lunes, 18 de junio de 2018

El pequeño príncipe y la Inglesa

21 DE ENERO DE 1859

Dícese que al enterarse del nacimiento de su primer nieto, el príncipe Wilhelm, por aquel entonces regente de Prusia, abandonó una reunión en la secretaría de Exteriores y cogió el primer taxi que encontró en la calle rumbo al Kronprizenpalais en el Unter den Linden.

También en Reino Unido la emoción fue grande, era el primer nieto de la reina Victoria y el príncipe Albert y para conmemorarlo un nuevo verso fue añadido temporalmente al himno. Antes de las representaciones teatrales el público solía prorrumpir en aplausos al escucharlo.

La hija mayor de la reina Victoria, también llamada Victoria o Vicky, se había casado en 1858 con el príncipe Friedrich de Prusia, hijo, a su vez, del príncipe Wilhelm, que actuaba como regente de su incapacitado hermano el rey Friedrich Wilhelm IV de Prusia.

El primer hijo de Friedrich y Vicky fue bautizado con los nombres Friedrich Wilhelm Viktor Albert de Hohenzollern, pasaría a la historia como el káiser Wilhelm II de Alemania. Su infancia ha sido frecuentemente definida como oscura, traumática e incluso “gótica” por historiadores que luego han presentado el soberano como una persona desequilibrada e incapaz de gobernar. Veámoslo.

El Kronprinzenpalais (Palacio del Príncipe Heredero) de Berlín y, al fondo, la cúpula del Stadtschloss.

FÓRCEPS

Lo que nunca supieron los súbditos prusianos y británicos fue que el pequeño Wilhelm nació después de un doloroso parto. Su madre pasó horas agónicas mientras los médicos de la corte prusiana debatían con los médicos ingleses enviados por la reina Victoria. El bebé venía de nalgas, pero la cesárea fue juzgada demasiado peligrosa, ya que nadie quería arriesgarse a matar la hija de la soberana inglesa. Finalmente, ante lo desesperado de la situación, el médico alemán optó por usar unos fórceps. El futuro príncipe nació más muerto que vivo y los médicos lo frotaron con tanta energía para reanimarlo, que dañaron el nervio de su brazo izquierdo.

No fue hasta más tarde que sus padres y nodrizas se dieron cuenta que el joven príncipe Wilhelm no usaba su brazo izquierdo, que, además, parecía ligeramente más corto. Los médicos confirmaron que dicho brazo estaba fatalmente atrofiado.

La noticia no tardó en extenderse por la corte prusiana. “Un príncipe manco no puede ser rey”, no tardó en oírse en los corrillos.

Una jovencísima Vicky y su recién nacido en 1859.
© Royal Collection.

Hasta los seis años, el infante fue sometido a toda clase de tratamientos para intentar corregir su parálisis: se le hacía pasar horas atado a máquinas que presionaban su espina dorsal, a liebres recién degolladas para revivificar sus nervios y pasaba largos ratos sometido a electromagnetismo y electroterapia.

Con el tiempo sus padres se dieron cuenta que el mejor tratamiento era enseñar al niño a vivir con esa discapacidad. Wilhelm aprendió a montar a caballo, a disparar y a nadar a la perfección. Aunque años más tarde, con cierto rencor, recordaría como, mientras él lloraba a mares, su madre le obligaba a subir una y otra vez sobre el pony cuando se caía.

Wilhelm aprendió a vivir con su brazo atrofiado: sus uniformes siempre tenían una manga más corta y los bolsillos más altos, en sus apariciones públicas solía llevan capa y en la mesa siempre había un valet preparado para cortarle la carne. Por otro lado, acabó desarrollando una sorprendente fuerza en su mano atrofiada y no se abstenía de demostrárselo a quien le daba la mano.

Abrigo de "coronel honorario" perteneciente a Wilhelm II.
© Imperial War Museum.

No obstante, el futuro káiser conservaría a lo largo de su vida una autoestima frágil, una sensación de no estar a la altura del cargo de emperador alemán, rey de Prusia y jefe supremo del ejército. Su risa estruendosa, sus poses teatrales, sus discursos encendidos y su cierta megalomanía eran una forma de elevarse por encima de los demás para ocultar su fragilidad. Sin embargo, con frecuencia esta pose se resquebrajaba fácilmente ante las críticas, Wilhelm se sumía entonces en profundos periodos depresivos. A lo largo de su vida y su reinado, la alternancia de periodos eufóricos e hiperactivos y de fases depresivas fue constante.

Aparte de su autoestima, la relación de Wilhelm con su madre también se vio un poco resentida. Vicky, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente, con una tensión constante por intentar mejorar su estado de salud. El joven Wilhelm, sin embargo, no entendía porque cada vez que estaba con él, su madre parecía atacada de los nervios, llegando a pensar que su madre lo rechazaba. Con los años, la relación entre madre e hijo fue tornándose en desconfianza mutua.

Todo lo contrario ocurría con su padre Friedrich, que solía acompañar a su hijo Wilhelm a los tratamientos médicos y siempre se mostraba paciente y afectuoso con su hijo. Padre e hijo pasaban largos ratos leyendo y nadando. Friedrich le gustaba, además, explicar sus experiencias en la Guerra Franco-prusiana. Wilhelm lo escuchaba fascinado, aunque años más tarde afirmaría que “nunca he tenido ambiciones guerreras. En mi juventud mi padre me explicaba lo terribles que fueron los campos de batalla de 1870 y 1871. No siento ninguna inclinación en traer tal miseria, a tal gran escala, al pueblo alemán y a la humanidad”.

HINZPETER

Para educar al príncipe Wilhelm y más tarde a su hermano Heinrich, sus padres escogieron a un reputado y austero calvinista llamado Georg Ernst Hinzpeter. Era la primera vez que un príncipe prusiano era educado por un civil y no por un militar y aunque Hinzpeter era tosco y parco, Vicky y Friedrich confiaban en que enseñaría a sus hijos las virtudes civiles y burguesas.

Wilhelm con seis años y Heinrich con tres.
© Royal Collection.

Hinzpeter era un educador de métodos severos y a veces brutales, que hacía estudiar a sus alumnos desde el amanecer hasta el atardecer (es decir, desde la seis de la mañana hasta las seis de la tarde). Sin embargo, le enseñó a Wilhelm mucho más de lo que habría sido habitual en la corte prusiana. Una vez por semana, Wilhelm y su hermano pasaban un día en una fábrica, aprendiendo los procesos de fabricación y teniendo ellos mismo que mezclarse con los trabajadores y presentar, al final del día, algo que hubieran hecho. De estas visitas, Wilhelm extraería una pasión por la tecnología y los avances científicos que duraría toda su vida.

El tutor también llevada a los niños a viajes de aprendizaje más lejanos y largos, como Cannes, las Islas Frisias o la costa belga. De ahí saldría seguramente el interés del futuro káiser por la navegación y los viajes.

Las extenuantes sesiones de estudio programadas por Hinzpeter, sin embargo, solo se aplicaban a Wilhelm parcialmente, ya que el niño seguía pasando largas horas en tratamientos médicos. Su propia madre, intelectualmente brillante, se quejaba de que Wilhelm parecía “retrasado” a causa de su ausencia a las lecciones. Aparte de su tara física ahora se añadía su bajo intelecto. Para Vicky, Wilhelm jamás se parecería ni a ella ni a su igualmente brillante padre, el príncipe Albert.

