jueves, 9 de agosto de 2018

Los bains de mer III: Biarritz

Biarritz fue “descubierta” en 1854 por la emperatriz Eugénie, que quedó rápidamente hipnotizada por el paisaje agreste y sobre todo por la impetuosa fuerza del mar, que siempre fue el gran espectáculo de Biarritz. La pareja imperial y su corte podían llegar desde París en tren y en la estación de Bayona coger una calesa descubierta para recorrer los últimos kilómetros hasta Biarritz. Napoléon I ya había aprovechado su estancia en Bayona en 1808 para ir a darse un chapuzón en las playas de Biarritz. Los baños de mar, no obstante, ya estaban documentados en el lugar desde 1610.

Eugénie y Napoléon III decidieron erigir inmediatamente una residencia privada en un promontorio al norte de la población. Encargaron a los arquitectos Hipolyte Durand y Auguste Couvrechef la construcción de una coqueta villa estilo Louis XVI, hecha de ladrillo rojizo y piedra caliza beige. La nueva residencia imperial, llamada Villa Eugénie, ofrecía un interesante contraste con las casitas de pescadores blancas y con tejados de paja esparcidas sobre las colinas. Este contraste, fue siempre algo inherente en las stations balnéaires.

Entrada a la Residencia Imperial de Biarritz, también llamada Villa Eugénie.
(Actual cruce de la Avenue Edouard VII con la Avenue de la Marne)

La Villa Eugénie tal como fue construida en 1855.

Cada septiembre, desde 1856 a 1868, Napoléon y Eugénie viajaban a Biarritz en el suntuoso tren imperial diseñado por Violet-le-Duc. La vida en la villa se caracterizaba por un ambiente decididamente informal, lejos del protocolo de las residencias oficiales de la Corte. Los miembros del séquito imperial se relajaban tomando el Sol, paseando o dándose un chapuzón. Era un estilo de vida decididamente relajado, despreocupado y lejos del torbellino de actos oficiales y fiestas de la capital, Mérimée lo resumía con estas palabras “El tiempo pasa y no se hace nada, solo se espera a hacer algo”.

Eran habituales las excursiones terrestres, que fascinaban a la activa Eugénie. La emperatriz alquilaba unos cuantos mulos y recorría incansable colinas y acantilados, detrás suyo, las damas de la Corte no disfrutaban tanto con los torpes pasos de los animales cerca de los precipicios.

Otro entretenimiento eran las travesías por el mar. Una tarde, la emperatriz, decidida a acabar con el miedo que los miembros de la corte le tenían al mar los subió a todos a un barco para dar un pequeño paseo. La princesa de Metternich nos describe la peculiar aventura:

[Al ir a subir al barco desde un pequeño bote] la condesa Przezdziecka chillaba presa del pánico, la condesa Walewska estaba aterrorizada pensando que caería al agua, Mme de la La Bédoyère se mojó de arriba a abajo, a Mme de Montbello le mojó la espalda una ola y Miss Vaughan, la inglesa tan acostumbrada a las excursiones en yate, acabó con los pies empapados. Pobres, sus males solo acababan de empezar. 

Pero mientras anochecía, estalló una potente tormenta que zarandeó durante un buen rato la embarcación. Sus pasajeros desfallecidos y mareados, se refugiaron en el interior:

Todos ellos se ponían cada vez más pálidos [...] y decidieron tumbarse como si la Emperatriz no estuviera allí. Se habían olvidando hasta tal punto de Su Majestad que le daban órdenes y le pedían cosas, que si un chal, que si un cojín, que si una palangana.

La Emperatriz se pasó horas barco arriba, barco abajo atendiendo a los desfallecidos pasajeros. La embarcación no pudo entrar a puerto hasta las dos de la madrugada, entonces sus maltrechos ocupantes desembarcaron para ir a cenar.

¡Por mucho que viva, siempre recordaré esa cena! Uno no se puede imaginar el aspecto que tenían unos comensales que parecían cadáveres y cuyas vestimentas hechas jirones daban la impresión de un banquete del Evangelio al que asistían todos los desamparados que se había podido recoger en las calles. Se trataba, no obstante, de la flor y la nata de la corte de Napoléon, cuya elegancia era conocida en todas las partes del mundo.

