domingo, 15 de julio de 2018

Habitar el Palacio Real III - José I


La imagen que se tiene de José I es la de un soberano a la sombra de su todopoderoso hermano que tras perder la guerra huyó a Francia arramblando todo lo que pudo antes de partir. El famoso Equipaje de José Bonaparte, que incluida pinturas, preciados libros y hasta planta exóticas del Jardín Botánico, fue en su mayor parte recuperado (abandonado) tras la Batalla de Vitoria.

José I también tiene el honor de haber perpetrado el mayor robo de la historia de España, el de las joyas de la Corona en 1808, que desaparecieron sin dejar rastro, aunque, una vez más, vemos la poderosa mano de su hermano en tales maquinaciones. Asimismo, a finales de su corto reinado, el soberano también tuvo que echar mano de las vajillas y objetos litúrgicos del Palacio Real para poder pagar el sueldo de sus tropas.

En resumen, una imagen poco halagüeña.

El flamante nuevo rey de España, José I, pintado por Flaugier en 1809.

CONSIDERACIONES GENERALES

Por las condiciones en las que se desarrolló, la corte de José I por fuerza no pudo alcanzar el esplendor de otros estados satélites del Imperio francés. Las cortes de Nápoles, Milán, Kassel o Ámsterdam ejemplifican claramente una exportación del boato francés. Todas ellas se caracterizaron por una exquisita puesta en escena y un mecenazgo que, con frecuencia, seguía las directrices de Charles Percier y Pierre-François-Leónard Fontaine, gurús y dictadores artísticos del momento. Pero este no fue el caso de la corte napoleónica española.

En primer lugar, dada la situación de caos y guerra que vivía el país, la corte no pudo desarrollar una rutina regular. José Bonaparte no utilizó ninguno de los Reales Sitios que rodeaban la capital. Por cuestiones de seguridad, habitó únicamente en el Palacio Real de Madrid, alternando con la Casa de Campo y, con mucha menos frecuencia, con La Moncloa. Tras la derrota de Bailén, el soberano también se alojó brevemente en El Pardo en diciembre/enero de 1808-1809, antes de reinstalarse en la Palacio Real.

Paralelamente, la situación económica no favoreció la realización de grandes encargos suntuarios ni de redecoraciones completas, aunque eso no impidió que José Bonaparte realizara pequeñas transformaciones según sus gustos. Para solventar las estrecheces presupuestarias, el Palacio Real se alhajó con pinturas provenientes de El Escorial, objetos varios de Aranjuez y, para darle un aire más moderno, con muebles del palacio de Buenavista, residencia de Godoy en la que, sin embargo, jamás llegó a residir.

Curiosamente, Buenavista había sido destinado a albergar el Museo Josefino y allí habían ido a parar varios cuadros de los Reales Sitios y todos aquellos almacenados con anterioridad en el Buen Retiro.

Si bien la vida de corte de época de José I fue de todo menos activa y regular, cogiendo el manual de etiqueta imperial, es posible deducir el uso que se le quiso dar a las distintas estancias, en comparación con los rituales cortesanos de las Tullerías y St-Cloud. También es fundamental el artículo de José Luis Sancho “El Palacio Real de Madrid, residencia de José I Napoléon”, en el que desgrana la distribución y las distintas intervenciones decorativas que se realizaron en ese periodo (Anales del Instituto de Estudios Madrileños, 56, 2016).

La planta principal de Palacio Real josefino. En naranja el Grand Appartment, en azul el Cuarto del Rey, en verde la Biblioteca del Rey y en rosa el Cuarto de la Reina.


GRAND APPARTEMENT

Todas las estancias cara a la plaza de la Armería más los salones posteriores, es decir, lo que fueron las salas principales del cuarto de Carlos IV y del príncipe Asturias, quedaron destinadas a grandes recepciones.

1- ESCALERA PRINCIPAL y 2- SALA DE GUARDIAS

3- SALÓN DE CONCIERTO

A igual que las Tullerías, también el Palacio Real disfrutaba de un inmenso salón para grandes festejos públicos. En abril de 1812 se encargaron sesenta sillas para esta sala, pero nunca llegaron a ser entregadas y, probablemente, ni siquiera empezadas.

El Salón de Concierto (actual Salón de Columnas).

4- SALA DEL CONSEJO DE ESTADO

La antigua Cámara de Carlos III y luego de su nieto el príncipe Fernando, seguía decorada con los elaborados muebles rocalla, no con las colgaduras de seda, que aún no habían salido de la fábrica.

Desde inicios de 1801, colgó en esta sala del famoso retrato de Napoléon cruzando los Alpes, encargado por Carlos IV al célebre pintor Jacques-Louis David. José I se llevó el cuadro consigo al abandonar Madrid en 1813.

Napoléon cruzando los Alpes, obra destinada a la Cámara del Príncipe Fernando, también llamada "Sala de los Grandes Capitanes". Actualmente se encuentra en le castillo de la Malmaison.

De marzo a noviembre de 1809, la estancia se destinó al Consejo de Estado y en ella se instaló una gran mesa semicircular cubierta de terciopelo verde, sesenta sillas con cojines amarillos y un sillón para el rey. Las paredes se tapizaron en seda verde. En noviembre el Consejo de Estado y sus muebles se trasladaron en la planta baja.

5- SALÓN DEL TRONO O DE EMBAJADORES

Más allá de la substitución de los pedestales de madera por otros de mármol, no se registraron transformaciones notables en el salón, salvo, lógicamente, el cambio de los escudos del trono y del dosel.

El 22 de enero de 1809, José I fue formalmente proclamado en este salón, después de su entrada triunfal a Madrid. Los asistentes al acto fueron, en esencia, los miembros del ayuntamiento, dado que la mayoría de grandes y nobles del reino se excusaron “por enfermedad”.

José I entronizado. El trono es seguramente una fantasía
del pintor François Gérard, pues el soberano debió seguir usando el trono rocalla de Carlos III y Carlos IV.

6- SALÓN GRANDE

Tapizado de seda amarilla, seguramente mantuvo una función parecida a la que tuvo bajo el reinado de Carlos IV: un lugar para audiencias formales. En las Tullerías era habitual que tras la misa de los domingos los soberanos tuvieran “el círculo” (una audiencia formal) en el Grand cabinet de l’Empereur, situado más allá de la sala del trono.

CUARTO DEL REY

José I se instaló en este conjunto de habitaciones en mayo de 1809. Su appartement comprendía esencialmente los aposentos de la reina María Luisa y algunos gabinetes de Carlos IV en el ala de San Gil.
Es en este cuarto donde debían tener lugar los principales actos de la jornada del soberano.

7- ESCALERA DEL PRÍNCIPE

Debió ser el acceso habitual al primer piso del palacio y a los aposentos del rey.

8- ANTECÁMARA

El primer espacio del Cuarto del Rey debió estar destinado a la guardia real y a los ujieres.

9- SALÓN DE PAJES

Probablemente aquí esperaban los pajes y sirvientes, mientras sus señores pasaban a las siguientes estancias.

10- SALA DE BILLAR

Esta sala, ligeramente disconexa de la ruta de acceso a la enfilade del Cuarto del Rey, albergó una gran mesa de billar procedente del palacio de Buenavista. Dada su situación, seguramente sirvió a los oficiales del soberano, que tenían su comedor justo al norte.