Cuando el príncipe le escribía cartas a su madre, ésta las respondía con párrafos enteros de correcciones, como por ejemplo sobre cuál era la expresión afectuosa más adecuada para dirigirse a ella en las cartas.

No obstante, a pesar de las quejas de su madre, Wilhelm heredó su privilegiado intelecto, tenía una gran memoria, le interesaban gran variedad de temas y solía hacer preguntas inteligentes y perspicaces cuando visitaba una factoría. Sus notas fueron siempre excelentes en historia, literatura, religión y lengua.

El problema de Wilhelm era seguramente su falta de concentración, pasaba rápidamente de un tema al otro, sin conexión entre ambos. Ya siendo emperador, propuso fundar una Nueva Alemania en la jungla de Brasil, convertir Mesopotamia en colonia alemana (a pesar de que era inglesa) o fundar una corporación petrolera pan-europea a modo de la Starndart-Oil americana. Los largos memorándums que enviaba a sus ministros y a sus parientes con frecuencia pasaban al olvido cuando a Wilhelm se le ocurría otra idea.

A pesar de su tendencia a no escuchar las opiniones de los demás y de su frágil autoestima, podemos afirmar que Wilhelm aprendió dos grandes lecciones de su tutor: que debía pensar por sí solo, cosa que explica la ausencia de camarillas durante su reinado, y que podía vivir como una persona normal a pesar de su discapacidad.

POSTDAM

Las enseñanzas de Hinzpeter fueron completadas con estudios de secundaria en el gymnasium de Kassel y, tras ellas, Wilhelm realizó una licenciatura de derecho en la universidad de Bonn y Heinrich ingresó en la Marina.

Wilhelm y Heinrich en 1886.

Era la primera vez que los Hohenzollern iban y eran educados junto con otros jóvenes de su edad, cosa que causó un considerable malestar en la corte prusiana. Sin embargo, la princesa Vicky y el príncipe Friedrich se habían empeñado en que sus hijos no tuvieran la tradicional educación militar y ultra-conservadora de los príncipes prusianos.

Tras graduarse en Bonn en 1879, Wilhelm ingresó en el 1er Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, radicado en Potsdam. Vicky se quejaría más tarde que su hijo se volvió brusco y arrogante entonces, Wilhelm, por su parte “que había encontrado su familia y su amigos”.

Sin embargo, puede afirmarse, que Wilhelm no fue producto de la típica educación castrense prusiana, al contrario. Tuvo, y sus padres de esforzaron en ello, una educación eminentemente civil. La pasión futura de Wilhlem por el ejército y sus uniformes puede considerarse más como una afición, jamás adquirió ni la disciplina, ni la austeridad, ni el belicismo del ejército prusiano.

LA INGLESA

El príncipe Albert siempre consideró, y con razón, que su hija mayor Vicky era la más inteligente de sus vástagos. La propia Vicky también fue consciente desde pequeña de su intelecto brillante. Sin embargo, no podía disimular una cierta arrogancia ante la gente que no estaba a su altura o que discrepaba con ella.

Ya instalada en Prusia después de su boda con el príncipe Friedrich, la joven e impulsiva princesa (solo tenía 17 años) no se cortaba en afirmar la superioridad de todo lo inglés frente a lo prusiano, considerando además que el país adolecía de una falta de evolución comparado con Reino Unido. Siguiendo las enseñanzas de su padre, el príncipe Albert, la princesa consideraba que Prusia debía transformarse en una democracia más liberal, cuyo modelo era, obviamente, Inglaterra.

Vicky, además, se metió de lleno en una “guerra fría” que había de dominado la corte prusiana desde principios del siglo, aquella que enfrentaba a un “partido pro-ruso” y conservador con otro “partido anti-ruso” y pro-ingles de corte más liberal. La princesa pronto recibió el sobrenombre de “La Inglesa” por parte de sus detractores.

Friedrich y Vicky junto con sus dos hijos mayor Wilhelm y Heinrich (Winterhalter 1862).

Al contrario que su madre, Friedrich era un hombre con un carácter pausado y afable y de naturaleza silenciosa. Aunque menos impetuoso que su esposa, el príncipe también hacía gala de sus claras tendencias liberales y anglófilas, y, con el tiempo, no tardó en rumorearse entre la corte que se encontraba “dominado” por su mujer.

Los príncipes herederos y su familia, circa 1865.
© Royal Collection.

Pocos años después del nacimiento de Wilhelm, ascendió al trono de Prusia su abuelo Wilhelm I (1861) y Otto von Bismarck se convirtió en canciller (1862). Ambos eran claros partidarios de una tendencia más “pro-rusa” y Friedrich y Vicky poco a poco se vieron excluidos de los círculos de influencia.

El aislamiento de los ahora príncipes herederos se hizo todavía más hiriente cuando su hijo Wilhelm fue desarrollando a partir de la adolescencia una personalidad y unos intereses diametralmente opuestos a los de sus padres, todo ello espoleado por la influencia de su abuelo, el (desde 1871) káiser Wilhelm I, y del canciller Bismarck.

La distancia entre madre e hijo se acrecentó. Vicky consideraba que su hijo lo hacía todo para fastidiarla y provocarla, y Wilhelm creía que su madre nunca le había querido.

En las frecuentes peleas familiares, la reina Victoria tenía que hacer siempre de mediadora, optando usualmente por secundar a su nieto mayor y apaciguar a su hija.

DONA

Mientras estudiaba en Bonn, el príncipe Wilhelm se enamoró perdidamente de su prima la princesa Ella de Hesse-Darmstadt y hasta llegó a escribirle poemas de amor. Pero Ella, bella y sofisticada, le rechazó como a un patito feo. La autoestima de Wilhelm tocó fondo.

Al mismo tiempo, su madre Vicky empezó a proyectar la boda de su hijo, con la esperanza que una esposa adecuada ayudara a recoser la distancia entre ambos. La escogida fue la princesa Auguste Viktoria de Schleswig-Holstein, hija del (solo formalmente) duque soberano de Schleswig-Holstein.

Auguste Viktoria, o Dona, como se la llamaría afectuosamente, no era precisamente una princesa con un linaje rutilante. Su padre, el duque Friedrich VIII de Schleswig-Holstein, era un empobrecido miembro de una rama secundaria de la Casa Real Danesa y su única hazaña había sido declarar, en 1863, la independencia de los ducados de Schleswig-Holstein de Dinamarca para luego entregarlos a las tropas austro-prusianas. Desde entonces había vivido en el más absoluto de los olvidos.

Peor era que la abuela paterna de Dona hubiera sido una simple condesa, aunque esto se compensaba con su abuela materna, la princesa Feodora de Leiningen, medio hermana de la reina Victoria.

La princesa Auguste Viktoria retratada por Von Angeli en 1880.

Vicky pensó que una princesa humilde sería capaz de controlar los delirios de grandeza de su hijo. También esperaba poder ejercer una mayor influencia sobre su vástago a través de su nuera, que, por supuesto, le estaría eternamente agradecida por haberla escogido. Sin embargo, tarde se dio cuenta que en realidad Dona era una ferviente protestante, conservadora y no precisamente anglófila. Carecía además del carácter de Alix de Hesse, del glamour de Alexandra de Gales o del magnetismo de Elisabeth de Austria, Dona siempre fue una mujer corriente, que nunca escondió que sus grandes intereses eran esencialmente la religión y la familia y que no tenía inquietudes políticas ni intelectuales. Su aspecto de hausfrau (ama de casa) la hizo ser muy querida entre la clase media alemana.

