martes, 19 de agosto de 2014

Franz Ferdinand: el archiduque que nunca cayó bien (segunda parte).


Como ya dijimos en el post anterior, Franz Ferdinand nunca cayó bien, su poca sutileza le impidió conectar con la aristocracia vienesa, sus proyectos políticos le enemistaron con los húngaros y su defensa a ultranza del neo-barroco frente al Sezessionsstil hizo que los intelectuales y artistas le aborrecieran. Pero el hecho que más iba a marcar su vida no fue otro que el apasionado amor hacia una mujer.
La joven Condesa Sophie Chotek von Chotkowa (circa 1890).

Franz Ferdinand y la Condesa Sophie Chotek se conocieron probablemente en un baile en Praga, no se sabe exactamente cuando, en todo caso ante del suicidio del archiduque Rudolf en 1889. La ascensión de Franz Ferdinand al rango de thronfolger no cambió sus sentimientos hacia Sophie, a pesar de que ella, perteneciente a una familia aristocrática bohemia de rango menor nunca podría casarse con él. Poco después el Archiduque empezó a visitar frecuentemente el Schloss Halbturn, residencia de su prima lejana la archiduquesa Isabella. La Archiduquesa pensaba que Franz Ferdinand cortejaba alguna de sus hijas y en su mente ya imaginaba el prestigio que le daría ser la madre de la futura Emperatriz de Austria. Pero un día, después de un partido de tenis, el Archiduque se olvidó su reloj de bolsillo y con gran horror, la archiduquesa Isabella al abrirlo no encontró una foto de alguna de sus hijas, sino de su dama de compañía la Condesa Sophie Chotek.
Franz Ferdinand y Sophie jugando al tenis, presumiblemente en el Schloss Halbturn.

Una vez, y no sin cierto escándalo, se destapó el asunto, todo el mundo pensó que la relación entre Franz Ferdinand y Sophie terminaría tarde o temprano, al fin y al cabo era prácticamente imposible que se pudieran casar. Pero para sorpresa de todos, la relación no solo no terminó sino que el Archiduque insistió en casarse con Sophie, estaba perdidamente enamorado de ella. Durante casi seis años, Franz Ferdinand intentó presionar al Emperador para que le dejara casarse con Sophie, pero Franz Joseph I se negaba en rotundo, Sophie carecía del rango adecuado. El conflicto matrimonial añadió un punto más de discordia a la ya tensa relación entre el Emperador y su heredero. Asimismo, toda la Corte y la alta sociedad vienesa se posicionaron en contra de Franz Ferdinand, y su propio hermano Otto (que se había casado con la princesa Maria Josepha de Sajonia) llegó a decir que quizás él debería ser nombrado thronfolger.
Franz Ferdinand y Sophie (circa 1900).

Fueron (junto al zar Nikolaï II y su esposa) una de las parejas mas profundamente enamoradas de la realeza europea finisecular.

Sin embargo varios hechos acabaron influyendo en la decisión del Emperador. El padre de Franz Ferdinand, Karl Ludwig, murió en 1896, y el propio Franz Ferdinand se curó, contra todo pronóstico, de una tuberculosis pulmonar que le tenía reposando en Egipto. Sería el heredero del Imperio gustara o no. Asimismo también se recordaba la pésima relación que había tenido el difunto Rudolf con su esposa Stephanie de Bélgica.
El emperador Franz Joseph I en uniforme de Feldmarschall (Mariscal de Campo), (circa 1900).

En 1900, se dice que a consecuencia de una carta enviada por el papa Leone XIII, el emperador Franz Joseph cedió, pero con una condición, el matrimonio sería morganático. El 28 de junio, en el Hofburg, ante toda la Corte y las autoridades, el archiduque Franz Ferdinand firmó y juró un documento según el cual aceptaba casarse con Sophie Chotek con la condición que ella jamás llevaría el título de emperatriz y que ninguno de sus futuros hijos tendría derecho a sucederle al trono. Serio y casi abotargado, Franz Ferdinand juró en medio de un silencio glacial. Jamás perdonaría a la Corte esta humillación, pero solo era el principio. La boda se celebró el 1 de julio en el Schloss Reichstadt, en Bohemia, y ningún miembro de la Casa de los Habsburgo asistió, ni siquiera los hermanos de Franz Ferdinand. El único miembro de la Familia Imperial que estuvo presente fue la madrastra de Franz Ferdinand (y propietaria del castillo), Maria Theresa de Portugal, y sus dos hijas. Ese mismo día, el Emperador otorgó a Sophie el título de Duquesa de Hohenberg y el tratamiento de “alteza serenísima”.
Foto de la boda de Franz Ferdinand y Sophie en julio de 1900. Digamos que no fue precisamente multitudinaria.