11- PIEZA DE PASO

Posiblemente esta pieza sería el equivalente del salon du service de los palacios imperiales. Aquí esperarían los altos cargos de la Casa del Rey (de ahí lo de service), de las casas de otros miembros de la Familia Real (nadie en este caso), los arzobispos y obispos, los generales y los miembros del Consejo de Estado. El chambelán de diario es el que controlaría el acceso a esta pieza.

El tapissier-décorateur del Rey, Caillet, entregó en noviembre de 1809, doce sillas nuevas para esta sala.

12- GRAN SALÓN

Dado su tamaño, su lujo decorativo y su posición central, es la pieza más importante del Cuarto del Rey.

Los miembros de la Familia Real y los ministros tenían derecho de entrada en este salón, es decir, esperaban a ser recibidos aquí por el soberano. También podría haber sido el lugar donde se realizaban las presentaciones matutinas. Todo individuo, gremio o asociación podía solicitar ser presentado al rey.

En noviembre de 1809, Caillet libró veintiuna sillas nuevas para la estancia, seguramente una de más alta para el soberano.

El Gran Salón del Rey, antigua Pieza de Comer de la reina María Luisa (actual Comedor de Diario).
© Patrimonio Nacional.

13- (no aparece en los inventarios)

La suntuosa decoración neoclásica azul y blanca del antiguo tocador de María-Luisa permaneció intacta durante el periodo napoleónica.

En los palacios de Napoléon, después del grand salon con frecuencia había una tríada inseparable formada por el cabinet topographique destinado a la inspección de mapas, un cabinet privado para el soberano y un pequeño cabinet du secrétaire. Es posible que esta primera estancia sirviera de gabinete topográfico.

14- GABINETE DEL REY

Seguramente el antiguo dormitorio de los reyes fue el despacho de José I, sin modificaciones mayores a excepción de un mobiliario apto para su nueva función (probablemente de Buenavista) y de las librerías trasladadas desde el Ala de San Gil (ver más adelante).

15- GABINETE DE MADERAS FINAS

Esta pequeño e íntimo gabinete pudo ser usado por el propio soberano o por su secretario. En agosto de 1809 se realizó una puerta “secreta” que comunicaba con una escalera que descendía al entresuelo y a la planta baja, donde estaba la Secretaría de S.M.

16- DORMITORIO DEL REY

A finales de 1809, José I se instaló en su tercer y último dormitorio, estancia que antes fue el vestidor de Carlos IV.

El Dormitorio del Rey, antiguo vestidor de Carlos IV (actual Salón de Armas).
© Patrimonio Nacional.

Para el nuevo dormitorio del rey se encargó, a inicios de 1812, el conjunto de muebles más suntuosos de todo el periodo josefino, de estilo imperio y con incrustaciones de bronce. El ebanista Hartzembusch realizó, junto con otros:
  • una gran cama cubierta de gros de Tours (seda con gruesos ribeteados) blanco con un dosel blanco y azul coronado con plumas
  • otra cama pequeña tapizada con tafetán azul
  • una chaise-longue también con tafetán azul
  • dos divanes revestidos con tafetán amarillo
  • dos sillas de caoba
  • una pantalla de chimenea con terciopelo azul.
  • una mesa de caoba con tallas de bronce
  • seis candelabros de bronce decorados con cabezas de gallo y demás heráldica francesa
Las paredes y las cortinas de las puertas y las ventanas eran de tafetán amarillo. Las paredes se decoraron además con cuatro grandes espejos, que incorporaron sobrepuertas estilo neoclásico venidos de Buenavista que habían sido diseñados por Dugourc para Manuel Godoy.

El dormitorio del Emperador en el castillo de Compiègne, de un estilo parecido debieron ser los muebles de José I.

17- RETRETE, 18- BAÑO y 19- “GALERÍA NUEVA”

Como Carlos IV, José I también quiso tener cerca de su dormitorio su retrete y su baño.

El soberano encargó que todo fuera completamente remozado, las tapicerías de las paredes, las chimeneas, las cañerías y grifos, la bañera, etc. No es posible saber exactamente en qué pieza se encontraban, más allá de que estaban entre el dormitorio y la escalera principal. Dos estancias tenían un gran nicho en la pared, lo que hace suponer que el nicho más pequeño contendría el retrete y el más grande la bañera, pero todo es hipotético.

José I también hizo cerrar el pórtico que daba a la escalera con vidrieras, para así aislar estas estancias del ruido y del frío. La “galería nueva” adquirió entonces su nombre actual: “camón”, en decir, un lugar cerrado con mamparas de cristal. Dichas cristaleras fueron retiradas en 1884.

20- ANTIGUO DORMITORIO

En mayo de 1809, José I se instaló en el que sería su segundo dormitorio en el palacio. Esta estancia ya había servido con anterioridad a Carlos IV. En nuevo soberano no durmió en la misma cama que su antecesor, sino, en otra de nueva que llevaba utilizando desde inicios de año. Hacia noviembre de 1809, el dormitorio fue nuevamente trasladado al antiguo vestidor de Carlos IV (16).

Antes, durante o después de este traslado, la cama del soberano fue completamente retapizada en color verde y dotada de un nuevo dosel con dos postes/escudos con las armas de la España napoleónica.

21- COMEDOR PRIVADO y 22- SALÓN

Más o menos al mismo tiempo en que José I abandonó su dormitorio del Ala de San Gil, en otoño de 1809, se decidió transformar algunas piezas de esta ala en estancias privadas para una vida más mundana, al modo de los appartements privés que habían proliferado en los palacios barrocos desde mediados del XVIII.

Desde octubre de 1809, las librerías de las dos piezas más grandes de la biblioteca de Carlos IV fueron desmontadas y trasladadas, quizás al gabinete del rey (14). La decoración de las dos piezas se terminó solo a finales de 1811.

En el comedor se instalaron veinticuatro sillas (luego reducidas a doce), una araña proveniente de La Granja y un gran espejo con trumeu de Buenavista. Las paredes se tapizaron con seda color “leche fino”.

El salón se sabe que se decoró con varios cuadros y con cortinas color carmesí.

CUARTO DE LA REINA (y de Napoléon)

Para la esposa de José I, Julie o Julia Clary, se reservó todo el cuarto de poniente. Sin embargo, la soberana jamás llegó a pisar España, con lo que este grupo de estancias permaneció en gran medida desocupado.

La reina consorte de España, Julia Clary y sus dos hijas: Zénaïde y Charlotte.

Anteriormente, esta zona fue el cuarto de Carlos III y su madre Isabel de Farnesio (luego su hija la infanta María Josefa). En 1801-02, el cuarto se redecoró para acoger la príncipe Fernando y a su primera esposa, María Antonia de Nápoles.

En marzo de 1808, cuando las tropas francesas ocupaban la capital, el mismo Fernando VII, ordenó que dicho cuarto (el suyo propio) se preparara para alojar a Napoléon si venía a visitar Madrid. Napoléon vino, pero por entonces ya habían tenido lugar las abdicaciones de Bayona y el Dos de Mayo. El emperador llegó a Madrid en diciembre de 1808, pero prefirió alojarse en las afueras de la ciudad, en el palacio de la duquesa viuda de Pastrana en Chamartín.