Huelga decir que la Emperatriz recibió una severa reprimenda de su esposo y que los paseos en barco se dieron por concluidos. Pero por lo general, los atardeceres eran tan tranquilos que de vez en cuando los huéspedes más jóvenes decidían ir a “distraerse” a Bayona y cuando la religiosa Eugénie les pregunta su destino, ellos respondían que iban “a cenar a casa del obispo”.

Los séjours de la pareja imperial atrajeron pronto a otros soberanos, en 1857 vino el rey de Württemberg, en 1859 el de Bélgica, en 1865 la reina de España y en 1867 los duques de Braganza. Biarritz se ganó entonces el apodo de  “la reine des plages, la plage des rois”.

En setiembre de 1862, el joven Bismarck (por entonces embajador de Prusia en Paris) se alojó en Biarritz una semanas, allí disfrutó del sol, los paseos y los chapuzones en el mar, todo ello en un ambiente muy decontracté. No obstante, la distracción de la temporada parece que fue Madame Rimski-Korsakov y su sensual traje de baño; cada vez que salía de su caseta, numerosos curiosos se encaramaban a las rocas provistos de binoculares.

La Ville Eugénie y la playa de Biarritz, bautizada Plage de l'Impératrice.

Evidente, con la presencia de la Familia Imperial y la Corte, Biarritz no tardó en despegar. La nueva station balnéaire vasca creció a un ritmo parecido o superior al de otros lugares más cercanos a Paris. Se la llegó a conocer como la “Trouville del sur”.

En 1858, en la principal playa a de Biarritz, la Plage de l’Impératrice, se construyeron las primeras termas salinas, llamadas Bains Napoleón, que incluían además instalaciones para que los elegantes bañistas pudieran cambiarse tranquilamente antes de darse un chapuzón. Ese mismo año, abrió el Grand-Hôtel, también en el perímetro de la playa, que fue el principal alojamiento de las testas coronadas y los aristócratas de visita a Biarritz hasta finales de siglo. En 1861, encima de un acantilado al sur de la playa se inauguró el primer casino, el Casino Bellevue

Los Bains Napoléon edificados en 1858.

Biarritz fue creciendo poco a poco, a partir de los años 60, los primeros inmuebles aparecieron en el límite de la Plage de l'Impératrice.

La playa con el Grand Hôtel abierto en 1858 (izquierda) y el Casino Bellevue inaugurado en 1861 (derecha).

Para absorber el creciente flujo de visitantes, la propia residencia imperial tuvo que ser ampliada en sucesivas ocasiones. En 1859, Gabriel Auguste Ancelet añadió una nueva ala en la planta baja para albergar los aposentos de la pareja imperial. Sus antiguos aposentos del primer piso se destinaron a su hijo, el Príncipe Imperial y a la madre de la Emperatriz, la condesa de Montijo. En 1865 se añadió un nuevo ático a la villa, en 1866 se creó una nueva cocina para banquetes y en 1869 se tuvieron que instalar vigas metálicas para garantizar la estabilidad de la construcción, ese año la pareja imperial no pudo visitar Biarritz.

La Villa Eugénie con la nueva ala para los aposentos imperiales (izquierda) añadida en 1859.

Fachada de entrada de la Villa Eugénie con el ático edificado en 1865.

Como muchos edificios de las stations balnéaires, la villa había crecido demasiado rápido en detrimento de su calidad. El arquitecto Ancelet se lamentaba que la villa era una ruina y que habría sido mejor rehacerla casi por completo en vez tirar el dinero en arreglos. 

Pero los elegantes séjours de la Corte terminaron bruscamente en 1870 con el hundimiento del Segundo Imperio. Después de la fuga de la emperatriz hacia Londres el 4 de setiembre, la Villa Eugénie escapó a posibles saqueos gracias a que el alcalde y el gerente decidieron instalar un cartel en la verja que decía: “Propiedad nacional reservada a los heridos”.

