atrofiada y no se abstenía de demostrárselo a quien le daba la mano.

Abrigo de "coronel honorario" perteneciente a Wilhelm II.
© Imperial War Museum.

No obstante, el futuro káiser conservaría a lo largo de su vida una autoestima frágil, una sensación de no estar a la altura del cargo de emperador alemán, rey de Prusia y jefe supremo del ejército. Su risa estruendosa, sus poses teatrales, sus discursos encendidos y su cierta megalomanía eran una forma de elevarse por encima de los demás para ocultar su fragilidad. Sin embargo, con frecuencia esta pose se resquebrajaba fácilmente ante las críticas, Wilhelm se sumía entonces en profundos periodos depresivos. A lo largo de su vida y su reinado, la alternancia de periodos eufóricos e hiperactivos con fases depresivas fue constante.

Aparte de su autoestima, la relación de Wilhelm con su madre también se vio un poco afectada. La perfeccionista Vicky, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente, con una tensión constante por intentar mejorar su estado de salud. Tal como le escribió a su madre, "su discapacidad estropea toda la alegría y el orgullo que debería sentir por él".

El joven Wilhelm no entendía porque cada vez que estaba con él, su madre parecía atacada de los nervios, llegando a pensar que su madre lo rechazaba. Con los años, la relación entre madre e hijo fue tornándose en desconfianza mutua.

Todo lo contrario ocurría con su padre Friedrich, que solía acompañar a su hijo Wilhelm a los tratamientos médicos y siempre se mostraba paciente y afectuoso con su hijo. Padre e hijo pasaban largos ratos leyendo y nadando. A Friedrich le gustaba, además, explicar sus experiencias en la Guerra Franco-prusiana. Wilhelm lo escuchaba fascinado, aunque años más tarde afirmaría que “nunca he tenido ambiciones guerreras. En mi juventud mi padre me explicaba lo terribles que fueron los campos de batalla de 1870 y 1871. No siento ninguna inclinación en traer tal miseria, a tal gran escala, al pueblo alemán y a la humanidad”.

HINZPETER

Para educar al príncipe Wilhelm y más tarde a su hermano Heinrich, sus padres escogieron a un reputado y austero calvinista llamado Georg Ernst Hinzpeter. Era la primera vez que un príncipe prusiano era educado por un civil y no por un militar y aunque Hinzpeter era tosco y parco, Vicky y Friedrich confiaban en que enseñaría a sus hijos las virtudes civiles y burguesas.

Wilhelm con un año en un barco de juguete, el primer navío de la temida "Marina del Káiser".
© Royal Collection.

Hinzpeter era un educador de métodos severos y a veces brutales, que hacía estudiar a sus alumnos desde el amanecer hasta el atardecer (es decir, desde la seis de la mañana hasta las seis de la tarde). Sin embargo, le enseñó a Wilhelm mucho más de lo que habría sido habitual en la corte prusiana. Una vez por semana, Wilhelm y su hermano pasaban un día en una fábrica, aprendiendo los procesos de fabricación y teniendo ellos mismo que mezclarse con los trabajadores y presentar, al final del día, algo que hubieran hecho. De estas visitas, Wilhelm extraería una pasión por la tecnología y los avances científicos que duraría toda su vida.

El tutor también llevada a los niños a viajes de aprendizaje más lejanos y largos, como Cannes, las Islas Frisias o la costa belga. De ahí saldría seguramente el interés del futuro káiser por la navegación y los viajes.

Wilhelm con seis años y Heinrich con tres.
© Royal Collection.

Las extenuantes sesiones de estudio programadas por Hinzpeter, no obstante, solo se aplicaban a Wilhelm parcialmente, ya que el niño seguía pasando largas horas en tratamientos médicos. Su propia madre, intelectualmente brillante, se quejaba de que Wilhelm parecía “retrasado” a causa de su ausencia a las lecciones. Aparte de su tara física ahora se añadía su bajo intelecto. Para Vicky, Wilhelm jamás se parecería ni a ella ni a su igualmente brillante padre, el príncipe Albert.

Cuando el príncipe le escribía cartas a su madre, ésta las respondía con párrafos enteros de correcciones, como por ejemplo sobre cuál era la expresión afectuosa más adecuada para dirigirse a ella en las cartas.

No obstante, a pesar de las quejas de su madre, Wilhelm heredó su privilegiado intelecto, tenía una gran memoria, le interesaban gran variedad de temas y solía hacer preguntas inteligentes y perspicaces cuando visitaba una factoría. Sus notas fueron siempre excelentes en historia, literatura, religión y lengua.

El problema de Wilhelm era seguramente su falta de concentración, pasaba rápidamente de un tema al otro, sin conexión entre ambos. Ya siendo emperador, propuso fundar una Nueva Alemania en la jungla de Brasil, convertir Mesopotamia en colonia alemana (a pesar de que era inglesa) o fundar una corporación petrolera pan-europea a modo de la Starndart-Oil americana. Los largos memorándums que enviaba a sus ministros y a sus parientes con frecuencia pasaban al olvido cuando a Wilhelm se le ocurría otra idea.

A pesar de su tendencia a no escuchar las opiniones de los demás y de su frágil autoestima, podemos afirmar que Wilhelm aprendió dos grandes lecciones de su tutor: que debía pensar por sí solo, cosa que explica la ausencia de camarillas durante su reinado, y que podía vivir como una persona normal a pesar de su discapacidad.

POSTDAM

Las enseñanzas de Hinzpeter fueron completadas con estudios de secundaria en el gymnasium de Kassel y, tras ellas, Wilhelm realizó una licenciatura de derecho en la universidad de Bonn y Heinrich ingresó en la Marina.

Wilhelm y Heinrich en 1886.

Era la primera vez que los Hohenzollern iban y eran educados junto con otros jóvenes de su edad, cosa que causó un considerable malestar en la corte prusiana. Sin embargo, la princesa Vicky y el príncipe Friedrich se habían empeñado en que sus hijos no tuvieran la tradicional educación militar y ultra-conservadora de los príncipes prusianos.

Tras graduarse en Bonn en 1879, Wilhelm ingresó en el 1er Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, radicado en Potsdam. Vicky se quejaría más tarde que su hijo se volvió brusco y arrogante entonces, Wilhelm, por su parte “que había encontrado su familia y su amigos”.

No obstante, puede afirmarse, que Wilhelm no fue producto de la típica educación castrense prusiana, al contrario. Tuvo, y sus padres de esforzaron en ello, una educación eminentemente civil. La pasión futura de Wilhlem por el ejército y sus uniformes puede considerarse esencialmente una afición, jamás adquirió ni la disciplina, ni la austeridad, ni el belicismo del ejército prusiano.

LA INGLESA

El príncipe Albert siempre consideró, y con razón, que su hija mayor Vicky era la más inteligente de sus vástagos. La propia Vicky también fue consciente desde pequeña de su intelecto brillante. Sin embargo, no podía disimular una cierta arrogancia ante la gente que no estaba a su altura o que discrepaba con ella.

Ya instalada en Prusia después de su boda con el príncipe Friedrich, la joven e impulsiva princesa (solo tenía 17 años) no se cortaba en afirmar la superioridad de todo lo inglés frente a lo prusiano, considerando además que el país adolecía de una falta de evolución comparado con Reino Unido. Siguiendo las enseñanzas de su padre, el príncipe Albert, la princesa consideraba que Prusia debía transformarse en una democracia más liberal, cuyo modelo era, obviamente, Inglaterra.