Sin embargo, Sophie siempre fue, para disgusto de Franz Ferdinand, considerada una extraña en la Corte y en la Familia Imperial y el protocolo cortesano, supervisado por el Obersthofmeister (Gran Maestre de la Corte), el Príncipe de Montenuovo, se ensañó con ella. A pesar de ser la esposa del thronfolger, todas las archiduquesas, incluso las menores de edad, tenían precedencia sobre ella, cosa que resultaba especialmente humillante en las recepciones, aunque Sophie aguantaba estoicamente. Irónicamente, después de la muerte de la emperatriz Sisi, la dama de más rango en la Corte y el Imperio, era la madrastra de Franz Ferdinand, la archiduquesa Maria Theresa de Portugal, la única que había apoyado la boda.
Baile de la Corte en el Hofburg, según Wilhelm Gause.

Franz Ferdinand colmó a su esposa de regalos y caprichos para paliar los desaires protocolarios. Profundamente enamorados, nunca lamentaron haberse casado.

El protocolo resultaba también degradante en la residencia oficial de Franz Ferdinand, el Oberes Belvedere. Como Sophie no tenía el rango de princesa heredera, era considerada como una particular y cuando su esposo abandonaba el palacio el estandarte imperial era arriado, la guardia abandonaba sus garitas y los coches oficiales volvían a los garajes. Incluso en 1908, durante una recepción en honor del kronprinz Wilhelm, la Corte recomendó a Sophie que, dada la diferencia de rango, permaneciera en sus aposentos a pesar de que el evento se celebraba en su propia casa.
La pareja intentó llevar una apacible vida familiar en Belvedere. De izquierda a derecha: Franz Ferdinand, Sophie, Ernst (1904), Maximilian (1902) y Sophie (1901).

No es de extrañar pues, que la pareja prefiriera sus residencias privadas de Artstetten y Konopischt donde podía llevar una agradable vida familiar con sus tres hijos (Sophie, Maximilian y Ernst) lejos del protocolo y el esnobismo de Viena. También en ellas podían recibir cómodamente a los invitados, sin problemas de rango, como al káiser Wilhelm II, que siempre fue particularmente amable con Sophie. El propio Káiser y quienes conocían a Franz Ferdinand reconocían que ese hombre de ademanes un tanto bruscos había cambiado gracias a Sophie, su arrogancia se convertía en cortesía, su cólera en paciencia y su espíritu militar en habilidades políticas.
Schloss Konopischt en Bohemia (actualmente Konopiste, en la República Checa), un museo indispensable sobre la vida de Franz Ferdinand y su familia, además de ser un castillo finisecular preciosamente conservado.

Schloss Artstetten en Austria, rodeado de un bucólico valle, aún pertenece al Duque de Hohenberg, descendiente de los hijos de Franz Ferdinand y Sophie.

Aborrecida por la Corte y la alta sociedad vienesa, la pareja no se dejó amilanar, Franz Ferdinand siguió imaginando la política a seguir cuando gobernara y Sophie aguantando con una sonrisa las humillaciones protocolarias. Tarde o temprano llegaría su momento.
La pareja con sus hijos (circa 1906).

La pareja paseando con sus hijos barones por alguna ciudad balnearia de la costa adriática (circa 1910-1914)

Franz Ferdinand, vestido de almirante, con su hija mayor, Sophie (circa 1914).

En agosto de 1913, el Emperador nombró a Franz Ferdinand Generalinspektor der gesamten Bewaffneten Macht (Inspector General de las Fuerzas Armadas), el más alto cargo militar por debajo del Emperador. Era una oportunidad única para que Franz Ferdinand empezara a implementar sus políticas militares y un acercamiento hacia Rusia. A finales de abril de 1914, la salud del Emperador se deterioró considerablemente, Franz Ferdinand esperó el desenlace en Konopischt. Mientras, un tren esperaba para llevarlo a Viena, el manifiesto inaugural de su reinado había sido redactado e incluso se pintó un retrato oficial provisional; todo parecía indicar que, tras 25 años, el esperado y temido momento estaba a punto de llegar, su nombre de reinado sería “Franz II”, en recuerdo al monarca que había fundado el Imperio en 1804. Pero inesperadamente el Emperador se recuperó y semanas más tarde Franz Ferdinand y Sophie partieron hacia Sarajevo.

