lunes, 13 de agosto de 2012

¿Qué fue el Harem Imperial?


LO ORIENTAL

El siglo XIX fue el siglo de los ismos, el siglo en el que el Arte buscó en épocas pasadas y civilizaciones exóticas la materia prima para reinventarse. Fue en este siglo en el que las visiones de las culturas de Oriente (Próximo y Lejano) se concretarían bajo la forma de algo que se llamó “Orientalismo”. Pero el Orientalismo solo era una visión de Oriente, un fragmento visto desde Europa y cuyo objetivo era seducir, explorar, imaginar y escandalizar.

Del mismo modo que en el siglo XIX se imaginó una Edad Media llena de fantasía, también Oriente se revistió de fantasías, mitos y leyendas; pero claro está que Oriente era más lejano y mucho más difícil de entender para la sociedad occidental.

Así pues, temáticas orientales inundaron las pinturas, desde batallas históricas a la vida en las ciudades aún por descubrir. Pero aquello que sin duda atrajo más la atención de Occidente fue la vida de los sultanes y marajás: sus extravagancias, su crueldad, su refinamiento y su harem.

La danza en el harem de Giulio Rosatti, claro ejemplo de las edulcoradas visiones de Oriente, en este caso como telón de fondo aparece una arquitectura claramente andalusí.
La terrasse du sérail (1886) de Jean-Léon Gérôme. El escenario esta muy bien recreado y corresponde al mismísimo palacio de Topkapi, pero las mujeres aparecen bañándose en una piscina exterior, en realidad esta charca era ornamental y de encontraba fuera de los límites del harem. Por otro lado el harem tenía sus propios baños, mucho más privados.


Grandes pintores como Ingres y Jerôme plasmaron en sus telas décadas de mitos y confusiones y nos ofrecieron visiones eróticas y a la vez opresivas de los harenes de Oriente, lugares creados para satisfacer los caprichos del monarca, en los que placer y muerte se intercambiaban y se confundían.

De todos los harenes de Oriente, el que sin duda más hizo volar la imaginación de artistas e historiadores fue el harem del Sultán del Imperio Otomano, recluido en el no menos misterioso palacio de Topkapi en Constantinopla (recordemos que fue el nombre oficial hasta en los años 20).

¿Pero qué hay de cierto en todas las leyendas sobre el Harem Imperial? Poco, la verdad. Lejos de ser una jaula dorada llena de bellas mujeres que satisfacían los deseos sexuales del Sultán, el Harem, fue ante todo una compleja, pero precisa, máquina dinástica encargada de perpetuar el linaje gobernante y estructurar las relaciones de los miembros de la familia del Sultán entre ellos y con el mundo. Así pues, debemos definir el harem de dos formas, como el conjunto de familiares (mujeres y varones no adultos) del Sultán y el lugar en el que habitan en cualquiera de las residencias del soberano.

LO SAGRADO

La palabra harem es un vocablo árabe que deriva de la raíz h-r-m, dicha raíz tiene dos significados: sagrado e inviolable/prohibido. Por consiguiente el harem y su contenido (mujeres e hijos del Sultán) se revisten para el súbdito otomano de un carácter sagrado. El harem era el lugar más reservado y secreto de la residencia del monarca, allí donde vivían él y su familia.

En Occidente, durante la Edad Moderna, los grandes soberanos habitaron grandes palacios que no solo servían para alojar al soberano y a su séquito, sino para mostrar al mundo la riqueza y el poder el monarca (léase Versailles). Éste estaba en constante exhibición ante su corte y su pueblo, él era el epicentro de un teatro de veneración y adulación. Los grandes palacios europeos fueron magnas obras en donde la privacidad era prácticamente inexistente y en donde una corte multitudinaria (y poco restringida) asistía a cada uno de los actos de la vida del soberano.