Muy al contrario de lo que esperaba Vicky, la boda en 1881 con Dona no sirvió para propiciar un acercamiento madre-hijo, porque Dona nunca quiso cuestionar ni interesarse por las posiciones políticas de su marido.

Su matrimonio con Wilhelm fue un matrimonio sin fisuras, Dona siempre le estuvo eternamente agradecida a Wilhelm por haberse casado con ella, una princesa con poco brillo y linaje. A la inversa, Wilhelm también le agradeció que se hubiera casado con un tullido como él.

Wilhelm y Dona, circa 1880-1881.

PRÁCTICAS

El inicio de la década de los 80 también coincidió con el progresivo acercamiento entre Wilhelm y su abuelo el emperador Wilhelm I, todo ello propiciado por Bismarck, deseoso de evitar que el príncipe pudiera acabar bajo la influencia de Vicky. El canciller empezó a encargar tareas de representación al príncipe Wilhelm, al tiempo que sus padres Friedrich y Vicky eran mantenidos apartados de la política. A todo ello se unían las siempre abiertas críticas de Vicky al gobierno y, por el contrario, las también públicas muestras de apoyo que su hijo daba al mismo gobierno.

Cuatro generaciones: el káiser Wilhelm I, su hijo el príncipe heredero Friedrich, su nieto el príncipe Wilhelm y su bisnieto el príncipe Friedrich Wilhelm (hijo del anterior).

Si la relación entre madre e hijo no era muy buena, la que había entre padre e hijo parecía haber solventado los obstáculos, hasta que Wilhelm empezó las "prácticas" en el negocio familiar.

En 1884, Bismarck y el káiser escogieron a Wilhelm para realizar una visita oficial al zar Aleksandr III de Rusia. Su padre Friedrich se sintió, con razón, deliberadamente excluido, pero Bismarck y Wilhelm arguyeron que sus claras posiciones anti-rusas podrían afectar el buen desarrollo del viaje.

Wilhelm hacia 1885.
© Royal Collection. 

La visita fue un triunfo y Wilhelm siguió actuando durante los siguientes años como interlocutor directo con el zar, cosa que provocó una creciente tensión con su padre, al considerar que su hijo estaba usurpando una de las funciones más sagradas de un futuro emperador, el trato con otros soberanos.

La exitosa visita a la corte rusa también conllevó que Wilhelm ingenuamente creyera a lo largo de todo su reinado, que la “diplomacia dinástica” podía solucionar cualquier problema entre estados.

Cuatro generaciones: la emperatriz Augusta y el káiser Wilhelm I, el príncipe Heinrich y su prometida Irene de Hesse dándole la mano, detrás Friedrich y Vicky y, en el extremo derecho, Wilhelm, Dona y sus hijos.

JUBILEO

El príncipe Friedrich siempre había sido un hombre propenso a los resfriados y problemas de garganta, pero en mayo de 1887, tras un largo catarro y afonía, los médicos de la corte diagnosticaron un cáncer de laringe. Se consideró que la mejor opción sería realizar, pese a los riesgos que podía conllevar, una laringotomía. La princesa Vicky buscó una segunda opinión de médicos británicos y, tras una biopsia, el doctor Morell Mackenzie determinó que el tumor era benigno y que lo que necesitaba en príncipe heredero era un cambio de aires.

A pesar del optimista diagnostico de Mackenzie, el anuncio oficial de que el príncipe estaba enfermo (sin decir de qué) causó, entre los alemanes, serias dudas sobre su capacidad para ascender al trono imperial en un futuro no muy lejano. Con cierta falta de tacto, Wilhelm se ofreció entonces a substituir a su padre como representante del káiser en el Jubileo de la Reina Victoria en junio de ese mismo año. Vicky montó en cólera e incluso la reina Victoria amenazó con no invitar a su nieto al evento.

Aunque Wilhelm había sido imprudente con este ofrecimiento, seguramente pensara que el extenuante viaje y el aire no muy limpio de Londres poco harían para mejorar la salud de su padre. Vicky, sin embargo, creyó firmemente que su hijo había querido aprovechar la enfermedad de su padre para usurpar sus funciones. Esta obsesión la perseguiría constantemente a lo largo de los siguientes meses.

La aparición del príncipe heredero Friedrich en el jubileo, vestido con el uniforme blanco y la reluciente coraza del regimiento de los Coraceros de la Guardia Imperial fue un auténtico éxito y la prensa británica se deshizo en elogios hacia yerno de la reina Victoria.

VILLA ZIRIO

De vuelta a Berlín, el doctor Mackenzie, que por entonces se había convertido en confidente de Vicky, siguió recomendando un cambio de aires. Friedrich y Vicky pasaron el verano primero en la isla de Wight y luego con la reina Victoria en Balmoral, Escocia. En otoño se trasladaron al Tirol con sus tres hijas más jóvenes (y próximas) y en noviembre se instalaron en San Remo, donde alquilaron una casa llamada Villa Zirio.

La Villa Zirio en San Remo, Italia.
Tras meses de tratamiento, Mackenzie tuvo que reconocer que el tumor era maligno y además, que ahora ya era seguramente inoperable. Con angustia y frustración, Vicky empezó a vislumbrar como el ansiado momento de ascender al trono y vengarse de Bismarck y del “partido ruso” podía no llegar jamás. Cuidando de su marido, que ya había perdido la capacidad de hablar, Vicky pasó varios meses enclaustrada en la Villa Zirio de San Remo.

En noviembre, el príncipe Wilhelm viajó a San Remo para visitar a su padre. También tenía instrucciones expresas de su abuelo, el káiser, de averiguar el estado de salud exacto de Friedrich. Nada más llegar, Wilhelm reunió a los médicos que lo atendían para que le informaran de cómo estaba y quedó devastado por el diagnóstico. Su madre, Vicky, se enfureció al saber que su hijo había hablado con los médicos a sus espaldas y prohibió que padre e hijo pudieran verse a solas, para disgusto de Wilhelm, que veía como a diario periodistas extranjeros eran recibidos en audiencia por el enfermo. Las cartas que el hijo enviaba al padre eran también con frecuencia interceptadas por Vicky.

En medio de todo este ambiente de paranoia y suspicacia, no es de extrañar, que a lo largo de estos meses de enfermedad, a parte de la salud de Friedrich, también hubiera otra cosa en constante deterioro: la relación con su hijo. Si el trato entre padre e hijo ya había vivido su primer encontronazo a raíz del viaje a Rusia años antes, ahora, tras meses de encierro en Villa Zirio, Friedrich veía con disgusto y desconfianza las constantes, y lógicas, opiniones de Wilhelm sobre cuál sería el mejor tratamiento a seguir.

Impotente en San Remo, Wilhelm volvió a Berlín e informó a su abuelo el emperador sobre el estado de salud de su padre. El boletín oficial de la corte finalmente publicó que el príncipe heredero Friedrich padecía un cáncer incurable. Todo el mundo se empezó a preguntar si el príncipe llegaría a suceder a su anciano padre el emperador.