Vicky, además, se metió de lleno en una “guerra fría” que había de dominado la corte prusiana desde principios del siglo, aquella que enfrentaba a un “partido pro-ruso” y conservador con otro “partido anti-ruso” y pro-inglés de corte más liberal. La princesa pronto recibió el sobrenombre de “La Inglesa” por parte de sus detractores.

Friedrich y Vicky junto con sus dos hijos mayor Wilhelm y Heinrich (Winterhalter 1862).

Al contrario que su madre, Friedrich era un hombre con un carácter pausado y afable y de naturaleza silenciosa. Aunque menos impetuoso que su esposa, el príncipe también hacía gala de sus claras tendencias liberales y anglófilas, y, con el tiempo, no tardó en rumorearse entre la corte que se encontraba “dominado” por su mujer.

Los príncipes herederos y su familia, circa 1865.
© Royal Collection.

Pocos años después del nacimiento de Wilhelm, ascendió al trono de Prusia su abuelo Wilhelm I (1861) y Otto von Bismarck se convirtió en canciller (1862). Ambos eran claros partidarios de una tendencia más “pro-rusa” y Friedrich y Vicky poco a poco se vieron excluidos de los círculos de influencia.

El aislamiento de los ahora príncipes herederos se hizo todavía más hiriente cuando su hijo Wilhelm fue desarrollando a partir de la adolescencia una personalidad y unos intereses diametralmente opuestos a los de sus padres, todo ello espoleado por la influencia de su abuelo, el (desde 1871) káiser Wilhelm I, y del canciller Bismarck.

La distancia entre madre e hijo se acrecentó. Vicky consideraba que su hijo lo hacía todo para fastidiarla y provocarla, y Wilhelm creía que su madre nunca le había querido.

En las frecuentes peleas familiares, la reina Victoria tenía que hacer siempre de mediadora, optando usualmente por secundar a su nieto mayor y apaciguar a su hija.

DONA

Mientras estudiaba en Bonn, el príncipe Wilhelm se enamoró perdidamente de su prima la princesa Ella de Hesse-Darmstadt y hasta llegó a escribirle poemas de amor. Pero Ella, bella y sofisticada, le rechazó como a un patito feo. La autoestima de Wilhelm tocó fondo.

Al mismo tiempo, su madre Vicky empezó a proyectar la boda de su hijo, con la esperanza que una esposa adecuada ayudara a recoser la distancia entre ambos. La escogida fue la princesa Auguste Viktoria de Schleswig-Holstein, hija del (solo formalmente) duque soberano de Schleswig-Holstein.

Auguste Viktoria, o Dona, como se la llamaría afectuosamente, no era precisamente una princesa con un linaje rutilante. Su padre, el duque Friedrich VIII de Schleswig-Holstein, era un empobrecido miembro de una rama secundaria de la Casa Real Danesa y su única hazaña había sido declarar, en 1863, la independencia de los ducados de Schleswig-Holstein de Dinamarca para luego entregarlos a las tropas austro-prusianas. Desde entonces había vivido en el más absoluto de los olvidos.

Peor era que la abuela paterna de Dona hubiera sido una simple condesa, aunque esto se compensaba con su abuela materna, la princesa Feodora de Leiningen, medio hermana de la reina Victoria.

La princesa Auguste Viktoria retratada por Von Angeli en 1880.

Vicky pensó que una princesa humilde sería capaz de controlar los delirios de grandeza de su hijo. También esperaba poder ejercer una mayor influencia sobre su vástago a través de su nuera, que, por supuesto, le estaría eternamente agradecida por haberla escogido. Sin embargo, tarde se dio cuenta que en realidad Dona era una ferviente protestante, conservadora y no precisamente anglófila. Carecía además del carácter de Alix de Hesse, del glamour de Alexandra de Gales o del magnetismo de Elisabeth de Austria, Dona siempre fue una mujer corriente, que nunca escondió que sus grandes intereses eran esencialmente la religión y la familia y que no tenía inquietudes políticas ni intelectuales. Su aspecto de hausfrau (ama de casa) la hizo ser muy querida entre la clase media alemana.

Muy al contrario de lo que esperaba Vicky, la boda en 1881 con Dona no sirvió para propiciar un acercamiento madre-hijo, porque Dona nunca quiso cuestionar ni interesarse por las posiciones políticas de su marido.

Su matrimonio con Wilhelm fue un matrimonio sin fisuras, Dona siempre le estuvo eternamente agradecida a Wilhelm por haberse casado con ella, una princesa con poco brillo y linaje. A la inversa, Wilhelm también le agradeció que se hubiera casado con un tullido como él.

Wilhelm y Dona, circa 1880-1881.

PRÁCTICAS

El inicio de la década de los 80 también coincidió con el progresivo acercamiento entre Wilhelm y su abuelo el emperador Wilhelm I, todo ello propiciado por Bismarck, deseoso de evitar que el príncipe pudiera acabar bajo la influencia de Vicky. El canciller empezó a encargar tareas de representación al príncipe Wilhelm, al tiempo que sus padres Friedrich y Vicky eran mantenidos apartados de la política. A todo ello se unían las siempre abiertas críticas de Vicky al gobierno y, por el contrario, las también públicas muestras de apoyo que su hijo daba al mismo gobierno.

Cuatro generaciones: el káiser Wilhelm I, su hijo el príncipe heredero Friedrich, su nieto el príncipe Wilhelm y su bisnieto el príncipe Friedrich Wilhelm (hijo del anterior).

Si la relación entre madre e hijo no era muy buena, la que había entre padre e hijo parecía haber solventado los obstáculos, hasta que Wilhelm empezó las "prácticas" en el negocio familiar.

En 1884, Bismarck y el káiser escogieron a Wilhelm para realizar una visita oficial al zar Aleksandr III de Rusia. Su padre Friedrich se sintió, con razón, deliberadamente excluido, pero Bismarck y Wilhelm arguyeron que sus claras posiciones anti-rusas podrían afectar el buen desarrollo del viaje.

Wilhelm hacia 1885.
© Royal Collection. 

La visita fue un triunfo y Wilhelm siguió actuando durante los siguientes años como interlocutor directo con el zar, cosa que provocó una creciente tensión con su padre, al considerar que su hijo estaba usurpando una de las funciones más sagradas de un futuro emperador, el trato con otros soberanos.

La exitosa visita a la corte rusa también conllevó que Wilhelm ingenuamente creyera a lo largo de todo su reinado, que la “diplomacia dinástica” podía solucionar cualquier problema entre estados.

Cuatro generaciones: la emperatriz Augusta y el káiser Wilhelm I, el príncipe Heinrich y su prometida Irene de Hesse dándole la mano, detrás Friedrich y Vicky y, en el extremo derecho, Wilhelm, Dona y sus hijos.

JUBILEO

El príncipe Friedrich siempre había sido un hombre propenso a los resfriados y problemas de garganta, pero en mayo de 1887, tras un largo catarro y afonía, los médicos de la corte diagnosticaron un cáncer de laringe. Se consideró que la mejor opción sería realizar, pese a los riesgos que podía conllevar, una laringotomía. La princesa Vicky buscó una segunda opinión de médicos británicos y, tras una biopsia, el doctor Morell Mackenzie determinó que el tumor era benigno y que lo que necesitaba en príncipe heredero era un cambio de aires.

A pesar del optimista diagnostico de Mackenzie, el anuncio oficial de que el príncipe estaba enfermo (sin decir de qué) causó, entre los alemanes, serias dudas sobre su capacidad para ascender al trono imperial en un futuro no muy lejano. Con cierta falta de tacto, Wilhelm se ofreció entonces a substituir a su padre como representante del káiser en el Jubileo de la Reina Victoria en junio de ese mismo año. Vicky montó en cólera e incluso la reina Victoria amenazó con no invitar a su nieto al evento.

Aunque Wilhelm había sido imprudente con este ofrecimiento, seguramente pensara que el extenuante viaje y el aire no muy limpio de Londres poco harían para mejorar la salud de su padre. Vicky, sin embargo, creyó firmemente que su hijo había querido aprovechar la enfermedad de su padre para usurpar sus funciones. Esta obsesión la perseguiría constantemente a lo largo de los siguientes meses.

La aparición del príncipe heredero Friedrich en el jubileo, vestido con el uniforme blanco y la reluciente coraza del regimiento de los Coraceros de la Guardia Imperial fue un auténtico éxito y la prensa británica se deshizo en elogios hacia yerno de la reina Victoria.

VILLA ZIRIO

De vuelta a Berlín, el doctor Mackenzie, que por entonces se había convertido en confidente de Vicky, siguió recomendando un cambio de aires. Friedrich y Vicky pasaron el verano primero en la isla de Wight y luego con la reina Victoria en Balmoral, Escocia. En otoño se trasladaron al Tirol con sus tres hijas más jóvenes (y próximas) y en noviembre se instalaron en San Remo, donde alquilaron una casa llamada Villa Zirio.

La Villa Zirio en San Remo, Italia.
Tras meses de tratamiento, Mackenzie tuvo que reconocer que el tumor era maligno y además, que ahora ya era seguramente inoperable. Con angustia y frustración, Vicky empezó a vislumbrar como el ansiado momento de ascender al trono y vengarse de Bismarck y del “partido ruso” podía no llegar jamás. Cuidando de su marido, que ya había perdido la capacidad de hablar, Vicky pasó varios meses enclaustrada en la Villa Zirio de San Remo.

En noviembre, el príncipe Wilhelm viajó a San Remo para visitar a su padre. También tenía instrucciones expresas de su abuelo, el káiser, de averiguar el estado de salud exacto de Friedrich. Nada más llegar, Wilhelm reunió a los médicos que lo atendían para que le informaran de cómo estaba y quedó devastado por el diagnóstico. Su madre, Vicky, se enfureció al saber que su hijo había hablado con los médicos a sus espaldas y prohibió que padre e hijo pudieran verse a solas, para disgusto de Wilhelm, que veía como a diario periodistas extranjeros eran recibidos en audiencia por el enfermo. Las cartas que el hijo enviaba al padre eran también con frecuencia interceptadas por Vicky.

En medio de todo este ambiente de paranoia y suspicacia, no es de extrañar, que a lo largo de estos meses de enfermedad, a parte de la salud de Friedrich, también hubiera otra cosa en constante deterioro: la relación con su hijo. Si el trato entre padre e hijo ya había vivido su primer encontronazo a raíz del viaje a Rusia años antes, ahora, tras meses de encierro en Villa Zirio, Friedrich veía con disgusto y desconfianza las constantes, y lógicas, opiniones de Wilhelm sobre cuál sería el mejor tratamiento a seguir.

Impotente en San Remo, Wilhelm volvió a Berlín e informó a su abuelo el emperador sobre el estado de salud de su padre. El boletín oficial de la corte finalmente publicó que el príncipe heredero Friedrich padecía un cáncer incurable. Todo el mundo se empezó a preguntar si el príncipe llegaría a suceder a su anciano padre el emperador.

Friedrich, su familia y su séquito en la Villa Zirio. Vicky aparece a la derecha de Friedrich, en la escaleras están sus hijas favoritas: Viktoria "Moretta", Sophia "Sossy" y Margarethe "Mossy". Arriba de la escalera está Heinrich vestido claro. Nótese la ausencia de Wilhelm.
© Royal Collection. 

También Wilhelm I, consternado y preocupado, empezó a entender que sería mejor preparar a su nieto para el gobierno nombrándolo Stellvertreter des Kaisers (Suplente del Emperador). Para Vicky, ésta fue la prueba definitiva que mostraba la mala fe de su hijo y sus ansias de poder. Tampoco la prensa alemana contribuía al entendimiento, llegando a publicar la falsa noticia que Wilhelm había obligado a su padre a renunciar al trono antes de volver a la capital.

Recluida en Villa Zirio y siguiendo los consejos de Mackenzie y otros confidentes, Vicky era incapaz de ver la gravedad de la situación y seguía creyendo que su marido podía recuperarse y llegar a ser emperador. Fue la propia reina Victoria la que tuvo que advertir a su hija sobre su obcecación y recomendarle que escuchara otras opiniones además de la de Mackenzie.

Finalmente, siguiendo los consejos de su madre, Vicky permitió que los médicos de la corte realizaran una traqueotomía a su marido, a causa de la cual perdió la facultad de hablar. Los médicos arguyeron que la operación le daría varios meses de vida a Friedrich, pero que difícilmente viviría más de un año.

A principios de marzo de 1888, mientras se recuperaba de la operación, llegó un telegrama urgente desde Berlín, el káiser se encontraba gravemente enfermo. Friedrich y Vicky se prepararon para partir de inmediato, pero la mañana del 9 de marzo, otro telegrama anunció que Wilhelm I había fallecido.

El cortejo fúnebre del emperador Wilhelm I saliendo de la catedral de Berlín (detrás).

MENTIRAS

Friedrich acababa de ascender al trono como Friedrich III, segundo emperador de la Alemania unificada. El tren imperial cruzó Europa a toda prisa para llegar a Berlín lo antes posible pues, según Vicky, su ausencia de la capital era un riesgo. Con las prisas, el nuevo emperador cometió algún desliz, como, por ejemplo, pasar de largo Múnich mientras toda la familia real bávara le esperaba en la estación para felicitarle por su ascensión.

Cuando el tren imperial llegó a Berlín, la mañana del 11 de marzo, la nueva pareja imperial fue recibida por los miembros más allegados de la familia, pero el aparente servilismo y simpatía entre Wilhelm y sus padres era solo un ejemplo de lo gélida que era su relación.

El emperador Friedrich III de Alemania.

La nueva pareja imperial decidió instalarse en Charlottenburg, lejos del bullicio y de las miradas indiscretas. Allí, Wilhelm visitó a su madre para preguntarle porque en los últimos meses se había mostrado tan fría y furiosa. Su madre respondió que Wilhelm había hecho todo lo posible por usurpar el poder a su padre y por obligarle a renunciar al trono. Wilhelm se defendió afirmando que no era cierto, que su madre había malinterpretado sus intenciones a lo que ella respondió que eso era otra mentira pero que “qué más da una mentira más o una menos, cuando alguien es capaz de llevar su ingratitud tan lejos”.

A medida que pasaban los días y el nuevo emperador tenía que hacer frente a los distintos compromisos oficiales, crecía la indignación al ver como Vicky y Mackenzie habían maquillado su verdadero estado de salud. A sus 57 años, Friedrich III, que siempre había sido alto y robusto, era ahora como un hombre cansado y profundamente envejecido. Peor aún, era incapaz de pronunciar una sola palabra, algo indispensable para un soberano. La propia Vicky fue poco a poco dándose cuenta de la grave situación de su marido y de lo poco que duraría su reinado “somos sombras pasajeras que esperan a ser substituidas por otra realidad en forma de Wilhelm”.