La Tercera República garantizó a la ex-emperatriz la propiedad de la villa, pues era una residencia privada y no oficial. Pero en 1881, después de la muerte de su marido y de su único hijo, Eugénie decidió venderla. Los nuevos propietarios la transformaron en el lujoso Hôtel du Palais, que sería ampliado y remozado con una nueva ala. Todo el edificio ardió en 1903 y tuvo que ser reconstruido.

La Grande Plage (ex-Plage de l'Impératrice) a finales de siglo, con un aspecto muy parecido, a pesar de las nuevas construcciones, a la época del Segundo Imperio.

 La playa a inicios de siglo, con el nuevo Casino Municipal construido en 1901 en substitución de los Bains Napoléon. A mano izquierda aparece la ex-Villa Eugénie después del incendio de 1903.

Otros hoteles fueron abriéndose a lo largo de los años, como el Hôtel d’Anglaterre en 1872, el preferido de los ingleses; el Hôtel Continental en 1883, que fue el primero en tener ascensor y luz eléctrica en todas las habitaciones o el Hôtel Victoria en 1885, construido encima los antiguos establos imperiales y frecuentado por los españoles y rusos, entre ellos el escritor Chejov.

La ausencia de la Familia Imperial no significó el fin de Biarritz. La aristocracia española siguió frecuentando la ciudad, siendo la comunidad extranjera más numerosa. Varios aristócratas se construyeron suntuosas villa en la ciudad, como el duque de Osuna, que mandó construir la Villa Javalquinto. El duque, famoso por sus extravagancias, solía hacer traer claveles de Andalucía para decorar la villa y, en 1877, dio una fiesta con doscientos invitados para homenajear a la infanta Luisa Teresa de Borbón (hermana de Don Francisco de Asís). Ni en tiempos del Imperio se había visto tal despliegue de pompa.

La reducida pero selecta comunidad española siguió siendo el grupo de extranjeros más numeroso hasta el inicio de los años 90, cuando empezaron a desarrollarse las ciudades balnearias de San Sebastián y Santander. Los españoles dieron paso a los ingleses, que por lo general frecuentaban Biarritz los meses de invierno, sin olvidar que la misma reina Victoria visitó la población en 1889.

Sin embargo, aunque vinieron en mucha menor cantidad, los rusos se convirtieron en el fin de siécle en la comunidad extranjera más célebre de la ciudad por su cierto hermetismo y sus extravagancias. Las saison russe empezaba en setiembre y se podía alargar hasta mayo, aunque lo más frecuente era que en noviembre los miembros de la familia imperial volvieran a San Petersburgo. A parte de por las benignas temperaturas otoñales (superiores a Niza), la presencia de los rusos venía también espoleada por la reciente firma de la Alianza Franco-rusa entre el zar Alejandro III y la Tercera República francesa.

Tal era la importancia de dicha comunidad, que en 1892 se inauguró una suntuosa iglesia ortodoxa en el centro de la ciudad. En la iglesia de San Alejandro Nevski y la Protección de la Madre de Dios se celebró un multitudinario funeral en honor a la asesinada emperatriz Sisi y en 1901 fue el escenario de la boda de la princesa Ekaterina Yourevski, hija morganática del zar Alejandro II.

Todos los grandes duques solían frecuentar Biarritz, Konstantin, Vladimir, Alexis, Boris, Kyril, etc. De hecho, la gran duquesa Olga, hermana del zar Nicolás II, y su esposo Pyotr de Oldenburgo se encontraban residiendo en el Hôtel du Palais cuando el edificio fue pasto de las llamas en febrero de 1903. La gran duquesa consideró, pese a la insistencia de su marido, que el fuego no se propagaría tanto y decidió seguir cenando en su suite. Un rato más tarde tuvo que salir corriendo del hotel, solo vestida con una bata de noche debajo del abrigo. Eso sí, tuvo tiempo suficiente para pedir a su valet que cogiera su cofre de joyas y lo llevara al vecino Hôtel Victoria. Menos suerte tuvo su marido, que lamentó haber perdido su preciada colección de condecoraciones.

