domingo, 17 de noviembre de 2013

Un año con el Kaiser: las idas y venidas de Wilhelm II.

Wilhelm II, el último Káiser del II Reich fue uno de los personajes más fascinantes entre la plétora de monarcas y príncipes que protagonizaron y contemplaron el derrumbe de la Vieja Europa durante la Primera Guerra Mundial. Su contradictoria, teatral e histriónica personalidad fue tema de conversación y debate, y durante décadas se le achacó haber sido uno de los principales causantes del deterioramiento de las relaciones anglo-alemanas.
Gravado representando el desaparecido retrato del Kaiser hecho por Max Köhner, en 1890, para la embajada de Paris.

Teatral, pomposo y dado a lo que hoy llamaríamos “incorrecciones políticas”, Wilhelm II heredó en 1888 uno de los tronos más codiciados del mundo, el del floreciente Imperio Alemán. Hijo del príncipe Friedrich (brevemente emperador Friedrich III) y de la princesa Victoria (hija a su vez de la reina Victoria) su nacimiento estuvo marcado por un funesto parto que le dejaría como resultado un brazo izquierdo paralizado y ligeramente más corto. Esta discapacidad generaría un complejo de inferioridad que le perseguiría toda la vida y que sería la causa de una personalidad a veces megalómana y arrogante. También influiría en él la pobre relación que tuvo con su madre inglesa que derivaría en una relación amor-odio hacia Reino Unido. Entre la admiración y la envidia, la satisfacción y el rencor, la vida de Wilhelm II fue un largo combate entre su lado inglés, orgulloso de su ascendencia, y su lado alemán, deseoso de equipararse a la Gran Bretaña costara lo que costara.
La princesa Victoria pintada en 1867 por Winterhalter.

El príncipe Friedrich pintado en 1857 por Winterhalter.

Wilhelm II fue, pues, un hombre de contrastes, quizá demasiado extremos y quizás nunca suficientemente tratados o estudiados. Ambicioso, muy inteligente, con buena memoria, elocuente, enérgico y muy interesado en el mundo moderno, también era, no obstante, impulsivo, ignorante, ansioso, depresivo, incapaz de concentrarse en el trabajo y fiel defensor de los derechos divinos de la monarquía. Capaz de ser un perfecto gentleman como el había enseñado su amada abuela Victoria, era a veces brusco y egoísta. Asimismo su vida estuvo guiada por esa necesidad de aprobación, de sentirse amado y admirado y no solo entre su propio pueblo sino sobre todo ante sus primos ingleses, que por lo general lo aborrecían por ser imprevisible e histriónico.
El joven príncipe Wilhelm ataviado a la escocesa en una fotografía para su abuela la reina Victoria, hacia 1884.

El príncipe Wilhelm pintado hacia 1885 por Heinrich von Angeli. 

La imagen que de él ha guardado la posteridad es la de un belicista amante de los desfiles, de los uniformes y dado a discursos violentos como el famoso Discurso de los Hunos de 1900 o el Escándalo Daily Telegraph de 1908. Pero tras esta fachada militarista con pomposos aires de Siegfried o Parsifal se escondía un hombre de paz. Para Wilhelm II sus ejércitos eran más un juguete por el que ser admirado que un instrumento de conquista como prueban sus intentos para evitar el conflicto en julio de 1914 y su retirada de la vida pública durante la guerra. Wilhelm II prefería ser el árbitro, el líder que proponía acuerdos entre las naciones beligerantes del mismo modo que un padre hace con sus hijos. Incluso la famosa Kaiserliche Marine, que pretendía rivalizar con la Royal Navy y que tantos regueros de tinta originó, se creó más para extender la influencia alemana por el globo que pensando en un futuro enfrentamiento con Gran Bretaña. Prueba de ello, la influencia que ejerció el Káiser durante la guerra para que la marina no saliera a luchar a alta mar; ironía de la Historia, los flamantes acorazados terminarían sus días en Scapa Flow, siendo hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayeran en manos enemigas.
El káiser Wilhelm II pintado en 1917 por August Böcher.

