lunes, 22 de enero de 2018

Habitar el Palacio Real I - Carlos III (1764-1788)


Carlos III es considerado “el mejor alcalde de Madrid”, sin embargo, a Carlos III no le gustaba demasiado Madrid. Cuando en 1759 se convirtió en rey de España y llegó a la capital desde Barcelona, se instaló en el palacio del Buen Retiro, que servía de residencia real oficial desde el incendio del Real Alcázar en 1734.
Carlos III retratado por Mengs (1761) pocos años después de su llegada a España.

El Buen Retiro se encontraba a una distancia prudente de la amalgamada villa que por aquel entonces era Madrid, sin embargo, el soberano prefería, de lejos, pasar el año en los distintos Reales Sitios alrededor de la capital. En los cinco primeros años de su reinado, Carlos III solo vivió en el Buen Retiro un total de dos meses. Después de la inauguración del Palacio Real Nuevo en 1764, esa tendencia no se invirtió, la corte seguía pasando la mayor parte del tiempo fuera de la ciudad y el palacio solo servía de residencia real del 1 de diciembre a Epifanía, durante la Semana Santa y alrededor de una quincena el mes de julio. Sin embargo, el Palacio Real Nuevo era el símbolo de la legitimidad dinástica y Carlos III no iba a descuidarlo, de hecho, se encargaría de su terminación y la impronta del soberano está más que patente en el edificio final.

Desde Nápoles, Carlos III trajo consigo nuevas ideas y nuevos arquitectos y artistas. Rápidamente, el arquitecto Giovanni-Battista Sachetti y el pintor Corrado Giaquinto, claramente tardobarrocos, fueron sustituidos por Francesco Sabatini y el pintor Anton Raphael Mengs, de tendencias marcadamente más clasicistas, sino ya proto-neoclásicas.

CONSIDERACIONES GENERALES

Antes de entrar al Palacio Real, no estaría de más, echar un vistazo al área circundante. Cuando Carlos III llegó a Madrid, el palacio en construcción se encontraba rodeado de una zona densamente poblada, sin embargo, a su alrededor, aun se podían contemplar varias construcciones heredadas del viejo Alcázar. Al sur había la llamada Plaza de Palacio, que se encontraba cerrada por dos pórticos y un largo edificio que albergaba la Armería Real. Al este, aun no existía la Plaza de Oriente, en su lugar había la llamada Casa del Tesoro (que servía de Biblioteca Real desde tiempos de Felipe V), detrás suyo la Huerta de la Priora (que abastecía a la corte de alimentos) y el Convento de la Encarnación. Toda la zona norte, por su parte, estaba ocupada por las Caballerizas Reales, construidas por Sabatini a partir de 1782 sobre el viejo Jardín del Cierzo. Finalmente, al oeste, se extendía el Campo del Moro, que por aquel entonces era un mero descampado cerrado con un muro.
Comparación del entorno urbano del Real Alcázar y del Palacio Real Nuevo.
Con el numero trece aparece indicado el Huerto de la Priora.

Como el palacio se encontraba al borde de un risco, Sachetti tuvo que ingeniárselas para aterrazar la zona y dotar el edificio de espesos muros y amplios semisótanos, asimismo, en su momento Felipe V exigió que nada se hiciera con madera para evitar incendios, todo el palacio fue cubierto, por lo tanto, por altísimas bóvedas de piedra, cosa que obligó a ensanchar los muros aún más.

Sabatini no aportó modificaciones estructurales importantes, pero sí que modificó la escalera y la distribución de la planta principal: los tres aposentos principales ideados por Sachetti en el piso principal, fueron reducidos en extensión para dejar espacio a los infantes e infantas, que se instalaron en los ángulos noroeste y noreste del palacio, es decir, flanqueando la capilla.
La inmaculada mole del Palacio Real Nuevo y el desangelado "Campo del Moro" que se erigía a sus pies.