El Hôtel du Palais inmediatamente después de su incendio el 1 de febrero de 1903.

La vida en los hoteles se alternaba con el alquiler de coquetas villas. En diciembre de 1906, la otra hermana del zar, la gran duquesa Ksenia y su marido alquilaron la Villa Les Vagues durante medio año. Vinieron con sus tres hijos y un ejército de sirvientes: tres niñeras, cinco doncellas, cuatro mayordomos, la dama de honor de la gran duquesa, el edecán del gran duque y los profesores de francés e inglés. Poco después también llegó a Biarritz la emperatriz viuda Maria Feodorovna, en su tren privado y rodeada de otra cohorte de sirvientes. Permanecieron en Biarritz hasta junio y volvieron a alquilar la villa en 1907, 1909 y 1910.

La Villa Les Vagues (izquierda) era una de las lujosas villas de primera linea de mar construidas en la antigua playa privada de la emperatriz Eugénie. A la derecha se ve el Hôtel du Palais.
© BIARRITZ jadis.

La grand duquesa Ksenia y su familia (izquierda) y la emperatriz viuda Maria Feodorovna (derecha).

Tampoco hay que olvidar las visitas de los soberanos europeos. Fue precisamente Alfonso XIII el primer monarca en visitar el reconstruido Hôtel du Palais en setiembre de 1905. Nada más entrar pidió visitar los antiguos aposentos de Napoléon III y en el dormitorio se quitó el sombrero delante de la cama y saludó respetuosamente. Nadie debió atreverse a decirle que ni la decoración ni los muebles eran los del Segundo Imperio.

En enero del año siguiente el rey de España volvió a Biarritz, esta vez a la Villa Mouriscot para pedir oficialmente la mano de la princesa Victoria Eugenia de Battenberg. Dos días después el soberano condujo en coche a su prometida hasta el Palacio de Miramar en San Sebastián. Los prometidos visitaron Biarritz una vez más en marzo, para asistir a una cena de gala que organizaba en su honor por el rey Edward VII de Inglaterra en el Hôtel du Palais.

Diversas instantáneas de la visita de Alfonso XIII a la Villa Mouriscot.

Fue precisamente el soberano inglés uno de los que más ligados estuvo a la ciudad de Biarritz. Vino por primera vez en 1889, con su madre la reina Victoria y volvió en 1906 con motivo de la boda de su sobrina Ena. Desde entonces el soberano visitó cada primavera Biarritz hasta su muerte en 1910. Dichas visitas no tenían solo un carácter ocioso, sino también terapéutico, los médicos de Edward VII, aquejado de bronquitis, le habían recomendado precisamente la brisa fresca de la costa francesa.

Las visitas del soberano inglés siempre seguían un mismo patrón, a inicios de marzo abandonaba Londres rumbo a Paris, donde pasaba una semana (disfrutando de sus burdeles). Luego tres semanas en Biarritz y a principios de abril partía hacia Marsella. Allí embarcaba, junto con su esposa, en el yate real, para un crucero de cuatro semanas en el Mediterráneo, donde se tenía especial cuidado de no cruzarse con el yate de su sobrino el Káiser, que frecuentaba las mismas aguas en la misma época del año.

En Biarritz, Edward VII se alojaba en el Hôtel du Palais donde reservaba gran parte del ala sur del hotel, la que tenía vistas a la Grande Plage. El soberano tenía su suite en la planta baja y esta se componía de salón, dormitorio, vestidor, baño y un gran comedor privado instalado en el “Salón de señoras” del hotel. La suite disponía además de una terraza privada en la que se instalaba una tienda rayada cuando hacía buen tiempo. En el resto de plantas se alojaban su séquito compuesto por su doctor, dos edecanes, dos ayudas de cámara y dos lacayos, sin olvidar su perrito Caesar.

El Hôtel du Palais reconstruido después del incendio de 1903.
Edward VII ocupaba una suite en la planta baja, en el extremo izquierdo había su comedor privado.
© BIARRITZ jadis.