El palacio de la duqueda viuda de Pastrana e Infantado, en Chamartín.
© Museo del Romanticismo.

Si que parece que Napoléon visitó el Palacio Real el 9 de diciembre y tomó un baño en el palacio, antes o después de recibir a los corregidores y notables de la villa.

Cuando José I se reinstaló en Madrid el 22 de enero de 1809, escogió como aposentos el cuarto de poniente, e incluso proyectó crear una terraza repleta de naranjos en el ala inacabada paralela a la de San Gil. Presumiblemente durmió en el antiguo dormitorio del príncipe Fernando, antes de Carlos III.

El monarca vivió poco en estos espacios, como sabemos se mudó al cuarto de Carlos IV y María Luisa en mayo de 1809. Sin embargo, el Cuarto de la Reina (a veces también llamado “del Emperador”) fue retocándose y remozándose con nuevos tapizados de muebles y paredes.

En el inventario de 1811, el cuarto se distribuía de una forma análoga al del rey:

23- Primera Antecámara; 24- Pieza siguiente; 25- Salón del servicio; 26- Gran Salón; 27- Otra cámara; 28- Sala de Porcelana; 29- Dormitorio de la Reina

28- EL BAÑO DE NAPOLÉON

El 9 de diciembre de 1808, los archivos de Palacio parecen indicar que Napoléon habría tomado un baño durante su visita al Palacio Real. Si bien no se conoce con exactitud la localización de ese baño, lo más probable es que se preparara en una bañera portátil en la Salita de Porcelana o en su trascuarto, donde el príncipe Fernando debía tener sus gabinetes de aseo.

La Salita de Porcelana.
© Patrimonio Nacional.

Una bañera de campaña, hecha de zinc, usada por Napoléon en Santa Helena.
© L'Adresse I.P.

Finalizada la visita de su hermano, José I dedicó gran atención a la instalación de un nuevo baño en la Salita de Porcelana o, más probablemente, en su trascuarto. Del palacio de Buenavista se trajeron la caldera, las tuberías y la bañera de mármol, al parecer hecha para la reina María Luisa pero luego trasladada al palacio de Godoy, seguramente por no ser del gusto de la soberana. Del cuarto de Carlos IV en La Granja se trajeron la grifería y el retrete. Todo ello se acompañó de un remozamiento del mobiliario de la Salita de Porcelana, terminando en marzo de 1810. 

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El ángulo noroeste del palacio se dedicó al “cuarto de las Princesas”, pero obviamente las hijas de José I tampoco llegaron a habitarlo. El “cuarto de la Gobernanta” estaba en el ángulo noreste.

En la planta baja se situaban el Consejo de Estado (en el ángulo suroeste), la Mayordomía (en el sureste) y la Secretaría (cara a la Plaza de Oriente).

No puede decirse ni que la vida de corte ni que la promoción artística josefinas fueran especialmente brillantes, dada la situación política y económica que vivía el país. Pero, por otro lado, pese a los expolios de platerías y joyas y al famoso equipaje de José I, el palacio que éste abandonó el 17 de marzo de 1813 estaba perfectamente alhajado y mantenido.



lunes, 25 de junio de 2018

El Káiser, una introducción


Wilhelm II, el último káiser del II Reich, fue uno de los personajes más fascinantes entre la plétora de monarcas y príncipes que protagonizaron y contemplaron el derrumbe de la Vieja Europa durante la Primera Guerra Mundial. Su intensa, teatral y, a veces, histriónica personalidad fue tema de conversación y debate, y durante décadas, se le achacó haber sido uno de los principales causantes del deterioramiento de las relaciones anglo-alemanas y del estallido de la guerra. En la actualidad, muchas de estas aseveraciones están en entredicho.

Wilhelm II fue un hombre de contrastes: impulsivo, ignorante, ansioso, depresivo, incapaz de concentrarse en el trabajo y fiel defensor de los derechos divinos de la monarquía, también era, no obstante, ambicioso, muy inteligente, tenía muy buena memoria, era elocuente y enérgico y estaba muy interesado en el mundo moderno. Su brusquedad y egoísmo solían ir de la mano de la amabilidad y la educación propias de un gentleman.

Teatral, pomposo y dado a lo que hoy llamaríamos “incorrecciones políticas”, Wilhelm II heredó en 1888 uno de los tronos más codiciados del mundo, el del floreciente Imperio alemán. Hijo del príncipe Friedrich (brevemente emperador Friedrich III) y de la princesa Victoria o Vicky (hija a su vez de la reina Victoria), su nacimiento estuvo marcado por un funesto parto que le dejaría como resultado un brazo izquierdo paralizado y ligeramente más corto. (Más sobre su infancia y juventud aquí) Esta discapacidad generaría en él un complejo de inferioridad y, al mismo tiempo, una cierta tendencia hacia la megalomanía y la arrogancia así como una constante necesidad de aprobación, de sentirse amado y admirado y por sus propios súbditos pero también por los ingleses, que por lo general lo aborrecían y despreciaban.

La princesa Victoria pintada en 1867 por Winterhalter.

El príncipe Friedrich pintado en 1857 por Winterhalter.

El Káiser tenía, además, la tendencia a hablar muchísimo y sobre muchos temas al mismo tiempo; demostraba tener grandes conocimientos pero también una destacable falta de concentración. Wilhelm II era hiperactivo, cosa que preocupaba especialmente a su séquito. “Su majestad no tiene nervios, pero no aguanta la presión durante las crisis” decía el almirante Friedrich Hollmann, y esa era la principal preocupación de sus doctores: Wilhelm II tendía a consumir sus nervios, después de períodos de hiperactividad se derrumbaba.

Algunos historiadores han querido ver también en Wilhelm II un ejemplo de Cäsarenwahnsinn, una "dolencia" característica de algunos emperadores romanos que incluía delirios de grandeza, divinización de uno mismo, deseo de triunfos militares y manía persecutoria.

El joven príncipe Wilhelm ataviado a la escocesa en una fotografía para su abuela la reina Victoria, hacia 1884.

Sobre él también influyó la pobre relación que tuvo con su madre inglesa que, por un lado, consideraba a su hijo un fracaso personal y, por otro, parecía constantemente dispuesta a alabar todo lo inglés y a ser condescendiente con las tradiciones prusianas. Todo ello contribuiría a crear en el Káiser una complicada relación con Reino Unido. Wilhelm II siempre sintió fascinación y admiración por la cultura inglesa, pero al mismo tiempo vio, con frustración, como sus parientes ingleses le solían mirar por encima del hombre. El Káiser, por lo tanto, osciló siempre entre el orgullo y el rencor hacia todo lo inglés.

El káiser Wilhelm II pintado en 1917 por August Böcher.

La imagen que de él ha guardado la posteridad es la de un belicista amante de los desfiles, de los uniformes y dado a discursos violentos como el famoso Discurso de los Hunos de 1900 o el Escándalo Daily Telegraph de 1908. Pero tras esta fachada militarista con pomposos aires de Siegfried o Parsifal se escondía un hombre de paz. Wilhelm II prefería ser el árbitro, el líder que proponía acuerdos entre las naciones beligerantes del mismo modo que un padre hace con sus hijos.