Friedrich, su familia y su séquito en la Villa Zirio. Vicky aparece a la derecha de Friedrich, en la escaleras están sus hijas favoritas: Viktoria "Moretta", Sophia "Sossy" y Margarethe "Mossy". Arriba de la escalera está Heinrich vestido claro. Nótese la ausencia de Wilhelm.
© Royal Collection. 

También Wilhelm I, consternado y preocupado, empezó a entender que sería mejor preparar a su nieto para el gobierno nombrándolo Stellvertreter des Kaisers (Suplente del Emperador). Para Vicky, ésta fue la prueba definitiva que mostraba la mala fe de su hijo y sus ansias de poder. Tampoco la prensa alemana contribuía al entendimiento, llegando a publicar la falsa noticia que Wilhelm había obligado a su padre a renunciar al trono antes de volver a la capital.

Recluida en Villa Zirio y siguiendo los consejos de Mackenzie y otros confidentes, Vicky era incapaz de ver la gravedad de la situación y seguía creyendo que su marido podía recuperarse y llegar a ser emperador. Fue la propia reina Victoria la que tuvo que advertir a su hija sobre su obcecación y recomendarle que escuchara otras opiniones además de la de Mackenzie.

Finalmente, siguiendo los consejos de su madre, Vicky permitió que los médicos de la corte realizaran una traqueotomía a su marido, a causa de la cual perdió la facultad de hablar. Los médicos arguyeron que la operación le daría varios meses de vida a Friedrich, pero que difícilmente viviría más de un año.

A principios de marzo de 1888, mientras se recuperaba de la operación, llegó un telegrama urgente desde Berlín, el káiser se encontraba gravemente enfermo. Friedrich y Vicky se prepararon para partir de inmediato, pero la mañana del 9 de marzo, otro telegrama anunció que Wilhelm I había fallecido.

El cortejo fúnebre del emperador Wilhelm I saliendo de la catedral de Berlín (detrás).

MENTIRAS

Friedrich acababa de ascender al trono como Friedrich III, segundo emperador de la Alemania unificada. El tren imperial cruzó Europa a toda prisa para llegar a Berlín lo antes posible pues, según Vicky, su ausencia de la capital era un riesgo. Con las prisas, el nuevo emperador cometió algún desliz, como, por ejemplo, pasar de largo Múnich mientras toda la familia real bávara le esperaba en la estación para felicitarle por su ascensión.

Cuando el tren imperial llegó a Berlín, la mañana del 11 de marzo, la nueva pareja imperial fue recibida por los miembros más allegados de la familia, pero el aparente servilismo y simpatía entre Wilhelm y sus padres era solo un ejemplo de lo gélida que era su relación.

El emperador Friedrich III de Alemania.

La nueva pareja imperial decidió instalarse en Charlottenburg, lejos del bullicio y de las miradas indiscretas. Allí, Wilhelm visitó a su madre para preguntarle porque en los últimos meses se había mostrado tan fría y furiosa. Su madre respondió que Wilhelm había hecho todo lo posible por usurpar el poder a su padre y por obligarle a renunciar al trono. Wilhelm se defendió afirmando que no era cierto, que su madre había malinterpretado sus intenciones a lo que ella respondió eso era otra mentira pero que “qué más da una mentira más o una menos, cuando alguien es capaz de llevar su ingratitud tan lejos”.

A medida que pasaban los días y el nuevo emperador tenía que hacer frente a los distintos compromisos oficiales, crecía la indignación al ver como Vicky y Mackenzie habían maquillado su verdadero estado de salud. A sus 57 años, Friedrich III, que siempre había sido alto y robusto, era ahora como un hombre cansado y profundamente envejecido. Peor aún, era incapaz de pronunciar una sola palabra, algo indispensable para un soberano. La propia Vicky fue poco a poco dándose cuenta de la grave situación de su marido y de lo poco que duraría su reinado “somos sombras pasajeras que esperan a ser substituidas por otra realidad en forma de Wilhelm”.

LA MUERTE DE UN EMPERADOR

El ansiado y temido cambio de gobierno que debía producirse si Vicky y Friedrich llegaban al trono jamás llegó a producirse, él estaba demasiado débil y ella demasiado aislada. Su único caballo de batalla fue intentar concretar (por segunda vez) la boda entre su hija Moretta con el príncipe Alexander de Battenberg, persona non grata para los rusos después de haber sido brevemente príncipe de Bulgaria. A pesar del énfasis que los nuevos emperadores pusieron en el asunto, tanto Bismarck como la propia reina Victoria lo desaconsejaron, y la boda no llegó a celebrarse. Si que se produjo, no obstante, la boda, el 24 de mayo, entre su hijo Heinrich y la princesa Irene de Hesse. Fue la última festividad a la que asistió el emperador.

Boda entre el príncipe Heinrich y la princesa Irene de Hesse en el castillo de Charlottenburg.
Vicky y Friedrich aparecen sentados a la izquierda, Wilhelm y Dona de pie a la derecha.

En abril, Friedrich III estaba tan débil que ya no podía ni andar. Pidió ser trasladado al Neues Palais de Potsdam, en donde había pasado casi todos los veranos con su familia desde el nacimiento de Wilhelm.

Friedrich III, segundo emperador de Alemania, murió a las once y media de la mañana del 15 de junio de 1888. Había reinado solo 99 días.

La cámara mortuoria de Friedrich III en el Neues Palais de Potsdam.
© Frank Burchert.

SIN TECHO

La situación vivida tras la muerte de Friedrich III fue uno de los momentos más agrios de la relación entre Wilhelm y su madre Vicky.

Nada más ascender al trono, el ahora Wilhelm II, ordenó que un regimiento de la guardia rodeara el Neues Palais e impidiera a todo el mundo salir o entrar. Asimismo dio instrucciones para que se buscaran documentos secretos y comprometedores en los aposentos de sus padres.

Vicky, que acababa de perder a su marido, vivió esos instantes como una auténtica agresión, y nunca se cansaría de recordar lo insensible que fue su hijo. Wilhelm por su parte dijo que tal acción estuvo motivada por los rumores que corrían que Vicky había o tenía la intención de enviar documentos ultra-secretos a Reino Unido.

Tras una hora de encierro y registro, los soldados se retiraron y la emperatriz viuda pudo velar a su marido en calma. No se encontraron papeles comprometedores en el palacio. Sin embargo, semanas después, la reina Victoria devolvió a Berlín unas cajas selladas que Vicky le había enviado y que habían estado meses guardadas en Windsor. Nunca se supo exactamente que contenían.

La segunda confrontación entre madre e hijo vino cuando los médicos de la corte solicitaron hacer una autopsia el difunto emperador. Wilhelm dudó, ya que su padre se había mostrado en contra de ello en su testamento. No obstante, los médicos arguyeron al haber muerto el emperador después de una larga enfermedad y con varios tratamientos médicos, era necesario practicar una autopsia. Wilhelm accedió. Nuevamente su madre lo consideró una afrenta.

En octubre, Wilhelm II le sugirió a su madre que abandonara el Neues Palais, que debía convertirse en la nueva residencia del emperador en Potsdam. Como contrapartida, el nuevo emperador le ofreció a su madre la posibilidad de escoger entre otros cinco palacios, entre ellos el coqueto Sanssouci. Vicky escribió a sus familiares que su hijo la había echado de casa y que ahora era una “sin techo”. Años después, Vicky se construiría un monumental castillo cerca de Frankfurt, lejos de su hijo.