El soberano paseando por el paseo marítimo, al fondo se ve la verja del hotel.
© Getty Images.

Lo que fue celosamente ocultado por la Corte británica es que la amante habitual del rey, Alice Keppel, acompañaba al soberano en sus estancias de Biarritz. Unos días antes de la partida del monarca, la señora Keppel, sus dos hijas, la gobernanta, la niñera, la doncella y un miembro del personal del palacio embarcaban en un vagón privado en la Victoria Station de Londres, luego cruzaban el Canal y en Calais se les escoltaba para que se ahorran la aduana. Un tren nocturno, con otro vagón reservado, les trasladaba a Biarritz. Allí se instalaban en la Villa Eugénie (no confundir con la antigua residencia imperial), oficialmente alquilada a Sir Ernest Cassel, amigo de Edward VII. Desde esa villa, Alice Keppel podía acceder fácilmente al Hôtel du Palais a través de la playa.

La rutina del soberano británico empezaba a las siete de la mañana, cuando se levantaba y tomaba un baño, luego desayunaba a la diez (“desayuno inglés”, por supuesto) y a continuación se dedicaba a los asuntos de estado hasta la llegada a las 12 de su amante. Ambos realizaban un largo paseo por la playa. El almuerzo era a la una, en el antiguo “Salón de señoras” con vistas al mar, temporalmente reconvertido en comedor privado. También esta comida era invariablemente inglesa. Para sentirse como en casa, el soberano ordenaba traer siempre la vajilla de Buckingham.

El Salon des dames o "Salón de señoras", comedor privado de Edward VII.
© BIARRITZ jadis.

La misma sala en la actualidad.
© Hôtel du Palais.
La tarde se dedicaba a excursiones en coche (traídos desde Londres), a la caza del zorro, carreras de caballos, paseos “de incógnito” por Biarritz o a picnics, también había cortas visitas a San Sebastián. Si había tiempo, cuando volvían al hotel, el soberano dedicaba más tiempo a los asuntos de estado. La cena era a las ocho y quince en punto, esta vez con presencia de invitados que nunca eran más de ocho. Partidas de brigde, licores y conversaciones ocupaban el resto de las horas hasta medianoche, cuando todos los invitados, menos Alice Keppel, se despedían.

El rey Edward VII entrando al Hôtel du Palais.

En los últimos años de su vida, las estancias en Biarritz se alargaron considerablemente, a medida que la salud de Edward VII empeoraba. En 1908, el nuevo primer ministro Lord Herbert Henry Asquith tuvo que viajar hasta Biarritz para jurar el cargo ante el soberano en su suite del hotel. El soberano inglés se despidió de la ciudad en 26 de abril de 1910, y falleció poco después, el 6 de mayo.

Pero más allá de las visitas reales, la mayoría de los visitantes de Biarritz seguían una rutina bastante pautada. El día empezaba más o menos a las diez, después del desayuno había un paseo por Rue Mazagran, con sus pastelerías, salones de té y grandes almacenes, luego otro paseo por la Grande Plage. Después del almuerzo, entre una y dos, tocaba reposar hasta las 4, cuando se salía de casa rumbo a la pastelería Miremont o se iba a los conciertos del casino. Entre cinco y seis era la hora perfecta para empezar los baños de mar, que solo podían empezar tres días despues de haber llegado a la ciudad, tiempo necesario para habituarse a la brisa marina. En las playas se podía contar con la ayuda de los guides-baigneurs, profesionales que guiaban a los bañistas más novatos en su primer chapuzón. Se recomendaba también un paseo y una bebida caliente después de los baños. La Grande Plage era un lugar más pensado para el flâneur, si se quería nadar en serio era mejor ir al Port-Vieux. La cena era a las ocho, y luego se iba al casino, se paseaba, se bailaba, se escuchaba a la orquesta, se conversaba etc. A medianoche se podía tomar un refrigerio llamado médianoche o réveillon.

La hora del baño en Biarritz.
© Pays Basque 1900.

Conversación en la playa según Jean-Gabriel Domergue.