Con solo dos tiros, la Historia alcanzó a Franz Ferdinand y a su esposa (el asesinato lo trato ampliamente en este post reeditado).
El coche del Archiduque en Sarajevo, abandonando la estación rumbo al Ayuntamiento.

A partir de las 11 y media de la mañana, mientras los cadáveres de la pareja yacían en la Konak, la residencia del gobernador, todas las campanas de Sarajevo repicaron señalando la muerte del Archiduque y su esposa, pero su tañer ya anunciaba la muerte de casi 20 millones de personas.
Periódicos del 29 de junio con la noticia del asesinato en portada.

El cortejo fúnebre recorriendo las calles de Sarajevo el día 29.

Durante el día siguiente la capilla ardiente fue instalada en el Ayuntamiento de Sarajevo, congregando a los habitantes de la ciudad y sus alrededores. Al anochecer un tren llevó los féretros hasta la costa adriática donde el 30 por la mañana embarcaron en el crucero SMS Viribus Unitis, allí recibieron todos los honores militares, era la última honra de la Kriegsmarine hacia el Archiduque, que siempre se había mostrado partidario de ampliarla y fortalecerla.

Mientras tanto, cerca de Trieste, en el castillo de Miramare, permanecían los tres hijos de la pareja, a la espera de pasar las vacaciones, fue la madrastra de Franz Ferdinand quien les dio la trágica noticia: ahora eran huérfanos. Sus padres habían partido de Trieste el día 25, ahora, al atardecer del día 1 de julio lo que llegaron fueron sus féretros. Allí recibieron una vez más todos los honores posibles de las autoridades civiles y militares, con centenares de barcos congregados en el puerto, banderas a media asta y salvas de artillería. Luego fueron transportados a un tren especial recubierto de crespones negros rumbo a Viena.

Casi un día después, al anochecer del día 2, los restos mortales llegaron a la Südbahnhof de la capital. Allí terminaba la jurisdicción del Ejército y empezaba la del Príncipe de Montenuovo, el Obersthofmeister (Gran Maestre de la Corte). Allí empezaron también las humillaciones. El Príncipe se las había arreglado para que el tren fúnebre llegara a Viena bien entrada la noche, así se podrían evitar procesiones y aglomeraciones. Ningún miembro de los Habsburgo estaba presente en el andén, a excepción del archiduque Karl, el sobrino de Franz Ferdinand y, muy a su pesar, nuevo thronfolger. Fue el único miembro de alto rango que acompañó los féretros hasta el Hofburg, donde fueron instalados en la pequeña Hofburgkapelle. A la mañana siguiente se permitió a la gente común dar su último adiós a la pareja, pero solo de 8 de 12 de la mañana, cosa que frenó a muchos por el temor a grandes colas.
Las colas en los alrededores del Hofburg (arriba) y a la entrada de la capilla (abajo).

La Hofburgkapelle.

Los que pudieron entrar vieron con disgusto como el rígido protocolo se aplicaba a la pareja incluso después de muertos. El ataúd del Franz Ferdinand era más suntuoso y estaba colocado 30 centímetros más alto. Además en su parte frontal se habían colocado sus condecoraciones, su sombrero de general, el de almirante y su espada ceremonial; delante del ataúd de Sophie, sin embargo, habían solamente un par de guantes y un abanico, referencia burlona a que en su vida solo había sido una dama de compañía y nada más.
Los féretros de Franz Ferdinand (izquierda) y Sophie (derecha).