La organización vertical del edificio también experimentó ligeros cambios. En su origen, el segundo sótano se destinaba a los servicios y cocinas, el primer sótano a las secretarias de estado y la planta baja al Cuarto de Verano, un aposento destinado a los meses cálidos del año, siguiendo la costumbre de los Habsburgo. El piso principal sería el Cuarto de Invierno, el segundo piso alojaría a los gentilhombres y a las camaristas (damas de compañía) y el tercer piso y las buhardillas al servicio. Sin embargo, el Cuarto de Verano fue pronto desechado, la corte no iba a pasar el verano en Madrid y se juzgaron los interiores de la planta baja demasiado cavernosos para el gusto de Felipe V, así pues, fueron las secretarias de estado y oficinas gubernamentales las que ocuparían estos espacios hasta 1834.

Por último, sería interesante citar algunos aspectos generales sobre la decoración del palacio. Como hemos dicho, la llegada de Carlos III trajo consigo el cambio de artistas, Sabatini y Mengs se convirtieron en los nuevos dictadores artísticos de la corte, todos los artistas y artesanos que acabaron decorando el palacio fueron llamados y aprobados por ellos. Todos salvo aquellos escogidos específicamente por el rey, como el pintor Giambattista Tiepolo o el decorador Mattia Gasparini.

La decoración ideada por Sabatini y Mengs era ligeramente distinta a la actual. Las monumentales jambas de mármol macizo de más de 300 variedades y los frescos es lo poco que queda de la época, el resto de la decoración, sobre todo de las paredes, se modificó posteriormente. Siguiendo la costumbre de la época, el Palacio Real mudaba su piel cada medio año: en invierno, las paredes se recubrían con tapices y en verano con cuadros dispuestos sobre sedas de Valencia o de la China. El Palacio Real era la única residencia real donde se realizaba tal mudanza, el resto de Reales Sitios se dividían entre los invernales (El Pardo y El Escorial) decorados con tapices y los cálidos (Aranjuez y La Granja) decorados con cuadros.
La pintura Carlos III comiendo ante su corte representa bastante bien el aspecto que podría haber tenido el Palacio Real en invierno.

La Galleria Palatina del Palazzo Pitti en Florencia ofrece el aspecto más parecido a lo que debió ser el Palacio Real en verano.

Esta costumbre se observaba en las estancias más importantes y aquellas privadas de los aposentos regios, sin embargo, fue reduciéndose a lo largo del reinado de Carlos III para desaparecer tras su muerte.

El Cuarto del Rey (azul), el Cuarto de la Reina (rosa) y el Cuarto de los Príncipes de Asturias (amarillo).

Como no tengo a mano una planta del palacio en época del Carlos III, he decidido modificar la que puse en el post introductorio sobre el proyecto de Sachetti. Con líneas más oscuras he marcado los añadidos y transformaciones en los muros, esencialmente podemos ver como el soberano redujo el tamaño de las estancias para poder alojar a toda la familia real. Sin embargo, los infantes Pedro y Francisco Javier tuvieron que ser alojados en el segundo piso y el infante Antonio en la planta baja.

EL CUARTO DEL REY

Comparando el plano de arriba con el de la introducción (aquí), se puede ver perfectamente como el cuarto del soberano se movió ligeramente de sitio, desplazándose hacia el ángulo suroeste y comprendiendo ahora toda la zona central. Carlos III había sacrificado la llamada Sala de los Guardias de Corps, un inmenso salón de dos pisos cara a la Casa del Tesoro y que en el proyecto final fue dividido en varias salas destinadas al príncipe de Asturias.

1- LA ESCALERA

De todos los elementos proyectuales del palacio, la gran escalera de entrada fue uno de los más polémicos y que más costó definir. Sachetti presentó de 1744 a 1747 varios proyectos que fueron sucesivamente rechazados por Felipe V, se tuvo incluso que pedir consejo a afamados arquitectos italianos como Vanvitelli o Fuga e incluso a los eruditos de la Academia de San Fernando. Finalmente, en 1747 se aprobó el proyecto definitivo que preveía la construcción de dos escaleras con una compleja distribución de rampas (ver post anterior). Para que Fernando VI juzgara el efecto global, las escaleras se construyeron en madera, pero cuando Carlos III llegó a España, el resultado final no el gusto nada y ordenó a Sabatini que ideara una única escalera más simple y recta, además de claramente inspirada en la de Caserta. La nueva escalera de Sabatini se construyó en la caja oeste (1, actual Salón de Columnas) que en su mayor parte ya estaba decorada siguiendo los diseños de Sachetti y con unos elaborados frescos rodeados de estucos dorados de Corrado Giaquinto. El pintor italiano había sido llamado a España por Fernando VI en 1753 y durante casi diez años fue el dictador artístico de la corte, hasta que fue desbancado por Mengs. Giaquinto pintaría los frescos de ambas cajas de escalera y de la Capilla Real. (ver este post)
La Escalera Principal bajo Carlos III (actual Salón de Columnas).

2- SALÓN DE LOS GUARDIAS DE CORPS

Sachetti concibió este gran espacio de dos pisos como un salón de fiestas con graderías en su perímetro, pero Carlos III ordenó transformarlo en la nueva Sala de Guardia. Sabatini concibió, por lo tanto, una nueva decoración mucho más sobria a base de pilastras pareadas toscanas. La decoración era acorde con la normativa arquitectónica de la época, que establecía que los vestíbulos debían ser estancias más monumentales y minerales frente a las siguientes estancias que irían aumentando en suntuosidad y decreciendo en tamaño. En el siglo XVIII sin embargo, esta estancia tendría un aspecto más suntuoso que en la actualidad, al estar las paredes revestidas con un “estuco de brillo” color beige que imitaba el mármol. La única nota de color en la estancia era, y es, el atmosférico fresco de Tiepolo Eneas conducido al templo de la Inmortalidad por sus virtudes y victorias, Venus encomendando a Vulcano que forje las armas para Eneas, clara referencia a las victorias militares del rey bajo el sabio consejo de su madre Isabel de Farnesio. El Salón de los Guardias de Corps habría estado amueblado de forma somera, con quince camas plegables para los guardias, tres bancos, dos mesas largas, un armario para las carabinas y cuatro faroles.

3- SALÓN DE BAILES

En su origen estaba destinado a albergar una de las dos grandes escaleras, por lo tanto, su arquitectura era idéntica a la de la escalera principal (1): columnas corintias de piedra de Colmenar, elaborados estucos y oculi y un fresco de Giaquinto titulado Triunfo de la Religión y de la Iglesia. Durante el reinado de Carlos III sirvió para bailes y festejos, esencialmente aquellos asociados a la época del año que la corte habitaba el palacio, es decir: Navidad y Semana Santa. Precisamente el Jueves Santo tenía lugar en este salón el tradicional lavado de pies a doce pobres.
El Salón de Baile bajo Carlos III (actual Escalera Principal).

4- ANTESALA DEL REY

Desde inicios de la Edad Media, la residencia de un gran señor o soberano se dividía esencialmente en dos áreas: la sala, que era un gran espacio público, y la cámara, que era el lugar donde residía y, por lo tanto, un espacio más privado. Sin embargo, ocasionalmente, el señor podía recibir a visitantes distinguidos a su cámara. A lo largo del siglo XVI, no obstante, la tradicional distribución se volvió cada vez más compleja a medida que se añadían más salas intermedias a este esquema y que la jerarquía de la corte se volvía más elaborada. En la corte española del siglo XVIII, los aposentos del soberano se organizaban en base a la secuencia: antesala – sala – saleta – antecámara – cámara – gabinetes/estancias privadas.
La Antesala bajo Carlos III (actual Antecámara Oficial).
© Patrimonio Nacional.
La Antesala del Rey era la primera estancia de su cuarto propiamente dicho, además también servía de entrada al Cuarto del Príncipe de Asturias, situado en el lado este del palacio. Las principales piezas de mobiliario eran las cuatro consolas tardobarrocas con cubierta de pórfido que aun se pueden observar en la actualidad. El techo pintado por Tiepolo representaba la Apoteosis de la Monarquía española y servía de introducción conceptual para la estancia siguiente. La antesala se encontraba, durante todo el año, decorada con cuadros de la escuela italiana del Renacimiento. De sus paredes colgaban obras de artistas emblemáticos como Tintoretto, Veronese, Bassano y Tiziano (de este último había su Autorretrato y Adán y Eva).
Adán y Eva (c. 1550) de Tiziano.
© Museo del Prado.