Las distracciones podían ser de los más variado, en 1891 hubo números de funambulistas, en 1896 la sensación fue el cinematógrafo, en 1900 se abrió la primera bolera de la ciudad. Tampoco ya que olvidar las corridas de toros de Bayona, la pelota vasca en Saint-Jean-de-Luz o las competiciones hípicas.

El inicio de la Primera Guerra Mundial apenas perturbó la vida en Biarritz. El Hôtel du Palais permaneció abierto durante toda la contienda ya que el alcalde de la ciudad se negó a transformarlo en hospital de guerra. Los Años Veinte fueron los más extravagantes de toda su historia, con centenares de bailes y cenas de gala en cada temporada.

Alfonso XIII inauguró esta nueva época en 1920, presidiendo una cena de gala en honor a la regata internacional de vela. En setiembre de 1921 tuvo lugar el célebre “Bal Impérial”, que se repetiría cada año hasta finales del siglo. La edición de 1922 fue abierta por los reyes de España y el sha de Persia, para esta ocasión el salas del Hôtel du Palais fueron decoradas con cientos de plantas para simular un bosque. En 1927, se organizó un baile de disfraces a la española llamado “La Verbena del Amor” al que asistió el príncipe de Gales.

Pero los años 20 fueron también una época de cambios. Aparte de por la realeza y la aristocracia, Biarritz empezó a ser frecuentado por celebrities como Picasso, Ravel, Loti, Kipling, Stravinsky, Cocteau, Chanel, Lanvin o Churchill; también aparecieron los primeros millonarios americanos. Si la temporada de verano (de junio a octubre) era cada vez más frecuentada, en invierno, ante la ausencia de la realeza y la aristocracia rusa (más allá de algunos exiliados), la ciudad estaba relativamente tranquila.

Los años veinte supusieron importantes cambios en la vestimenta y en la normativa de las playas.


Escenas chic pintadas por el ilustrador Hemjie para la revista "Biarritz" (finales de los años 20).

También poco a poco se impuso la práctica de deportes entre las diversiones mundanas y numerosos edificios emblemáticos como el Casino Municipal o el Casino Bellevue fueron rehechos en estilo Art Déco. El colmo de la modernidad llegó en 1930, cuando de inauguró la línea aérea Paris-Biarritz-Madrid.

El crac bursátil del 29 puso fin a este último periodo dorado de la ciudad. Los años 30 y 40 supusieron un progresivo decaer para Biarritz y de otras grandes ciudades balnearias. A ello contribuyeron varios factores como la crisis económica, la aprobación de las congés payés (vacaciones pagadas) para la clase trabajadora, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial y, por último, la destrucción de muchas ciudades costeras durante los bombardeos aliados.

La última mitad de siglo fue la época de la masificación, la masificación de las playas y la masificación urbanística, que se llevó por delante el extravagante patrimonio de la stations balnéaires en pro de la construcción de bloques de apartamentos.

Ciertamente el crecimiento de las ciudades de costa fue rápido y espectacular, pero también lo fue su declive.

Las clases altas, por su parte, empezaron a buscar un retorno a la sencillez, a esos pequeños pueblos depescadores que originaron las stations balnéaires. El salto a la fama de Saint-Tropez a finales de los años 50 es buena prueba de ello.



domingo, 5 de agosto de 2018

Los bains de mer II: la Bretaña y la Côte d'argent.

Junto con la Côte Fleurie, otras regiones francesas vivieron importantes transformaciones a partir de mediados de siglo, este fue el caso de la Côte d’Émeraude, una sección de la recortada costa bretona. Al otro lado del estuario del Rance, justo enfrente del encantador puerto amurallado de Saint-Malo (trágicamente bombardeado durante la II Guerra Mundial) se erigen las escarpadas costas y las estrechas calas de Dinard. El aspecto agreste resulta decididamente encantador, en Dinard nunca hubo grandes plazas o playas, al contrario, todo fue sinuoso, repleto de recovecos y de roca.

Aguas color esmeralda y villas de aire inglés en Dinard.