Lejos de Berlín pero no fuera de Alemania.
El monumental retiro de Vicky, el castillo de Friedrichshof (literalmente "El castillo de Friedrich").

El castillo también incluía su propio memorial al difunto emperador.


TIMONEL

Una de las primeras decisiones políticas del nuevo káiser Wilhelm II fue la destitución del hombre que había guiado Alemania antes, durante y después de su unificación: Bismarck.

El conflicto entre el emperador y su canciller vino a causa de la huelga de trabajadores en el Ruhr a finales de 1889. Bismarck aspiraba a dejar que las cosas se caldearan lo suficiente para, así, poder aprobar sin ningún problema en el Reichstag nuevas y duras leyes anti-socialistas. Wilhelm II, sin embargo, aspiraba a llegar a un acuerdo con los huelguistas e utilizó toda su influencia para forzar al Estado a que atendiera las demandas de los trabajadores de mayores sueldos y límite de horas.

El emperador Wilhelm II y el canciller Bismarck en la residencia de este último, Friedrichsruh. Circa 1888.

A lo largo de varias semanas se produjo un tira y afloja entre ambos. En el fondo, más allá de los deseos de Wilhelm II de ejercer personalmente el poder que le confería la Constitución (algo que a su abuelo nunca le había interesado) el conflicto también venía dado por la forma de ejercer la política de ambos. Bismarck era de la vieja escuela, para él la política eran largas negociaciones, burocracia y un constante y hábil maquiavelismo. Wilhelm, por su parte, era un hombre de su tiempo, preocupado por la popularidad y por los gestos, y más dado a una política grandilocuente a base grandes soluciones para problemas concretos.

Solo tardíamente el anciano canciller se dio cuenta que su puesto dependía enteramente (según la Constitución) del favor del emperador. En un vano intento por asegurar su cargo, Bismarck visitó a su archi-enemiga, la emperatriz viuda Vicky, para pedirle que intercediera por él ante el emperador. Ésta se limitó a decir que gracias a sus intrigas ella había perdido toda influencia sobre su hijo. No sería del todo cierto, pues a lo largo de la infancia y juventud de Wilhelm, tanto Bismarck como Vicky demostraron ser igual de intrigantes y obcecados.

Después de una acalorada discusión sobre los poderes y las competencias del canciller, Bismarck presentó su dimisión el 18 de marzo de 1890. Empezaba entonces aquellos que algunos historiadores llamarían, quizás exageradamente, “el reinado personal” de Wilhelm II.

INFANCIA

En sus memorias, más allá de los terribles y estrafalarios tratamientos médicos, Wilhelm recordaba con nostalgia varios momentos felices de su infancia, como cuando él y sus hermanos pasaban las tardes jugando y leyendo con su madre en el salón-puente de su palacio, mientras veían los transeúntes pasar por debajo. O los momentos pasados con su padre, ojeando los libros de historia y sus ilustraciones, paseando por los jardines o remando en los lagos de Potsdam.

Friedrich y Vicky con sus hijos, en 1874.
© Royal Collection. 

No puede decirse, por lo tanto, que la infancia de Wilhelm fuera dramática, gótica u oscura. Estuvo plagada de momentos tristes, eso sí, seguramente como la infancia de cualquier persona que sufre una discapacidad. Ya de joven y adulto, fueron la política y las intrigas cortesanas las que intoxicaron la relación entre Wilhelm y sus padres, nada que no ocurriera con frecuencia con muchas otras familias reinantes a lo largo de los siglos.

Con asiduidad se dice que Wilhelm fue una “criatura de Bismarck”, pero se ignora que muchas de sus virtudes, como su inteligencia, su buena memoria, su fascinación por la tecnología, su capacidad para conectar con la gente humilde o su afición por los viajes y la arqueología fueron consecuencia de la educación recibida durante su infancia y supervisada por sus padres.

A lo largo de su vida, Vicky escribió innumerables cartas, publicadas más tarde, quejándose de su hijo, de su actitud y del trato que recibía ella. Con el tiempo, el contenido de dichas cartas pasó de ser una opinión subjetiva a una verdad indiscutible. Pocos historiadores cuestionaron la veracidad de aquello que Vicky escribía, construyéndose, por lo tanto, una monstruosa imagen de su hijo que sería extremadamente útil en la propaganda anti-alemana durante la Primera Guerra Mundial.

Vicky se quejó amargamente del carácter de su hijo, de su arrogancia, de su ambición, de su incapacidad para escuchar a los demás, de su ímpetu, etc, pero estos fueron defectos que también la definían a ella. Finalmente, en muchos aspectos, su hijo se le parecía más de lo que jamás reconoció.

jueves, 19 de abril de 2018

Habitar el Palacio Real II/2 - María Luisa de Parma

EL CUARTO DE LA REINA

Las estancias de la reina María Luisa de Parma se situaban en el lado este (o levante) del palacio, por ello debían gozar de unas notables vistas sobre Madrid y sobre la antigua Casa del Tesoro y el Huerto de la Priora de época de los Austrias. Al contrario que el Cuarto del Rey, el de la reina se caracterizaba, ante todo, por sus decoraciones fijas, es decir, bajorrelieves, paneles estucados y boiseries.

María Luisa de Parma retratada por Goya hacia 1800.


Planta del Palacio Real bajo Carlos IV. En azul el Cuarto del Rey, en naranja la Biblioteca del Rey, en rosa el Cuarto de la Reina y en amarillo el Cuarto de los Príncipes de Asturias.

20- ESCALERA DEL PRÍNCIPE

Dicha escalera ya fue concebida por Sachetti como acceso principal e independiente al Cuarto de los Príncipes, de ahí que guardara el nombre. Aunque relativamente austera y pequeña comparada con la gran Escalera Principal, la Escalera del Príncipe se caracterizaba por su elaborada disposición de las rampas.

21- SALA DE GUARDIAS DE LA REINA

En la primera estancia del Cuarto de la Reina, poco podemos destacar de la decoración original.

22- ANTECÁMARA DE LA REINA O SALA DE LAS DAMAS

En esta estancia podemos ver como el tradicional esquema de antesala-sala-saleta-antecámara-cámara-gabinetes se va trastocando, en función de las necesidades del espacio y de los caprichos del comitente. El techo estaba decorado con un fresco de Maella representando El Tiempo descubriendo la Virtud y con cuatro medallones de las Estaciones del Año, todo rodeado de estucos rococó y datado del reinado de Carlos III.

En esta estancia estaban las camaristas (damas de cámara) de la reina que introducían, o filtraban, a los visitantes a los aposentos de la soberana.

Antecámara de la Reina (actual Sala de los Stradivarius).
© Patrimonio Nacional.

23- CÁMARA DE LA REINA O SALA DE BESAMANOS

Una vez más, vemos como esta estancia tiene funciones a priori antagónicas, sala y cámara, pero que demuestran el lento relajamiento del estricto ceremonial cortesano borgoñón. Antonio González Velázquez pintó la bóveda con Apolo y Minerva premiando los talentos y los cuatro frontones semicirculares y Sabatini se encargó de realizar los elaborados y monumentales estucos, todo ello en 1763.