LA MUERTE DE UN EMPERADOR

El ansiado y temido cambio de gobierno que debía producirse si Vicky y Friedrich llegaban al trono jamás llegó a producirse, él estaba demasiado débil y ella demasiado aislada. Su único caballo de batalla fue intentar concretar (por segunda vez) la boda entre su hija Moretta con el príncipe Alexander de Battenberg, persona non grata para los rusos después de haber sido brevemente príncipe de Bulgaria. A pesar del énfasis que los nuevos emperadores pusieron en el asunto, tanto Bismarck como la propia reina Victoria lo desaconsejaron, y la boda no llegó a celebrarse. Si que se produjo, no obstante, la boda, el 24 de mayo, entre su hijo Heinrich y la princesa Irene de Hesse. Fue la última festividad a la que asistió el emperador.

Boda entre el príncipe Heinrich y la princesa Irene de Hesse en el castillo de Charlottenburg.
Vicky y Friedrich aparecen sentados a la izquierda, Wilhelm y Dona de pie a la derecha.

En abril, Friedrich III estaba tan débil que ya no podía ni andar. Pidió ser trasladado al Neues Palais de Potsdam, en donde había pasado casi todos los veranos con su familia desde el nacimiento de Wilhelm.

Friedrich III, segundo emperador de Alemania, murió a las once y media de la mañana del 15 de junio de 1888. Había reinado solo 99 días.

La cámara mortuoria de Friedrich III en el Neues Palais de Potsdam.
© Frank Burchert.

SIN TECHO

La situación vivida tras la muerte de Friedrich III fue uno de los momentos más agrios de la relación entre Wilhelm y su madre Vicky.

Nada más ascender al trono, el ahora Wilhelm II, ordenó que un regimiento de la guardia rodeara el Neues Palais e impidiera a todo el mundo salir o entrar. Asimismo dio instrucciones para que se buscaran documentos secretos y comprometedores en los aposentos de sus padres.

Vicky, que acababa de perder a su marido, vivió esos instantes como una auténtica agresión, y nunca se cansaría de recordar lo insensible que fue su hijo. Wilhelm, por su parte, dijo que tal acción estuvo motivada por los rumores que corrían que Vicky había o tenía la intención de enviar documentos ultra-secretos a Reino Unido.

Tras una hora de encierro y registro, los soldados se retiraron y la emperatriz viuda pudo velar a su marido en calma. No se encontraron papeles comprometedores en el palacio. Sin embargo, semanas después, la reina Victoria devolvió a Berlín unas cajas selladas que Vicky le había enviado y que habían estado meses guardadas en Windsor. Nunca se supo exactamente que contenían.

La segunda confrontación entre madre e hijo vino cuando los médicos de la corte solicitaron hacer una autopsia al difunto emperador. Wilhelm dudó, ya que su padre se había mostrado en contra de ello en su testamento. No obstante, los médicos arguyeron que al haber muerto el emperador después de una larga enfermedad y con varios tratamientos médicos, era necesario practicar una autopsia. Wilhelm accedió. Nuevamente su madre lo consideró una afrenta.

En octubre, Wilhelm II le sugirió a su madre que abandonara el Neues Palais, que debía convertirse en la nueva residencia del emperador en Potsdam. Como contrapartida, el nuevo emperador le ofreció a su madre la posibilidad de escoger entre otros cinco palacios, entre ellos el coqueto Sanssouci. Vicky escribió a sus familiares que su hijo la había echado de casa y que ahora era una “sin techo”. Años después, Vicky se construiría un monumental castillo cerca de Frankfurt, lejos de su hijo.

Lejos de Berlín pero no fuera de Alemania.
El monumental retiro de Vicky, el castillo de Friedrichshof (literalmente "El castillo de Friedrich").

El castillo también incluía su propio memorial al difunto emperador.


TIMONEL

Una de las primeras decisiones políticas del nuevo káiser Wilhelm II fue la destitución del hombre que había guiado Alemania antes, durante y después de su unificación: Bismarck.

El conflicto entre el emperador y su canciller vino a causa de la huelga de trabajadores en el Ruhr a finales de 1889. Bismarck aspiraba a dejar que las cosas se caldearan lo suficiente para, así, poder aprobar sin ningún problema en el Reichstag nuevas y duras leyes anti-socialistas. Wilhelm II, sin embargo, aspiraba a llegar a un acuerdo con los huelguistas e utilizó toda su influencia para forzar al Estado a que atendiera las demandas de los trabajadores de mayores sueldos y límite de horas.

El emperador Wilhelm II y el canciller Bismarck en la residencia de este último, Friedrichsruh. Circa 1888.

A lo largo de varias semanas se produjo un tira y afloja entre ambos. En el fondo, más allá de los deseos de Wilhelm II de ejercer personalmente el poder que le confería la Constitución (algo que a su abuelo nunca le había interesado) el conflicto también venía dado por la forma de ejercer la política de ambos. Bismarck era de la vieja escuela, para él la política eran largas negociaciones, burocracia y un constante y hábil maquiavelismo. Wilhelm, por su parte, era un hombre de su tiempo, preocupado por la popularidad y por los gestos, y más dado a una política grandilocuente a base grandes soluciones para problemas concretos.

Solo tardíamente el anciano canciller se dio cuenta que su puesto dependía enteramente (según la Constitución) del favor del emperador. En un vano intento por asegurar su cargo, Bismarck visitó a su archi-enemiga, la emperatriz viuda Vicky, para pedirle que intercediera por él ante el emperador. Ésta se limitó a decir que gracias a sus intrigas ella había perdido toda influencia sobre su hijo. No sería del todo cierto, pues a lo largo de la infancia y juventud de Wilhelm, tanto Bismarck como Vicky demostraron ser igual de intrigantes y obcecados.

Después de una acalorada discusión sobre los poderes y las competencias del canciller, Bismarck presentó su dimisión el 18 de marzo de 1890. Empezaba entonces aquellos que algunos historiadores llamarían, quizás exageradamente, “el reinado personal” de Wilhelm II.

INFANCIA

En sus memorias, más allá de los terribles y estrafalarios tratamientos médicos, Wilhelm recordaba con nostalgia varios momentos felices de su infancia, como cuando él y sus hermanos pasaban las tardes jugando y leyendo con su madre en el salón-puente de su palacio, mientras veían los transeúntes pasar por debajo. O los momentos pasados con su padre, ojeando los libros de historia y sus ilustraciones, paseando por los jardines o remando en los lagos de Potsdam.

Friedrich y Vicky con sus hijos, en 1874.
© Royal Collection. 

No puede decirse, por lo tanto, que la infancia de Wilhelm fuera dramática, gótica u oscura. Estuvo plagada de momentos tristes, eso sí, seguramente como la infancia de cualquier persona que sufre una discapacidad. Ya de joven y adulto, fueron la política y las intrigas cortesanas las que intoxicaron la relación entre Wilhelm y sus padres, nada que no ocurriera con frecuencia con muchas otras familias reinantes a lo largo de los siglos.

Con asiduidad se dice que Wilhelm fue una “criatura de Bismarck”, pero se ignora que muchas de sus virtudes, como su inteligencia, su buena memoria, su fascinación por la tecnología, su capacidad para conectar con la gente humilde o su afición por los viajes y la arqueología fueron consecuencia de la educación recibida durante su infancia y supervisada por sus padres.