5- SALÓN DEL BESAMANOS

El heredero directo de la gran sala pública de los palacios medievales era el llamado Salón del Besamanos. Se trataba de la estancia más importante de todo el palacio, hecho confirmado por su posición central en la fachada principal (sur) del palacio y enfatizado por su conexión axial con la Capilla Real, resaltando, por lo tanto, la conexión entre Iglesia/Monarquía – Altar/Trono – Dios/el Rey. Además, la estancia se situaba más o menos en la antigua posición del Salón de los Espejos del viejo Real Alcázar, por eso el soberano quiso que también fuera decorado con grandes espejos con elaborados marcos rocalla sobre consolas de madera tallada. Tiepolo pintó en 1764 el fresco del techo titulado La Grandeza de la Monarquía española, que puede considerarse su última gran obra.
El Salón del Besamanos o del Trono.
© Patrimonio Nacional.

Como su nombre indica, la sala servía para el ritual del besamanos en el que eran presentados al rey los huéspedes nacionales o extranjeros. El besamanos se realizaba siempre al mediodía, sobre la una, después del almuerzo. Tras el besamanos, el soberano departía brevemente con embajadores, grandes de España y generales y luego se iba a cazar, en invierno, o hacía una breve siesta, en verano, hasta que pasara el calor del mediodía.

6- SALETA DEL REY

La denominación de esta estancia (“saleta”) indica claramente que se trataba de un lugar más privado que la precedente (la “sala”). La Saleta se decoró con un gran fresco de Mengs representando La apoteosis de Trajano, siendo el emperador romano el alter ego del Carlos III. En invierno las paredes se recubrían con tapices de la Historia de José, David, y Salomón tejidos por la Real Fábrica de Tapices; en verano los muros se decoraban con grandes retratos ecuestres de soberanos españoles obra de Velázquez (Felipe III y Felipe IV, sus consortes y el Conde-Duque de Olivares), Rubens  (Felipe II y el cardenal-infante Fernando) y Van Loo (Felipe V).

En la saleta, el rey concedía audiencias “ordinarias” y comía, siempre a las doce del mediodía. La mesa se situaba cerca de la chimenea, situada donde ahora está la puerta que comunica con el Salón de Columnas. Como era costumbre en todas las cortes europeas, Carlos III comía solo en una mesa y, en algunas ocasiones, le acompañaban sus hijos. El resto de la corte permanecía de pie, los ministros solían aprovechar la comida para venir a saludar al rey y el nuncio apostólico permanecía de pie delante de la mesa y charlaba animadamente con el monarca. La comida era traída desde las cocinas en el sótano por los pajes pero servida a la mesa por los gentilhombres de cámara; el agua y las bebidas se traían a la mesa real desde una mesita aparte solo cuando el soberano la pedía, siguiendo la costumbre francesa.

7- ANTECÁMARA DEL REY

La antecámara era una estancia típicamente francesa, aparecida en el siglo XVI había servido para poner distancia entre la sala (más pública) y la cámara del rey (más restringida). No hay estancia que ejemplifique más la cultura de corte del XVIII que la antecámara, lugar donde todos los cortesanos esperan, siempre en función de su rango, poder acceder a la presencia del soberano. La Antecámara poseía un gran fresco, también de Mengs representando La apoteosis de Hércules, personaje mitológico del que supuestamente descenderían los reyes de España. Como en la estancia precedente, la Antecámara también se decoraba en invierno con los tapices de la Historia de José, David y Salomón; en verano, grandes obras de la colección real colgaban de las paredes, como Las Meninas de Velázquez, Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano o el Cardenal-infante Fernando en la Batalla de Nördlingen de Rubens.

En esta sala el rey cenaba todas las noches, siempre a las nueve y media, siguiendo el mismo protocolo que durante el almuerzo. El menú de la cena era siempre el mismo: una sopa, un asado casi siempre de ternera, un huevo fresco, ensalada con agua, azúcar y vinagre y una copita de vino dulce de Canarias. Tradicional era el momento en que el soberano, una vez había terminado el huevo pasado por agua, lo giraba y le clavaba la cucharilla. La Antecámara también habría servido para juegos de azar y tertulias antes de la cena, por lo que a veces se la ha denominado “Pieza de Conversación”.
Carlos III y su célebre huevo pasado por agua representados en la película Esquilache (1988).