Sin embargo, la cámara fue la primera pieza en ser completamente redecorada bajo María Luisa, alrededor de 1790-92. Manuel Muñoz de Ugena diseñó los nuevos trumeaux y chimenea estilo Louis XVI, además del mobiliario, que incluía consolas, la pantalla de la chimenea y un elaborado dosel con trono incluido para los besamanos de la soberana. Como nota sorprendente, toda la decoración textil y las tapicerías eran de color verde manzana.

Cámara de la Reina (actual Saleta de la reina María Cristina)
© Patrimonio Nacional.

Trono y dosel de la Reina para la Sala del Besamanos (1790-92), de Manuel Muñoz de Ugena.

Que esta sala, la del besamanos, se encuentre en un espacio relativamente pequeño y alejado del núcleo de habitaciones regias parece indicar que, a pesar de su suntuosidad, se trataba de un lugar más simbólico que práctico, un poco como la Presence Chamber inglesa, donde el trono meramente simbolizaba el soberano y su presencia ausente.

24- ORATORIO DE LA REINA

La pequeña pieza anexa presentaba una Virgen amamantando al Niño Jesús junto a San José de Andrea Vaccaro.

25- PIEZA DE COMER DE LA REINA

Era la estancia más grande del Cuarto de la Reina y la que recibió una decoración más monumental. Bajo el reinado de Carlos III, Francisco Bayeu pintó su mejor fresco en el Palacio Real: La Caída de los Gigantes. También a él se deben los cuatro medallones y los roleos de la parte superior de la cornisa. Como en la pieza precedente, a excepción del techo, todo lo demás fue redecorado por orden de María Luisa en 1790-91. Francesco Sabatini se encargó de diseñar los trumeaux y sobrepuertas con elaborados medallones y cariátides sobre los seis espejos, las seis puertas y las tres ventanas. Sabatini también diseñó las consolas y las rinconeras.

Pieza de Comer de la Reina (actual Comedor de Diario).
© Patrimonio Nacional.

Elaborados mármoles y estucos en la Pieza de Comer.
© María Luisa Tárraga Baldó / 2016 / Centre de recherche du château de Versailles.
En su origen, esta sala estaba pensaba para servir al besamanos, pero esta función se trasladó a la estancia precedente y entonces se la renombró “Pieza de comer”. Sin embargo, María Luisa nunca comía en público dado que llevaba una dentadura postiza. Lo más probable es que esta sala, dado su tamaño, sirviera para los bailes íntimos de la corte, a imitación de las redoutes que organizaba la reina Marie-Antoinette. María Luisa era particularmente amante de estas diversiones, que se celebraban por la tarde, cuando el rey estaba de caza y cuando la reina no iba a los toros.

26- TOCADOR DE LA REINA

La sala completa el trío de salas más lujosas del Cuarto de la Reina. De la decoración original solo queda, una vez más, el techo de Bayeu representando La apoteosis de Hércules y los frisos y medallones que lo rodean, con alegorías de La Pintura, La Filosofía, La Poesía y La Música. Para esta misma estancia, Mengs pintó cuatro exquisitos sobrepuertas con los cuatro momentos del día, retirados más tarde.

Las Cuatro Horas del Día (1769) según Mengs.
El Amacer representado por la diosa Aurora, el Mediodia por Helios o Apolo, el Atardecer por Héspero y la Noche por Diana.
© Patrimonio Nacional.

Toda la estancia fue completamente redecorada de 1793 a 1798, constituyendo una de las piezas que más tardíamente se reformó y en la que más tiempo se invirtió. Sabatini concibió la elaboradísima decoración clásica de las paredes, curiosamente de color azul. Los estucos fueron ejecutados por los hermanos Brilli, que también trabajaron estucando los gabinetes de Carlos IV. La estancia tenía, sin embargo, un aspecto bastante distinto, menos evanescente, ya que solo había cuatro grandes espejos situados en el centro de las paredes. Las puertas no tenían espejos y en los ángulos de la sala habían unos tapices de guirnaldas de flores sobre fondo beige diseñados por Dugourc. Justo frente a las ventanas se situaba la mesa del tocador de la reina, con todo un juego completo y bajo un monumental dosel.

Tocador de la Reina (actual Salón de los Espejos).
© Patrimonio Nacional.

A pesar de su nombre, la estancia no era privada. Dada la suntuosidad de la decoración, el tocador debía ser como la Cámara del Rey, es decir, un espacio donde la reina recibía las visitas matutinas mientras era vestida y maquillada, siguiendo el ritual de la toilette femenina que también se seguía en otras cortes europeas.

La reina Charlotte de Reino Unido mientras recibe la visita de sus hijos durante la toilette matutina.
© Royal Collection.

27- DORMITORIO DE LOS REYES

Al contrario que en las estancias precedentes, ésta sí que tiene un fresco de época de Carlos IV, La institución de las órdenes de la Monarquía española fue pintado por el omnipresente Bayeu en 1794. Tanto los trumeaux como las sobrepuertas con roleos serían de la misma época, probablemente obra de Sabatini. En sus paredes colgaban obras religiosas, por lo general copias de grandes maestros.

Dormitorio de los Reyes (actual Salón de Tapices).
© Patrimonio Nacional.

Este habría sido el dormitorio oficial de los reyes ya desde su boda en 1765, sin embargo es posible que el rey durmiera de forma extraoficial en su vestidor, es decir, la pieza contigua (14). No fue hasta finales de su reinado, cuando Carlos IV instaló oficialmente su dormitorio en una de las piezas del Ala de San Gil (18).
Si el rey se levantaba a las cinco, la reina lo hacía a las ocho, luego recibía a sus hijos y a la aya, a continuación se celebraban la toilette y las audiencias matutinas en el tocador contiguo.

28- RETRETE DE LA REINA

La pequeña estancia anexa al dormitorio presentaba una hornacina en su pared que probablemente contenía un retrete, disposiciones parecidas encontramos en el palacio de Aranjuez o la Casa del Labrador.

El Retrete de la Reina en la Casa del Labrador de Aranjuez.

29- PIEZA 29

Esta pequeña estancia formaba parte del conjunto de trascuartos de la Reina, es decir, una serie de habitaciones pequeñas e íntimas que miraban hacia el patio. Más allá de que fueran estancias privadas, su uso no parecer ser muy preciso ni concreto.

Esta estancia tenía una gran fresco de Juno pidiendo a Eolo que suelte los vientos contra Eneas pintado por Maella en época de Carlos III, el fresco está ahora oculto bajo el falso techo. En este espacio María Luisa guardaba algunos de los cuadros más clásicos del palacio, notablemente obras de Tiziano y Rafaello.

30- PIEZA 30

Nada ha sobrevivido de su estado original, su ausencia de decoración fija remarcable parece indicar que pudo haber sido una biblioteca.

31- GABINETE DE LOS ESTUCOS

Presenta una de las decoraciones más elaboradas del Cuarto de la Reina. Tanto los estucos de la bóveda como los paneles de las paredes fueron diseñados por Sabatini y ejecutados por los hermanos Brilli, todo ello en un exquisito estilo neoclásico.

Gabinete de Estucos o de Escayola de la Reina.
© Patrimonio Nacional.

El gabinete pudo haber funcionado como pequeña sala de reuniones en relación a la pieza siguiente.