El Káiser rodeado por su familia en 1896.

No en vano, en su primer discurso como emperador, se esforzó por remarcar que su reinado perseguiría la paz y no las conquistas. Del mismo modo, en el verano de 1914, tras enterarse del contenido del Ultimátum austríaco a Serbia, escribió a su canciller que eso era un triunfo diplomático, ya que la necesidad de una guerra quedaba completamente descartada. Murió creyendo que había tenido que ir a la guerra en defensa propia contra una conspiración orquestada por sus primos ingleses y rusos.

Incluso la famosa Kaiserliche Marine, que pretendía rivalizar con la Royal Navy y que tantos regueros de tinta originó, se creó más para extender la influencia alemana por el globo que pensando en un futuro enfrentamiento con Gran Bretaña. Prueba de ello, la famosa Misión Haldane de 1912, en la que los alemanes, conscientes de que perdían la carrera naval, propusieron a Reino Unido llegar a un alto armamentístico y a una alianza diplomática. Los británicos lo rechazaron, considerando que aquello no les aportaba ningún beneficio ya que, al fin y al cabo, ellos siempre seguirían teniendo la mayor armada. Las ironías de la Historia quisieron que los flamantes y "amenazantes" acorazados "del Káiser" terminarían sus días en Scapa Flow, siendo hundidos por sus propios tripulantes para evitar que cayeran en manos enemigas.

El káiser Wilhelm II pintado en 1907 por Philip de Laszló.

En este blog hemos dedicado varios artículos a Wilhelm II, y esperamos dedicarle algunos otros más.

lunes, 18 de junio de 2018

El pequeño príncipe y la Inglesa


21 DE ENERO DE 1859

Dícese que al enterarse del nacimiento de su primer nieto, el príncipe Wilhelm, por aquel entonces regente de Prusia, abandonó una reunión en la secretaría de Exteriores y cogió el primer taxi que encontró en la calle rumbo al Kronprinzenpalais en el Unter den Linden.

También en Reino Unido la emoción fue grande, era el primer nieto de la reina Victoria y el príncipe Albert y para conmemorarlo un nuevo verso fue añadido temporalmente al himno. Antes de las representaciones teatrales el público solía prorrumpir en aplausos al escucharlo.

La hija mayor de la reina Victoria, también llamada Victoria o Vicky, se había casado en 1858 con el príncipe Friedrich de Prusia, hijo, a su vez, del príncipe Wilhelm, que actuaba como regente de su incapacitado hermano el rey Friedrich Wilhelm IV de Prusia.

El primer hijo de Friedrich y Vicky fue bautizado con los nombres Friedrich Wilhelm Viktor Albert de Hohenzollern, pasaría a la historia como el káiser Wilhelm II de Alemania. Su infancia ha sido frecuentemente definida como oscura, traumática e incluso “gótica” por historiadores que luego han presentado el soberano como una persona desequilibrada e incapaz de gobernar. Veámoslo.

El Kronprinzenpalais (Palacio del Príncipe Heredero) de Berlín y, al fondo, la cúpula del Stadtschloss.

FÓRCEPS

Lo que nunca supieron los súbditos prusianos y británicos fue que el pequeño Wilhelm nació después de un doloroso parto. Su madre pasó horas agónicas mientras los médicos de la corte prusiana debatían con los médicos ingleses enviados por la reina Victoria. El bebé venía de nalgas, pero la cesárea fue juzgada demasiado peligrosa, ya que nadie quería arriesgarse a matar a la hija de la soberana inglesa. Finalmente, ante lo desesperado de la situación, el médico alemán optó por usar unos fórceps. El futuro príncipe nació más muerto que vivo y los médicos lo frotaron con tanta energía para reanimarlo, que dañaron el nervio de su brazo izquierdo.

No fue hasta más tarde que sus padres y nodrizas se dieron cuenta que el joven príncipe Wilhelm no usaba su brazo izquierdo, que, además, parecía ligeramente más corto. Los médicos confirmaron que dicho brazo estaba fatalmente atrofiado.

La noticia no tardó en extenderse por la corte prusiana. “Un príncipe manco no puede ser rey”, no tardó en oírse en los corrillos.

Una jovencísima Vicky y su recién nacido en 1859.
© Royal Collection.

Hasta los seis años, el infante fue sometido a toda clase de tratamientos para intentar corregir su parálisis: se le hacía pasar horas atado a máquinas que presionaban su espina dorsal, a liebres recién degolladas para revivificar sus nervios y pasaba largos ratos sometido a electromagnetismo y electroterapia.

Con el tiempo sus padres se dieron cuenta que el mejor tratamiento era enseñar al niño a vivir con esa discapacidad. Wilhelm aprendió a montar a caballo, a disparar y a nadar a la perfección. Aunque años más tarde, con cierto rencor, recordaría como, mientras él lloraba a mares, su madre le obligaba a subir una y otra vez sobre el pony cuando se caía.

Wilhelm aprendió a vivir con su brazo atrofiado: sus uniformes siempre tenían una manga más corta y los bolsillos más altos, en sus apariciones públicas solía llevan capa y en la mesa siempre había un valet preparado para cortarle la carne. Por otro lado, acabó desarrollando una sorprendente fuerza en su mano atrofiada y no se abstenía de demostrárselo a quien le daba la mano.

Abrigo de "coronel honorario" perteneciente a Wilhelm II.
© Imperial War Museum.

No obstante, el futuro káiser conservaría a lo largo de su vida una autoestima frágil, una sensación de no estar a la altura del cargo de emperador alemán, rey de Prusia y jefe supremo del ejército. Su risa estruendosa, sus poses teatrales, sus discursos encendidos y su cierta megalomanía eran una forma de elevarse por encima de los demás para ocultar su fragilidad. Sin embargo, con frecuencia esta pose se resquebrajaba fácilmente ante las críticas, Wilhelm se sumía entonces en profundos periodos depresivos. A lo largo de su vida y su reinado, la alternancia de periodos eufóricos e hiperactivos con fases depresivas fue constante.

Aparte de su autoestima, la relación de Wilhelm con su madre también se vio un poco afectada. La perfeccionista Vicky, profundamente angustiada por no haber llevado al mundo un heredero perfecto, vivió la infancia de su hijo con una ansiedad casi permanente, con una tensión constante por intentar mejorar su estado de salud. Tal como le escribió a su madre, "su discapacidad estropea toda la alegría y el orgullo que debería sentir por él".

El joven Wilhelm no entendía porque cada vez que estaba con él, su madre parecía atacada de los nervios, llegando a pensar que su madre lo rechazaba. Con los años, la relación entre madre e hijo fue tornándose en desconfianza mutua.

Todo lo contrario ocurría con su padre Friedrich, que solía acompañar a su hijo Wilhelm a los tratamientos médicos y siempre se mostraba paciente y afectuoso con su hijo. Padre e hijo pasaban largos ratos leyendo y nadando. A Friedrich le gustaba, además, explicar sus experiencias en la Guerra Franco-prusiana. Wilhelm lo escuchaba fascinado, aunque años más tarde afirmaría que “nunca he tenido ambiciones guerreras. En mi juventud mi padre me explicaba lo terribles que fueron los campos de batalla de 1870 y 1871. No siento ninguna inclinación en traer tal miseria, a tal gran escala, al pueblo alemán y a la humanidad”.