8- CÁMARA DEL REY

Junto con el Salón del Besamanos, la Cámara del Rey constituía la estancia más importante de todo el Cuarto del Rey. Era heredera directa de la cámara medieval en la que el soberano vivía, dormía, trabajaba y recibía huéspedes ilustres. En el siglo XVIII, sin embargo, la cámara se había convertido en una estancia meramente formal, aunque al contrario que la chambre de parade francesa, en la cámara española no se instalaba ninguna gran cama de ceremonia.

Prueba de la importancia de la Cámara es que el rey encargó en persona a Mattia Gasparini el diseño de la decoración, que fue pensada como un todo: intrincado suelo de mármol, colgaduras de seda, techo de estuco con motivos chinoiserie y mobiliario claramente rococó. La colgaduras de seda de las paredes, sin embargo, nunca se terminaron en vida de Carlos III, por lo que en invierno las paredes se recubrían, una vez más, con tapices. Un verano, como no, la estancia era aderezada con grandes obras de la colección real como La fragua de Vulcano, Las hilanderas o Los borrachos de Velázquez, además de obras de Murillo, Ribera y Tiziano.
La Cámara del Rey con las colgaduras de seda añadidas mucho después de la muerte de Carlos III.

En su Cámara el rey era formalmente vestido por sus gentilhombres “de cámara”, siempre a partir de la siete de la mañana, por lo que la estancia también se conocía como “Pieza de Vestir del Rey”. Solo personajes de alto rango eran recibidos en la Cámara, como los embajadores (sobre todo de Francia y Nápoles) o los cardenales, usualmente antes y después del almuerzo.

9- ORATORIO DEL REY

La pequeña estancia cuadrangular sin ventanas servía de oratorio privado al soberano. Frente a la puerta de la Cámara, se situaba el elaborado altar de mármol verde de Lanjarón con incrustaciones de bronce y coronado por una pintura al fresco de Mengs representando la Adoración de los Pastores.
La Adoración de los pastores (1770) de Mengs, una de las tres versiones que el pintor hizo para el rey.

No era casual la asociación cámara-oratorio, que ya estuvo muy presente en los palacios reales de Nápoles y Portici. En este pequeño oratorio se realizaban algunos de los actos más importantes del día a día de Carlos III, allí oía misa después de levantarse (alrededor de la siete y media) y antes de acostarse (antes de las once).

10- ANTEDESPACHO DEL REY

Esta pequeña estancia y las dos siguientes recibieron en tiempos de Carlos III el nombre de “Gabinetes del despacho” o “Gabinetes de Maderas de Yndias”, por estar decorados con elaboradas boiseries prescindentes de las Yndias (América). La decoración corrió a cargo de Mattia Gasparini y del ebanista alemán José Knops y también incluya preciosos muebles también de finísima marquetería y marcos de puertas y ventanas con motivos hechos con mármoles embutidos. El resultado final debía ser incluso más suntuoso de la vecina Cámara del Rey.
El Antedespacho del Rey, del que solo se conserva el intrincado suelo de mármol.

El primer gabinete era donde el soberano recibía en “audiencia reservada” a visitantes y subalternos, usualmente por la mañanas a partir de las ocho. El rey se sentaba siempre en un sillón y el visitante en un taburete, entre ambos se disponían dos escritorios y un brasero.

11- DESPACHO DEL REY

Este gabinete, el soberano trabajaba todas las mañana, de ocho a once. La pieza central de la estancia era un riquísimo bureau à cylindre obra del ebanista alemán José Canops o, quizás, del célebre Oeben.
El escritorio del Rey.
© Patrimonio Nacional.

12- GABINETE VERDE

En este espacio, Carlos III solía tener las reuniones con sus ministros, grandes de España o embajadores extranjeros. Los asistentes se disponían en un diván alrededor de la pared, el mobiliario se completaba con seis elaborados sillones.

13- PIEZA OSCURA

A pesar de su pequeño tamaño y deficiente iluminación, se encontraba decorada con un profusión de cuadros de Ribera, Murillo, Van Dyck, etc. El mobiliario solo constaba de una mesita y un sillón, destinados a Almerico Pini, ayuda de cámara del Rey, que por la noche dormía en esta estancia en un catre plegable.

14- DORMITORIO DEL REY

En España, al contrario que en Francia, el dormitorio regio no se revestía de tanto carácter solemne y simbólico, sin embargo, no dejaba de ser una pieza fundamental en la vida diaria del soberano, que ocasionalmente también podía recibir visitas en él.

La importancia de la pieza queda más que patente con su elaborada decoración, el techo estaba decorado con estucos diseñados por Gasparini y parecidos a los de la Cámara. Las paredes, por su parte, se encontraban decoradas con un gran ciclo de la Pasión de Cristo pintado por Mengs. En los sobrepuertas se situaban La Oración en el huerto, La Flagelación de Cristo, La Caída de Cristo camino al Calvario y el Noli me tangere. En la parte central de la pared sur había la pintura más grande de todas, La Lamentación y El Padre Eterno. Todas las obras de Mengs se caracterizaban por la austeridad de la escenografía y la corporeidad de las figuras, claramente inspiradas por la obra de Correggio y ya muy vinculadas al movimiento neoclásico. Todas las figuras eran además de talla natural, dando la sensación, por lo tanto, que el soberano dormía rodeado por los personajes bíblicos.
El Dormitorio de Carlos III (actual Salón Carlos III).

Objetos originales del dormitorio de Carlos III recopilados de la reciente exposición,
Carlos III: majestad y ornato.
© Patrimonio Nacional.

El resto de las paredes se encontraba cubierto con tapices de Guillermo Anglois y José del Castillo con fondo color “piedra venturina” (marrón anaranjado) y decorados con unos elaborados grutescos. Los tapices recubrían esencialmente las partes de las paredes no cubiertas con pinturas, es decir, el testero de la cama, las esquinas y los huecos de las cuatro puertas y dos ventanas.

Respecto al mobiliario, la pieza más relevante era, obviamente, una gran cama à la duchesse (con el dosel sostenido por solo dos postes) con colgadura también concebida por Anglois y del Castillo. En verano, todas estas colgaduras eran sustituidas por seda de Pekin.
Las colgaduras de la cama de Carlos III, considerablemente reducidas en tamaño a finales del siglo XIX.
© Patrimonio Nacional. 

El resto de mobiliario incluía: tres cómodas (una a cada lado de la cama y otra entre las ventanas), dos espejos (encima de la chimenea y entre las ventanas), dos pequeños cuadritos de la Virgen y Cristo hechos con mosaico por los Talleres Vaticanos (flanqueando la cama), un reclinatorio, dos mesas para escribir y una abundante sillería que contenía sofás, sillas, sillones y taburetes.

En su dormitorio, Carlos III era despertado cada día a las seis por su ayuda de cámara Almerico Pini. Después de las devociones matinales, el soberano recibía, a las siete menos diez, a su sumiller de corps (el jefe de palacio) para tratar los asuntos del día. El dormitorio también funcionaba como una auténtico salón de familia (de ahí la abundante sillería), pues en él se solía reunir el rey con sus hijos y nietos antes del almuerzo y después de la caza.

En esta estancia falleció Carlos III a la una menos veinte de la madrugada del 14 de diciembre de 1788.

15- GABINETE DEL REY

Se trata sin duda de la estancia más preciosista del todo el palacio, un pequeño gabinete recubierto enteramente de porcelanas. Dícese que la pasión de Carlos III por la porcelana empezó justo después de su boda con María Amalia de Sajonia, cuando contempló un suntuoso servicio de porcelana de Meissen regalo del padre de la novia, el elector August II de Sajonia. Siendo rey de Nápoles, mandó establecer una fábrica de porcelana en Capodimonte y encargó un boudoir para su esposa enteramente recubierto de placas de porcelana. Cuando se convirtió en rey de España, la fábrica cerró y todo fue trasladado a un nuevo edificio en una pequeña colina en los jardines del Buen Retiro, en Madrid. De esa nueva fábrica saldrían la exuberante “Pieza de conversación” de Aranjuez y ya más tardíamente, en 1771, el pequeño gabinete del Palacio Real que, a pesar de su profusión, mostraba ya uno motivos de tendencia neoclásica.
El Gabinete del Rey (actual Salita de Porcelana).