Fue precisamente este romántico escenario y el clima suave los que empezaron a atraer a la vecina aristocracia británica. En 1858, se inauguró el primer servicio de transbordador entre Saint-Malo y Dinard y un año después, se fundó el primer établissement de bains, un edificio de madera bastante rudimentario que ofrecía servicios a los primeros bañistas (y aventureros). Asimismo se empezó a urbanizar la población siguiendo el modelo haussmaniano, que debido a las irregularidades del terreno solo se aplicó en parte. En 1866 se construyó el primer casino, hecho de madera.

El despegue definitivo de Dinard llegó en 1873 cuando el conde Rochaïd Dahdah, de origen libanés, invirtió grandes cantidades de dinero en mejorar calles y carreteras. A partir de entonces aristócratas británicos y franceses empezaron a construir sus señoriales villas encaramadas sobre los acantilados; enormes y robustas construcciones de piedra, con tejados puntiagudos y bow-windows que aportaban a Dinard un aire decididamente inglés.

Mapa del pequeño y rocoso Dinard.

Una de las villa más grandes de Dinard, casi un castillo.
La Villa La Garde fue construida en 1898 para el magnate del coñac Jacques Hennesy.

La afluencia de la bonne societé hizo que Dinard se convirtiera para las élites inglesas en el lugar ideal para encontrar esposa y muchas madres no dudaban en llevar a sus hijas y exhibirlas con sus mejores vestidos (y trajes de baño) en busca de un buen partido. Pero la bonne societé también trajo consigo los últimos ingenios tecnológicos y a finales de siglo Dinard era una de las poblaciones más modernas de Francia: el agua corriente llegó en 1888, el primer hospital se abrió el 1891, el teléfono llegó en 1898 y la electricidad en 1902. ¡Nada mal para una pequeña población de veraneo!

La suerte de Dinard se mantuvo durante los años veinte, entonces la población contaba con 4 casinos, 40 hoteles y más de 300 villas. En 1928 con la construcción del Casino Balnéum de estilo Art Decó, Dinard se dotó con una de las mayores piscinas cubiertas de Francia. Finalmente, la crisis de 1929 puso fin a la gloriosa carrera de la station balnéaire más célebre de la costa bretona.

Para seguir la historia de los bains de mer solo basta recorrer el litoral atlántico hacia el sur.

Primero encontramos La Baule (1879), con su inmensa playa y los también inmensos hoteles y luego Royan en la Côte d'argent.

Royan fue una pequeña población fortificada de la costa, disputada en la Edad Media por ingleses y franceses. Vivió siempre de espaldas al mar, con unos altos muros que la protegían de las tempestades. Pero en 1836, el ayuntamiento decidió abrir una portezuela en la muralla y excavar una escalera en las rocas para que los “bañistas” pudieran llegar a la playa, también se tuvieron que promulgar unas ordenanzas para evitar que los visitantes se bañaran desnudos cerca de las casas de los pescadores. En 1843, se abrió el primer casino, rápidamente frecuentado por la aristocracia bordelesa.

Si Royan fue un importante centro turístico de la región, no fue hasta la llegada del primer tren desde Paris, en 1875, cuando adquirió el prestigio de una station balnéaire. Alrededor del casco antiguo empezaron a crecer amplios barrios de suntuosas villas y en la amplia playa de la Conche aparecieron los hoteles de lujo.

En 1885 abrió el Casino du Foncillon, con una rica decoración neobarroca y frecuentado por escritores como Daudet, Charpentier o Zola. Pero dos años después surgió la propuesta de construir otro casino, se juzgaba que el Foncillon era demasiado conservador y elitista y se propuso edificar un nuevo “casino republicano”.

El Casino du Foncillon (arriba) y el Casino Municipal (abajo) de Royan.