HINZPETER

Para educar al príncipe Wilhelm y más tarde a su hermano Heinrich, sus padres escogieron a un reputado y austero calvinista llamado Georg Ernst Hinzpeter. Era la primera vez que un príncipe prusiano era educado por un civil y no por un militar y aunque Hinzpeter era tosco y parco, Vicky y Friedrich confiaban en que enseñaría a sus hijos las virtudes civiles y burguesas.

Wilhelm con un año en un barco de juguete, el primer navío de la temida "Marina del Káiser".
© Royal Collection.

Hinzpeter era un educador de métodos severos y a veces brutales, que hacía estudiar a sus alumnos desde el amanecer hasta el atardecer (es decir, desde la seis de la mañana hasta las seis de la tarde). Sin embargo, le enseñó a Wilhelm mucho más de lo que habría sido habitual en la corte prusiana. Una vez por semana, Wilhelm y su hermano pasaban un día en una fábrica, aprendiendo los procesos de fabricación y teniendo ellos mismo que mezclarse con los trabajadores y presentar, al final del día, algo que hubieran hecho. De estas visitas, Wilhelm extraería una pasión por la tecnología y los avances científicos que duraría toda su vida.

El tutor también llevada a los niños a viajes de aprendizaje más lejanos y largos, como Cannes, las Islas Frisias o la costa belga. De ahí saldría seguramente el interés del futuro káiser por la navegación y los viajes.

Wilhelm con seis años y Heinrich con tres.
© Royal Collection.

Las extenuantes sesiones de estudio programadas por Hinzpeter, no obstante, solo se aplicaban a Wilhelm parcialmente, ya que el niño seguía pasando largas horas en tratamientos médicos. Su propia madre, intelectualmente brillante, se quejaba de que Wilhelm parecía “retrasado” a causa de su ausencia a las lecciones. Aparte de su tara física ahora se añadía su bajo intelecto. Para Vicky, Wilhelm jamás se parecería ni a ella ni a su igualmente brillante padre, el príncipe Albert.

Cuando el príncipe le escribía cartas a su madre, ésta las respondía con párrafos enteros de correcciones, como por ejemplo sobre cuál era la expresión afectuosa más adecuada para dirigirse a ella en las cartas.

No obstante, a pesar de las quejas de su madre, Wilhelm heredó su privilegiado intelecto, tenía una gran memoria, le interesaban gran variedad de temas y solía hacer preguntas inteligentes y perspicaces cuando visitaba una factoría. Sus notas fueron siempre excelentes en historia, literatura, religión y lengua.

El problema de Wilhelm era seguramente su falta de concentración, pasaba rápidamente de un tema al otro, sin conexión entre ambos. Ya siendo emperador, propuso fundar una Nueva Alemania en la jungla de Brasil, convertir Mesopotamia en colonia alemana (a pesar de que era inglesa) o fundar una corporación petrolera pan-europea a modo de la Starndart-Oil americana. Los largos memorándums que enviaba a sus ministros y a sus parientes con frecuencia pasaban al olvido cuando a Wilhelm se le ocurría otra idea.

A pesar de su tendencia a no escuchar las opiniones de los demás y de su frágil autoestima, podemos afirmar que Wilhelm aprendió dos grandes lecciones de su tutor: que debía pensar por sí solo, cosa que explica la ausencia de camarillas durante su reinado, y que podía vivir como una persona normal a pesar de su discapacidad.

POSTDAM

Las enseñanzas de Hinzpeter fueron completadas con estudios de secundaria en el gymnasium de Kassel y, tras ellas, Wilhelm realizó una licenciatura de derecho en la universidad de Bonn y Heinrich ingresó en la Marina.

Wilhelm y Heinrich en 1886.

Era la primera vez que los Hohenzollern iban y eran educados junto con otros jóvenes de su edad, cosa que causó un considerable malestar en la corte prusiana. Sin embargo, la princesa Vicky y el príncipe Friedrich se habían empeñado en que sus hijos no tuvieran la tradicional educación militar y ultra-conservadora de los príncipes prusianos.

Tras graduarse en Bonn en 1879, Wilhelm ingresó en el 1er Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, radicado en Potsdam. Vicky se quejaría más tarde que su hijo se volvió brusco y arrogante entonces, Wilhelm, por su parte “que había encontrado su familia y su amigos”.

No obstante, puede afirmarse, que Wilhelm no fue producto de la típica educación castrense prusiana, al contrario. Tuvo, y sus padres de esforzaron en ello, una educación eminentemente civil. La pasión futura de Wilhlem por el ejército y sus uniformes puede considerarse esencialmente una afición, jamás adquirió ni la disciplina, ni la austeridad, ni el belicismo del ejército prusiano.

LA INGLESA

El príncipe Albert siempre consideró, y con razón, que su hija mayor Vicky era la más inteligente de sus vástagos. La propia Vicky también fue consciente desde pequeña de su intelecto brillante. Sin embargo, no podía disimular una cierta arrogancia ante la gente que no estaba a su altura o que discrepaba con ella.

Ya instalada en Prusia después de su boda con el príncipe Friedrich, la joven e impulsiva princesa (solo tenía 17 años) no se cortaba en afirmar la superioridad de todo lo inglés frente a lo prusiano, considerando además que el país adolecía de una falta de evolución comparado con Reino Unido. Siguiendo las enseñanzas de su padre, el príncipe Albert, la princesa consideraba que Prusia debía transformarse en una democracia más liberal, cuyo modelo era, obviamente, Inglaterra.

Vicky, además, se metió de lleno en una “guerra fría” que había de dominado la corte prusiana desde principios del siglo, aquella que enfrentaba a un “partido pro-ruso” y conservador con otro “partido anti-ruso” y pro-inglés de corte más liberal. La princesa pronto recibió el sobrenombre de “La Inglesa” por parte de sus detractores.

Friedrich y Vicky junto con sus dos hijos mayor Wilhelm y Heinrich (Winterhalter 1862).

Al contrario que su madre, Friedrich era un hombre con un carácter pausado y afable y de naturaleza silenciosa. Aunque menos impetuoso que su esposa, el príncipe también hacía gala de sus claras tendencias liberales y anglófilas, y, con el tiempo, no tardó en rumorearse entre la corte que se encontraba “dominado” por su mujer.

Los príncipes herederos y su familia, circa 1865.
© Royal Collection.

Pocos años después del nacimiento de Wilhelm, ascendió al trono de Prusia su abuelo Wilhelm I (1861) y Otto von Bismarck se convirtió en canciller (1862). Ambos eran claros partidarios de una tendencia más “pro-rusa” y Friedrich y Vicky poco a poco se vieron excluidos de los círculos de influencia.

El aislamiento de los ahora príncipes herederos se hizo todavía más hiriente cuando su hijo Wilhelm fue desarrollando a partir de la adolescencia una personalidad y unos intereses diametralmente opuestos a los de sus padres, todo ello espoleado por la influencia de su abuelo, el (desde 1871) káiser Wilhelm I, y del canciller Bismarck.