A las doce del mediodía en punto, se cerraron las puertas de la capilla al público, sin que muchas de las 50.000 personas que se habían desplazado al centro de la ciudad hubieran podido entrar. No fue hasta las cuatro de la tarde cuando empezó el funeral, al que no asistió ningún líder extranjero. Tras la noticia de la muerte del Archiduque, la mayoría de monarcas y dirigentes esperaban una gran ceremonia pública, el Káiser, especialmente entristecido, esperaba que el último adiós a Franz Ferdinand pudiera servir también como una especie de conferencia informal sobre las tensiones en los Balcanes. Pero el Príncipe de Montenuovo envió una nota a las distintas cortes europeas y gobiernos rogando que los monarcas y dirigentes no asistieran al funeral, que se trataba de una ceremonia íntima y familiar. Se llegó a decir que había riesgo de un atentado terrorista y que el rey Carol I de Rumanía fue elegantemente frenado cuando estaba apunto de cruzar la frontera. Los embajadores observaron, pues, con disgusto, la mezquindad de la disposición de los féretros, y que entre las miles de coronas de flores enviadas no había ninguna de la Familia Imperial, a excepción de la de la princesa Stephanie de Bélgica, la viuda del archiduque Rudolf. Quizás fuera ella la única que lamentaba de verdad la muerte de la pareja, pues al fin y al cabo ellos habían logrado lo que ella, con su prestigioso matrimonio de estado, jamás consiguió: la felicidad conyugal.

Con la asistencia de la Familia Imperial y de los embajadores extranjeros, el servicio fúnebre duró apenas un cuarto de hora. Ninguno de los hijos de la pareja pudo asistir, el protocolo no lo permitía pues solo eran hijos de un matrimonio morganático, no tenían ningún rango en la Familia Imperial. Una vez concluido el servicio, la capilla permaneció vacía hasta el anochecer, pues los féretros debían partir tal y como habían llegado, en la oscuridad.

Tradicionalmente, los Habsburgo eran enterrados en la Kaisergruft (Cripta Imperial) de Viena, pero, sabiendo Franz Ferdinand que Sophie no podría ser enterrada junto a él, se vengó de todas las humillaciones ordenando en su testamento que ambos fueran enterrados como iguales en la cripta de su castillo de Artstetten. Pero las humillaciones no habían terminado. Así pues, mientras oscurecía y con las calles semi-desiertas, el cortejo fúnebre abandonó el Hofburg. El embajador ruso recuerda que cuando el cortejo avanzaba por las calles de Viena, la gente lo observaba con más curiosidad que tristeza y que a los lejos se podían ver las luces del Parque de Atracciones del Prater a pleno funcionamiento. El Príncipe de Montenuovo había logrado que el día del funeral de Franz Ferdinand trascurriera prácticamente como un día normal, en el que ni siquiera los parques de atracciones cerraron en señal de luto.

Desoyendo las indicaciones de la policía, un grupo de aristócratas, liderados por el archiduque Karl y por el Conde Chotek (hermano de Sophie) insistió en acompañar los féretros hasta la Westbahnhof. Allí el vagón fúnebre fue enganchado a un tren de mercancías de transportaba leche. El tren llegó al pequeño pueblo de Pöchlarn, a unos 100 kilómetros al oeste de Viena en medio de una gran tempestad. En la modesta sala de espera de la estación se realizó otro servicio fúnebre, por los párrocos del pueblo, luego los féretros fueron cargados en un ferry en medio de una lluvia torrencial y a punto estuvieron de caer al Danubio cuando los caballos se asustaron por los relámpagos. Después de un breve recorrido por el río, y de un largo trayecto por los caminos embarrados, los restos de Franz Ferdinand y Sophie llegaron a Artstetten hacia las dos de la madrugada. Tras un último servicio fúnebre, con la presencia de sus hijos y de la madrasta y hermanastras de Franz Ferdinand, ambos fueron enterrados en dos sarcófagos idénticos de mármol blanco.
En la base de los sarcófagos se puede leer la frase en latín "Unidos por el matrimonio, reunidos por el destino".

Las ironías de la Historia han querido que cuando Franz Ferdinand y Sophie descansaron por fin, Europa empezara a agitarse y a resbalar hacia una guerra civil cuyo fin no llegaría hasta 1945. Dichas ironías, también han querido, que Artstetten viviera casi con una anodina tranquilidad el paso de ambas guerras (a pesar de confiscaciones y restituciones).

La historia de Franz Ferdinand es la de un emperador que pudo ser y no fue, es la de un archiduque al que todo el mundo pareció aborrecer ya fuera por su conservadurismo o por sus ansias a de reforma, es la de un hombre que nunca cayó bien. Su muerte no fue tan sentida como la del archiduque Rudolf (1889), la de la emperatriz Sisi (1898) o la del emperador Franz Joseph I (1916); pero seguro que más de uno, al ver pasar el cortejo fúnebre, pudo intuir, que en realidad, estaba asistiendo al funeral de la Vieja Europa.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario