lunes, 22 de enero de 2018

Habitar el Palacio Real I - Carlos III (1764-1788)

Carlos III es considerado “el mejor alcalde de Madrid”, sin embargo, a Carlos III no le gustaba demasiado Madrid. Cuando en 1759 se convirtió en rey de España y llegó a la capital desde Barcelona, se instaló en el palacio del Buen Retiro, que servía de residencia real oficial desde el incendio del Real Alcázar en 1734.
Carlos III retratado por Mengs (1761) pocos años después de su llegada a España.

El Buen Retiro se encontraba a una distancia prudente de la amalgamada villa que por aquel entonces era Madrid, sin embargo, el soberano prefería, de lejos, pasar el año en los distintos Reales Sitios alrededor de la capital. En los cinco primeros años de su reinado, Carlos III solo vivió en el Buen Retiro un total de dos meses. Después de la inauguración del Palacio Real Nuevo en 1764, esa tendencia no se invirtió, la corte seguía pasando la mayor parte del tiempo fuera de la ciudad y el palacio solo servía de residencia real del 1 de diciembre a Epifanía, durante la Semana Santa y alrededor de una quincena el mes de julio. Sin embargo, el Palacio Real Nuevo era el símbolo de la legitimidad dinástica y Carlos III no iba a descuidarlo, de hecho, se encargaría de su terminación y la impronta del soberano está más que patente en el edificio final.

Desde Nápoles, Carlos III trajo consigo nuevas ideas y nuevos arquitectos y artistas. Rápidamente, el arquitecto Giovanni-Battista Sachetti y el pintor Corrado Giaquinto, claramente tardobarrocos, fueron sustituidos por Francesco Sabatini y el pintor Anton Raphael Mengs, de tendencias marcadamente más clasicistas, sino ya proto-neoclásicas.

CONSIDERACIONES GENERALES

Antes de entrar al Palacio Real, no estaría de más, echar un vistazo al área circundante. Cuando Carlos III llegó a Madrid, el palacio en construcción se encontraba rodeado de una zona densamente poblada, sin embargo, a su alrededor, aun se podían contemplar varias construcciones heredadas del viejo Alcázar. Al sur había la llamada Plaza de Palacio, que se encontraba cerrada por dos pórticos y un largo edificio que albergaba la Armería Real. Al este, aun no existía la Plaza de Oriente, en su lugar había la llamada Casa del Tesoro (que servía de Biblioteca Real desde tiempos de Felipe V), detrás suyo la Huerta de la Priora (que abastecía a la corte de alimentos) y el Convento de la Encarnación. Toda la zona norte, por su parte, estaba ocupada por las Caballerizas Reales, construidas por Sabatini a partir de 1782 sobre el viejo Jardín del Cierzo. Finalmente, al oeste, se extendía el Campo del Moro, que por aquel entonces era un mero descampado cerrado con un muro.
Comparación del entorno urbano del Real Alcázar y del Palacio Real Nuevo.
Con el numero trece aparece indicado el Huerto de la Priora.

Como el palacio se encontraba al borde de un risco, Sachetti tuvo que ingeniárselas para aterrazar la zona y dotar el edificio de espesos muros y amplios semisótanos, asimismo, en su momento Felipe V exigió que nada se hiciera con madera para evitar incendios, todo el palacio fue cubierto, por lo tanto, por altísimas bóvedas de piedra, cosa que obligó a ensanchar los muros aún más.

Sabatini no aportó modificaciones estructurales importantes, pero sí que modificó la escalera y la distribución de la planta principal: los tres aposentos principales ideados por Sachetti en el piso principal, fueron reducidos en extensión para dejar espacio a los infantes e infantas, que se instalaron en los ángulos noroeste y noreste del palacio, es decir, flanqueando la capilla.
La inmaculada mole del Palacio Real Nuevo y el desangelado "Campo del Moro" que se erigía a sus pies.

La organización vertical del edificio también experimentó ligeros cambios. En su origen, el segundo sótano se destinaba a los servicios y cocinas, el primer sótano a las secretarias de estado y la planta baja al Cuarto de Verano, un aposento destinado a los meses cálidos del año, siguiendo la costumbre de los Habsburgo. El piso principal sería el Cuarto de Invierno, el segundo piso alojaría a los gentilhombres y a las camaristas (damas de compañía) y el tercer piso y las buhardillas al servicio. Sin embargo, el Cuarto de Verano fue pronto desechado, la corte no iba a pasar el verano en Madrid y se juzgaron los interiores de la planta baja demasiado cavernosos para el gusto de Felipe V, así pues, fueron las secretarias de estado y oficinas gubernamentales las que ocuparían estos espacios hasta 1834.

Por último, sería interesante citar algunos aspectos generales sobre la decoración del palacio. Como hemos dicho, la llegada de Carlos III trajo consigo el cambio de artistas, Sabatini y Mengs se convirtieron en los nuevos dictadores artísticos de la corte, todos los artistas y artesanos que acabaron decorando el palacio fueron llamados y aprobados por ellos. Todos salvo aquellos escogidos específicamente por el rey, como el pintor Giambattista Tiepolo o el decorador Mattia Gasparini.

La decoración ideada por Sabatini y Mengs era ligeramente distinta a la actual. Las monumentales jambas de mármol macizo de más de 300 variedades y los frescos es lo poco que queda de la época, el resto de la decoración, sobre todo de las paredes, se modificó posteriormente. Siguiendo la costumbre de la época, el Palacio Real mudaba su piel cada medio año: en invierno, las paredes se recubrían con tapices y en verano con cuadros dispuestos sobre sedas de Valencia o de la China. El Palacio Real era la única residencia real donde se realizaba tal mudanza, el resto de Reales Sitios se dividían entre los invernales (El Pardo y El Escorial) decorados con tapices y los cálidos (Aranjuez y La Granja) decorados con cuadros.
La pintura Carlos III comiendo ante su corte representa bastante bien el aspecto que podría haber tenido el Palacio Real en invierno.

La Galleria Palatina del Palazzo Pitti en Florencia ofrece el aspecto más parecido a lo que debió ser el Palacio Real en verano.

Esta costumbre se observaba en las estancias más importantes y aquellas privadas de los aposentos regios, sin embargo, fue reduciéndose a lo largo del reinado de Carlos III para desaparecer tras su muerte.
El Cuarto del Rey (azul), el Cuarto de la Reina (rosa) y el Cuarto de los Príncipes de Asturias (amarillo).

Como no tengo a mano una planta del palacio en época del Carlos III, he decidido modificar la que puse en el post introductorio sobre el proyecto de Sachetti. Con líneas más oscuras he marcado los añadidos y transformaciones en los muros, esencialmente podemos ver como el soberano redujo el tamaño de las estancias para poder alojar a toda la familia real. Sin embargo, los infantes Pedro y Francisco Javier tuvieron que ser alojados en el segundo piso y el infante Antonio en la planta baja.

EL CUARTO DEL REY

Comparando el plano de arriba con el de la introducción (aquí), se puede ver perfectamente como el cuarto del soberano se movió ligeramente de sitio, desplazándose hacia el ángulo suroeste y comprendiendo ahora toda la zona central. Carlos III había sacrificado la llamada Sala de los Guardias de Corps, un inmenso salón de dos pisos cara a la Casa del Tesoro y que en el proyecto final fue dividido en varias salas destinadas al príncipe de Asturias.

1- LA ESCALERA

De todos los elementos proyectuales del palacio, la gran escalera de entrada fue uno de los más polémicos y que más costó definir. Sachetti presentó de 1744 a 1747 varios proyectos que fueron sucesivamente rechazados por Felipe V, se tuvo incluso que pedir consejo a afamados arquitectos italianos como Vanvitelli o Fuga e incluso a los eruditos de la Academia de San Fernando. Finalmente, en 1747 se aprobó el proyecto definitivo que preveía la construcción de dos escaleras con una compleja distribución de rampas (ver post anterior). Para que Fernando VI juzgara el efecto global, las escaleras se construyeron en madera, pero cuando Carlos III llegó a España, el resultado final no el gusto nada y ordenó a Sabatini que ideara una única escalera más simple y recta, además de claramente inspirada en la de Caserta. La nueva escalera de Sabatini se construyó en la caja oeste (1, actual Salón de Columnas) que en su mayor parte ya estaba decorada siguiendo los diseños de Sachetti y con unos elaborados frescos rodeados de estucos dorados de Corrado Giaquinto. El pintor italiano había sido llamado a España por Fernando VI en 1753 y durante casi diez años fue el dictador artístico de la corte, hasta que fue desbancado por Mengs. Giaquinto pintaría los frescos de ambas cajas de escalera y de la Capilla Real. (ver este post)
La Escalera Principal bajo Carlos III (actual Salón de Columnas).

2- SALÓN DE LOS GUARDIAS DE CORPS

Sachetti concibió este gran espacio de dos pisos como un salón de fiestas con graderías en su perímetro, pero Carlos III ordenó transformarlo en la nueva Sala de Guardia. Sabatini concibió, por lo tanto, una nueva decoración mucho más sobria a base de pilastras pareadas toscanas. La decoración era acorde con la normativa arquitectónica de la época, que establecía que los vestíbulos debían ser estancias más monumentales y minerales frente a las siguientes estancias que irían aumentando en suntuosidad y decreciendo en tamaño. En el siglo XVIII sin embargo, esta estancia tendría un aspecto más suntuoso que en la actualidad, al estar las paredes revestidas con un “estuco de brillo” color beige que imitaba el mármol. La única nota de color en la estancia era, y es, el atmosférico fresco de Tiepolo Eneas conducido al templo de la Inmortalidad por sus virtudes y victorias, Venus encomendando a Vulcano que forje las armas para Eneas, clara referencia a las victorias militares del rey bajo el sabio consejo de su madre Isabel de Farnesio. El Salón de los Guardias de Corps habría estado amueblado de forma somera, con quince camas plegables para los guardias, tres bancos, dos mesas largas, un armario para las carabinas y cuatro faroles.

3- SALÓN DE BAILES

En su origen estaba destinado a albergar una de las dos grandes escaleras, por lo tanto, su arquitectura era idéntica a la de la escalera principal (1): columnas corintias de piedra de Colmenar, elaborados estucos y oculi y un fresco de Giaquinto titulado Triunfo de la Religión y de la Iglesia. Durante el reinado de Carlos III sirvió para bailes y festejos, esencialmente aquellos asociados a la época del año que la corte habitaba el palacio, es decir: Navidad y Semana Santa. Precisamente el Jueves Santo tenía lugar en este salón el tradicional lavado de pies a doce pobres.
El Salón de Baile bajo Carlos III (actual Escalera Principal).

4- ANTESALA DEL REY

Desde inicios de la Edad Media, la residencia de un gran señor o soberano se dividía esencialmente en dos áreas: la sala, que era un gran espacio público, y la cámara, que era el lugar donde residía y, por lo tanto, un espacio más privado. Sin embargo, ocasionalmente, el señor podía recibir a visitantes distinguidos a su cámara. A lo largo del siglo XVI, no obstante, la tradicional distribución se volvió cada vez más compleja a medida que se añadían más salas intermedias a este esquema y que la jerarquía de la corte se volvía más elaborada. En la corte española del siglo XVIII, los aposentos del soberano se organizaban en base a la secuencia: antesala – sala – saleta – antecámara – cámara – gabinetes/estancias privadas.
La Antesala bajo Carlos III (actual Antecámara Oficial).
© Patrimonio Nacional.
La Antesala del Rey era la primera estancia de su cuarto propiamente dicho, además también servía de entrada al Cuarto del Príncipe de Asturias, situado en el lado este del palacio. Las principales piezas de mobiliario eran las cuatro consolas tardobarrocas con cubierta de pórfido que aun se pueden observar en la actualidad. El techo pintado por Tiepolo representaba la Apoteosis de la Monarquía española y servía de introducción conceptual para la estancia siguiente. La antesala se encontraba, durante todo el año, decorada con cuadros de la escuela italiana del Renacimiento. De sus paredes colgaban obras de artistas emblemáticos como Tintoretto, Veronese, Bassano y Tiziano (de este último había su Autorretrato y Adán y Eva).
Adán y Eva (c. 1550) de Tiziano.
© Museo del Prado.

5- SALÓN DEL BESAMANOS

El heredero directo de la gran sala pública de los palacios medievales era el llamado Salón del Besamanos. Se trataba de la estancia más importante de todo el palacio, hecho confirmado por su posición central en la fachada principal (sur) del palacio y enfatizado por su conexión axial con la Capilla Real, resaltando, por lo tanto, la conexión entre Iglesia/Monarquía – Altar/Trono – Dios/el Rey. Además, la estancia se situaba más o menos en la antigua posición del Salón de los Espejos del viejo Real Alcázar, por eso el soberano quiso que también fuera decorado con grandes espejos con elaborados marcos rocalla sobre consolas de madera tallada. Tiepolo pintó en 1764 el fresco del techo titulado La Grandeza de la Monarquía española, que puede considerarse su última gran obra.
El Salón del Besamanos o del Trono.
© Patrimonio Nacional.

Como su nombre indica, la sala servía para el ritual del besamanos en el que eran presentados al rey los huéspedes nacionales o extranjeros. El besamanos se realizaba siempre al mediodía, sobre la una, después del almuerzo. Tras el besamanos, el soberano departía brevemente con embajadores, grandes de España y generales y luego se iba a cazar, en invierno, o hacía una breve siesta, en verano, hasta que pasara el calor del mediodía.

6- SALETA DEL REY

La denominación de esta estancia (“saleta”) indica claramente que se trataba de un lugar más privado que la precedente (la “sala”). La Saleta se decoró con un gran fresco de Mengs representando La apoteosis de Trajano, siendo el emperador romano el alter ego del Carlos III. En invierno las paredes se recubrían con tapices de la Historia de José, David, y Salomón tejidos por la Real Fábrica de Tapices; en verano los muros se decoraban con grandes retratos ecuestres de soberanos españoles obra de Velázquez (Felipe III y Felipe IV, sus consortes y el Conde-Duque de Olivares), Rubens  (Felipe II y el cardenal-infante Fernando) y Van Loo (Felipe V).

En la saleta, el rey concedía audiencias “ordinarias” y comía, siempre a las doce del mediodía. La mesa se situaba cerca de la chimenea, situada donde ahora está la puerta que comunica con el Salón de Columnas. Como era costumbre en todas las cortes europeas, Carlos III comía solo en una mesa y, en algunas ocasiones, le acompañaban sus hijos. El resto de la corte permanecía de pie, los ministros solían aprovechar la comida para venir a saludar al rey y el nuncio apostólico permanecía de pie delante de la mesa y charlaba animadamente con el monarca. La comida era traída desde las cocinas en el sótano por los pajes pero servida a la mesa por los gentilhombres de cámara; el agua y las bebidas se traían a la mesa real desde una mesita aparte solo cuando el soberano la pedía, siguiendo la costumbre francesa.

7- ANTECÁMARA DEL REY

La antecámara era una estancia típicamente francesa, aparecida en el siglo XVI había servido para poner distancia entre la sala (más pública) y la cámara del rey (más restringida). No hay estancia que ejemplifique más la cultura de corte del XVIII que la antecámara, lugar donde todos los cortesanos esperan, siempre en función de su rango, poder acceder a la presencia del soberano. La Antecámara poseía un gran fresco, también de Mengs representando La apoteosis de Hércules, personaje mitológico del que supuestamente descenderían los reyes de España. Como en la estancia precedente, la Antecámara también se decoraba en invierno con los tapices de la Historia de José, David y Salomón; en verano, grandes obras de la colección real colgaban de las paredes, como Las Meninas de Velázquez, Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano o el Cardenal-infante Fernando en la Batalla de Nördlingen de Rubens.

En esta sala el rey cenaba todas las noches, siempre a las nueve y media, siguiendo el mismo protocolo que durante el almuerzo. El menú de la cena era siempre el mismo: una sopa, un asado casi siempre de ternera, un huevo fresco, ensalada con agua, azúcar y vinagre y una copita de vino dulce de Canarias. Tradicional era el momento en que el soberano, una vez había terminado el huevo pasado por agua, lo giraba y le clavaba la cucharilla. La Antecámara también habría servido para juegos de azar y tertulias antes de la cena, por lo que a veces se la ha denominado “Pieza de Conversación”.
Carlos III y su célebre huevo pasado por agua representados en la película Esquilache (1988).

8- CÁMARA DEL REY

Junto con el Salón del Besamanos, la Cámara del Rey constituía la estancia más importante de todo el Cuarto del Rey. Era heredera directa de la cámara medieval en la que el soberano vivía, dormía, trabajaba y recibía huéspedes ilustres. En el siglo XVIII, sin embargo, la cámara se había convertido en una estancia meramente formal, aunque al contrario que la chambre de parade francesa, en la cámara española no se instalaba ninguna gran cama de ceremonia.

Prueba de la importancia de la Cámara es que el rey encargó en persona a Mattia Gasparini el diseño de la decoración, que fue pensada como un todo: intrincado suelo de mármol, colgaduras de seda, techo de estuco con motivos chinoiserie y mobiliario claramente rococó. La colgaduras de seda de las paredes, sin embargo, nunca se terminaron en vida de Carlos III, por lo que en invierno las paredes se recubrían, una vez más, con tapices. Un verano, como no, la estancia era aderezada con grandes obras de la colección real como La fragua de Vulcano, Las hilanderas o Los borrachos de Velázquez, además de obras de Murillo, Ribera y Tiziano.
La Cámara del Rey con las colgaduras de seda añadidas mucho después de la muerte de Carlos III.

En su Cámara el rey era formalmente vestido por sus gentilhombres “de cámara”, siempre a partir de la siete de la mañana, por lo que la estancia también se conocía como “Pieza de Vestir del Rey”. Solo personajes de alto rango eran recibidos en la Cámara, como los embajadores (sobre todo de Francia y Nápoles) o los cardenales, usualmente antes y después del almuerzo.

9- ORATORIO DEL REY

La pequeña estancia cuadrangular sin ventanas servía de oratorio privado al soberano. Frente a la puerta de la Cámara, se situaba el elaborado altar de mármol verde de Lanjarón con incrustaciones de bronce y coronado por una pintura al fresco de Mengs representando la Adoración de los Pastores.
La Adoración de los pastores (1770) de Mengs, una de las tres versiones que el pintor hizo para el rey.

No era casual la asociación cámara-oratorio, que ya estuvo muy presente en los palacios reales de Nápoles y Portici. En este pequeño oratorio se realizaban algunos de los actos más importantes del día a día de Carlos III, allí oía misa después de levantarse (alrededor de la siete y media) y antes de acostarse (antes de las once).

10- ANTEDESPACHO DEL REY

Esta pequeña estancia y las dos siguientes recibieron en tiempos de Carlos III el nombre de “Gabinetes del despacho” o “Gabinetes de Maderas de Yndias”, por estar decorados con elaboradas boiseries prescindentes de las Yndias (América). La decoración corrió a cargo de Mattia Gasparini y del ebanista alemán José Knops y también incluya preciosos muebles también de finísima marquetería y marcos de puertas y ventanas con motivos hechos con mármoles embutidos. El resultado final debía ser incluso más suntuoso de la vecina Cámara del Rey.
El Antedespacho del Rey, del que solo se conserva el intrincado suelo de mármol.

El primer gabinete era donde el soberano recibía en “audiencia reservada” a visitantes y subalternos, usualmente por la mañanas a partir de las ocho. El rey se sentaba siempre en un sillón y el visitante en un taburete, entre ambos se disponían dos escritorios y un brasero.

11- DESPACHO DEL REY

Este gabinete, el soberano trabajaba todas las mañana, de ocho a once. La pieza central de la estancia era un riquísimo bureau à cylindre obra del ebanista alemán José Canops o, quizás, del célebre Oeben.
El escritorio del Rey.
© Patrimonio Nacional.

12- GABINETE VERDE

En este espacio, Carlos III solía tener las reuniones con sus ministros, grandes de España o embajadores extranjeros. Los asistentes se disponían en un diván alrededor de la pared, el mobiliario se completaba con seis elaborados sillones.

13- PIEZA OSCURA

A pesar de su pequeño tamaño y deficiente iluminación, se encontraba decorada con un profusión de cuadros de Ribera, Murillo, Van Dyck, etc. El mobiliario solo constaba de una mesita y un sillón, destinados a Almerico Pini, ayuda de cámara del Rey, que por la noche dormía en esta estancia en un catre plegable.

14- DORMITORIO DEL REY

En España, al contrario que en Francia, el dormitorio regio no se revestía de tanto carácter solemne y simbólico, sin embargo, no dejaba de ser una pieza fundamental en la vida diaria del soberano, que ocasionalmente también podía recibir visitas en él.

La importancia de la pieza queda más que patente con su elaborada decoración, el techo estaba decorado con estucos diseñados por Gasparini y parecidos a los de la Cámara. Las paredes, por su parte, se encontraban decoradas con un gran ciclo de la Pasión de Cristo pintado por Mengs. En los sobrepuertas se situaban La Oración en el huerto, La Flagelación de Cristo, La Caída de Cristo camino al Calvario y el Noli me tangere. En la parte central de la pared sur había la pintura más grande de todas, La Lamentación y El Padre Eterno. Todas las obras de Mengs se caracterizaban por la austeridad de la escenografía y la corporeidad de las figuras, claramente inspiradas por la obra de Correggio y ya muy vinculadas al movimiento neoclásico. Todas las figuras eran además de talla natural, dando la sensación, por lo tanto, que el soberano dormía rodeado por los personajes bíblicos.
El Dormitorio de Carlos III (actual Salón Carlos III).

Objetos originales del dormitorio de Carlos III recopilados de la reciente exposición,
Carlos III: majestad y ornato.
© Patrimonio Nacional.

El resto de las paredes se encontraba cubierto con tapices de Guillermo Anglois y José del Castillo con fondo color “piedra venturina” (marrón anaranjado) y decorados con unos elaborados grutescos. Los tapices recubrían esencialmente las partes de las paredes no cubiertas con pinturas, es decir, el testero de la cama, las esquinas y los huecos de las cuatro puertas y dos ventanas.

Respecto al mobiliario, la pieza más relevante era, obviamente, una gran cama à la duchesse (con el dosel sostenido por solo dos postes) con colgadura también concebida por Anglois y del Castillo. En verano, todas estas colgaduras eran sustituidas por seda de Pekin.
Las colgaduras de la cama de Carlos III, considerablemente reducidas en tamaño a finales del siglo XIX.
© Patrimonio Nacional. 

El resto de mobiliario incluía: tres cómodas (una a cada lado de la cama y otra entre las ventanas), dos espejos (encima de la chimenea y entre las ventanas), dos pequeños cuadritos de la Virgen y Cristo hechos con mosaico por los Talleres Vaticanos (flanqueando la cama), un reclinatorio, dos mesas para escribir y una abundante sillería que contenía sofás, sillas, sillones y taburetes.

En su dormitorio, Carlos III era despertado cada día a las seis por su ayuda de cámara Almerico Pini. Después de las devociones matinales, el soberano recibía, a las siete menos diez, a su sumiller de corps (el jefe de palacio) para tratar los asuntos del día. El dormitorio también funcionaba como una auténtico salón de familia (de ahí la abundante sillería), pues en él se solía reunir el rey con sus hijos y nietos antes del almuerzo y después de la caza.

En esta estancia falleció Carlos III a la una menos veinte de la madrugada del 14 de diciembre de 1788.

15- GABINETE DEL REY

Se trata sin duda de la estancia más preciosista del todo el palacio, un pequeño gabinete recubierto enteramente de porcelanas. Dícese que la pasión de Carlos III por la porcelana empezó justo después de su boda con María Amalia de Sajonia, cuando contempló un suntuoso servicio de porcelana de Meissen regalo del padre de la novia, el elector August II de Sajonia. Siendo rey de Nápoles, mandó establecer una fábrica de porcelana en Capodimonte y encargó un boudoir para su esposa enteramente recubierto de placas de porcelana. Cuando se convirtió en rey de España, la fábrica cerró y todo fue trasladado a un nuevo edificio en una pequeña colina en los jardines del Buen Retiro, en Madrid. De esa nueva fábrica saldrían la exuberante “Pieza de conversación” de Aranjuez y ya más tardíamente, en 1771, el pequeño gabinete del Palacio Real que, a pesar de su profusión, mostraba ya uno motivos de tendencia neoclásica.
El Gabinete del Rey (actual Salita de Porcelana).

En contraste con la riqueza de las paredes, el único mueble de la estancia era una pequeña mesita de nogal situada en el centro. También puede resultar curiosa la función del gabinete, pues servía de “anteretrete” del rey, la puerta del fondo conducía al pequeño reducto que contenía el retrete de Carlos III.

CUARTO DE LA REINA

El conjunto estancias que Sachetti pensó para alojar a la reina Isabel de Farnesio, fue considerablemente reducido tras la llegada de Carlos III, que necesitaba más espacio para alojar a todos sus hijos. En su origen, Isabel de Farnesio habría disfrutado de dos dormitorios, uno de oficial, situado en el ángulo noroeste y otro de cotidiano situado al sur y más cercano al de su dependiente marido.

Los avatares de la historia quisieron que finalmente Isabel de Farnesio llegara a ocupar estas estancias, pero no como reina, sino como reina madre. La esposa de Carlos III, María Amalia de Sajonia falleció en 1760, cuatro años antes de la inauguración del palacio, por lo que el soberano quiso que su madre ocupara el llamado “Cuarto de la Reina”. Tras la muerte de Isabel de Farnesio en 1766, apenas dos años después de la inauguración del palacio, el cuarto lo habitó la hija favorita del rey, la infanta María Josefa.
La auténticas inquilinas del Cuarto de la Reina: Isabel de Farnesio (i) y la infanta María Josefa (d).

16- GABINETE DE LA REINA O AMARILLO

Durante dos breves años, la pequeña estancia idéntica en proporciones al vecino Gabinete del Rey sirvió a la reina madre Isabel de Farnesio. Sin embargo, a partir de 1766, se desgajó del cuarto de la infanta María Josefa para incorporarse al del rey.

Se conservó el fresco de Tiepolo representando Juno en su carro y la estancia fue amueblada de forma somera con una mesita, una cómoda, una cómoda-retrete y cuadritos de Van Dyck. La estancia sirvió de “Gabinete de Aseo del Rey”, es decir de vestidor y tocador.

17- DORMITORIO DE LA REINA

A raíz de las trasformaciones efectuadas durante los años 70 y 80 del siglo XIX, poca decoración original de esta estancia y las siguientes ha llegado hasta nuestros días. Como en el Cuarto del Rey, también cabe imaginar un suntuoso mobiliario y las paredes recubiertas de tapices o cuadros según la estación del año. De esta época solo sobrevive el fresco de Mengs titulado Aurora.
El fresco de Mengs.

18- CÁMARA DE LA REINA

Como en la Cámara del Rey, en esta estancia la reina recibía a personajes de alto rango. Para remarcar tan función, Mengs concibió un fresco de alto contenido simbólico que, como cosa novedosa, fue encargado a un joven pintor español y no extranjero. Antonio González Velázquez pintó Colón entregando el Nuevo Mundo a los Reyes Católicos; lógicamente, se establecía un símil entre Isabel la Católica e Isabel de Farnesio.

El antiguo Cuarto de la Reina (actualmente Salón de baile o banquetes).






















19- COMEDOR O SALA DE BESAMANOS DE LA REINA

Aquí la reina madre celebraba los besamanos y comía y cenaba en público. Una vez más, Mengs encargó el solemne fresco del techo a un español, Francisco Bayeu, la obra se tituló: Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos.
El fresco de Bayeu.

20- SEGUNDA y 21- PRIMERA ANTECÁMARA DE LA REINA

Nada se ha conservado de la decoración original de estas dos salas, a raíz de las varias intervenciones realizadas durante el siglo XIX.

                                                                         ------

El resto del primer piso del palacio estaba ocupado por los cuartos de los hijos del rey, en el ángulo noroeste el infante Gabriel y su esposa; en el noreste, la infanta María Josefa y el infante Luis, antes de ceder estos espacios a los nietos del rey. Finalmente, todo el lado este del palacio estaba ocupado por los cuartos del príncipe y la princesa de Asturias, de ellos nos ocuparemos en el próximo capítulo.

martes, 2 de enero de 2018

Habitar el Palacio Real 00 - Introducción

Un palacio es una casa. Por eso, en primer lugar, debe ser siempre un edificio organizado y funcional, como un reloj, un palacio no puede ser una simple colección de estancias bonitas. En segundo lugar, un palacio habitado durante largo tiempo está sujeto, más que ningún otro tipo de edificio, a los cambios. Cambios que no son mero capricho del soberano, sino, con frecuencia, exigencias de la moda, nuevas necesidades simbólicas, cambios de costumbres, mejoras en la comodidad o incluso algo tan prosaico como las estrecheces presupuestarias.

En la Europa actual, la mayoría de los palacios abiertos al público optan por un “esquema maximix”, es decir, en una única visita, el visitante observa, solapadas, distintas épocas, con distintos inquilinos, decoraciones y costumbres. Ciertamente, este es el esquema más lógico y más fácil para mostrar al público un edificio habitado durante décadas o incluso siglos. Sin embargo, este esquema hipercomprimido y holístico también tiene sus desventajas, el visitante nunca entenderá como se usaba y como se vivía el palacio en un periodo determinado pues se le exigirá que los comprenda todos a la vez.

Con tal de sortear las complicaciones que esto puede ocasionar, he decidido dedicar una serie de artículos al Palacio Real de Madrid. Cada artículo se dedicará a un reinado y a las estancias principales de dicho reinado. En ningún momento, la intención será enumerar cada uno de los objetos presentes en las salas, sino que se buscará ofrecer una visión global sobre esquemas decorativos de cada época y, en la medida de lo posible, ofrecer información sobre el uso y la función de cada una de las estancias. El fin y al cabo, como he dicho al principio, un palacio es una casa.