A lo largo de su vida, Vicky escribió innumerables cartas, publicadas más tarde, quejándose de su hijo, de su actitud y del trato que recibía ella. Con el tiempo, el contenido de dichas cartas pasó de ser una opinión subjetiva a una verdad indiscutible. Pocos historiadores cuestionaron la veracidad de aquello que Vicky escribía, construyéndose, por lo tanto, una monstruosa imagen de su hijo que sería extremadamente útil en la propaganda anti-alemana durante la Primera Guerra Mundial.

Vicky se quejó amargamente del carácter de su hijo, de su arrogancia, de su ambición, de su incapacidad para escuchar a los demás, de su ímpetu, etc, pero estos fueron defectos que también la definían a ella. Finalmente, en muchos aspectos, su hijo se le parecía más de lo que jamás reconoció.

domingo, 26 de noviembre de 2017

ICH KENNE NUR DEUTSCHE: guerra y exilio en el II Reich

Representación alegórica de Alemania armada en defensa de la patria.
En el verano de 1914, en plena efervescencia nacionalista, los grandes y pequeños estados europeos marcharon a la guerra para defender su patria contra el enemigo. Cuatro años más tarde y millones de muertos después, los grandes imperios seculares europeos habían sido completamente barridos. Si el contexto de la Revolución Rusa y la dramática abdicación, cautiverio y asesinato del zar Nicolás II son de sobra conocidos, mucho menos se ha escrito sobre el hundimiento de Alemania, Austria-Hungría y el Imperio otomano, en este orden.

En el caso alemán, la bibliografía en español se ha enfocado sobretodo a cuestiones militares mientras que el análisis de las cuestiones más políticas o incluso más biográficas es prácticamente inexistente. No creo que haya mejor momento que ahora, el centenario de la Primera Guerra Mundial, para dedicar un post a los aspectos más internos y menos conocidos de la Alemania de la época.

EL SEÑOR DE LA GUERRA

La Constitución del Imperio alemán de 1871 establecía que el Emperador alemán era en tiempos de guerra el “jefe supremo del ejército”. No obstante, ya desde inicios de la guerra quedó demostrado que esto era pura retórica. A pesar de la estrecha relación entre el Káiser y el Ejército, al que consideraba uno de los pilares del país, y de lo cómodo que se sentía rodeado de un ambiente castrense (todo ello muy común en las monarquías de la época), el soberano ignoraba cuestiones básicas sobre el día a día del ejército y sobre estrategia. Asimismo, como sus intervenciones en este campo solían ser disruptivas, sus generales le comunicaban solo lo justo y necesario. Al parecer, incluso Alfred von Schlieffen le había ocultado el famoso Plan Schlieffen (el plan de guerra alemán), ya que temía que el soberano constituyera, dada su propensión a hablar más de la cuenta, una brecha de seguridad.
La afición del káiser Wilhelm II por los uniformes y las poses teatrales fue admirada y caricaturizada a partes iguales.

Con el estallido de la guerra, que Wilhelm II había aceptado con reluctancia, el soberano delegó las cuestiones militares en sus generales, convirtiéndose en un “jefe supremo del ejército” solo en nombre. Sin embargo, siguió siendo un centro de poder importante pues, al fin y al cabo, era él quien seguía aprobando los nombramientos de “sus” generales.
El Káiser y la familia imperial aclamados en el balcón del Stadtschloss de Berlín al inicio de la guerra. Escenas idénticas se vieron en Londres y en San Petersburgo.

Ya desde el verano de 1914, el Káiser había dado muestras de un agotamiento nervioso, que se acentuaría a medida que avanzaba la guerra. Al principio, insistió en establecer el Cuartel General del Estado Mayor en el castillo de su amigo el príncipe de Pless en Silesia y con frecuencia pasaba más tiempo allí que en Berlín. Su canciller, Theovald von Bethmann-Hollweg, se quejaba que el soberano llenaba las cartas con cuestiones triviales, como por ejemplo la decoración de los baños en dicho castillo. El alejamiento de Berlín, centro político del Imperio, tuvo serias consecuencias para el reinado de Wilhelm II, pues lo alejó de la toma de decisiones y de la realidad política y social del país, cosa parecida le ocurrió al zar Nicolás II. No deja de ser curioso que el soberano, que tan atento había estado antes de la guerra a la opinión pública y que tanto había cuidado sus apariciones públicas, se recluyera ahora en el Cuartel General, donde se pasaba el día sin hacer gran cosa, siendo informado del estado de la guerra por sus generales. La explicación seguramente estaría en el propio carácter del monarca, que con frecuencia oscilaba entre periodos de gran euforia y otros de decaimiento, el estallido del conflicto parece que agravó una depresión que ya venía padeciendo desde el Escándalo del Daily Mail en 1908.

DÚO DE GENERALES

El progresivo decaimiento del poder y de la popularidad del soberano fue paralelo y estuvo ligado al ascenso de otra importante figura, la del general Paul von Hindenburg. Este había saltado a la fama a finales de agosto de 1914 cuando, durante la Batalla de Tannenberg, había derrotado a dos ejércitos rusos muy superiores en número que habían invadido la Prusia Oriental. Tras dicha victoria, se le colgó el epíteto de “héroe” y por toda Alemania aparecieron estatuas de madera suyas en las plazas de pueblos y ciudades. Hindenburg se convertiría en la figura alemana más popular de la guerra y muchos lo verían como un auténtico líder y modelo a seguir en esos momentos de zozobra.  El general poseía además un aspecto imponente, a sus 66 años era un hombre alto y robusto, con un gran mostacho alemán y un característico tupé rectangular. Asimismo, al contrario que Wilhelm II, Hindenburg se dejaba ver en público con frecuencia y concedía entrevistas con facilidad. En cierto modo representaba esa fuerza primigenia de la “nación teutona” y las comparaciones con Bismark no tardaron en aparecer. La popularidad de Hindenburg sería una importante baza que él mismo no tardaría en explotar.
Hindenburg y Ludendorf en la Batalla de Tannenberg, según el pintor Hugo Vogel.

Desde el inicio de la guerra, el Jefe del Estado Mayor había sido el célebre general Helmuth von Moltke el Joven, sin embargo, tras de derrota de la Batalla del Marne, éste se retiró por problemas de salud. Fue substituido por Erich von Falkenhayn que consideraba que la guerra debía ganarse en el Frente Occidental, el franco-belga, y que más tarde ya habría tiempo de pactar una paz con Rusia. Dicha estrategia era frontalmente rechazada por Hindenburg, el héroe del Frente Oriental, y por su segundo al mando, el general Erich Ludendorff. Ambos pronto iniciaron una campaña anti-Falkenhayn que logró reclutar a personajes influyentes como el canciller Bethmann-Hollweg y a miembros de la familia imperial, como la emperatriz Auguste Viktoria y el príncipe Joachim, esposa e hijo del Káiser respectivamente. El soberano se mantuvo en sus trece a pesar de las repetidas amenazas de dimisión de Hindenburg. No obstante, tras la clamorosa derrota en la batalla de Verdún, que Falkenhayn había proyectado como su obra maestra, éste perdió el favor del emperador.

En agosto de 1916, Hindenburg se convirtió en Jefe del Estado Mayor alemán, su poder, desde entonces, no pararía de crecer, cosa que ha llevado a algunos historiadores a hablar de un “dictadura militar”, expresión un tanto exagerada, sin bien es cierto que se convertiría en la persona más poderosa del país.
Hindenburg, el Káiser y Ludendorff en el castillo de Pless (antes Alemania, ahora Pszczyna en Polonia).

La misma sala, "el Salón del Emperador", primorosamente conservaba en la actualidad.