32- GABINETE DE LAS MADERAS FINAS

Comparado con el resto del Cuarto de la Reina, la decoración resulta totalmente anacrónica: elaboradas boiseries de maderas finas estilo rococó. Todos los elementos provienen en realidad de los Gabinetes de Maderas Finas de Carlos III en el otro extremo del palacio.

Gabinete de las Maderas Finas.
© Patrimonio Nacional.

En una forma de legitimar su poder, la reina gobernaba desde un escenario digno del gran Carlos III. Cada mañana, la soberana pasaba largas horas trabajando en este pequeño espacio, leyendo informes policiales que le enviaba cada día Godoy y, a su vez, escribiendo al valido sobre cuantos asuntos la preocupaban. También en este gabinete debía recibir la reina a ministros y a cortesanos “en audiencia reservada”.

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En resto del Palacio Real se distribuía bajo Carlos IV de la siguiente manera: los príncipes de Asturias en el antiguo cuarto de Carlos III y su esposa en el lado oeste, en el ángulo noroeste la infanta María Luisa Josefa y su esposo el duque de Parma a partir de 1801 y en el noreste los infantes Carlos y Francisco de Paula. El infante Antonio Pascual se alojaba en la planta baja.

martes, 27 de marzo de 2018

Los bains de mer I: los orígenes y la Côte Fleurie.




Durante décadas, el verano ha sido indisociable de la playa y los baños de mar. ¿Pero cómo empezó todo? Pues primero fue salud, luego fue moda.

Desde la Antigüedad, el uso curativo de ciertas aguas y manantiales fue algo muy valorado. Sin embargo, no fue hasta la llegada del Siglo de la Razón, cuando se empezó a separar el sentido religioso de las propiedades médicas de estos manantiales. Por primera vez, se empleaban explicaciones y razonamientos científicos lejos de razones milagrosas. 

Paralelamente, fue creciendo interés por las cualidades terapéuticas del mar. En 1753, un doctor británico publicó The Uses of Sea Water, primera obra que anunciaba al público las bondades del mar. Dichos consejos emergían en el siglo XVIII, en medio de una nueva valoración de la vida privada y la intimidad, y supusieron un incentivo para que la gente empezara a acercarse a los pueblos de mar, buscando salud y calma.

El primer seaside resort surgió en Brighton, donde el extravagante príncipe de Gales (futuro Geoge IV) compró en 1787 una pequeña propiedad para residir lejos de los cotilleos de Londres con su amante y esposa secreta Maria Fitzherbert. A lo largo de los años la pequeña mansión se transformó en un extravagante palacio de aspecto oriental al mismo tiempo que el modesto pueblo de pescadores se metamorfoseaba en una localidad de veraneo donde la alta sociedad londinense venía a disfrutar de las bondades médicas del mar y de un cierto desenfado y libertinaje. Las élites se extasiaban con esta nueva moda y especialmente con el llamado dipping, es decir, sumergir el cuerpo enteramente en el agua.

El coqueto Marine Pavilion que el príncipe de Gales compró en 1787.

La costa de Brighton pintada por John Constable en 1826-27 con su característico paisajismo dramático. 

Brighton fue el primer ejemplo de la metamorfosis que sufrirán pequeñas poblaciones costeras reconvertidas en el escenario de la interacción entre las élites y los baños de mar. A lo largo de siglo XIX la emergencia de este tipo de poblaciones será rapidísima y constante, primero a través de Europa y luego del mundo. Las costas francesas jugaran un papel protagonista en todo este desarrollo.

En Francia, la historia de los bains de mer empezó en Dieppe, localidad ideal por su cercanía tanto a las costas inglesas como a Paris. En 1822, durante Restauración Borbónica, se empezó a construir el primer casino, lugar idóneo para las reuniones de la alta sociedad y que se convertiría en uno de los edificios más emblemáticos de las stations balnéaires. Éste contaba además con unas termas de agua marina, el origen de la talasoterapia.

Sin embargo, la consagración de Dieppe vino, una vez más, dada por otro miembro de la realeza, en este caso la duquesa de Berry, nuera del rey Charles X. La duquesa, conocida por ser el miembro más jovial y carismático de la familia real, descubrió Dieppe en 1824. A partir de entonces pasó seis semanas durante cinco veranos (hasta 1829) en la pequeña población. Sus visitas, que tenían casi un carácter oficial, ya que se alojaba en el ayuntamiento, sirvieron como imán para que la corte y la alta sociedad parisina acudieran en masa a Dieppe.

La Duquesa de Berry pintada por Thomas Lawrence.

Los más aventurados probaban incluso de bañarse en el mar, aunque, eso sí, siempre bajo prescripción médica y bajo la atenta mirada de los vigilantes. La proximidad de Dieppe a París la hacía muy apetecible para las élites de la capital y ni siquiera el derrocamiento de Charles X y el exilio de la Familia Real en 1830 frenaron su crecimiento. La población se expandió y cada verano se convertía en una especie de sucursal de los mejores barrios de Paris, altivas damas y caballeros se pasean por la playa con sus elegantes ropajes mientras a pocos metros los bañistas, mucho más ligeros de ropa, experimentan las bondades del agua de mar. Algunas manzanas más allá, en el casco antiguo, los humildes pescadores veían con cierto recelo toda esa invasión de la gente bien que traía beneficios pero también sus extrañas costumbres.

Pero poco a poco, el motivo médico fue quedando relegado a un segundo plano. Los baños de mar estaban simplemente de moda, formaban parte del ocio de las clases altas, lo importante era ver y dejarse ver: había nacido la villégiature.

Dieppe en 1899. El puerto, el pueblo de pescadores y los establecimientos para la alta sociedad conviven en un mismo espacio.


Las famosas casetas de baño, era móviles y se empujaban hasta tocar el mar, servían para poder cambiarse cerca del agua  porque se consideraba inadecuado pasearse por la playa en traje de baño.

En 1848, el ferrocarril llegó a Dieppe, a partir de entonces las actividades se diversificaron y aparecieron también el teatro y el hipódromo. Al mismo tiempo se fueron imponiendo unas normativas en las playas para guardar el decoro y evitar conflictos con los aldeanos. Se reguló la forma y medidas del traje de baño (cada ciudad establecerá las suyas), se instauró el uso de casetas de baño y se separó a hombres y a mujeres (no en todas las poblaciones). Con el tiempo, franceses y extranjeros acabaron sabiendo que playas eran más conservadoras y cuáles eran más liberales.

Al primer casino de Dieppe (lugar de reunión por excelencia de la alta sociedad) rápidamente le sucedió en 1852 el segundo, hecho de cristal y hierro como los grandes palacios de las exposiciones universales. Finalmente, en 1886, se inauguró el tercer casino de Dieppe, un enorme edificio de estilo morisco, una clara muestra de la arquitectura que caracterizaba estas nuevas poblaciones: lúdica, extravagante y experimental. Las nuevas poblaciones tuvieron siempre una aspecto exuberante y se establecieron como el contrapunto a la arquitectura más rígida y monumental de las capitales y grandes ciudades. Al fin y al cabo, la villégiature era sinónimo de disfrute.

El segundo Casino de Dieppe, inaugurado en 1852.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica. 

Cartel promocional de la inauguración del tercer Casino de Dieppe en 1886, por Jules Chéret.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.


El tercer casino (1886) de Dieppe, en estilo mauresque.