En contraste con la riqueza de las paredes, el único mueble de la estancia era una pequeña mesita de nogal situada en el centro. También puede resultar curiosa la función del gabinete, pues servía de “anteretrete” del rey, la puerta del fondo conducía al pequeño reducto que contenía el retrete de Carlos III.

EL CUARTO DE LA REINA

El conjunto estancias que Sachetti pensó para alojar a la reina Isabel de Farnesio, fue considerablemente reducido tras la llegada de Carlos III, que necesitaba más espacio para alojar a todos sus hijos. En su origen, Isabel de Farnesio habría disfrutado de dos dormitorios, uno de oficial, situado en el ángulo noroeste y otro de cotidiano situado al sur y más cercano al de su dependiente marido.

Los avatares de la historia quisieron que finalmente Isabel de Farnesio llegara a ocupar estas estancias, pero no como reina, sino como reina madre. La esposa de Carlos III, María Amalia de Sajonia falleció en 1760, cuatro años antes de la inauguración del palacio, por lo que el soberano quiso que su madre ocupara el llamado “Cuarto de la Reina”. Tras la muerte de Isabel de Farnesio en 1766, apenas dos años después de la inauguración del palacio, el cuarto lo habitó la hija favorita del rey, la infanta María Josefa.
La auténticas inquilinas del Cuarto de la Reina: Isabel de Farnesio (i) y la infanta María Josefa (d).

16- GABINETE DE LA REINA O AMARILLO

Durante dos breves años, la pequeña estancia idéntica en proporciones al vecino Gabinete del Rey sirvió a la reina madre Isabel de Farnesio. Sin embargo, a partir de 1766, se desgajó del cuarto de la infanta María Josefa para incorporarse al del rey.

Se conservó el fresco de Tiepolo representando Juno en su carro y la estancia fue amueblada de forma somera con una mesita, una cómoda, una cómoda-retrete y cuadritos de Van Dyck. La estancia sirvió de “Gabinete de Aseo del Rey”, es decir de vestidor y tocador.

17- DORMITORIO DE LA REINA

A raíz de las trasformaciones efectuadas durante los años 70 y 80 del siglo XIX, poca decoración original de esta estancia y las siguientes ha llegado hasta nuestros días. Como en el Cuarto del Rey, también cabe imaginar un suntuoso mobiliario y las paredes recubiertas de tapices o cuadros según la estación del año. De esta época solo sobrevive el fresco de Mengs titulado Aurora.
El fresco de Mengs.

18- CÁMARA DE LA REINA

Como en la Cámara del Rey, en esta estancia la reina recibía a personajes de alto rango. Para remarcar tan función, Mengs concibió un fresco de alto contenido simbólico que, como cosa novedosa, fue encargado a un joven pintor español y no extranjero. Antonio González Velázquez pintó Colón entregando el Nuevo Mundo a los Reyes Católicos; lógicamente, se establecía un símil entre Isabel la Católica e Isabel de Farnesio.

El antiguo Cuarto de la Reina (actualmente Salón de baile o banquetes).






















19- COMEDOR O SALA DE BESAMANOS DE LA REINA

Aquí la reina madre celebraba los besamanos y comía y cenaba en público. Una vez más, Mengs encargó el solemne fresco del techo a un español, Francisco Bayeu, la obra se tituló: Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos.
El fresco de Bayeu.

20- SEGUNDA y 21- PRIMERA ANTECÁMARA DE LA REINA

Nada se ha conservado de la decoración original de estas dos salas, a raíz de las varias intervenciones realizadas durante el siglo XIX.

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El resto del primer piso del palacio estaba ocupado por los cuartos de los hijos del rey, en el ángulo noroeste el infante Gabriel y su esposa; en el noreste, la infanta María Josefa y el infante Luis, antes de ceder estos espacios a los nietos del rey. Finalmente, todo el lado este del palacio estaba ocupado por los cuartos del príncipe y la princesa de Asturias, de ellos nos ocuparemos en el próximo capítulo.

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