La distancia entre madre e hijo se acrecentó. Vicky consideraba que su hijo lo hacía todo para fastidiarla y provocarla, y Wilhelm creía que su madre nunca le había querido.

En las frecuentes peleas familiares, la reina Victoria tenía que hacer siempre de mediadora, optando usualmente por secundar a su nieto mayor y apaciguar a su hija.

DONA

Mientras estudiaba en Bonn, el príncipe Wilhelm se enamoró perdidamente de su prima la princesa Ella de Hesse-Darmstadt y hasta llegó a escribirle poemas de amor. Pero Ella, bella y sofisticada, le rechazó como a un patito feo. La autoestima de Wilhelm tocó fondo.

Al mismo tiempo, su madre Vicky empezó a proyectar la boda de su hijo, con la esperanza que una esposa adecuada ayudara a recoser la distancia entre ambos. La escogida fue la princesa Auguste Viktoria de Schleswig-Holstein, hija del (solo formalmente) duque soberano de Schleswig-Holstein.

Auguste Viktoria, o Dona, como se la llamaría afectuosamente, no era precisamente una princesa con un linaje rutilante. Su padre, el duque Friedrich VIII de Schleswig-Holstein, era un empobrecido miembro de una rama secundaria de la Casa Real Danesa y su única hazaña había sido declarar, en 1863, la independencia de los ducados de Schleswig-Holstein de Dinamarca para luego entregarlos a las tropas austro-prusianas. Desde entonces había vivido en el más absoluto de los olvidos.

Peor era que la abuela paterna de Dona hubiera sido una simple condesa, aunque esto se compensaba con su abuela materna, la princesa Feodora de Leiningen, medio hermana de la reina Victoria.

La princesa Auguste Viktoria retratada por Von Angeli en 1880.

Vicky pensó que una princesa humilde sería capaz de controlar los delirios de grandeza de su hijo. También esperaba poder ejercer una mayor influencia sobre su vástago a través de su nuera, que, por supuesto, le estaría eternamente agradecida por haberla escogido. Sin embargo, tarde se dio cuenta que en realidad Dona era una ferviente protestante, conservadora y no precisamente anglófila. Carecía además del carácter de Alix de Hesse, del glamour de Alexandra de Gales o del magnetismo de Elisabeth de Austria, Dona siempre fue una mujer corriente, que nunca escondió que sus grandes intereses eran esencialmente la religión y la familia y que no tenía inquietudes políticas ni intelectuales. Su aspecto de hausfrau (ama de casa) la hizo ser muy querida entre la clase media alemana.

Muy al contrario de lo que esperaba Vicky, la boda en 1881 con Dona no sirvió para propiciar un acercamiento madre-hijo, porque Dona nunca quiso cuestionar ni interesarse por las posiciones políticas de su marido.

Su matrimonio con Wilhelm fue un matrimonio sin fisuras, Dona siempre le estuvo eternamente agradecida a Wilhelm por haberse casado con ella, una princesa con poco brillo y linaje. A la inversa, Wilhelm también le agradeció que se hubiera casado con un tullido como él.

Wilhelm y Dona, circa 1880-1881.

PRÁCTICAS

El inicio de la década de los 80 también coincidió con el progresivo acercamiento entre Wilhelm y su abuelo el emperador Wilhelm I, todo ello propiciado por Bismarck, deseoso de evitar que el príncipe pudiera acabar bajo la influencia de Vicky. El canciller empezó a encargar tareas de representación al príncipe Wilhelm, al tiempo que sus padres Friedrich y Vicky eran mantenidos apartados de la política. A todo ello se unían las siempre abiertas críticas de Vicky al gobierno y, por el contrario, las también públicas muestras de apoyo que su hijo daba al mismo gobierno.

Cuatro generaciones: el káiser Wilhelm I, su hijo el príncipe heredero Friedrich, su nieto el príncipe Wilhelm y su bisnieto el príncipe Friedrich Wilhelm (hijo del anterior).

Si la relación entre madre e hijo no era muy buena, la que había entre padre e hijo parecía haber solventado los obstáculos, hasta que Wilhelm empezó las "prácticas" en el negocio familiar.

En 1884, Bismarck y el káiser escogieron a Wilhelm para realizar una visita oficial al zar Aleksandr III de Rusia. Su padre Friedrich se sintió, con razón, deliberadamente excluido, pero Bismarck y Wilhelm arguyeron que sus claras posiciones anti-rusas podrían afectar el buen desarrollo del viaje.

Wilhelm hacia 1885.
© Royal Collection. 

La visita fue un triunfo y Wilhelm siguió actuando durante los siguientes años como interlocutor directo con el zar, cosa que provocó una creciente tensión con su padre, al considerar que su hijo estaba usurpando una de las funciones más sagradas de un futuro emperador, el trato con otros soberanos.

La exitosa visita a la corte rusa también conllevó que Wilhelm ingenuamente creyera a lo largo de todo su reinado, que la “diplomacia dinástica” podía solucionar cualquier problema entre estados.

Cuatro generaciones: la emperatriz Augusta y el káiser Wilhelm I, el príncipe Heinrich y su prometida Irene de Hesse dándole la mano, detrás Friedrich y Vicky y, en el extremo derecho, Wilhelm, Dona y sus hijos.

JUBILEO

El príncipe Friedrich siempre había sido un hombre propenso a los resfriados y problemas de garganta, pero en mayo de 1887, tras un largo catarro y afonía, los médicos de la corte diagnosticaron un cáncer de laringe. Se consideró que la mejor opción sería realizar, pese a los riesgos que podía conllevar, una laringotomía. La princesa Vicky buscó una segunda opinión de médicos británicos y, tras una biopsia, el doctor Morell Mackenzie determinó que el tumor era benigno y que lo que necesitaba en príncipe heredero era un cambio de aires.

A pesar del optimista diagnostico de Mackenzie, el anuncio oficial de que el príncipe estaba enfermo (sin decir de qué) causó, entre los alemanes, serias dudas sobre su capacidad para ascender al trono imperial en un futuro no muy lejano. Con cierta falta de tacto, Wilhelm se ofreció entonces a substituir a su padre como representante del káiser en el Jubileo de la Reina Victoria en junio de ese mismo año. Vicky montó en cólera e incluso la reina Victoria amenazó con no invitar a su nieto al evento.

Aunque Wilhelm había sido imprudente con este ofrecimiento, seguramente pensara que el extenuante viaje y el aire no muy limpio de Londres poco harían para mejorar la salud de su padre. Vicky, sin embargo, creyó firmemente que su hijo había querido aprovechar la enfermedad de su padre para usurpar sus funciones. Esta obsesión la perseguiría constantemente a lo largo de los siguientes meses.

La aparición del príncipe heredero Friedrich en el jubileo, vestido con el uniforme blanco y la reluciente coraza del regimiento de los Coraceros de la Guardia Imperial fue un auténtico éxito y la prensa británica se deshizo en elogios hacia yerno de la reina Victoria.