Las monarquías de Oriente estaban dotadas, en cambio, de un carácter mucho más místico, el soberano no era solo el elegido de Dios sino una emanación de la divinidad o la divinidad misma. Recordemos que el Sultán “es la sombra de Ala”, el Emperador de China “es el hijo del Cielo” y el Emperador de Japón tiene calidad de dios. Dotados de esta aura mística, los soberanos orientales no se exhibían; al contrario, se escondían detrás de los muros y fosos de su palacio. En Oriente en soberano no se veía, se intuía, como una divinidad. El aislamiento se estableció entonces como una necesidad y una obligación. Los palacios de Oriente anteriores al siglo XIX son construcciones muy complejas, laberínticas, formadas por una interminable sucesión de pabellones y galerías (contrariamente al edificio compacto y único de Europa). El visitante (en el caso hipotético en que lo hubiera) nunca sabía dónde estaba el soberano, donde habita; no lo veía, solo lo intuía. Todo está disgregación quedaba reforzada por el aislamiento de un foso y/o muralla: el palacio era un lugar separado del mundo exterior, situado en una esfera más allá de lo terrenal.

El amplio foso de la Ciudad Prohibida de Pekín, claro ejemplo del sagrado aislamiento del soberano oriental.

En el Imperio Otomano, varios ejemplos sirven para ilustrar este aspecto. Primeramente, en la mezquita, un espacio altamente igualitario para la sociedad musulmana, el Sultán siempre se situaba en un palco elevado cerrado por celosías; nadie común podía ver al Sultán, solo veían una sombra, un espectro. Por otro lado, cuando en 1517, los Otomanos conquistaron el Egipto mameluco (1250-1517) ordenaron a los exiliados califas Abasidas que entregaran al Sultán su título (el califa es el supremo dirigente espiritual de los musulmanes) y el conjunto de reliquias más preciadas del mundo musulmán (que comprende dientes y pelos de Mahoma entre otras cosas). Cuando las reliquias llegaron a Constantinopla no es instalaron en la mezquita más importante de la ciudad, sino que fueron guardadas directamente a las estancias privadas del Sultán. Ningún súbdito otomano creía que fuera un lugar inadecuado, al contrario, estaban convencidos de su sacralidad porque era allí donde habitaba el Sultán.

Un último ejemplo para entender el sacro aislamiento en el que vivía el monarca. En la sociedad otomana, la forma de progresar socialmente no era ir de abajo hacia arriba, sino de fuera hacia adentro, es decir, desde las zonas más comunes de la ciudad hasta las inaccesibles estancias del Sultán.

LO PROHIBIDO/AISLADO

Como ya he dicho, el otro significado de las palabras con la raíz h-r-m es el de inviolable o prohibido. Evidentemente la asociación entre lo sagrado y lo prohibido es más que lógica, pues todo aquello que es sacro debe revestirse de una distancia respecto a lo que no lo es.

Tanto en la Mesopotamia como en el Egipto antiguos, considerados…., el templo se consideraba la casa de la divinidad en la tierra, y solo tenían acceso a ella las élites sacerdotales, la gente común debía conformarse con poder entrar en el recinto templario.

El mismo principio puede extrapolarse al Harem Imperial. El laberíntico conjunto de estancias era donde residía el Sultán, sus familiares y su potencial sucesor/es, por lo tanto las barreras físicas y la estricta vigilancia deben entenderse más como una protección contra el mundo exterior que como una privación de libertad.

Pero para el súbdito otomano esta prohibición era inapelable y no se necesitaban grandes medidas de seguridad para remarcarla. Cuando en los siglos XVII-XVIII diversos sultanes fueron depuestos y asesinados, rara vez los golpistas penetraron en el relativamente poco defendido Harem Imperial e incluso cuando Selim III fue apuñalado en 1808, sus asesinos fueron eunucos, cuya presencia en el harem era más que lógica.

Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762), esposa del embajador británico en Constantinopla de 1717 a 1719. Sus Letters from Turkey son un interesante reflejo de la vida en Oriente vista por un Occidental. 

Esta especial “auto-prohibición” iba más allá del ámbito físico. Para cualquier musulmán, el harem era un concepto tabú, y no se consideraba adecuado hablar de sus historias y secretos en el mundo exterior, así pues, los súbditos del Sultán poco sabían de ese sancta sanctorum y poco les importaba saber. Pero para el visitante occidental, la cosa era distinta, había un interés obsesivo hacia al harem, hacia su exotismo y hacia lo que se percibía como una mezcla de sexo y muerte. Pero el súbdito occidental pecaba lógicamente de etnocentrismo y solo era capaz de ver, entender y comunicar una visión fragmentada y sesgada del Harem Imperial. Durante décadas Occidente se nutrió de mitos y rumores, y los pocos occidentales que pudieron entrar en el Harem Imperial (relojeros y artistas) solo fueron capaces de dar informaciones referentes a la distribución de las estancias y a su decoración, pues de ningún modo se les permitía ver a sus sacros habitantes. Así pues, para alimentar al Occidente ávido de fantasías, solo quedaron los mitos, mitos que se perpetuán hasta la actualidad.

LO FAMILIAR

Bien, después de ver estas dos dimensiones (la sacralidad y la inaccesibilidad) que rodeaban el Harem Imperial veamos ahora su elemento esencial: la familia, el linaje. Sí, la piedra angular del harem no era el sexo, sino la familia. Ciertamente que el sexo tenía un papel importante, pero no era el factor determinante.

En una monarquía absoluta, el sexo no es simplemente un capricho ni una diversión al contrario, trae aparejada una dimensión dinástica: el sexo es cuestión de estado, porque de él depende la supervivencia física de la monarquía. Por lo tanto, el Harem Imperial era ante todo la forma de garantizar esa supervivencia y el placer sexual era importante, pero accesorio.

Todo musulmán tenía derecho a poseer más de una esposa (generalmente cuatro) y un número ilimitado de concubinas, pero, como ya he dicho el harem no estaba definido por la sexualidad, sino por las relaciones familiares, por lo tanto también incluía tías, hermanas, e hijas sin casar y también hijos (no adultos) del cabeza de familia. Los mismos preceptos se aplicaban al Harem Imperial, que lógicamente era más complejo, más estricto y más sofisticado.

Este aspecto familiar también era otro de los factores que definían la accesibilidad del harem, pues se consideraba inadecuado que un foráneo penetrara en las estancias privadas de la familia. Por lo tanto, en las casas y palacios otomanos se reservaba una sección (el Selamik) para recibir visitas y hacer negocias, áreas a priori reservadas para los hombres.

Esta voluntad de aislar lo privado de lo público queda muy bien explicada con el siguiente ejemplo. En 1869, la emperatriz Eugénie se dirigía a Suez a inaugurar el canal, en su paso por Constantinopla recibió la afectuosa acogida de sultán Abdülaziz, pero cuando oso entrar en el Harem Imperial acompañada del monarca recibió un sonoro bofetón de la madre del Sultán.

EL PODER

No obstante, sería incorrecto pensar que lo privado y el poder no podían ser sinónimos. Fue en el siglo XIX con la emergencia de la moral burguesa cuando se establecería la dicotomía entre lo público/el poder/la política y lo privado/lo silencioso/lo apolítico. Así pues, la interferencia de la mujer en los asuntos de su marido sería considerada inadecuada. Del mismo modo, cuando la naciente y occidentalizada República Turca empezó a revisar su propia historia, estableció los siglos XVII-XVIII-XIX como un período de decadencia, y una de las causas de dicho declive se atribuyo al llamado “sultanado de las mujeres”, es decir a la intervención de las mujeres del Harem Imperial en la política del Imperio.

Pero para la mujer otomana, el harem no era una privación de poder, sino al contrario, una forma de potenciarlo. Veámoslo.

Las mujeres entraban en el Harem Imperial como esclavas traídas desde todos los rincones del Imperio. Después de un período de aprendizaje, en el que gozaban de una considerable comodidad, se las dividía en dos grupos, las que se encargaría de administrar el harem (halayiks) y las más bellas, aquellas que se coinvertirían en sirvientas (odalisque) de las concubinas. Si una chica era especialmente dotada se le daban enseñanzas complementarias (canto, baile, elegancia…) para que pudiera empezar a servir al Sultán y a su familia. Si el monarca se fijaba en ella podía convertirse en su concubina (cariye) y si el monarca se fijaba repetidamente en ella ascendía la rango de favorita (ikbal). Pero como ya he repetido varias veces, lo importante en el harem no era el sexo, sino el linaje y las máximas posiciones se lograban cuando se conseguía dar un hijo al Sultán, la mujer ascendía entonces al rango de esposa consorte (kadinefendi), es decir madre del posible futuro sultán.