Pero lo que más preocupaba al séquito del Káiser eran su Cäsarenwahnsinn (delirios de grandeza acompañados de episodios depresivos) y sobretodo su hiperactividad. “Su majestad no tiene nervios, pero no aguanta la presión durante las crisis” decía el almirante Friedrich Hollmann, y esa era la principal preocupación de sus doctores, Wilhelm II tendía a consumir sus nervios, después de períodos de hiperactividad se derrumbaba. A lo largo de su reinado su séquito e incluso las decisiones políticas tuvieron que ir adaptándose a este carácter cambiante e imprevisto.
El káiser Wilhelm II pintado en 1907 por Philip de Laszló.

El Káiser rodeado por su familia en 1896.

Inicialmente, Wilhelm II intentó emular la estricta rutina que seguía su amado abuelo Wilhelm I. Se levantaba a las 8 de la mañana, y tomaba el café mientras trabajaba. Los lunes, miércoles y sábados a las 11, el jefe del Gabinete Civil venía a entregar sus informes (Vorträge), la reunión duraba entre hora y hora y media. Los martes, jueves y sábados, era el turno del jefe de Gabinete Militar, la reunión se alargaba dos horas. A la una en punto almuerzo, al que Wilhelm I dedicaba poca atención. La tarde se dedicaba a más trabajo, audiencias y un pequeño paseo en calesa. Antes de las 8 cena, luego teatro hasta las 9 y a continuación conversación con miembros del séquito y académicos sobre temas no controvertidos. A las 11 todo el mundo se retiraba a la cama. Pocos eventos alteraron este horario durante los 27 años de reinado de Wilhelm I.
La muerte de Wilhelm I según Anton von Werner. El príncipe Wilhelm aparece al lado de su abuelo, a los pies de la cama están sus padres Friedrich y Victoria.

La Apertura del Reichstag el 25 de junio de 1888, por Anton von Werner. La inmensa pintura marca el inicio de la fastuosa puesta en escena que caracterizará el reinado de Wilhelm II.

Wilhelm II mantuvo el esquema de los Vorträge inalterado en un principio. Los ministros escribieron más tarde que el Káiser les recibía amablemente pero con su habitual ansiedad y que no dejaba de mover y tocar objetos de su escritorio durante las reuniones. Sus preguntas eran inteligentes, pero usualmente sobre cuestiones secundarias que alargaban la reunión más de lo habitual. El Káiser salía psíquicamente agotado de estas reuniones, y como resultado se fueron reduciendo en cantidad y duración. Asimismo el estilo de vida improvisado de Wilhelm II dificultaba la planificación de las reuniones que usualmente se veían reprogramadas de un día para otro y que frecuentemente tenían que realizarse mientras Wilhelm viajaba en coche, tren o barco.
Salón del Káiser en el tren imperial o Hofzug.

Hacia 1910, la jornada del Káiser era muy distinta a la del metódico Wilhelm I. Su Majestad se levantaba entre las 9 y las 10 de la mañana y tomaba un copioso desayuno de tres platos, luego venía un largo paseo a caballo con sus aide-de-camp o una caminata con el Canciller o el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores. El Vorträge era a las 12, no demasiado largo, porque a la una se almorzaba. Wilhelm II tampoco demostraba mucho interés por la comida, pero a diferencia de su abuelo hablaba profusamente. Luego otro paseo, generalmente con su esposa y una siesta de una o dos horas. Por la tarde el Káiser concedía audiencias, iba a los museos o a los ateliers de artistas famosos, hacia visitas de cortesía...,y si había tiempo continuaba el trabajo de la mañana. Hacia las 8 se cenaba y luego había teatro o tertulia con invitados que casi siempre se alargaba hasta la 1 de la madrugada.

Este intenso horario se seguía, no obstante, apenas tres o cuatro meses al año, cuando el Káiser residía en Berlín o en su residencia secundaria de Potsdam. El resto del tiempo lo pasaba viajando. Hacia 1888, Wilhelm II pasaba el 65% del año entre Berlín o Potsdam. En 1894, estableció la organización del año que duraría hasta la guerra y en la que solo estaba en Berlín o Potsdam entre 5 y 6 meses.