LOS SUBMARINOS

Uno de los temas más polémicos política y militarmente durante toda la guerra en Alemania fue la llamada “Guerra submarina a ultranza” (GSU, en alemán Uneingeschränkte U-Boot-Krieg). Para hacer frente al bloqueo naval británico, el Almirantazgo alemán puso en marcha lo que consideró un arma de guerra definitiva: los U-boats (submarinos), con una tecnología muy superior a la que tenían los Aliados. Sin embargo, el derecho internacional y la Convención de la Haya regulaban solo los combates en superficie, nada se había estipulado aun sobre la guerra submarina. ¿Debía avisar un submarino a un barco antes de torpedearlo? ¿Era lícito bombardear a barcos neutrales si estos transitaban por una zona de guerra? ¿Y si dichos barcos llevaban material de contrabando? ¿Qué ocurría con los pasajeros de países neutrales que viajaban en barcos enemigos? ¿Qué certeza tenían los capitanes de los U-boat de identificar correctamente un barco?

Todas estas preguntas tendrían respuesta de forma trágica y brusca el 7 de mayo de 1915, cuando el U-boat U-20 hundió al trasatlántico Lusitania, muriendo como consecuencia más de mil personas. El hundimiento de Lusitania causó un amplio impacto en la opinión pública internacional que los Aliados aprovecharon para convertir en un ejemplo de la “barbarie teutona”. Solo años más tarde se demostraría que el buque cargaba en sus bodegas con armamento de contrabando.
El torpedeo del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.

El hundimiento del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.

En Alemania, el hundimiento causó también una profunda indignación y el Káiser ordenó, con el apoyo de su canciller, que se paralizara la “Guerra submarina a ultranza”. Además de la preocupación porque Estados Unidos entrara en la guerra, al emperador también le atormentaba la idea de imaginar mujeres y niños inocentes ahogándose en el mar.

El almirante Alfred von Tirpitz, principal promotor de la GSU, amenazó entonces con dimitir, pero el Káiser se mantuvo firme. Tirpitz, con el apoyo incondicional de Hindenburg y Ludendorff, presentaría su dimisión en dos ocasiones más, la última fue aceptada.

El emperador y el canciller mantuvieron su veto a la GSU hasta inicios de 1917. Por aquel entonces, el bloqueo naval británico empezaba a hacer estragos entre la población alemana, las primeras hambrunas serias se empezaban a notar. Asimismo, en el Reichstag (el Parlamento Imperial) varios partidos se unieron para formar un bloque pro-GSU. El Partido Conservador (derecha), el Nacional Liberal (centro-derecha) y el Zentrum (centro católico) amenazaron con retirar el apoyo al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg si no se re-emprendía la GSU. Por otro lado, el Almirantazgo había elevado la producción de U-boats y prometía que en caso que Estados Unidos entrara en la guerra, ellos serian capaces de torpedear tantos barcos que ningún soldado americano jamás llegaría pisar Europa. El 31 de enero, el Káiser cedió y autorizó de nuevo la “Guerra submarina a ultranza”. El 6 de abril, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania.

La campaña de guerra submarina constituyó uno de los mayores fracasos militares y también políticos alemanes, que no supo o no pudo contrarrestar la propaganda Aliada. Del mismo modo, contribuyó a erosionar el poder civil (el Káiser y el canciller) frente al militar (Hindenburg, Ludendorff y el Almirantazgo).
Póster de propaganda aliado: el Káiser representado como un pirata ahogando a niños en el mar.

TENSIÓN EN EL REICHSTAG

Cuando la guerra estalló en agosto de 1914, el Káiser se dirigió al Reichstag con una famosa frase, “Ahora no veo partidos, solo veo alemanes”. Todos los partidos políticos se adhirieron a la llamada Burgfrieden (una tregua política mientras durara la guerra) y se comprometieron aprobar los presupuestos militares.
Póster de propaganda alemán: "Así es como serán las tierras alemanas si los franceses llegan al Rin".
Curiosamente esto se haría realidad décadas despues, pero no por obra de la artillería francesa, sino por los bombardeos aéreos anglo-americanos.

Durante los primeros años de la guerra, el apoyo multipartido al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg se mantuvo sin fisuras. Pero en la primavera de 1917, como consecuencia de la Revolución Rusa, dicho apoyo empezó a deteriorarse. Tuvieron lugar las primeras huelgas masivas desde el inicio de la guerra y, en el Reichstag, los partidos de centro e izquierda empezaron a reclamar una paz sin anexiones, ni vencedores, ni vencidos y una mayor democratización del Imperio, sobretodo del Parlamento Prusiano, que se elegía en función de las clases sociales.

Frente a esta tesitura, el canciller aconsejó al Káiser que anunciara, en su “Discurso de Pascua”, que la reforma electoral se produciría tras la guerra, cosa que fue considerada insuficiente por una mayoría del Reichstag.

Asimismo, en julio de 1917, el Reichstag aprobó la llamada Friedensresolution (una propuesta de paz sin anexiones ni indemnizaciones) con el apoyo del Partido Socialdemócrata (izquierda), del Partido Popular Progresista (centro-izquierda) y del partido Zentrum (centro católico). La resolución fue ignorada tanto por el Estado Mayor alemán como por los Aliados.

Inquietos ante tales sucesos, Hindenburg y Ludendorff amenazaron una vez más al Káiser con dimitir si no se frenaban tales acciones en el parlamento y si Bethmann-Hollweg no era cesado. El emperador no cedió, pero finalmente en julio, Bethmann-Hollweg, que ya no gozaba del apoyo del Reichstag y no quería enfrentar al Káiser con sus generales, dimitió. Tras saberlo, Wilhelm II exclamó “Pronto me tocará abdicar a mi”.

El nuevo canciller fue Georg Michaelis, era la primera vez que el canciller del Imperio no era conocido del Káiser ni tenía relación alguna con la corte. Michaelis, hábil administrador fue substituido poco después por el conservado conde Von Hertling. Ambos gozaron del apoyo y la aprobación de Hindenburg y Lundendorff. El Káiser, por su parte, había perdido la mayor parte de su poder político, pues era él el que solía elegir el canciller como premio por una brillante carrera en la administración.

UN AÑO EN SPA

En febrero de 1917, tras la estabilización del Frente Oriental, el Estado Mayor alemán decidió trasladar  su cuartel general desde Pless, en Silesia, hasta la otra punta de Alemania, la ciudad balnearia de Bad Kreuznach, cerca de Coblenza. Hindenburg esperaba concentrarse más en el Frente Occidental ahora que se sospechaba que Estados Unidos entraría en la guerra.

Apenas un año después, con el fin de preparar la Ofensiva de Primavera, el cuartel general se trasladó más cerca del frente, a la ciudad belga de Spa (sí, de esta ciudad viene la palabra más chic que hoy usamos como sinónimo de balneario). La ciudad había sido ocupada por los alemanes en agosto de 1914 y su cantidad de establecimientos hoteleros y sus aguas de reputada salud pronto la convirtieron en un importante centro de convalecencia para las tropas. Ese mismo año, un gran hospital militar fue instalado en el antiguo casino. El 8 de marzo de 1918, la ciudad, apta para alojar a una gran cantidad de gente, se convirtió en la nueva sede del Estado Mayor, los generales Hindenburg y Ludendorff llegaron acompañados de 800 oficiales, 3000 hombres y 800 caballos.