La culminación de la ascensión en el Harem Imperial llegaba cuando la esposa conseguía que su hijo (y no el de otra) se sentara en el trono, entonces ella alcanzaba el rango de Valide Sultan, es decir, madre del sultán o reina madre si se prefiere. Con este título regía el Harem Imperial y todo era supervisado por ella. Pero esta posición también conllevaba un importantísimo poder político (es decir fuera de los muros del harem); la Valide Sultán formaba junto con el Gran Visir y el Eunuco Jefe el trío más poderoso después del Sultán. Evidentemente esta ascensión no estaba exenta de intrigas, envidias y en algunos casos asesinato.

Como hacía su hijo, el poder de la Valide Sultán se mostraba fuera de los muros del palacio a través de la promoción de faraónicas obras públicas, así pues, algunas de las grandes mezquitas y hamam de Constantinopla fueron pagados por las Valide Sultán.

La Yeni Cami (1597-) de Istanbul, obra promocionada por Safiye Sultan, esposa de  Murad III (1574-1595) y madre de Mehmed III (1595-1603).

Pero si la madre del Sultán gozaba de un importantísimo poder, recursos financieros y libertad de movimientos, lo mismo podía aplicarse, en gradación descendente evidentemente, al resto de las mujeres del harem. Pocos conocen, y menos en Occidente, que a las mujeres del harem se les permitía salir fuera de los muros del palacio para pasear por la ciudad o a navegar por el Bósforo, eso sí, rodeadas de un importante séquito de eunucos. Dichos eunucos servían no tanto como carceleros sino más bien como guardaespaldas. Por otro lado, los finos velos de tul y encaje para tapar la cara eran obligatorios si se salía de la Corte, pues como familiares del Sultán, sus concubinas también se revestían de un carácter sagrado y distante. Eso sí, cualquier salida de palacio requería el visto bueno de la Valide Sultan, dirigente indiscutible de la morada que también debía aprobar las mujeres con las que el Sultán tenía intención de acostarse.

Le harem au kioske (1870) de Jean-Léon Gérôme. Las mujeres del harem, con sus  rostros velados, reposando en las orillas del Bósforo bajo la atenta vigilancia/protección de los Eunucos Negros.

Si bien el régimen de salidas tenía sus restricciones, pocas mujeres se escaparon del harem en sus varios siglos de existencia. Pues el Harem Imperial no sólo implicaba una posibilidad de ascensión social, sino una más que notoria comodidad. Las jóvenes recién llegadas venían de lugares remotos y en muchos casos habían sido vendidas como esclavas por sus propias familias; pero el harem les proporcionaba seguridad, comida y cobijo, además de comodidad y lujo, asimismo todas las mujeres recibían un sueldo en relación a su categoría, sueldo que las podía llegar a hacer muy ricas.

Por otro lado, el Harem Imperial no era eterno, si alguna de sus inquilinas no estaba de acuerdo con las normas podía solicitar (una vez alcanzada cierta posición) salir del harem, es más, podía pedirle al Sultán un buen marido, que generalmente era un miembro de la administración de palacio (fuera del harem pero igualmente prestigiosa), y una dote.

A lo largo de este artículo he intentado desgranar los principales mecanismos que hacia funcionar el Harem Imperial y al mismo tiempo arrojar un poco de luz sobre una institución revestida de excesivo misterio y confusiones para el visitante occidental. Comprendiendo el carácter sagrado y prohibido del Sultán y su corte se puede comprender como se articularon las relaciones entre el “interior” y el “exterior”, partiendo de esta base resulta más fácil comprender el sentido del Harem Imperial y su estructuración interna. En relación al poder y al estatus de la mujer en la sociedad otomana, me he limitado al Harem Imperial puesto que en general es un tema bastante complejo.

Quisiera acabar con un diálogo de la película El último harem (1999) de Ferzan Ozpetek. En 1909, durante la Revolución de los Jóvenes Turcos, los soldados constitucionales entran en el Harem Imperial y ante las asustadas mujeres exclaman:

-         - ¡Os traemos la libertad!

Safiye, protagonista del film y una de las favoritas del Sultán responde.

- ¿Libertad? ¿Qué libertad? La libertad de morir de frío y de hambre, desde que Su Majestad se fue, nadie se ha ocupado de nosotras.

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