Carlos IV
Fernando VII
Isabel II
Alfosnso XII y Alfonso XIII

Para animar esta primera entrada una selección de imágenes relativas al proyecto inicial de Sachetti para el Palacio Real Nuevo.

El proyecto de Sachetti también incluía la reforma de las áreas circundantes y la demolición de la vieja Casa del Tesoro (K) de la época de los Austrias.

El proyecto definitivo (1747) de Sachetti para la planta principal del palacio, que se dividía en tres grandes aposentos o appartements: los del Rey (azul), los de la Reina (rosa) y los de los Príncipes de Asturias (amarillo). El Rey y la Reina disfrutaban cada uno de una escalera independiente. La Reina disponía de dos dormitorios, el habitual (al sur) cerca del del Rey; y el de ceremonia (en el extremo norte).

Sección de las escaleras del Rey y de la Reina en el primer proyecto de Sachetti (1744). El salón entre ambas debía destinarse a bailes y fiestas.


Acuarela representando el proyecto final (1747) de Sachetti para las escaleras, formadas con un compleja disposición de las rampas con siete ramales y unos elaborados estucos y frescos tardobarrocos en el techo.


Acuarela representando el proyecto de Sachetti para la Galería de la Reina, que jamás de construyó.

Quien desee saber más sobre las génesis y la evolución de la planta principal del palacio debería leer el artículo de José Luís Sancho "La planta principal del Palacio Real de Madrid" en la revista Reales Sitios, 109, 1991.

domingo, 26 de noviembre de 2017

ICH KENNE NUR DEUTSCHE: guerra y exilio en el II Reich

Representación alegórica de Alemania armada en defensa de la patria.
En el verano de 1914, en plena efervescencia nacionalista, los grandes y pequeños estados europeos marcharon a la guerra para defender su patria contra el enemigo. Cuatro años más tarde y millones de muertos después, los grandes imperios seculares europeos habían sido completamente barridos. Si el contexto de la Revolución Rusa y la dramática abdicación, cautiverio y asesinato del zar Nicolás II son de sobra conocidos, mucho menos se ha escrito sobre el hundimiento de Alemania, Austria-Hungría y el Imperio otomano, en este orden.

En el caso alemán, la bibliografía en español se ha enfocado sobretodo a cuestiones militares mientras que el análisis de las cuestiones más políticas o incluso más biográficas es prácticamente inexistente. No creo que haya mejor momento que ahora, el centenario de la Primera Guerra Mundial, para dedicar un post a los aspectos más internos y menos conocidos de la Alemania de la época.

EL SEÑOR DE LA GUERRA

La Constitución del Imperio alemán de 1871 establecía que el Emperador alemán era en tiempos de guerra el “jefe supremo del ejército”. No obstante, ya desde inicios de la guerra quedó demostrado que esto era pura retórica. A pesar de la estrecha relación entre el Káiser y el Ejército, al que consideraba uno de los pilares del país, y de lo cómodo que se sentía rodeado de un ambiente castrense (todo ello muy común en las monarquías de la época), el soberano ignoraba cuestiones básicas sobre el día a día del ejército y sobre estrategia. Asimismo, como sus intervenciones en este campo solían ser disruptivas, sus generales le comunicaban solo lo justo y necesario. Al parecer, incluso Alfred von Schlieffen le había ocultado el famoso Plan Schlieffen (el plan de guerra alemán), ya que temía que el soberano constituyera, dada su propensión a hablar más de la cuenta, una brecha de seguridad.
La afición del káiser Wilhelm II por los uniformes y las poses teatrales fue admirada y caricaturizada a partes iguales.

Con el estallido de la guerra, que Wilhelm II había aceptado con reluctancia, el soberano delegó las cuestiones militares en sus generales, convirtiéndose en un “jefe supremo del ejército” solo en nombre. Sin embargo, siguió siendo un centro de poder importante pues, al fin y al cabo, era él quien seguía aprobando los nombramientos de “sus” generales.
El Káiser y la familia imperial aclamados en el balcón del Stadtschloss de Berlín al inicio de la guerra. Escenas idénticas se vieron en Londres y en San Petersburgo.

Ya desde el verano de 1914, el Káiser había dado muestras de un agotamiento nervioso, que se acentuaría a medida que avanzaba la guerra. Al principio, insistió en establecer el Cuartel General del Estado Mayor en el castillo de su amigo el príncipe de Pless en Silesia y con frecuencia pasaba más tiempo allí que en Berlín. Su canciller, Theovald von Bethmann-Hollweg, se quejaba que el soberano llenaba las cartas con cuestiones triviales, como por ejemplo la decoración de los baños en dicho castillo. El alejamiento de Berlín, centro político del Imperio, tuvo serias consecuencias para el reinado de Wilhelm II, pues lo alejó de la toma de decisiones y de la realidad política y social del país, cosa parecida le ocurrió al zar Nicolás II. No deja de ser curioso que el soberano, que tan atento había estado antes de la guerra a la opinión pública y que tanto había cuidado sus apariciones públicas, se recluyera ahora en el Cuartel General, donde se pasaba el día sin hacer gran cosa, siendo informado del estado de la guerra por sus generales. La explicación seguramente estaría en el propio carácter del monarca, que con frecuencia oscilaba entre periodos de gran euforia y otros de decaimiento, el estallido del conflicto parece que agravó una depresión que ya venía padeciendo desde el Escándalo del Daily Mail en 1908.

DÚO DE GENERALES

El progresivo decaimiento del poder y de la popularidad del soberano fue paralelo y estuvo ligado al ascenso de otra importante figura, la del general Paul von Hindenburg. Este había saltado a la fama a finales de agosto de 1914 cuando, durante la Batalla de Tannenberg, había derrotado a dos ejércitos rusos muy superiores en número que habían invadido la Prusia Oriental. Tras dicha victoria, se le colgó el epíteto de “héroe” y por toda Alemania aparecieron estatuas de madera suyas en las plazas de pueblos y ciudades. Hindenburg se convertiría en la figura alemana más popular de la guerra y muchos lo verían como un auténtico líder y modelo a seguir en esos momentos de zozobra.  El general poseía además un aspecto imponente, a sus 66 años era un hombre alto y robusto, con un gran mostacho alemán y un característico tupé rectangular. Asimismo, al contrario que Wilhelm II, Hindenburg se dejaba ver en público con frecuencia y concedía entrevistas con facilidad. En cierto modo representaba esa fuerza primigenia de la “nación teutona” y las comparaciones con Bismark no tardaron en aparecer. La popularidad de Hindenburg sería una importante baza que él mismo no tardaría en explotar.
Hindenburg y Ludendorf en la Batalla de Tannenberg, según el pintor Hugo Vogel.

Desde el inicio de la guerra, el Jefe del Estado Mayor había sido el célebre general Helmuth von Moltke el Joven, sin embargo, tras de derrota de la Batalla del Marne, éste se retiró por problemas de salud. Fue substituido por Erich von Falkenhayn que consideraba que la guerra debía ganarse en el Frente Occidental, el franco-belga, y que más tarde ya habría tiempo de pactar una paz con Rusia. Dicha estrategia era frontalmente rechazada por Hindenburg, el héroe del Frente Oriental, y por su segundo al mando, el general Erich Ludendorff. Ambos pronto iniciaron una campaña anti-Falkenhayn que logró reclutar a personajes influyentes como el canciller Bethmann-Hollweg y a miembros de la familia imperial, como la emperatriz Auguste Viktoria y el príncipe Joachim, esposa e hijo del Káiser respectivamente. El soberano se mantuvo en sus trece a pesar de las repetidas amenazas de dimisión de Hindenburg. No obstante, tras la clamorosa derrota en la batalla de Verdún, que Falkenhayn había proyectado como su obra maestra, éste perdió el favor del emperador.

En agosto de 1916, Hindenburg se convirtió en Jefe del Estado Mayor alemán, su poder, desde entonces, no pararía de crecer, cosa que ha llevado a algunos historiadores a hablar de un “dictadura militar”, expresión un tanto exagerada, sin bien es cierto que se convertiría en la persona más poderosa del país.
Hindenburg, el Káiser y Ludendorff en el castillo de Pless (antes Alemania, ahora Pszczyna en Polonia).

La misma sala, "el Salón del Emperador", primorosamente conservaba en la actualidad.

LOS SUBMARINOS

Uno de los temas más polémicos política y militarmente durante toda la guerra en Alemania fue la llamada “Guerra submarina a ultranza” (GSU, en alemán Uneingeschränkte U-Boot-Krieg). Para hacer frente al bloqueo naval británico, el Almirantazgo alemán puso en marcha lo que consideró un arma de guerra definitiva: los U-boats (submarinos), con una tecnología muy superior a la que tenían los Aliados. Sin embargo, el derecho internacional y la Convención de la Haya regulaban solo los combates en superficie, nada se había estipulado aun sobre la guerra submarina. ¿Debía avisar un submarino a un barco antes de torpedearlo? ¿Era lícito bombardear a barcos neutrales si estos transitaban por una zona de guerra? ¿Y si dichos barcos llevaban material de contrabando? ¿Qué ocurría con los pasajeros de países neutrales que viajaban en barcos enemigos? ¿Qué certeza tenían los capitanes de los U-boat de identificar correctamente un barco?

Todas estas preguntas tendrían respuesta de forma trágica y brusca el 7 de mayo de 1915, cuando el U-boat U-20 hundió al trasatlántico Lusitania, muriendo como consecuencia más de mil personas. El hundimiento de Lusitania causó un amplio impacto en la opinión pública internacional que los Aliados aprovecharon para convertir en un ejemplo de la “barbarie teutona”. Solo años más tarde se demostraría que el buque cargaba en sus bodegas con armamento de contrabando.
El torpedeo del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.

El hundimiento del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.

En Alemania, el hundimiento causó también una profunda indignación y el Káiser ordenó, con el apoyo de su canciller, que se paralizara la “Guerra submarina a ultranza”. Además de la preocupación porque Estados Unidos entrara en la guerra, al emperador también le atormentaba la idea de imaginar mujeres y niños inocentes ahogándose en el mar.

El almirante Alfred von Tirpitz, principal promotor de la GSU, amenazó entonces con dimitir, pero el Káiser se mantuvo firme. Tirpitz, con el apoyo incondicional de Hindenburg y Ludendorff, presentaría su dimisión en dos ocasiones más, la última fue aceptada.

El emperador y el canciller mantuvieron su veto a la GSU hasta inicios de 1917. Por aquel entonces, el bloqueo naval británico empezaba a hacer estragos entre la población alemana, las primeras hambrunas serias se empezaban a notar. Asimismo, en el Reichstag (el Parlamento Imperial) varios partidos se unieron para formar un bloque pro-GSU. El Partido Conservador (derecha), el Nacional Liberal (centro-derecha) y el Zentrum (centro católico) amenazaron con retirar el apoyo al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg si no se re-emprendía la GSU. Por otro lado, el Almirantazgo había elevado la producción de U-boats y prometía que en caso que Estados Unidos entrara en la guerra, ellos serian capaces de torpedear tantos barcos que ningún soldado americano jamás llegaría pisar Europa. El 31 de enero, el Káiser cedió y autorizó de nuevo la “Guerra submarina a ultranza”. El 6 de abril, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania.

La campaña de guerra submarina constituyó uno de los mayores fracasos militares y también políticos alemanes, que no supo o no pudo contrarrestar la propaganda Aliada. Del mismo modo, contribuyó a erosionar el poder civil (el Káiser y el canciller) frente al militar (Hindenburg, Ludendorff y el Almirantazgo).
Póster de propaganda aliado: el Káiser representado como un pirata ahogando a niños en el mar.

TENSIÓN EN EL REICHSTAG

Cuando la guerra estalló en agosto de 1914, el Káiser se dirigió al Reichstag con una famosa frase, “Ahora no veo partidos, solo veo alemanes”. Todos los partidos políticos se adhirieron a la llamada Burgfrieden (una tregua política mientras durara la guerra) y se comprometieron aprobar los presupuestos militares.
Póster de propaganda alemán: "Así es como serán las tierras alemanas si los franceses llegan al Rin".
Curiosamente esto se haría realidad décadas despues, pero no por obra de la artillería francesa, sino por los bombardeos aéreos anglo-americanos.

Durante los primeros años de la guerra, el apoyo multipartido al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg se mantuvo sin fisuras. Pero en la primavera de 1917, como consecuencia de la Revolución Rusa, dicho apoyo empezó a deteriorarse. Tuvieron lugar las primeras huelgas masivas desde el inicio de la guerra y, en el Reichstag, los partidos de centro e izquierda empezaron a reclamar una paz sin anexiones, ni vencedores, ni vencidos y una mayor democratización del Imperio, sobretodo del Parlamento Prusiano, que se elegía en función de las clases sociales.

Frente a esta tesitura, el canciller aconsejó al Káiser que anunciara, en su “Discurso de Pascua”, que la reforma electoral se produciría tras la guerra, cosa que fue considerada insuficiente por una mayoría del Reichstag.

Asimismo, en julio de 1917, el Reichstag aprobó la llamada Friedensresolution (una propuesta de paz sin anexiones ni indemnizaciones) con el apoyo del Partido Socialdemócrata (izquierda), del Partido Popular Progresista (centro-izquierda) y del partido Zentrum (centro católico). La resolución fue ignorada tanto por el Estado Mayor alemán como por los Aliados.

Inquietos ante tales sucesos, Hindenburg y Ludendorff amenazaron una vez más al Káiser con dimitir si no se frenaban tales acciones en el parlamento y si Bethmann-Hollweg no era cesado. El emperador no cedió, pero finalmente en julio, Bethmann-Hollweg, que ya no gozaba del apoyo del Reichstag y no quería enfrentar al Káiser con sus generales, dimitió. Tras saberlo, Wilhelm II exclamó “Pronto me tocará abdicar a mi”.

El nuevo canciller fue Georg Michaelis, era la primera vez que el canciller del Imperio no era conocido del Káiser ni tenía relación alguna con la corte. Michaelis, hábil administrador fue substituido poco después por el conservado conde Von Hertling. Ambos gozaron del apoyo y la aprobación de Hindenburg y Lundendorff. El Káiser, por su parte, había perdido la mayor parte de su poder político, pues era él el que solía elegir el canciller como premio por una brillante carrera en la administración.

UN AÑO EN SPA

En febrero de 1917, tras la estabilización del Frente Oriental, el Estado Mayor alemán decidió trasladar  su cuartel general desde Pless, en Silesia, hasta la otra punta de Alemania, la ciudad balnearia de Bad Kreuznach, cerca de Coblenza. Hindenburg esperaba concentrarse más en el Frente Occidental ahora que se sospechaba que Estados Unidos entraría en la guerra.

Apenas un año después, con el fin de preparar la Ofensiva de Primavera, el cuartel general se trasladó más cerca del frente, a la ciudad belga de Spa (sí, de esta ciudad viene la palabra más chic que hoy usamos como sinónimo de balneario). La ciudad había sido ocupada por los alemanes en agosto de 1914 y su cantidad de establecimientos hoteleros y sus aguas de reputada salud pronto la convirtieron en un importante centro de convalecencia para las tropas. Ese mismo año, un gran hospital militar fue instalado en el antiguo casino. El 8 de marzo de 1918, la ciudad, apta para alojar a una gran cantidad de gente, se convirtió en la nueva sede del Estado Mayor, los generales Hindenburg y Ludendorff llegaron acompañados de 800 oficiales, 3000 hombres y 800 caballos.

El cuartel general se instaló en el Hôtel Britannique y varias villas en el cercano pueblo de Nivezé fueron requisadas para alojar a los altos mandos. Hindenburg residió en la Villa Sous-Bois, Ludendorff en la cercana Villa Hill Cottage y el canciller Von Herting en el Château de Crawhez. Para el Káiser y su séquito se reservaron cinco propiedades de la riquísima familia Peltzer. En un principio el emperador residió en la Villa la Fraineuse para luego trasladarse al cercano Château de Neubois. A la mayoría de estas residencias se les añadió un búnker en el sótano.
El Château de Neubois en Spa, residencia atribuida al emperador Wilhelm II.
(http://www.clham.org/t-3-fasc-5-spa)

El Káiser departiendo en el porche del chàteau.

El búnker del general Hindenburg en la Villa Sous-Bois, con el mobiliario proveniente del boudoir de la dueña de la casa.

El Káiser pasó mucho tiempo en Spa, pero como ya ocurrió en los anteriores cuarteles generales, no tenía mucho que hacer. El emperador era informado (más o menos fidedignamente) del estado de la guerra por la tarde, pero el resto del día lo pasaba paseando por el bosque, caminando alrededor del lago Warfaz y cortando leña. Un enviado austríaco afirmó que el Káiser parecía “un prisionero de sus generales” y que vivía en un ambiente claustrofóbico y aislado, sin que apenas le llegaran noticias sobre la realidad del frente.

Sin embargo, con frecuencia, el Káiser también recibía invitados, como los enviados del sultán otomano, del zar Ferdinand de Bulgaria, de la nueva Ucrania o de los nuevos Estados Bálticos. La vajilla de plata maciza de Friedrich II el Grande había sido traída desde Berlín para tales ocasiones. La visita más importante, no obstante, fue la del emperador Karl I de Austria-Hungría que vino en dos ocasiones, la última (en agosto) después de que el Káiser se enterara que el emperador austríaco estaba intentado negociar una paz separada.

LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN

La irreal atmósfera de Spa dio un brusco giro en setiembre de 1918. El día 15, Bulgaria firmó su rendición incondicional, era el primero de los Imperios Centrales en ser derrotado. Días después, Lundendorff informó a Wilhelm II que la Ofensiva de Primavera había sido un completo fracaso y que el frente estaba a punto de colapsarse.

Con tal de evitar la humillación de tener que firmar un armisticio, Hindenburg y Ludendorff sugirieron que fuera el Reichstag el que iniciara las conversaciones de paz y aceptara los “Catorce Puntos” del presidente americano Woodrow Wilson (evacuación de los territorios ocupados, libertad de comercio y navegación, autodeterminación de los pueblos, etc.). Además, una mayor parlamentarización del país y un gobierno formado por diputados y no por favoritos imperiales haría que el Armisticio fuera más difícil de rechazar por los Aliados.

El canciller Von Hertling se negó a aceptar tales condiciones y dimitió, el Káiser decidió nombrar como canciller a su primo segundo, el príncipe Max von Baden, de tendencia liberal.

El nuevo y último canciller del Imperio alemán, se encontró, sin embargo en una posición muy difícil, ya que tenía que hacer frente al mismo tiempo a la intransigencia del Estado Mayor, que era como un segundo gobierno, y a la creciente violencia de partidos de extrema izquierda. Asimismo, el tono de las exigencias del presidente Wilson aumentaba poco a poco y ahora pedía “la destrucción de cualquier poder arbitrario que pueda poner en peligro la paz del mundo”. Esto no tardó en interpretarse como una velada petición para que el Káiser, a quienes lo Aliados consideraban el culpable de la guerra, abdicara.
El Káiser representado en la propaganda aliada como un maníaco sanguinario que deseaba comerse el mundo.

Propaganda aliada: la Muerte ofreciendo al Káiser miles de muertos en su honor para su cumpleaños (enero 1915).

El 28 de octubre, el príncipe Max von Baden logró aprobar una enmienda en la Constitución que recortaba considerablemente los poderes del Káiser y aumentaba los del Reichstag. La monarquía constitucional se convertía en monarquía parlamentaria.

Un día después, Hindenburg y Ludendorff cambiaron de opinión y decidieron seguir con la guerra, costara lo que costara. El Káiser tomó entonces la decisión política más importante desde el estallido del conflicto, anunciaba el cese de Ludendorff ante sus continuas interferencias, este huyó inmediatamente a Suecia disfrazado y con papeles falsos. Hindenburg, por su parte, fue mantenido en el cargo dada su popularidad. El soberano exclamó: “Por fin se ha terminado la operación, he separado a los siameses”.

Ese mismo día, en medio de cada vez más peticiones de abdicación, Wilhelm II abandonó Berlín rumbo a Spa, sería su peor decisión. Jamás volvería a pisar la capital. Su estancia en el Cuartel General no solo le alejaría del centro de decisiones políticas sino que también asociaría su figura al fracaso de las operaciones militares.

EL COLAPSO

La misma noche que el Káiser abandonaba la capital, se producía en la base naval de Wilhelmshaven un motín contra las órdenes del Almirantazgo de prepararse para salir a luchar a alta mar. Los marineros consideraban que estando negociándose un armisticio era un sacrificio inútil. Al día siguiente, el 30, el motín se había extendido a la base naval de Kiel. En una semana, el motín se había convertido en una revuelta popular de marineros y trabajadores. Aunque finalmente la revuelta fue sofocada, por aquel entonces, la noticia ya se había extendido a las principales ciudades alemanas.

La tensa calma de Spa sufrió un serio revés el día 3 de noviembre, con la noticia que Austria-Hungría (que se había desintegrado rápidamente durante el mes de octubre) acababa de firmar un armisticio por separado. Fue la última acción tomada por el gobierno imperial austro-húngaro antes de su disolución.

El día 7, hubo revueltas y “asambleas de trabajadores” en la mayoría de las ciudades alemanas. El rey Ludwig III de Baviera tuvo que abandonar Múnich después de que la “república libre de Baviera” hubiera sido proclamada. Al anochecer, llegaron a Spa los representantes del Reichstag que tenían que firmar el Armisticio con los Aliados. Estaban liderados por el diputado centrista Matthias Erzberger, el mismo que en verano de 1917 había propuesto la “Resolución de Paz del Reichstag”. Partieron poco después en cinco coches rumbo al frente.

El día 8, viernes, mientras serios disturbios ocurrían en Berlín, el canciller Max von Baden llamó insistentemente a Spa para pedir al Káiser que abdicara, solo así, decía, podría salvarse la monarquía. Su aliado parlamentario, Friedrich Ebert, líder del Partido Socialdemócrata (SPD), esperaba conservar la monarquía e impulsar reformas, pero quería evitar a toda costa una revolución socialista. Wilhelm II, por su parte, confiaba en ganar tiempo y, una vez firmado el Armisticio, usar el ejército para frenar la revolución. Sus generales le hicieron ver que eso era una quimera. Curiosamente el gobierno alemán haría eso mismo apenas medio año después. El Káiser empezó a barajar entonces la idea de abdicar como “Emperador alemán” pero mantenerse como “Rey de Prusia”.
La Fraineuse

El día 9 de noviembre, sábado, por la mañana, Hindenburg se reunió con sus oficiales para sondear la fidelidad de los soldados, a las diez partió hacía la Villa La Fraineuse para hablar con el emperador. Aconsejó abdicación inmediata. El Káiser decidió esperar a más informes de los militares y a la opinión de su hijo, el kronprinz (príncipe heredero) Wilhelm, que llegó sobre la 12 y recomendó lo contrario, no abdicar. Los mensajes y llamadas telefónicas de Berlín eran cada vez más insistentes. A la una y quince llegó un telegrama del príncipe Max von Baden: “ruego a Su Majestad que abdique para salvarnos de un situación desesperada”. El Káiser se convenció y redactó una abdicación como emperador, acto seguido fue a almorzar con su hijo el kronprinz. A las dos y quince, mientras los generales acababan de redactar el comunicado oficial, llegó una notificación que el príncipe Max von Baden ya había anunciado la abdicación de Wilhelm II sin esperar la confirmación oficial. Pero no solo lo había "abdicado" como emperador alemán, sino que también había anunciado su abdicación  como rey de Prusia y la renuncia de su hijo al trono.

“¡¡¿Así es como me sirve mi canciller?!!” exclamó furioso el emperador.

Una vez más, hubo debate sobre qué hacer, sobre si las tropas serían leales o no, sobre si Wilhelm II seguía siendo aún rey de Prusia, etc. Las noticias seguían siendo alarmantes, desde Berlín se informó que el príncipe Max von Baden había resignado, que el socialdemócrata Scheidemann había proclamado la “república alemana” y que horas más tarde el comunista Liebknecht, por su parte, había anunciado la creación de la “república socialista libre” desde el balcón del mismísimo Stadtschloss.
Karl Liebknecht proclamando la "república socialista libre" desde el balcón del Stadtschloss de Berlín.

EL EXILIO

En Spa, en el Hôtel Britannique, Hindenburg y los generales se reunieron ahora para hablar ya directamente del exilio del Káiser, que fue informado que ni siquiera la guarnición de Spa era de fiar. Él, por su parte, afirmó que “no permitiré que me arresten”, le aterrorizaba acabar como Nicolás II. Los Países Bajos fueron seleccionados como el exilio más lógico.

Pasadas las 7 y media de la tarde, el emperador abandonó el Château de Neubois y se instaló en su “tren imperial” parado en la estación de Spa. Allí cenó y conversó una vez más sobre un posible retorno, volvió a dudar sobre si partir al exilio o no. Más malas noticias fueron llegando: el rey de Wurttenberg, el gran duque de Hesse (hermano de la zarina Aleksandra) y el gran duque de Weimar también se habían visto forzados a abdicar.

Finalmente, pasadas las cuatro de la madrugada, el Káiser se decidió a partir y el tren imperial abandonó la estación de Spa. El emperador decía adiós para siempre al Ejército alemán y a Hindenburg, hombre que en el fondo se había convertido en su némesis. El “jefe supremo de los ejércitos” había visto como, poco a poco, la guerra y el ejército habían acabado hundiendo la inmensa popularidad de la que gozaba antes de 1914.

Cinco kilómetros más lejos, en La Reid, el tren paró. Había rumores que tropas sublevadas y amotinados podían haber tomado la vía, todo el mundo seguramente tenía en mente la abdicación del zar Nicolás II, apenas un año antes, recluido en su tren inmovilizado. El emperador y su séquito se trasladaron a cinco coches y, la madrugada de aquel domingo 10 de noviembre, cruzaron la oscura y silenciosa campiña belga hasta llegar al puesto fronterizo holandés de Eysden, situado unos sesenta kilómetros al norte. Allí, los emperifollados miembros del séquito tuvieron que despertar a la guarnición del puesto y, sobre las ocho, el mayor Van Dyl les autorizó a cruzar la frontera y a esperar en la pequeña estación local a que se concluyera el papeleo. Durante casi seis horas, el hiperactivo Wilhelm II tuvo que esperar, andén arriba, andén abajo, a que se le concediera asilo político en Holanda. Mientras tanto, numerosos periodistas se apresuraron a tomar fotos y gravar vídeos del histórico momento. Solo horas después, cuando por fin llegó el tren imperial, el Káiser y su séquito pudieron esconderse del ojo de los curiosos.
El Káiser y su séquito esperando en la estación de Eysden, el emperador es el hombre más bajito que aparece justo en el centro del grupo.

Una vez rellenados los formularios y aceptada la petición de asilo de “Wilhelm von Hohenzollern”, se tuvo que buscar un alojamiento. Por orden de la reina Wilhelmina, el conde Bentinck puso a disposición de los asilados su castillo de Amerongen, donde llegaron en un convoy de ocho coches la tarde del día 11, en medio de una espesa niebla. Tras asegurarse que el conde no era masón, lo primero que pidió el Káiser fue un “buena taza de té caliente inglés”. Pocas horas antes, los representantes del, ahora derrocado, gobierno  imperial alemán habían firmado, en Compiègne, el Armisticio con los Aliados.
El Káiser (con aspecto demoníaco) llora mientras el mariscal Joffre (jefe del estado mayor francés) ríe.

En los siguientes días llegaron a Amerongen su esposa, la emperatriz Auguste Viktoria; su nuera, la kronprinzessin Cecilie y sus nietos, todos ellos habían vivido las turbulentas semanas de noviembre recluidos en el Neues Palais de Potsdam.

La apacible rutina que poco a poco se había establecido en Amerongen fue alterada el 28 de noviembre con la llegada de los representantes del nuevo gobierno republicano, liderados por el conde Ernst zu Rantzau. Éstos pidieron, con una exquisita educación, que el Káiser firmara la acta oficial de abdicación, un gran documento de grueso papel y con el águila imperial en la parte superior. “WILHELM”, firmó el Káiser. Desde entonces era un ciudadano alemán más viviendo en Holanda, país que jamás abandonaría.

Hindenburg, por otro lado, recibió órdenes, por parte del nuevo gobierno republicano, de organizar el progresivo repliegue del ejército. Meses después, al volver a su ciudad natal de Hannover, fue jaleado como un héroe y se le regaló una villa, para gran sorpresa de él mismo, que consideraba que había perdido "la guerra más importante de todos los tiempos".

EPÍLOGO

La pareja imperial y su entourage siguieron viviendo en Amerongen hasta que se trasladaron al nuevamente adquirido palacete de Huis Doorn en 1920. Por aquel entonces, el Káiser había alcanzado un acuerdo económico en el nuevo gobierno de la República de Weimar, que le permitió cargar veintitrés vagones con muebles, pinturas y souvenirs provenientes de las antiguas residencias imperiales. Irónicamente, la compra de Huis Doorn se financió con la venta de un palacio que el emperador poseía en la Wilhelmsstrasse de Berlín y que iba a convertirse en la nueva residencia del presidente del Reich.
Huis Doorn, en los Países Bajos.

En Huis Doorn, el ex-Káiser llevó una vida tranquila, más propia de un gentleman inglés en su casa de campo que de un soberano derrocado. Seguramente la misma vida que hubieran deseado los menos afortunados Louis XVI y Nicolás II, o incluso Karl I de Austria. Desde allí, quien antaño había sido la personificación del poder (y para algunos de la agresividad) alemana, contemplaría el duro Tratado de Versalles y el lento descenso a los infiernos de su patria. “Por primera vez, me avergüenzo de ser alemán” dijo tras la Noche de los Cristales Rotos.
El Káiser, de civil, en Huis Doorn.
El Káiser y su segunda esposa, la princesa Hermine von Reuss zu Greiz.

Falleció en 1941, con 82 años, en una Holanda ocupada por los nazis. Para evitar ser enterrado rodeado de esvásticas, el Káiser prohibió que en su funeral hubiera banderas. El destino le ahorraría tener que ver a una Alemania reducida a cenizas humeantes pocos años después.