El Día de Año Nuevo, la Familia Imperial se trasladaba a Berlín para el inicio de la temporada. Bailes, ópera, exposiciones y algún que otro desfile ocupaban la mayor parte de la vida social de enero, en el que Wilhelm II raramente dejaba la capital. En febrero había no obstante una breve excursión: una semana de vacaciones en el pabellón de caza de Hubertusstock. Marzo empezaba con una visita de dos o tres días a Wilhelmshaven donde el Káiser tomaba juramento a los cadetes de la Kaiserliche Marine. La última mitad de marzo y casi todo el abril se dedicaban a viajes por el Mediterráneo o Italia y a partir de 1907 a una prolongada estancia en la isla griega de Corfú.
El Stadtschloss de Berlin. La primeras construcciones aparecieron a inicios del siglo XIII, pero el aspecto definitivo se lo dio Friedrich I a inicios del siglo XVIII. Sede de los Hohenzollern durante siglos, el edificio sufrió intensos bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y fue dinamitado en 1950 por el gobierno comunista.

El Stadtschloss en el centro del antiguo Berlin, arriba a la izquierda se puede apreciar la Berliner Dom.

La Weissen Saal (Sala Blanca)en el Stadtschloss, principal salón de recepción del palacio.

Vortragszimmer (sala de reuniones) de los aposentos del Káiser.

En 1907, el Káiser había adquirido en Corfú el Achilleion, el encantado palacio que la emperatriz Sisi había mandado construir de 1888 a 1891 y que no se había utilizado desde su asesinato en 1898. La adquisición del palacio costó la considerable suma de 600.000 marcos y el mantenimiento anual ascendía a 50.000 marcos. Asimismo debían sumarse lo gastos de viaje de casi cien criados, miembros del séquito e invitados además de cinco automóviles. Tal “despilfarro” valió la dimisión de Wilhelm von Wedel, ministro de la Casa Real. Pero la verdad es que más allá de la belleza natural de la isla, pocas cosas había que hacer en Corfú y el séquito se aburría rápidamente mientras los días pasaban lentamente, uno igual que el otro. La única diversión que había eran las excavaciones arqueológicas que apasionaban al Káiser y con las que el resto de sus invitados fingían entusiasmarse.
Fachada frontal del Achilleion.

Terraza superior del Achilleion, a la que se accede a través de los salones de recepción y de los aposentos imperiales.

El resto del mes de abril y la primera mitad de mayo se dedicaban a un conjunto de viajes y visitas a Alsacia-Lorena, donde Wilhelm II seguía con mucho interés la reconstrucción del castillo de Haut-Koenigsbourg; a Wiesbaden, donde se disfrutaba del teatro y del casino; a Hallenburg, la residencia de su amigo el conde Emil von Schlitz, reputado escultor; y finalmente al otro lado del imperio, en la Prusia Oriental, al pabellón de caza de Prökelwitz, propiedad del Príncipe de Dohna.
Castillo de Haut-Hoenigsbourg, actualmente en territorio francés.

El Kurhaus (casino) de Wiesbaden.

Wilhelm II volvía Berlín a mediados de mayo, justo a tiempo para establecer su residencia oficial en el Neues Palais de Potsdam y asistir al desfile militar de primavera. A principios de junio, no obstante, el Káiser volvía a partir, pero esta vez hacia el norte, para asistir a la Kiel Woche, la célebre semana de regatas celebrada en Kiel. Allí se reunían a principios de junio, desde que en 1882 se inaugurara el certamen, aristócratas y ricos industriales, muchos de ellos británicos y americanos, para ver y ser vistos. Promovida por el amigo de Wilhelm II, el empresario naviero de origen judío Albert Ballin, la Kiel Woche encajaba perfectamente con la personalidad del Káiser, pues satisfacía a la vez su pasión por el mar y su admiración-envidia hacia el mundo anglo-sajón. El propio Káiser competía a bordo de su yate de vela, el Meteor, aunque rara vez ganaba. En 1914, Wilhelm II había gastado más de 6 millones de marcos de su fortuna personal en las regatas, pero no había conseguido que la aristocracia prusiana (más terrateniente que navegante) dejara de considerar la Kiel Woche como un evento eminentemente burgués.
El Neues Palais en el Parque de Sanssouci de Potsdam.

La Marmorsaal del Neues Palais.

El salón de la emperatriz.

El dormitorio del Káiser. La mayor parte del mobiliario del palacio partió con el Káiser hacia su exilio en Huis Doorn.

El mes de julio estaba dedicado casi exclusivamente a la Nordlandreise, el crucero por los fiordos noruegos a bordo del yate imperial Hohenzollern, tradición empezada en 1889. El crucero estaba destinado a relajar los nervios del Káiser y alejarlo de la política y de la etiqueta de la corte; pero no solo Wilhelm II terminaba el crucero más nervioso sino que el séquito acababa necesitando unas vacaciones para recuperarse de las vacaciones.
El Hohenzollern, botado en 1892. Era el mayor yate del mundo después del del zar.