VILLA ZIRIO

De vuelta a Berlín, el doctor Mackenzie, que por entonces se había convertido en confidente de Vicky, siguió recomendando un cambio de aires. Friedrich y Vicky pasaron el verano primero en la isla de Wight y luego con la reina Victoria en Balmoral, Escocia. En otoño se trasladaron al Tirol con sus tres hijas más jóvenes (y próximas) y en noviembre se instalaron en San Remo, donde alquilaron una casa llamada Villa Zirio.

La Villa Zirio en San Remo, Italia.
Tras meses de tratamiento, Mackenzie tuvo que reconocer que el tumor era maligno y además, que ahora ya era seguramente inoperable. Con angustia y frustración, Vicky empezó a vislumbrar como el ansiado momento de ascender al trono y vengarse de Bismarck y del “partido ruso” podía no llegar jamás. Cuidando de su marido, que ya había perdido la capacidad de hablar, Vicky pasó varios meses enclaustrada en la Villa Zirio de San Remo.

En noviembre, el príncipe Wilhelm viajó a San Remo para visitar a su padre. También tenía instrucciones expresas de su abuelo, el káiser, de averiguar el estado de salud exacto de Friedrich. Nada más llegar, Wilhelm reunió a los médicos que lo atendían para que le informaran de cómo estaba y quedó devastado por el diagnóstico. Su madre, Vicky, se enfureció al saber que su hijo había hablado con los médicos a sus espaldas y prohibió que padre e hijo pudieran verse a solas, para disgusto de Wilhelm, que veía como a diario periodistas extranjeros eran recibidos en audiencia por el enfermo. Las cartas que el hijo enviaba al padre eran también con frecuencia interceptadas por Vicky.

En medio de todo este ambiente de paranoia y suspicacia, no es de extrañar, que a lo largo de estos meses de enfermedad, a parte de la salud de Friedrich, también hubiera otra cosa en constante deterioro: la relación con su hijo. Si el trato entre padre e hijo ya había vivido su primer encontronazo a raíz del viaje a Rusia años antes, ahora, tras meses de encierro en Villa Zirio, Friedrich veía con disgusto y desconfianza las constantes, y lógicas, opiniones de Wilhelm sobre cuál sería el mejor tratamiento a seguir.

Impotente en San Remo, Wilhelm volvió a Berlín e informó a su abuelo el emperador sobre el estado de salud de su padre. El boletín oficial de la corte finalmente publicó que el príncipe heredero Friedrich padecía un cáncer incurable. Todo el mundo se empezó a preguntar si el príncipe llegaría a suceder a su anciano padre el emperador.

Friedrich, su familia y su séquito en la Villa Zirio. Vicky aparece a la derecha de Friedrich, en la escaleras están sus hijas favoritas: Viktoria "Moretta", Sophia "Sossy" y Margarethe "Mossy". Arriba de la escalera está Heinrich vestido claro. Nótese la ausencia de Wilhelm.
© Royal Collection. 

También Wilhelm I, consternado y preocupado, empezó a entender que sería mejor preparar a su nieto para el gobierno nombrándolo Stellvertreter des Kaisers (Suplente del Emperador). Para Vicky, ésta fue la prueba definitiva que mostraba la mala fe de su hijo y sus ansias de poder. Tampoco la prensa alemana contribuía al entendimiento, llegando a publicar la falsa noticia que Wilhelm había obligado a su padre a renunciar al trono antes de volver a la capital.

Recluida en Villa Zirio y siguiendo los consejos de Mackenzie y otros confidentes, Vicky era incapaz de ver la gravedad de la situación y seguía creyendo que su marido podía recuperarse y llegar a ser emperador. Fue la propia reina Victoria la que tuvo que advertir a su hija sobre su obcecación y recomendarle que escuchara otras opiniones además de la de Mackenzie.

Finalmente, siguiendo los consejos de su madre, Vicky permitió que los médicos de la corte realizaran una traqueotomía a su marido, a causa de la cual perdió la facultad de hablar. Los médicos arguyeron que la operación le daría varios meses de vida a Friedrich, pero que difícilmente viviría más de un año.

A principios de marzo de 1888, mientras se recuperaba de la operación, llegó un telegrama urgente desde Berlín, el káiser se encontraba gravemente enfermo. Friedrich y Vicky se prepararon para partir de inmediato, pero la mañana del 9 de marzo, otro telegrama anunció que Wilhelm I había fallecido.

El cortejo fúnebre del emperador Wilhelm I saliendo de la catedral de Berlín (detrás).

MENTIRAS

Friedrich acababa de ascender al trono como Friedrich III, segundo emperador de la Alemania unificada. El tren imperial cruzó Europa a toda prisa para llegar a Berlín lo antes posible pues, según Vicky, su ausencia de la capital era un riesgo. Con las prisas, el nuevo emperador cometió algún desliz, como, por ejemplo, pasar de largo Múnich mientras toda la familia real bávara le esperaba en la estación para felicitarle por su ascensión.

Cuando el tren imperial llegó a Berlín, la mañana del 11 de marzo, la nueva pareja imperial fue recibida por los miembros más allegados de la familia, pero el aparente servilismo y simpatía entre Wilhelm y sus padres era solo un ejemplo de lo gélida que era su relación.

El emperador Friedrich III de Alemania.

La nueva pareja imperial decidió instalarse en Charlottenburg, lejos del bullicio y de las miradas indiscretas. Allí, Wilhelm visitó a su madre para preguntarle porque en los últimos meses se había mostrado tan fría y furiosa. Su madre respondió que Wilhelm había hecho todo lo posible por usurpar el poder a su padre y por obligarle a renunciar al trono. Wilhelm se defendió afirmando que no era cierto, que su madre había malinterpretado sus intenciones a lo que ella respondió que eso era otra mentira pero que “qué más da una mentira más o una menos, cuando alguien es capaz de llevar su ingratitud tan lejos”.

A medida que pasaban los días y el nuevo emperador tenía que hacer frente a los distintos compromisos oficiales, crecía la indignación al ver como Vicky y Mackenzie habían maquillado su verdadero estado de salud. A sus 57 años, Friedrich III, que siempre había sido alto y robusto, era ahora como un hombre cansado y profundamente envejecido. Peor aún, era incapaz de pronunciar una sola palabra, algo indispensable para un soberano. La propia Vicky fue poco a poco dándose cuenta de la grave situación de su marido y de lo poco que duraría su reinado “somos sombras pasajeras que esperan a ser substituidas por otra realidad en forma de Wilhelm”.

LA MUERTE DE UN EMPERADOR

El ansiado y temido cambio de gobierno que debía producirse si Vicky y Friedrich llegaban al trono jamás llegó a producirse, él estaba demasiado débil y ella demasiado aislada. Su único caballo de batalla fue intentar concretar (por segunda vez) la boda entre su hija Moretta con el príncipe Alexander de Battenberg, persona non grata para los rusos después de haber sido brevemente príncipe de Bulgaria. A pesar del énfasis que los nuevos emperadores pusieron en el asunto, tanto Bismarck como la propia reina Victoria lo desaconsejaron, y la boda no llegó a celebrarse. Si que se produjo, no obstante, la boda, el 24 de mayo, entre su hijo Heinrich y la princesa Irene de Hesse. Fue la última festividad a la que asistió el emperador.

Boda entre el príncipe Heinrich y la princesa Irene de Hesse en el castillo de Charlottenburg.
Vicky y Friedrich aparecen sentados a la izquierda, Wilhelm y Dona de pie a la derecha.