El cuartel general se instaló en el Hôtel Britannique y varias villas en el cercano pueblo de Nivezé fueron requisadas para alojar a los altos mandos. Hindenburg residió en la Villa Sous-Bois, Ludendorff en la cercana Villa Hill Cottage y el canciller Von Herting en el Château de Crawhez. Para el Káiser y su séquito se reservaron cinco propiedades de la riquísima familia Peltzer. En un principio el emperador residió en la Villa la Fraineuse para luego trasladarse al cercano Château de Neubois. A la mayoría de estas residencias se les añadió un búnker en el sótano.
El Château de Neubois en Spa, residencia atribuida al emperador Wilhelm II.
(http://www.clham.org/t-3-fasc-5-spa)

El Káiser departiendo en el porche del chàteau.

El búnker del general Hindenburg en la Villa Sous-Bois, con el mobiliario proveniente del boudoir de la dueña de la casa.

El Káiser pasó mucho tiempo en Spa, pero como ya ocurrió en los anteriores cuarteles generales, no tenía mucho que hacer. El emperador era informado (más o menos fidedignamente) del estado de la guerra por la tarde, pero el resto del día lo pasaba paseando por el bosque, caminando alrededor del lago Warfaz y cortando leña. Un enviado austríaco afirmó que el Káiser parecía “un prisionero de sus generales” y que vivía en un ambiente claustrofóbico y aislado, sin que apenas le llegaran noticias sobre la realidad del frente.

Sin embargo, con frecuencia, el Káiser también recibía invitados, como los enviados del sultán otomano, del zar Ferdinand de Bulgaria, de la nueva Ucrania o de los nuevos Estados Bálticos. La vajilla de plata maciza de Friedrich II el Grande había sido traída desde Berlín para tales ocasiones. La visita más importante, no obstante, fue la del emperador Karl I de Austria-Hungría que vino en dos ocasiones, la última (en agosto) después de que el Káiser se enterara que el emperador austríaco estaba intentado negociar una paz separada.

LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN

La irreal atmósfera de Spa dio un brusco giro en setiembre de 1918. El día 15, Bulgaria firmó su rendición incondicional, era el primero de los Imperios Centrales en ser derrotado. Días después, Lundendorff informó a Wilhelm II que la Ofensiva de Primavera había sido un completo fracaso y que el frente estaba a punto de colapsarse.

Con tal de evitar la humillación de tener que firmar un armisticio, Hindenburg y Ludendorff sugirieron que fuera el Reichstag el que iniciara las conversaciones de paz y aceptara los “Catorce Puntos” del presidente americano Woodrow Wilson (evacuación de los territorios ocupados, libertad de comercio y navegación, autodeterminación de los pueblos, etc.). Además, una mayor parlamentarización del país y un gobierno formado por diputados y no por favoritos imperiales haría que el Armisticio fuera más difícil de rechazar por los Aliados.

El canciller Von Hertling se negó a aceptar tales condiciones y dimitió, el Káiser decidió nombrar como canciller a su primo segundo, el príncipe Max von Baden, de tendencia liberal.

El nuevo y último canciller del Imperio alemán, se encontró, sin embargo en una posición muy difícil, ya que tenía que hacer frente al mismo tiempo a la intransigencia del Estado Mayor, que era como un segundo gobierno, y a la creciente violencia de partidos de extrema izquierda. Asimismo, el tono de las exigencias del presidente Wilson aumentaba poco a poco y ahora pedía “la destrucción de cualquier poder arbitrario que pueda poner en peligro la paz del mundo”. Esto no tardó en interpretarse como una velada petición para que el Káiser, a quienes lo Aliados consideraban el culpable de la guerra, abdicara.
El Káiser representado en la propaganda aliada como un maníaco sanguinario que deseaba comerse el mundo.

Propaganda aliada: la Muerte ofreciendo al Káiser miles de muertos en su honor para su cumpleaños (enero 1915).

El 28 de octubre, el príncipe Max von Baden logró aprobar una enmienda en la Constitución que recortaba considerablemente los poderes del Káiser y aumentaba los del Reichstag. La monarquía constitucional se convertía en monarquía parlamentaria.

Un día después, Hindenburg y Ludendorff cambiaron de opinión y decidieron seguir con la guerra, costara lo que costara. El Káiser tomó entonces la decisión política más importante desde el estallido del conflicto, anunciaba el cese de Ludendorff ante sus continuas interferencias, este huyó inmediatamente a Suecia disfrazado y con papeles falsos. Hindenburg, por su parte, fue mantenido en el cargo dada su popularidad. El soberano exclamó: “Por fin se ha terminado la operación, he separado a los siameses”.

Ese mismo día, en medio de cada vez más peticiones de abdicación, Wilhelm II abandonó Berlín rumbo a Spa, sería su peor decisión. Jamás volvería a pisar la capital. Su estancia en el Cuartel General no solo le alejaría del centro de decisiones políticas sino que también asociaría su figura al fracaso de las operaciones militares.

EL COLAPSO

La misma noche que el Káiser abandonaba la capital, se producía en la base naval de Wilhelmshaven un motín contra las órdenes del Almirantazgo de prepararse para salir a luchar a alta mar. Los marineros consideraban que estando negociándose un armisticio era un sacrificio inútil. Al día siguiente, el 30, el motín se había extendido a la base naval de Kiel. En una semana, el motín se había convertido en una revuelta popular de marineros y trabajadores. Aunque finalmente la revuelta fue sofocada, por aquel entonces, la noticia ya se había extendido a las principales ciudades alemanas.

La tensa calma de Spa sufrió un serio revés el día 3 de noviembre, con la noticia que Austria-Hungría (que se había desintegrado rápidamente durante el mes de octubre) acababa de firmar un armisticio por separado. Fue la última acción tomada por el gobierno imperial austro-húngaro antes de su disolución.

El día 7, hubo revueltas y “asambleas de trabajadores” en la mayoría de las ciudades alemanas. El rey Ludwig III de Baviera tuvo que abandonar Múnich después de que la “república libre de Baviera” hubiera sido proclamada. Al anochecer, llegaron a Spa los representantes del Reichstag que tenían que firmar el Armisticio con los Aliados. Estaban liderados por el diputado centrista Matthias Erzberger, el mismo que en verano de 1917 había propuesto la “Resolución de Paz del Reichstag”. Partieron poco después en cinco coches rumbo al frente.

El día 8, viernes, mientras serios disturbios ocurrían en Berlín, el canciller Max von Baden llamó insistentemente a Spa para pedir al Káiser que abdicara, solo así, decía, podría salvarse la monarquía. Su aliado parlamentario, Friedrich Ebert, líder del Partido Socialdemócrata (SPD), esperaba conservar la monarquía e impulsar reformas, pero quería evitar a toda costa una revolución socialista. Wilhelm II, por su parte, confiaba en ganar tiempo y, una vez firmado el Armisticio, usar el ejército para frenar la revolución. Sus generales le hicieron ver que eso era una quimera. Curiosamente el gobierno alemán haría eso mismo apenas medio año después. El Káiser empezó a barajar entonces la idea de abdicar como “Emperador alemán” pero mantenerse como “Rey de Prusia”.
La Fraineuse

El día 9 de noviembre, sábado, por la mañana, Hindenburg se reunió con sus oficiales para sondear la fidelidad de los soldados, a las diez partió hacía la Villa La Fraineuse para hablar con el emperador. Aconsejó abdicación inmediata. El Káiser decidió esperar a más informes de los militares y a la opinión de su hijo, el kronprinz (príncipe heredero) Wilhelm, que llegó sobre la 12 y recomendó lo contrario, no abdicar. Los mensajes y llamadas telefónicas de Berlín eran cada vez más insistentes. A la una y quince llegó un telegrama del príncipe Max von Baden: “ruego a Su Majestad que abdique para salvarnos de un situación desesperada”. El Káiser se convenció y redactó una abdicación como emperador, acto seguido fue a almorzar con su hijo el kronprinz. A las dos y quince, mientras los generales acababan de redactar el comunicado oficial, llegó una notificación que el príncipe Max von Baden ya había anunciado la abdicación de Wilhelm II sin esperar la confirmación oficial. Pero no solo lo había "abdicado" como emperador alemán, sino que también había anunciado su abdicación  como rey de Prusia y la renuncia de su hijo al trono.