Pero después del crucero el Káiser no volvía a Potsdam. Hasta 1895 dedicaba buena parte del mes de agosto a visitar a sus parientes ingleses y sobre todo a asistir a la Cowes Week (equivalente y antecesora de la Kiel Woche) donde la rivalidad entre el Káiser y el Príncipe de Gales (futuro Edward VII) estaba a la orden del día. Después de 1895, Wilhelm II pasaba junto con su creciente familia casi todo el mes de agosto en el castillo de Wilhelmshöhe, encantadora residencia rodeada de un amplio parque a las afueras de Kassel.
Castillo de Wihelmshöhe a inicios del siglo XX. La mayoría de los interiores resultaron destruidos durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

El castillo de Wilhelmshöhe fue reconstruido después de la guerra, pero sin la cúpula.
  
Situado sobre una colina, Wilhelmshöhe ofrece una bella panorámica de Kassel.

La desaparecida Hortensiensaal.

La Familia Imperial dejaba Wilhelmshöhe justo a tiempo para asistir al gran desfile militar de Tempelhof en Berlín a inicios de setiembre. Después seguían otras muchas maniobras militares y desfiles que duraban hasta mediados de mes. Cuando terminaban el Káiser se dirigía a sus pabellones de caza de Rominten o Cadinen  en la Prusia Oriental, únicos lugares en los que realmente descansaba. Los ministros tenían que hacer, pues, un largo viaje para preparar los presupuestos y el programa de construcción de la Kaiserliche Marine, que por lo general siempre se decidían en Rominten. A mediados de octubre Wilhelm II volvía a estar en Potsdam.
El pabellón de caza de Rominten, destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

En noviembre volvía a partir, primero al castillo de Liebenberg, propiedad de su mejor amigo el Príncipe de Eulenburg y después de su caída en desgracia en 1906 a Donaueschingen, mansión de Príncipe de Fürstenberg. Luego venían las cacerías de la corte, inmensos eventos con más de treinta invitados celebradas en los cotos de caza de la corona (Letzlingen, Göhrde, Springe y Königswusterhausen). Y finalmente las visitas (también con temática cinegética) a los riquísimos nobles de Silesia en sus inmensas propiedades, como al Conde von Donnersmarck en Neudeck,  al Príncipe de Hohenlohe y Duque de Ujest en Slawentzitz o al Príncipe de Pless en Pless.
El castillo de Donaueschingen, aún propiedad del Príncipe de Fürstenberg.

El castillo de Slawentzitz, incendiado por el Ejército Rojo durante su avance hacia Berlin en 1945.

El castillo de Pless, uno de los pocos grandes castillos de Silesia que sobrevivieron a la guerra y que ahora puede visitarse como un museo. Indispensable.

La segunda semana de diciembre el Káiser volvía a estar en el Neues Palais de Potsdam donde cada año se celebraba la Navidad con la familia. Seis días después se partía hacia Berlín y el ciclo volvía a empezar.

2 comentarios:

  1. Verdaderamente no creo que hubiera aguantado un año con el kaiser, entre tanta rutina como usted nos describe. Sí, cierto que algunos de los eventos serían apetecibles de no haberse convertido en rutinarios y monótonos, y que con él tendría teatro todos los días, con lo que me entusiasma. Tampoco le negaré que hubiera dado casi cualquier cosa por hacer un viajecito en ese tren imperial, que sacia mi pasión por los trenes antiguos. Pero... ¿un año, monsieur? No, tanto no.
    Al menos no se le puede negar buen gusto. No sé si eso lo redime.

    Buenas noches, monsieur Enric.

    Bisous

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, el Kaiser es a la vez un personaje controvertido y fascinante, aunque creo que siempre se le ha tratado con demasiada dureza, quizás si hubiera acabado como el pobre Nicolás II.....enfi, no sé. En todo caso es cierto que debía ser de difícil tratar, demasiado nervioso, y efectivamente con tendencia a repetir las mismas actividades con el mismo séquito. Pero no puede negarse que bajo su reinado el Imperio Alemán fue magníficamente opulento.

      Bisous madame ;)

      Eliminar