El ayuntamiento contactó con el arquitecto Gaston Redon (hermano del pintor Odilon Redon) y le pidió “no escatimar ni en espacio ni en proporciones”. En nuevo Casino Municipal, inaugurado en 1895, fue pronto considerado el más grande de Francia y su pomposa fachada neobarroca era una de las más elegantes jamás construidas. Su interior contenía restaurantes, salas de juegos, espacios de lectura y una inmensa sala de espectáculos donde actuaría Sara Bernhardt y donde se presentaría el cinematógrafo. Se llegó a decir que “Royan no había creado el casino, sino que el casino había creado Royan”. Lamentablemente, ni los casinos ni la ciudad sobrevivieron a los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.

La playa de la Conche en Royan.
La playa de la Conche en Royan.

Dos afiches publicitarios de Royan (circa 1890), destino promocionado por los ferrocarriles franceses.

Al sur de Burdeos se encuentra Arcachon. Situada en medio de la tranquilidad de los espesos bosques de pinos y las dunas del Bassin (la Bahía), Arcachon siempre tuvo un carácter distinto, más retirado y tranquilo, lejos de las extravagancias de otras ciudades balnearias. Pero sobretodo, siguió conservando una dimensión terapéutica.

En 1857, los hermanos Pereire, dueños del Ferrocarril del Sur, solicitaron a Napoléon III la extensión de la línea férrea hasta la inhóspita zona de Arcachon. Rápidamente, en la costa, surgió la típica station balnéaire con su casino y sus villas a tocar de mar, era la Ville d’Été.

Arcachon aislada entre espesos bosques de pinos.

Sin embargo, en lo alto de la colina al sur de nueva población, los hermanos Pereire decidieron establecer la llamada Ville d’Hiver, un barrio de villas estilo suizo situadas en medio de un frondoso bosque de pinos. En la Ville d’Hiver, el reclamo fue distinto. Los médicos consideraron que el aire de mar mezclado con la fragancia de los pinos y el clima cálido era bueno para la tuberculosis, la station balnéaire  volvía sus orígenes terapéuticos. Cada invierno, centenares de aristócratas y ricos burgueses aquejados de dicha enfermedad se desplazaban a la Ville d’Hiver de Arcachon en busca de quietud y sanación. La elevada presencia de ingleses hizo que hasta se les construyera una iglesia anglicana.

Arcachon, a pesar de su extravagante Casino Mauresque situado en lo alto de la colina, siempre tuvo un carácter más contenido, privado e incluso aislado que otros sitios de villégiature.

El Casino Mauresque en un fotografía antigua y pintado por Oliver Probst.

Fachada trasera del Casino Mauresque.

El interior del casino, exuberante pero no monumental.

Su atmósfera apacible atrajo también a algunas testas coronadas, el zar Alejandro II solía alojarse en el Hôtel de la Fôret y disfrutar de pequeñas escapadas con su esposa secreta la princesa Yuryevskaya; la emperatriz Elisabeth de Austria se alojó en el Grand Hôtel justo después del suicidio de su hijo Rudolph en 1889 y en el mismo hotel se alojó la exiliada reina Ranavalona III de Madagascar en 1901.

Arcachon también fue el lugar de encuentro entre Alfonso XII y su futura esposa la archiduquesa María Cristina de Habsburgo. El soberano tenía pensado viajar a Viena, pero se enteró que los médicos de la archiduquesa le habían recomendado una estancia en Arcachon a finales de agosto de 1879. Alfonso XII, viajando con el nombre de incógnito de “marqués de Covadonga”, llegó a la ciudad el 22 de agosto y se alojó en la Villa Monaco, María Cristina, por su parte, había llegado unos días antes con su madre y se instaló en la Villa Bellegarde.

Mapa de la Ville d'Hiver de Arcachon.
Hay señalados el casino (rojo), la villa de la archiduquesa María Cristina (amarillo) y la villa del Alfonso XII (azul).

Después de las visitas protocolarias, la joven pareja paso una semana paseando por la playa, viendo a los delfines y disfrutando de la hospitalidad de Cécile Pereire, hija de uno de los fundadores de Arcachon que había puesto a su disposición su inmensa propiedad con playa privada. El día 29, los ahora prometidos partieron a La Granja y a Viena.

La Villa Bellegarde, donde residieron María Cristina y su madre.

La Villa Pereire.

Paseo en barca por el Bassin.