“¡¡¿Así es como me sirve mi canciller?!!” exclamó furioso el emperador.

Una vez más, hubo debate sobre qué hacer, sobre si las tropas serían leales o no, sobre si Wilhelm II seguía siendo aún rey de Prusia, etc. Las noticias seguían siendo alarmantes, desde Berlín se informó que el príncipe Max von Baden había resignado, que el socialdemócrata Scheidemann había proclamado la “república alemana” y que horas más tarde el comunista Liebknecht, por su parte, había anunciado la creación de la “república socialista libre” desde el balcón del mismísimo Stadtschloss.
Karl Liebknecht proclamando la "república socialista libre" desde el balcón del Stadtschloss de Berlín.

EL EXILIO

En Spa, en el Hôtel Britannique, Hindenburg y los generales se reunieron ahora para hablar ya directamente del exilio del Káiser, que fue informado que ni siquiera la guarnición de Spa era de fiar. Él, por su parte, afirmó que “no permitiré que me arresten”, le aterrorizaba acabar como Nicolás II. Los Países Bajos fueron seleccionados como el exilio más lógico.

Pasadas las 7 y media de la tarde, el emperador abandonó el Château de Neubois y se instaló en su “tren imperial” parado en la estación de Spa. Allí cenó y conversó una vez más sobre un posible retorno, volvió a dudar sobre si partir al exilio o no. Más malas noticias fueron llegando: el rey de Wurttenberg, el gran duque de Hesse (hermano de la zarina Aleksandra) y el gran duque de Weimar también se habían visto forzados a abdicar.

Finalmente, pasadas las cuatro de la madrugada, el Káiser se decidió a partir y el tren imperial abandonó la estación de Spa. El emperador decía adiós para siempre al Ejército alemán y a Hindenburg, hombre que en el fondo se había convertido en su némesis. El “jefe supremo de los ejércitos” había visto como, poco a poco, la guerra y el ejército habían acabado hundiendo la inmensa popularidad de la que gozaba antes de 1914.

Cinco kilómetros más lejos, en La Reid, el tren paró. Había rumores que tropas sublevadas y amotinados podían haber tomado la vía, todo el mundo seguramente tenía en mente la abdicación del zar Nicolás II, apenas un año antes, recluido en su tren inmovilizado. El emperador y su séquito se trasladaron a cinco coches y, la madrugada de aquel domingo 10 de noviembre, cruzaron la oscura y silenciosa campiña belga hasta llegar al puesto fronterizo holandés de Eysden, situado unos sesenta kilómetros al norte. Allí, los emperifollados miembros del séquito tuvieron que despertar a la guarnición del puesto y, sobre las ocho, el mayor Van Dyl les autorizó a cruzar la frontera y a esperar en la pequeña estación local a que se concluyera el papeleo. Durante casi seis horas, el hiperactivo Wilhelm II tuvo que esperar, andén arriba, andén abajo, a que se le concediera asilo político en Holanda. Mientras tanto, numerosos periodistas se apresuraron a tomar fotos y gravar vídeos del histórico momento. Solo horas después, cuando por fin llegó el tren imperial, el Káiser y su séquito pudieron esconderse del ojo de los curiosos.
El Káiser y su séquito esperando en la estación de Eysden, el emperador es el hombre más bajito que aparece justo en el centro del grupo.

Una vez rellenados los formularios y aceptada la petición de asilo de “Wilhelm von Hohenzollern”, se tuvo que buscar un alojamiento. Por orden de la reina Wilhelmina, el conde Bentinck puso a disposición de los asilados su castillo de Amerongen, donde llegaron en un convoy de ocho coches la tarde del día 11, en medio de una espesa niebla. Tras asegurarse que el conde no era masón, lo primero que pidió el Káiser fue un “buena taza de té caliente inglés”. Pocas horas antes, los representantes del, ahora derrocado, gobierno  imperial alemán habían firmado, en Compiègne, el Armisticio con los Aliados.
El Káiser (con aspecto demoníaco) llora mientras el mariscal Joffre (jefe del estado mayor francés) ríe.

En los siguientes días llegaron a Amerongen su esposa, la emperatriz Auguste Viktoria; su nuera, la kronprinzessin Cecilie y sus nietos, todos ellos habían vivido las turbulentas semanas de noviembre recluidos en el Neues Palais de Potsdam.

La apacible rutina que poco a poco se había establecido en Amerongen fue alterada el 28 de noviembre con la llegada de los representantes del nuevo gobierno republicano, liderados por el conde Ernst zu Rantzau. Éstos pidieron, con una exquisita educación, que el Káiser firmara la acta oficial de abdicación, un gran documento de grueso papel y con el águila imperial en la parte superior. “WILHELM”, firmó el Káiser. Desde entonces era un ciudadano alemán más viviendo en Holanda, país que jamás abandonaría.

Hindenburg, por otro lado, recibió órdenes, por parte del nuevo gobierno republicano, de organizar el progresivo repliegue del ejército. Meses después, al volver a su ciudad natal de Hannover, fue jaleado como un héroe y se le regaló una villa, para gran sorpresa de él mismo, que consideraba que había perdido "la guerra más importante de todos los tiempos".

EPÍLOGO

La pareja imperial y su entourage siguieron viviendo en Amerongen hasta que se trasladaron al nuevamente adquirido palacete de Huis Doorn en 1920. Por aquel entonces, el Káiser había alcanzado un acuerdo económico en el nuevo gobierno de la República de Weimar, que le permitió cargar veintitrés vagones con muebles, pinturas y souvenirs provenientes de las antiguas residencias imperiales. Irónicamente, la compra de Huis Doorn se financió con la venta de un palacio que el emperador poseía en la Wilhelmsstrasse de Berlín y que iba a convertirse en la nueva residencia del presidente del Reich.
Huis Doorn, en los Países Bajos.

En Huis Doorn, el ex-Káiser llevó una vida tranquila, más propia de un gentleman inglés en su casa de campo que de un soberano derrocado. Seguramente la misma vida que hubieran deseado los menos afortunados Louis XVI y Nicolás II, o incluso Karl I de Austria. Desde allí, quien antaño había sido la personificación del poder (y para algunos de la agresividad) alemana, contemplaría el duro Tratado de Versalles y el lento descenso a los infiernos de su patria. “Por primera vez, me avergüenzo de ser alemán” dijo tras la Noche de los Cristales Rotos.
El Káiser, de civil, en Huis Doorn.
El Káiser y su segunda esposa, la princesa Hermine von Reuss zu Greiz.

Falleció en 1941, con 82 años, en una Holanda ocupada por los nazis. Para evitar ser enterrado rodeado de esvásticas, el Káiser prohibió que en su funeral hubiera banderas. El destino le ahorraría tener que ver a una Alemania reducida a cenizas humeantes pocos años después.