En abril, Friedrich III estaba tan débil que ya no podía ni andar. Pidió ser trasladado al Neues Palais de Potsdam, en donde había pasado casi todos los veranos con su familia desde el nacimiento de Wilhelm.

Friedrich III, segundo emperador de Alemania, murió a las once y media de la mañana del 15 de junio de 1888. Había reinado solo 99 días.

La cámara mortuoria de Friedrich III en el Neues Palais de Potsdam.
© Frank Burchert.

SIN TECHO

La situación vivida tras la muerte de Friedrich III fue uno de los momentos más agrios de la relación entre Wilhelm y su madre Vicky.

Nada más ascender al trono, el ahora Wilhelm II, ordenó que un regimiento de la guardia rodeara el Neues Palais e impidiera a todo el mundo salir o entrar. Asimismo dio instrucciones para que se buscaran documentos secretos y comprometedores en los aposentos de sus padres.

Vicky, que acababa de perder a su marido, vivió esos instantes como una auténtica agresión, y nunca se cansaría de recordar lo insensible que fue su hijo. Wilhelm por su parte dijo que tal acción estuvo motivada por los rumores que corrían que Vicky había o tenía la intención de enviar documentos ultra-secretos a Reino Unido.

Tras una hora de encierro y registro, los soldados se retiraron y la emperatriz viuda pudo velar a su marido en calma. No se encontraron papeles comprometedores en el palacio. Sin embargo, semanas después, la reina Victoria devolvió a Berlín unas cajas selladas que Vicky le había enviado y que habían estado meses guardadas en Windsor. Nunca se supo exactamente que contenían.

La segunda confrontación entre madre e hijo vino cuando los médicos de la corte solicitaron hacer una autopsia el difunto emperador. Wilhelm dudó, ya que su padre se había mostrado en contra de ello en su testamento. No obstante, los médicos arguyeron al haber muerto el emperador después de una larga enfermedad y con varios tratamientos médicos, era necesario practicar una autopsia. Wilhelm accedió. Nuevamente su madre lo consideró una afrenta.

En octubre, Wilhelm II le sugirió a su madre que abandonara el Neues Palais, que debía convertirse en la nueva residencia del emperador en Potsdam. Como contrapartida, el nuevo emperador le ofreció a su madre la posibilidad de escoger entre otros cinco palacios, entre ellos el coqueto Sanssouci. Vicky escribió a sus familiares que su hijo la había echado de casa y que ahora era una “sin techo”. Años después, Vicky se construiría un monumental castillo cerca de Frankfurt, lejos de su hijo.

Lejos de Berlín pero no fuera de Alemania.
El monumental retiro de Vicky, el castillo de Friedrichshof (literalmente "El castillo de Friedrich").

El castillo también incluía su propio memorial al difunto emperador.


TIMONEL

Una de las primeras decisiones políticas del nuevo káiser Wilhelm II fue la destitución del hombre que había guiado Alemania antes, durante y después de su unificación: Bismarck.

El conflicto entre el emperador y su canciller vino a causa de la huelga de trabajadores en el Ruhr a finales de 1889. Bismarck aspiraba a dejar que las cosas se caldearan lo suficiente para, así, poder aprobar sin ningún problema en el Reichstag nuevas y duras leyes anti-socialistas. Wilhelm II, sin embargo, aspiraba a llegar a un acuerdo con los huelguistas e utilizó toda su influencia para forzar al Estado a que atendiera las demandas de los trabajadores de mayores sueldos y límite de horas.

El emperador Wilhelm II y el canciller Bismarck en la residencia de este último, Friedrichsruh. Circa 1888.

A lo largo de varias semanas se produjo un tira y afloja entre ambos. En el fondo, más allá de los deseos de Wilhelm II de ejercer personalmente el poder que le confería la Constitución (algo que a su abuelo nunca le había interesado) el conflicto también venía dado por la forma de ejercer la política de ambos. Bismarck era de la vieja escuela, para él la política eran largas negociaciones, burocracia y un constante y hábil maquiavelismo. Wilhelm, por su parte, era un hombre de su tiempo, preocupado por la popularidad y por los gestos, y más dado a una política grandilocuente a base grandes soluciones para problemas concretos.

Solo tardíamente el anciano canciller se dio cuenta que su puesto dependía enteramente (según la Constitución) del favor del emperador. En un vano intento por asegurar su cargo, Bismarck visitó a su archi-enemiga, la emperatriz viuda Vicky, para pedirle que intercediera por él ante el emperador. Ésta se limitó a decir que gracias a sus intrigas ella había perdido toda influencia sobre su hijo. No sería del todo cierto, pues a lo largo de la infancia y juventud de Wilhelm, tanto Bismarck como Vicky demostraron ser igual de intrigantes y obcecados.

Después de una acalorada discusión sobre los poderes y las competencias del canciller, Bismarck presentó su dimisión el 18 de marzo de 1890. Empezaba entonces aquellos que algunos historiadores llamarían, quizás exageradamente, “el reinado personal” de Wilhelm II.

INFANCIA

En sus memorias, más allá de los terribles y estrafalarios tratamientos médicos, Wilhelm recordaba con nostalgia varios momentos felices de su infancia, como cuando él y sus hermanos pasaban las tardes jugando y leyendo con su madre en el salón-puente de su palacio, mientras veían los transeúntes pasar por debajo. O los momentos pasados con su padre, ojeando los libros de historia y sus ilustraciones, paseando por los jardines o remando en los lagos de Potsdam.

Friedrich y Vicky con sus hijos, en 1874.
© Royal Collection. 

No puede decirse, por lo tanto, que la infancia de Wilhelm fuera dramática, gótica u oscura. Estuvo plagada de momentos tristes, eso sí, seguramente como la infancia de cualquier persona que sufre una discapacidad. Ya de joven y adulto, fueron la política y las intrigas cortesanas las que intoxicaron la relación entre Wilhelm y sus padres, nada que no ocurriera con frecuencia con muchas otras familias reinantes a lo largo de los siglos.

Con asiduidad se dice que Wilhelm fue una “criatura de Bismarck”, pero se ignora que muchas de sus virtudes, como su inteligencia, su buena memoria, su fascinación por la tecnología, su capacidad para conectar con la gente humilde o su afición por los viajes y la arqueología fueron consecuencia de la educación recibida durante su infancia y supervisada por sus padres.

A lo largo de su vida, Vicky escribió innumerables cartas, publicadas más tarde, quejándose de su hijo, de su actitud y del trato que recibía ella. Con el tiempo, el contenido de dichas cartas pasó de ser una opinión subjetiva a una verdad indiscutible. Pocos historiadores cuestionaron la veracidad de aquello que Vicky escribía, construyéndose, por lo tanto, una monstruosa imagen de su hijo que sería extremadamente útil en la propaganda anti-alemana durante la Primera Guerra Mundial.

Vicky se quejó amargamente del carácter de su hijo, de su arrogancia, de su ambición, de su incapacidad para escuchar a los demás, de su ímpetu, etc, pero estos fueron defectos que también la definían a ella. Finalmente, en muchos aspectos, su hijo se le parecía más de lo que jamás reconoció.