El tercer Casino en un pintura de Jacques-Émile Blanche. En 1925, todo el edificio fue rehecho en estilo Art Déco y fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

Muy cerca de Dieppe, el pequeño pueblo de Le Tréport también experimentó un considerable auge cuando el rey Louis-Philippe I y su numerosa familia establecieron su residencia veraniega en el cercano castillo de Eu. Allí fue recibida la reina Victoria en dos ocasiones, 1843 y 1845, después de desembarcar en le pequeño puerto pesquero. El Pavillon d'Orléans, construido en primera linea de mar para la familia real puede considerarse una de la primeras villas de playa de Francia.

El Pavillon d'Orléans en Le Tréport.
© Château d'Eu / Musée Louis-Philippe.

Pero si Dieppe fue la primera station balnéaire de Francia, no fue la única. El punto de inflexión llegó en 1852 con la instauración del Segundo Imperio Francés y el inicio de una ambiciosa política ferroviaria.

Con la llegada de ferrocarril al pueblo mercante de Le Havre, los aristócratas y ahora también la alta burguesía, podían llegar desde Paris y tomar un transbordador que conectaba con distintos puntos de la costa. La moda de los bains de mer llegó entonces a Trouville, pequeño pueblo de pescadores a los pies de los acantilados normandos y al lado de la desembocadura del río Tocques. Bajo el impulso del crecimiento económico y de la bonanza política del Segundo Imperio, la trasformación de esta localidad fue aun más rápida que Dieppe. El lado del rio Tocques, Trouville mantuvo su aspecto pintoresco con su arquitectura vernácula, pero al lado del mar se desarrolló la ciudad orientada a los baigneurs, de la arena emergieron elegantes villas para los aristócratas y altos funcionarios del Imperio. En 1868 se instalaron las planches en la playa, pasarelas de madera que permitían a los selectos visitantes pasear sin llenarse los zapatos de arena. El mismo año abrió el primer hotel, el célebre Hôtel des Roches Noires, dos años después lo hizo el Hôtel de Paris. Un bañista describía la localidad del siguiente modo:

antes era una auténtico puerto de pescadores, con casas esparcidas detrás de un muelle cerrado por trozos de roca, con redes secándose al sol, tendidas en los alrededores, con pescadores con gorros rojos […]; pero ahora es como se dice el punto de encuentro de la bonne société, donde pueden verse parisinas con bellos vestidos, mozos ingleses, cocheros con librea y profesores de equitación

Mezcolanza de gentes en Étretat (cerca de Le Havre) pintada por Eugéne Le Poittevin en 1866.

Elegantes visitantes al lado de un pescador. La convivencia entre estos dos mundo fue algo muy habitual, incluso algo buscado.

La nueva estación balnearia sedujo a los visitantes por su doble carácter rústico y sofisticado, sencillo y encopetado. La misma emperatriz Eugénie visitó Trouville en varias ocasiones, pero fueron dos pintores los que inmortalizaron su fama: Eugène Boudin y Claude Monet. Ambos se dejaron cautivar por la amplia playa de arena blanca que otorgaba a Trouville una luminosidad evanescente en ciertos momentos del día.

Sur les planches de Deauville (circa 1870) de Claude Monet. 

Les figures sur la plage à Trouville (1869) de Eugène Boudin.

No obstante, no todas las estaciones balnearias tuvieron su origen en pequeños pueblos de mar. Muchos hombres de negocios visionarios, viendo el auge de los baños de mar decidieron crear ciudades ex-novo. Fue el caso de Deauville. Enfrente de Trouville, en la otra orilla del Tocques se extendía una amplia llanura arenosa llamada Deauville. En 1859, el duque de Morny, hermanastro de Napoleón III, decidió impulsar la creación de una nueva localidad. La nueva población seguía un plan reticular y los preceptos planteados por Haussmann en Paris, pero en vez en inmuebles se construyen villas de diversos estilos. Si en principio Deauville se concibió como un apéndice de Trouville, la amplia llanura sobre la que se erguía le permitió un crecimiento mayor y más rápido, así pues en 1863 se inauguró la línea férrea que unía Paris y Trouville-Deauville, ese mismo año también abrió el hipódromo. Junto con el casino, el hipódromo era uno de los principales lugares de sociabilización mundana; en invierno se iba a la ópera y durante la temporada estival al hipódromo. Obviamente lo menos relevante era las carreras, una vez más, como decía My Fair Lady, lo más importante era ver y dejarse ver.
Trouville-Deauville alrededor de 1900. Trouville se encuentra en la parte superior, al pie de las colinas, y Deauville, aún a medio desarrollar, es la amplia explanada de la parte inferior, tocando al margen de abajo aparece el hipódromo.

Elegantes señoritas en el hipódromo de Deauville hacia 1914.
© Bibliothèque nationale de France/Gallica.

El Hôtel Royal de Deauville poco después de su inauguración en 1912.

El Hôtel Royal y las características sombrilla de colores de Deauville en el actualidad.
© Paravision.

El ciclo de una station balnéaire fue, no obstante, más acelerado que el de una gran ciudad o capital, y las fases de nacimiento, crecimiento, cenit y decadencia se sucedían aquí más rápido, creando constantes parones y reflujos. En 1870, con la caída del Segundo Imperio, Deauville se estancó y se convirtió en un mero apéndice de su vecina, su única atracción era su gran hipódromo. Hubo que esperar hasta inicios del siglo XX para encontrar un renacimiento. En 1912 el inversor Eugène Cornuché construyó un nuevo casino y el Hôtel Normandy, un año después inauguró el Hôtel Royal. A partir de entonces Deauville tomó el relevo de su vecina. Antes de la guerra, cada medio día, despues del almuerzo, toda la bonne societé se encontraba en los cafés de la Rue Gontaut-Biron y en esa misma calle Coco Chanel abrió su primera tienda en 1913. Durante los Années folles (los años 20) se convirtió en lugar de moda repleto de fiestas y soirées para las élites europeas, con frecuencia recibió visitas de socialites como Alfonso XIII, Churchill, Aga Khan III o Elvire Popescu. En esta fase final, se inauguraron los Bains Pompéiens en 1924 y el Yacht Club en 1929, en un estilo Art Déco mucho más contenido que el de las décadas precedentes.

La playa de Deauville en los años 20, ya sin las típicas casetas de baño.

La planches de Deauville, instaladas a imitación de las de Trouville (que se aprecia en el horizonte), "marcher sur les planches de Deauville" fue considerado sinónimo de exhibirse.

A lo largo de las primeras décadas del siglo, los bañadores fueron acortándose considerablemente.

La lectura, ahora y siempre, es uno de los principales pasatiempos en la playa.

Hay que ir siempre estupendo a la playa.
Lady Edwina Mountbatten luciendo su bata de baño y su turbante a juego.

Pero el ejemplo de Deauville no fue el único. La mejora de las comunicaciones y la bonanza económico-política durante el Segundo Imperio fue causa de una rápida expansión de las estaciones balnearias. En 1853 se creó Cabourg, en 1854 Houlgate y en 1856 Villiers-sur-Mer. Cabourg pasó a la historia como lugar de veraneo, entre 1907 y 1914, de Marcel Proust, que inmortalizó la ciudad en su obra À la recherche du temps perdu.

El espectacular florecimiento, metafórico y real, que experimentó esta región de la costa normanda entre Le Havre y Sallenelles pronto le valió el sobrenombre de Côte Fleurie.